Manejo hospitalario del paciente con ictus agudo

Incluido en la revista Ocronos. Vol. IX. N.º 10–Octubre 2026.

Pág. Inicial: Vol. IX; N.º 10: 327

Autor principal (primer firmante): Vanessa Álvarez Sánchez

Fecha recepción: 28/09/2026

Fecha aceptación: 25/10/2026

Ref.: Ocronos. 2026;9(10): 327

Autores:

  • Vanessa Álvarez Sánchez
  • Alba Estallo Escar
  • Nazaret García Ramos
  • Maria Moreno Martin
  • Marta Leal Pérez
  • María de los Ángeles Mérida Cebollero

Palabras clave: ictus, accidente cerebrovascular, ictus isquémico, hemorragia cerebral, trombólisis, trombectomía, unidad de ictus.

Resumen

El ictus constituye una urgencia neurológica tiempo-dependiente y una de las principales causas de mortalidad, discapacidad adquirida y dependencia en la población adulta. Puede producirse como consecuencia de la interrupción del flujo sanguíneo cerebral, dando lugar al ictus isquémico, o por la rotura de un vaso sanguíneo y la consiguiente hemorragia intracraneal. La rápida identificación de los síntomas, la activación de los circuitos asistenciales y el acceso precoz a técnicas diagnósticas y terapéuticas condicionan de forma importante el pronóstico.

El manejo hospitalario comienza desde la llegada del paciente al servicio de urgencias y requiere una valoración neurológica y clínica inmediata, determinación precisa del momento de inicio de los síntomas y realización urgente de neuroimagen. En el ictus isquémico, los tratamientos de reperfusión mediante trombólisis intravenosa y trombectomía mecánica han transformado el pronóstico de pacientes adecuadamente seleccionados. En el ictus hemorrágico, el control hemodinámico, la reversión de tratamientos anticoagulantes cuando proceda y la valoración neuroquirúrgica adquieren especial importancia.

Tras la estabilización inicial, el ingreso en una unidad de ictus permite mantener una vigilancia neurológica estrecha, prevenir complicaciones e iniciar precozmente la rehabilitación y la prevención secundaria. El objetivo de este artículo es revisar las principales actuaciones que conforman el manejo hospitalario del paciente con ictus agudo, desde su recepción en urgencias hasta la planificación del alta y la continuidad asistencial.

Abstract

Stroke is a time-dependent neurological emergency and one of the leading causes of mortality, acquired disability and dependency in the adult population. It may occur as a consequence of interruption of cerebral blood flow, resulting in ischaemic stroke, or due to rupture of a blood vessel and subsequent intracranial haemorrhage. Rapid identification of symptoms, activation of care pathways and early access to diagnostic and therapeutic techniques significantly influence prognosis.

Hospital management begins when the patient arrives at the emergency department and requires immediate neurological and clinical assessment, accurate determination of symptom onset and urgent neuroimaging. In ischaemic stroke, reperfusion treatments through intravenous thrombolysis and mechanical thrombectomy have transformed the prognosis of appropriately selected patients. In haemorrhagic stroke, haemodynamic control, reversal of anticoagulant treatments when appropriate and neurosurgical assessment are particularly important.

After initial stabilisation, admission to a stroke unit allows close neurological monitoring, prevention of complications and early initiation of rehabilitation and secondary prevention. The aim of this article is to review the main interventions involved in the hospital management of patients with acute stroke, from their arrival at the emergency department to discharge planning and continuity of care.

Introducción

El ictus es una alteración brusca de la circulación cerebral que provoca un déficit neurológico de aparición súbita. Constituye una emergencia médica en la que la rapidez de actuación resulta determinante, especialmente en los casos de origen isquémico susceptibles de tratamientos de reperfusión.

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La expresión clínica depende del territorio cerebral afectado y puede incluir pérdida de fuerza o sensibilidad en un lado del cuerpo, alteraciones del lenguaje, desviación de la comisura bucal, trastornos visuales, alteraciones del equilibrio, dificultad para caminar, disminución del nivel de conciencia o cefalea intensa de aparición repentina.

