Tres pasos para entender las emociones y mejorar la salud: parte 1

Incluido en la revista Ocronos. Vol. IX. N.º 8–Agosto 2026.

Pág. Inicial: Vol. IX; N.º 8: 759

Autor principal (primer firmante): Rosa María Lumbreras Gómez

Fecha recepción: 23/07/2026

Fecha aceptación: 19/08/2026

Ref.: Ocronos. 2026;9(8): 759

Autores:

Rosa María Lumbreras Gómez (TCAE)

Lorena Royo Villalba (DUE)

Javier Artal Lázaro (DUE)

Inés Lapresta Quílez (DUE)

Celia Lastanao Adán (DUE)

Noelia Cabero Aguilera (TCAE)

Categoría profesional: TCAE Y DUE

Palabras clave: emociones, regla de los tres, inteligencia emocional, reconocer, comprender, regular

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Introducción

Las emociones forman parte de todas las decisiones que tomamos, de la forma en que nos relacionamos con los demás e incluso de nuestro estado de salud. Aunque no podemos evitar sentir miedo, tristeza, enfado o alegría, sí podemos aprender a manejarlos de una manera saludable. En este sentido, la llamada regla de los tres, basada en los principios de la inteligencia emocional, propone un método sencillo: reconocer, comprender y regular las emociones. No se trata de eliminar aquello que sentimos, sino de utilizar esa información para responder de forma más adaptativa. Esta estrategia resulta especialmente útil en el ámbito sanitario, donde la gestión emocional influye tanto en la calidad asistencial como en el bienestar de pacientes y profesionales.

Desarrollo

Durante muchos años se pensó que las emociones pertenecían exclusivamente al ámbito de la psicología. Sin embargo, hoy sabemos que también forman parte de la salud física. El estrés mantenido, la ansiedad o la tristeza prolongada pueden alterar el sueño, aumentar la presión arterial, favorecer procesos inflamatorios y dificultar la recuperación de algunas enfermedades. Del mismo modo, una buena regulación emocional se relaciona con una mejor calidad de vida, mayor adherencia a los tratamientos y relaciones personales más saludables.

En el entorno sanitario esta realidad se observa cada día. Un paciente que recibe un diagnóstico complejo experimenta incertidumbre, miedo o preocupación. Un familiar puede sentirse desbordado por la responsabilidad del cuidado. Los profesionales sanitarios, por su parte, trabajan bajo presión, toman decisiones difíciles y están expuestos de forma continua al sufrimiento humano. Todos ellos necesitan recursos para afrontar estas situaciones de la manera más saludable posible.

El concepto de inteligencia emocional comenzó a desarrollarse científicamente a principios de los años noventa gracias a los psicólogos Peter Salovey y John Mayer. Posteriormente, el periodista y psicólogo Daniel Goleman contribuyó a divulgarlo entre el público general.

Aunque existen diferentes modelos, todos coinciden en una idea esencial: la inteligencia emocional es la capacidad para identificar las emociones, comprender su significado y utilizarlas de manera adecuada en la vida diaria.

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No significa ser siempre optimista ni evitar los sentimientos desagradables. Tampoco implica controlar cada emoción que aparece. En realidad, supone aprender a escuchar lo que sentimos para responder con mayor equilibrio.

Las investigaciones muestran que las personas con un buen desarrollo de estas habilidades suelen afrontar mejor el estrés, mantienen relaciones sociales más satisfactorias y presentan mayor capacidad para resolver conflictos.

La regla de los tres: un método sencillo con base científica

Aunque la expresión "regla de los tres" no corresponde a un modelo científico oficial, resume de forma muy práctica tres procesos ampliamente estudiados en la investigación sobre inteligencia emocional y regulación emocional:

  1. Reconocer la emoción.
  2. Comprender por qué aparece.
  3. Regular la respuesta.

Estos tres pasos forman una secuencia lógica. Saltarse alguno de ellos suele dificultar la gestión emocional. Es habitual intentar controlar una emoción sin haber identificado antes qué está ocurriendo realmente.

Primer paso: reconocer lo que estamos sintiendo

Parece sencillo, pero muchas personas tienen dificultades para poner nombre a sus emociones. Expresiones como "estoy mal", "estoy agobiado" o "estoy raro" describen un malestar general, pero no ayudan a entender qué sucede exactamente.

Reconocer una emoción consiste en identificarla con precisión. ¿Se trata de miedo? ¿Frustración? ¿Vergüenza? ¿Tristeza? ¿Decepción? Cuanto más específico sea el reconocimiento, más fácil será actuar después.

