Incluido en la revista Ocronos. Vol. IX. N.º 11–Noviembre 2026.
Pág. Inicial: Vol. IX; N.º 11: 53
Autor principal (primer firmante): Saudy Mauden Gómez Álvarez
Fecha recepción: 05/10/2026
Fecha aceptación: 01/11/2026
Ref.: Ocronos. 2026;9(11): 53
Autores:
- Saudy Mauden Gómez Álvarez
- Awa Kouyate Diabate
- M. Angeles Barrachina Abós
- María Carmen Casas Aler
- Ana Cristina Saz Bazaco
- Natalia Miro Ferrer
Palabras clave: juego terapéutico, pediatría, hospitalización, humanización de la atención, adaptación psicológica
Resumen
El juego terapéutico es una herramienta de gran valor en la atención pediátrica hospitalaria, ya que contribuye a reducir la ansiedad, mejorar la adaptación del niño al ingreso y facilitar su participación en el proceso asistencial. La hospitalización rompe rutinas, genera miedo e introduce al menor en un entorno desconocido, a menudo asociado a dolor, separación y pérdida de control. En este contexto, el juego deja de ser una actividad únicamente recreativa para convertirse en un recurso terapéutico que ayuda al niño a expresar emociones, comprender procedimientos, disminuir la vivencia traumática del ingreso y mantener aspectos esenciales de su desarrollo.
El presente artículo analiza el papel del juego terapéutico en el entorno hospitalario, sus principales beneficios, su aplicación práctica en pediatría y la importancia de integrarlo de forma real en los cuidados para avanzar hacia una atención más humanizada y centrada en el paciente. El uso intencionado del juego como intervención enfermera y como estrategia de distracción y afrontamiento ha mostrado utilidad para disminuir miedo, ansiedad y conductas negativas asociadas a procedimientos y hospitalización.
Abstract
Therapeutic play is a valuable tool in pediatric hospital care, as it helps reduce anxiety, improves children’s adaptation to hospitalization, and facilitates their participation in the healthcare process. Hospital admission disrupts routines, generates fear, and places the child in an unfamiliar environment often associated with pain, separation, and loss of control. In this context, play is no longer just a recreational activity, but becomes a therapeutic resource that helps children express emotions, understand procedures, reduce the traumatic impact of hospitalization, and preserve essential aspects of their development. This article analyzes the role of therapeutic play in the hospital setting, its main benefits, its practical application in pediatrics, and the importance of integrating it into care in order to move toward more humanized and patient-centered attention.
Intentional use of play as a nursing intervention and as a strategy for distraction and coping has shown value in reducing fear, anxiety, and negative behaviors related to procedures and hospitalization.
Introducción
La hospitalización infantil supone una experiencia de gran impacto para el niño y su familia. Aunque desde el punto de vista clínico el ingreso tenga como finalidad el diagnóstico, tratamiento o vigilancia de una enfermedad, para el paciente pediátrico implica además una ruptura abrupta con su vida cotidiana. El niño abandona temporalmente su casa, su habitación, su colegio, sus rutinas y sus figuras habituales de referencia, y pasa a un entorno desconocido en el que predominan ruidos, normas nuevas, personas extrañas y procedimientos que pueden generar miedo o dolor. Esta vivencia no es un aspecto secundario del ingreso, sino una parte central de la experiencia de enfermedad en la infancia. Por ello, la calidad asistencial en pediatría no puede medirse solo por resultados clínicos, sino también por la capacidad del sistema para reducir el sufrimiento emocional que conlleva la hospitalización. La estrategia de humanización del Sistema Nacional de Salud y las publicaciones recientes sobre humanización en pediatría insisten en la necesidad de considerar la dimensión emocional del niño hospitalizado y de introducir recursos que disminuyan el impacto negativo del ingreso.
En este contexto, el juego adquiere un valor especial. En la infancia, jugar no es una actividad accesoria ni un simple entretenimiento. Es el modo natural en que el niño se comunica, interpreta el mundo, procesa experiencias nuevas y desarrolla habilidades cognitivas, emocionales y sociales. Cuando un niño juega, comprende, simboliza, ensaya, descarga tensión y construye sensación de control. Si esto ya es importante en la vida diaria, lo es aún más en el hospital, donde gran parte de los acontecimientos resultan impuestos y difíciles de comprender. El juego terapéutico permite devolver al niño un espacio propio dentro de un entorno que con frecuencia percibe como amenazante. A través de él puede anticipar lo que va a suceder, expresar sus temores, elaborar experiencias dolorosas y mantener una parte esencial de su identidad infantil en medio del proceso de enfermedad. Diversas revisiones y experiencias clínicas recientes describen que el juego terapéutico mejora la adaptación al ingreso y disminuye conductas de miedo, ira o resistencia en el entorno hospitalario.
Desarrollo
Hablar de juego terapéutico en el hospital implica ir más allá de la idea de poner juguetes a disposición del niño. El juego terapéutico es una intervención intencionada, planificada y adaptada a la edad, al nivel madurativo y a la situación clínica del paciente. Su objetivo no es solo distraer, sino favorecer una mejor vivencia del proceso asistencial. Puede utilizarse para preparar al niño antes de un procedimiento, para disminuir el miedo durante una técnica, para facilitar la expresión emocional durante un ingreso prolongado o para mejorar la interacción con el equipo sanitario. En este sentido, el juego actúa como puente entre el mundo del niño y el mundo clínico, traduciendo lo sanitario a un lenguaje que le resulta comprensible. La literatura enfermera reciente señala precisamente que el juego, entendido como intervención, ayuda al menor a comunicar su percepción del mundo y a relacionarse mejor con el ambiente hospitalario.