La atención moderna del ictus se estructura mediante sistemas asistenciales coordinados que comienzan antes de la llegada al hospital. El reconocimiento precoz de los síntomas y la activación del denominado código ictus permiten avisar al centro receptor y reducir los tiempos hasta la valoración, neuroimagen y tratamiento.

Una vez en el hospital resulta prioritario diferenciar entre ictus isquémico y hemorrágico, ya que las estrategias terapéuticas son diferentes. La neuroimagen urgente constituye una herramienta fundamental para establecer esta diferenciación y valorar las posibilidades terapéuticas.

La actualización de 2024 de la Estrategia en Ictus del Sistema Nacional de Salud destaca la importancia de las unidades de ictus para reducir mortalidad, dependencia y complicaciones, así como la necesidad de protocolos para la estabilización, vigilancia neurológica, prevención de complicaciones y rehabilitación precoz.

Desarrollo

Recepción hospitalaria y valoración inicial

La llegada de un paciente con sospecha de ictus debe activar un circuito asistencial que evite demoras innecesarias. La prioridad inicial consiste en valorar las funciones vitales y asegurar la estabilidad respiratoria y hemodinámica.

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La evaluación debe incluir el momento exacto en el que comenzaron los síntomas o, cuando este no se conoce, la última hora en la que el paciente fue observado sin déficit neurológico. Esta información es fundamental para valorar las opciones de reperfusión.

Debe obtenerse información sobre antecedentes médicos, tratamientos habituales, uso de anticoagulantes o antiagregantes, cirugías recientes, episodios hemorrágicos previos y situación funcional anterior al ictus. Cuando el paciente presenta alteraciones del lenguaje o disminución de conciencia, la información aportada por familiares, acompañantes o servicios de emergencias resulta especialmente relevante.

La exploración neurológica debe ser rápida pero sistemática. La escala NIHSS permite cuantificar el déficit neurológico y facilita la comunicación entre profesionales y la valoración evolutiva.

Paralelamente se realizan controles de glucemia, presión arterial, frecuencia cardiaca, temperatura, saturación de oxígeno y otras variables clínicas. La hipoglucemia puede producir manifestaciones similares a un ictus y debe identificarse rápidamente.

Neuroimagen y diagnóstico

La neuroimagen cerebral urgente constituye una de las pruebas fundamentales en la atención inicial. La tomografía computarizada sin contraste permite diferenciar rápidamente entre una lesión isquémica y una hemorragia intracraneal y detectar determinadas lesiones que pueden explicar los síntomas.

Cuando existe sospecha de oclusión de un gran vaso cerebral puede realizarse una angiografía mediante tomografía computarizada para estudiar la circulación arterial y valorar la posibilidad de trombectomía mecánica.

En pacientes seleccionados, especialmente cuando el momento de inicio es desconocido o se plantea un tratamiento en una ventana temporal ampliada, los estudios avanzados de perfusión mediante tomografía computarizada o resonancia magnética pueden ayudar a identificar tejido cerebral potencialmente recuperable.

La realización de estas pruebas debe integrarse en circuitos rápidos. Cuando un paciente es claramente candidato a trombólisis dentro de la ventana convencional, las pruebas adicionales que no sean imprescindibles no deberían retrasar injustificadamente el inicio del tratamiento. Las recomendaciones actuales continúan insistiendo en que la rapidez de la reperfusión es determinante para el resultado funcional.

Tratamiento del ictus isquémico

El ictus isquémico se produce por la obstrucción de una arteria cerebral. Cuando el paciente reúne los criterios establecidos, el principal objetivo durante las primeras horas consiste en restablecer el flujo sanguíneo hacia el tejido cerebral amenazado.

La trombólisis intravenosa continúa siendo uno de los tratamientos fundamentales. Las guías actuales contemplan alteplasa y tenecteplasa como alternativas en pacientes adecuadamente seleccionados dentro de las ventanas terapéuticas correspondientes. La guía estadounidense publicada en 2026 recomienda cualquiera de las dos dentro de las primeras 4,5 horas en pacientes adultos elegibles, mientras que las recomendaciones europeas ya habían incorporado tenecteplasa como alternativa, especialmente en determinados pacientes con oclusión de gran vaso.