Este proceso también implica prestar atención a las señales del cuerpo. Las emociones suelen manifestarse físicamente antes incluso de que seamos plenamente conscientes de ellas. Un aumento de la frecuencia cardíaca, tensión muscular, sudoración, respiración acelerada o molestias digestivas pueden ser indicadores de que nuestro organismo está respondiendo a una situación que considera importante.

En el ámbito sanitario esto ocurre con frecuencia. Un paciente que espera el resultado de una prueba puede interpretar el nerviosismo como un simple malestar físico, cuando en realidad está experimentando miedo ante la incertidumbre. Del mismo modo, un profesional sanitario que termina varias guardias consecutivas puede pensar que únicamente está cansado, cuando además está acumulando estrés emocional.

Poner nombre a la emoción no la hace desaparecer, pero sí reduce la sensación de confusión. Diversos estudios realizados mediante técnicas de neuroimagen han mostrado que identificar verbalmente una emoción disminuye la activación de regiones cerebrales relacionadas con la respuesta emocional intensa, facilitando un procesamiento más racional de la situación.

En otras palabras, cuando somos capaces de decir "estoy preocupado" en lugar de limitarse a pensar "me siento fatal", el cerebro comienza a organizar mejor esa experiencia.

Segundo paso: comprender qué nos está diciendo esa emoción

Las emociones cumplen una función. No aparecen por casualidad ni son enemigas que debamos eliminar. Cada una aporta información sobre cómo estamos interpretando lo que sucede a nuestro alrededor.

El miedo nos prepara para responder ante una amenaza. La tristeza suele aparecer cuando experimentamos una pérdida. El enfado puede indicar que percibimos una injusticia o que alguien ha sobrepasado nuestros límites. La alegría refuerza aquellas experiencias que resultan beneficiosas para nosotros.

Comprender una emoción significa preguntarse qué la ha provocado y qué necesidad está señalando. En ocasiones la causa es evidente, pero otras veces requiere una reflexión más profunda.

Por ejemplo, una enfermera puede sentirse irritada al finalizar una jornada especialmente complicada. Si únicamente interpreta esa emoción como "mal carácter", probablemente seguirá acumulando tensión. Sin embargo, si comprende que el enfado refleja agotamiento, sobrecarga laboral y falta de descanso, podrá buscar soluciones más eficaces para proteger su bienestar.

De igual forma, un paciente que recibe el diagnóstico de una enfermedad crónica puede pensar que está enfadado con el personal sanitario, cuando en realidad siente miedo por los cambios que tendrá que afrontar en su vida. Reconocer ese origen facilita una comunicación mucho más abierta y una mejor relación terapéutica.

Tercer paso: regular la respuesta sin reprimir las emociones

Una vez que hemos identificado la emoción y comprendido su origen, llega el tercer paso: decidir cómo responder. Este es el aspecto más conocido de la inteligencia emocional, aunque también el más malinterpretado.

Regular una emoción no significa esconderla, ignorarla o hacer como si no existiera. Tampoco consiste en mantener siempre una actitud positiva. Las emociones desagradables forman parte de la vida y cumplen una función adaptativa. Lo importante es evitar que sean ellas las que dirijan automáticamente nuestro comportamiento.

El psicólogo James Gross, uno de los investigadores más reconocidos en regulación emocional, ha demostrado que algunas estrategias son más eficaces que otras. Por ejemplo, reinterpretar una situación desde otra perspectiva suele producir mejores resultados que intentar bloquear o reprimir lo que sentimos. La supresión emocional puede aliviar el malestar de forma momentánea, pero a largo plazo suele aumentar el estrés y dificultar las relaciones con los demás.

Regular una emoción implica preguntarse: ¿Qué puedo hacer ahora para responder de la mejor manera posible?

La respuesta dependerá de cada situación. En algunos casos será útil hacer una pausa antes de contestar a una conversación difícil. En otros, buscar apoyo en un familiar, practicar una técnica de respiración, salir a caminar o pedir ayuda a un profesional de la salud mental.

La clave está en recordar que siempre existe un espacio entre la emoción y la conducta. La inteligencia emocional ayuda precisamente a ampliar ese espacio para elegir la respuesta más adecuada.

Conclusiones

La inteligencia emocional no consiste en evitar las emociones desagradables, sino en aprender a interpretarlas y utilizarlas de forma constructiva. La regla de los tres —reconocer, comprender y regularresume este proceso en una herramienta sencilla y aplicable tanto en la vida cotidiana como en el ámbito sanitario. Aunque no sustituye la atención psicológica cuando existe un problema de salud mental, sí puede contribuir a mejorar el bienestar, favorecer la comunicación y afrontar el estrés con mayor equilibrio.

Bibliografía

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