Antes de administrar el tratamiento deben comprobarse cuidadosamente los criterios de inclusión y exclusión y valorar el riesgo hemorrágico. Durante y después de la administración es necesaria una vigilancia estrecha del estado neurológico, presión arterial y aparición de posibles complicaciones.

El beneficio de la reperfusión disminuye conforme transcurre el tiempo. Por ello, los procedimientos hospitalarios deben estar diseñados para evitar retrasos desde la llegada del paciente hasta el inicio del tratamiento.

Trombectomía mecánica

La trombectomía mecánica ha supuesto uno de los mayores avances en el tratamiento del ictus isquémico producido por oclusión de grandes vasos. El procedimiento consiste en acceder mediante técnicas endovasculares hasta la arteria obstruida y retirar el trombo para restaurar la circulación cerebral.

La selección depende de diferentes factores, entre ellos la localización de la oclusión, el tiempo transcurrido, la situación funcional previa, la gravedad clínica y los hallazgos de neuroimagen.

Aunque inicialmente la trombectomía se utilizaba principalmente durante las primeras seis horas, la selección mediante criterios clínicos y de imagen permite tratar actualmente a determinados pacientes en ventanas temporales más amplias. Las recomendaciones de 2026 contemplan trombectomía hasta las 24 horas en grupos seleccionados y han ampliado además las indicaciones en determinados pacientes con infartos extensos y oclusiones de circulación posterior.

Cuando un paciente es candidato tanto a trombólisis intravenosa como a trombectomía, la valoración para el procedimiento endovascular no debe retrasar innecesariamente la administración del tratamiento intravenoso indicado.

Manejo del ictus hemorrágico

El ictus hemorrágico requiere un abordaje diferente. La hemorragia intracerebral puede aumentar de tamaño durante las primeras horas y producir deterioro neurológico, hipertensión intracraneal y compromiso de estructuras cerebrales.

La estabilización inicial debe acompañarse de un control cuidadoso de la presión arterial. Los objetivos deben individualizarse siguiendo los protocolos correspondientes y evitando descensos excesivamente bruscos que puedan resultar perjudiciales.

Cuando el paciente recibe tratamiento anticoagulante, debe determinarse el fármaco utilizado y valorar la reversión urgente de su efecto mediante los agentes específicos o estrategias disponibles.

La localización y volumen de la hemorragia, la presencia de extensión ventricular, hidrocefalia y situación neurológica condicionan el pronóstico y las decisiones terapéuticas. Algunos pacientes requieren valoración neuroquirúrgica urgente.

Las recomendaciones europeas actualizadas en 2025 refuerzan un abordaje multidisciplinar de la hemorragia intracerebral espontánea basado en el control precoz de factores modificables, la prevención de complicaciones y la selección individualizada de intervenciones médicas y quirúrgicas.

Ingreso en la unidad de ictus

Tras la atención inicial, los pacientes deben ingresar siempre que sea posible en una unidad especializada. Estas unidades disponen de profesionales con formación específica y protocolos destinados a la vigilancia y tratamiento del paciente cerebrovascular.

El beneficio de las unidades de ictus no depende únicamente de disponer de monitorización. Su eficacia se relaciona con una atención organizada y multidisciplinar que incluye vigilancia neurológica, prevención de complicaciones, movilización precoz, rehabilitación y educación sanitaria.

La Estrategia en Ictus del Sistema Nacional de Salud establece entre sus objetivos la detección del empeoramiento mediante evaluaciones neurológicas repetidas, el control de glucemia, presión arterial, temperatura y oxigenación y la prevención de complicaciones como disfagia, trombosis venosa profunda y lesiones por presión.

Vigilancia neurológica

El estado neurológico puede cambiar rápidamente durante las primeras horas. El empeoramiento puede indicar progresión del infarto, transformación hemorrágica, edema cerebral, nueva oclusión vascular o expansión de una hemorragia.

La valoración periódica debe incluir nivel de conciencia, respuesta pupilar, lenguaje, movilidad y otros parámetros neurológicos relevantes. La utilización de escalas estandarizadas facilita la comparación con evaluaciones anteriores.

Cualquier deterioro súbito requiere valoración inmediata y puede justificar la repetición de pruebas de neuroimagen.

La vigilancia adquiere especial importancia después de tratamientos de reperfusión debido al riesgo de complicaciones hemorrágicas.

Control de la presión arterial

La presión arterial suele encontrarse elevada durante la fase aguda y su manejo depende del tipo de ictus y de los tratamientos previstos.

En el ictus isquémico no debe reducirse de forma indiscriminada, ya que una presión arterial elevada puede contribuir temporalmente al mantenimiento de la perfusión en zonas cerebrales comprometidas. Los pacientes candidatos a trombólisis deben encontrarse dentro de los límites establecidos antes y después del tratamiento.

Las recomendaciones actuales desaconsejan reducciones intensivas de la presión sistólica por debajo de 140 mmHg después de la reperfusión en determinados pacientes, al no aportar beneficio e incluso poder resultar perjudicial en algunas situaciones.

En la hemorragia intracerebral, el control de la presión arterial presenta objetivos diferentes y debe realizarse siguiendo protocolos específicos.

Control de glucemia, temperatura y oxigenación

La atención general durante la fase aguda puede influir en el pronóstico. La hipoxemia debe identificarse y corregirse, mientras que la administración rutinaria de oxígeno en pacientes con una saturación adecuada no proporciona necesariamente beneficio.

Tanto la hipoglucemia como la hiperglucemia requieren vigilancia. El control debe evitar extremos, y las recomendaciones actuales no aconsejan estrategias intensivas destinadas a alcanzar valores de glucosa excesivamente bajos en pacientes hospitalizados con ictus isquémico.

La fiebre se asocia con una evolución desfavorable y obliga a buscar posibles causas, especialmente infecciones. Debe controlarse la temperatura regularmente y tratar la hipertermia según las indicaciones establecidas.

Disfagia y prevención de aspiraciones

La disfagia es frecuente después de un ictus y constituye un importante factor de riesgo para neumonía por aspiración.

Antes de iniciar alimentación, líquidos o medicación por vía oral debe valorarse la seguridad de la deglución mediante los procedimientos establecidos. Si existen alteraciones, será necesaria una evaluación más completa y la adaptación de la alimentación.

El paciente debe mantenerse correctamente posicionado durante la ingesta y aplicar las recomendaciones sobre textura y consistencia. Una adecuada higiene oral también contribuye a reducir el riesgo de complicaciones respiratorias.

La valoración nutricional debe realizarse precozmente, especialmente cuando se prevé que las dificultades para alimentarse puedan prolongarse.

Prevención de complicaciones asociadas a la inmovilidad

Los pacientes con déficits motores presentan un riesgo elevado de complicaciones derivadas de la inmovilidad. Entre ellas se encuentran las lesiones por presión, trombosis venosa profunda, contracturas, pérdida de fuerza muscular y complicaciones respiratorias.

Los cambios posturales y la valoración periódica de la piel deben individualizarse según la situación clínica y el grado de movilidad.

También deben establecerse medidas de prevención de tromboembolismo venoso cuando estén indicadas. La movilización debe comenzar precozmente una vez que la situación clínica lo permita, pero adaptándose siempre a la estabilidad y tolerancia del paciente.

Rehabilitación precoz

La rehabilitación constituye una parte integral del tratamiento y debe comenzar durante la hospitalización. Las necesidades dependen de las secuelas motoras, sensitivas, cognitivas, comunicativas y funcionales.

Fisioterapia, terapia ocupacional y logopedia desempeñan un papel fundamental. La rehabilitación debe orientarse a recuperar la máxima autonomía posible y prevenir complicaciones secundarias.

No todos los pacientes necesitan la misma intensidad ni pueden iniciar las actividades en el mismo momento. La planificación debe ser individualizada y revisarse conforme evoluciona el estado neurológico.

La participación de familiares y cuidadores resulta especialmente importante para facilitar posteriormente la continuidad de los ejercicios y estrategias aprendidas.

Prevención secundaria

Una vez estabilizado el paciente resulta fundamental determinar la causa del ictus para reducir el riesgo de recurrencia.

El estudio puede incluir valoración de arterias cervicales e intracraneales, electrocardiograma, monitorización cardiaca, ecocardiografía y estudios analíticos, dependiendo de las características clínicas.

En el ictus isquémico no cardioembólico pueden estar indicados tratamientos antiagregantes. En determinados ictus menores o accidentes isquémicos transitorios de alto riesgo puede utilizarse temporalmente una doble antiagregación en pacientes seleccionados.

Cuando se identifica fibrilación auricular u otra causa cardioembólica puede estar indicada la anticoagulación, cuyo momento de inicio debe individualizarse según la extensión del ictus y el riesgo hemorrágico.

El control de hipertensión arterial, diabetes, dislipemia, tabaquismo, obesidad, sedentarismo y otros factores de riesgo constituye una parte esencial de la prevención secundaria.

Atención al paciente y la familia

La aparición brusca de un ictus genera un importante impacto emocional. En pocas horas una persona previamente independiente puede presentar dificultades para caminar, hablar, comprender o realizar actividades básicas.

La información debe proporcionarse de forma progresiva, clara y adaptada. Cuando existe afasia u otras dificultades de comunicación, deben emplearse estrategias que permitan al paciente participar en las decisiones siempre que sea posible.

Los familiares también necesitan conocer la evolución esperada, las necesidades de rehabilitación y los cuidados que pueden ser necesarios después del alta.

El abordaje debe contemplar además posibles alteraciones emocionales posteriores, como depresión, ansiedad, apatía o cambios conductuales, que pueden influir considerablemente en la recuperación.

Planificación del alta y continuidad asistencial

El alta debe planificarse desde las primeras fases del ingreso. La situación funcional previa y posterior al ictus, el apoyo familiar, las características del domicilio y las necesidades de rehabilitación condicionan el destino después de la hospitalización.

Algunos pacientes pueden regresar directamente a su domicilio, mientras que otros requieren ingreso en centros de rehabilitación o recursos sociosanitarios.

Antes del alta deben quedar definidos el tratamiento farmacológico, seguimiento médico, programa rehabilitador y medidas de prevención secundaria. El paciente y sus cuidadores deben conocer los principales signos de alarma que obligan a solicitar atención urgente ante la posibilidad de una recurrencia.

La coordinación entre el hospital, atención primaria, rehabilitación, neurología y servicios sociales resulta fundamental para mantener la continuidad asistencial y favorecer la máxima recuperación funcional.

Conclusión

El ictus agudo constituye una emergencia neurológica en la que cada minuto puede condicionar la cantidad de tejido cerebral recuperable y el grado posterior de discapacidad. La existencia de circuitos asistenciales coordinados permite reducir los tiempos hasta el diagnóstico y facilitar el acceso a tratamientos específicos.

La neuroimagen urgente permite diferenciar el ictus isquémico del hemorrágico y orientar las decisiones terapéuticas. En el ictus isquémico, la trombólisis intravenosa y la trombectomía mecánica constituyen las principales estrategias de reperfusión en pacientes seleccionados, mientras que el ictus hemorrágico requiere un control específico de la presión arterial, valoración de la anticoagulación y consideración de intervenciones neuroquirúrgicas cuando estén indicadas.

El tratamiento no finaliza después de las primeras horas. El ingreso en una unidad de ictus, la vigilancia neurológica, el control de constantes, la prevención de aspiraciones y complicaciones derivadas de la inmovilidad y el inicio precoz de la rehabilitación forman parte esencial del manejo hospitalario.

Finalmente, la identificación de la etiología y el control de los factores de riesgo permiten establecer una prevención secundaria individualizada. Una atención multidisciplinar y coordinada desde la llegada a urgencias hasta el alta contribuye a reducir la mortalidad, prevenir recurrencias y favorecer la máxima recuperación funcional posible.

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