Uno de los mayores beneficios del juego terapéutico es su capacidad para reducir ansiedad y miedo. La hospitalización genera una sensación de pérdida de control muy intensa. El niño no decide cuándo se le explora, cuándo se le pincha, qué medicación recibe ni cuánto tiempo permanecerá ingresado. Esa falta de control suele traducirse en llanto, oposición, retraimiento o irritabilidad. El juego terapéutico permite compensar parcialmente esta vivencia porque devuelve al menor un papel activo. Cuando juega con un muñeco al que se le coloca una mascarilla, se le toma la tensión o se le pone una vía simbólica, deja de ser solo receptor pasivo de una acción médica y pasa a comprender, representar y anticipar lo que ocurre. Este cambio reduce incertidumbre y mejora el afrontamiento. Los estudios recientes sobre ludoterapia y juego terapéutico en niños hospitalizados muestran descensos de ansiedad y menor aparición de manifestaciones emocionales negativas cuando estas intervenciones se incorporan a la atención.
Otro aspecto importante es la preparación para procedimientos. En pediatría, muchos de los conflictos asistenciales no derivan tanto de la técnica en sí como del miedo previo que el niño experimenta ante ella. Una extracción sanguínea, una cura, la colocación de una mascarilla o la entrada en quirófano pueden convertirse en experiencias de enorme carga emocional si no existe preparación previa. El juego terapéutico permite explicar al niño qué va a ocurrir mediante lenguaje simbólico y adaptado, utilizando cuentos, muñecos, dibujos o juegos de rol. No se trata de engañar ni de restar importancia a lo que va a suceder, sino de hacerlo comprensible y soportable. Cuando el niño entiende mejor el procedimiento, suele colaborar más y vivirlo con menor intensidad emocional. Los trabajos centrados en reducción de dolor y ansiedad en urgencias pediátricas refuerzan esta utilidad del juego como estrategia eficaz durante procedimientos invasivos.
El juego terapéutico también resulta especialmente útil en niños con ingresos prolongados, enfermedades crónicas o procesos especialmente duros, como los oncológicos. En estos casos, el hospital deja de ser un escenario puntual y se convierte en una parte importante de la vida del menor. Aquí el juego no cumple solo una función distractora, sino también de sostén emocional y de preservación del desarrollo. El niño necesita seguir siendo niño aunque esté enfermo. Necesita seguir imaginando, creando, explorando y relacionándose desde su etapa evolutiva. El juego le permite mantener esa continuidad con su identidad infantil y evita que todo su mundo quede absorbido por la enfermedad. La revisión publicada en 2022 sobre distracción en oncología pediátrica describe que estas intervenciones favorecen confort, comunicación y afrontamiento, y que el juego puede utilizarse como una verdadera estrategia de cuidado, no solo como acompañamiento accesorio.
Desde un punto de vista emocional, el juego terapéutico facilita algo que a menudo resulta difícil en la infancia: expresar lo que no se sabe poner en palabras. Muchos niños pequeños no pueden verbalizar con precisión que tienen miedo, que están enfadados o que se sienten inseguros. Sin embargo, sí pueden representarlo jugando. A través del dibujo, la dramatización, el uso de muñecos o el juego simbólico, exteriorizan preocupaciones, repiten escenas que les han impactado y elaboran emocionalmente lo vivido. Esto permite al profesional comprender mejor cómo está experimentando el niño su proceso de enfermedad y adaptar la atención. En este sentido, el juego no solo beneficia al paciente, sino que ofrece información muy valiosa para personalizar los cuidados. La bibliografía reciente sobre humanización del cuidado pediátrico insiste en que el juego mejora la adaptación y la aceptación del entorno sanitario, y reduce manifestaciones observables de miedo, rabia y tensión.
No menos importante es su papel en la humanización de la asistencia. Humanizar no consiste únicamente en decorar espacios o flexibilizar visitas, sino en reconocer que la experiencia del niño enfermo debe ser atendida de forma global. El juego terapéutico humaniza porque transforma el hospital de un lugar únicamente técnico en un espacio donde la infancia sigue teniendo cabida. Introduce cercanía, reduce distancia entre profesional y paciente y favorece una relación menos amenazante. Un niño que ha podido jugar con el profesional, conocer materiales sanitarios a través de una dinámica adaptada o participar en una actividad lúdica suele percibir el entorno asistencial con menor hostilidad. Esto no elimina el miedo por completo, pero sí lo hace más manejable. Los documentos sobre humanización del cuidado pediátrico publicados en los últimos años relacionan estas estrategias con una mejor experiencia hospitalaria y con respuestas conductuales más adaptativas.
La participación de la familia es otro elemento esencial. En pediatría, los padres no son espectadores, sino parte activa del proceso asistencial. Su presencia influye en la adaptación emocional del niño y puede potenciar el valor del juego terapéutico. Cuando la familia comprende el sentido de estas intervenciones, colabora mejor, reproduce estrategias de calma y participa en actividades que refuerzan la seguridad emocional del menor. Además, el juego compartido entre padres e hijos durante el ingreso fortalece el vínculo y reduce la sensación de pasividad que muchas familias sienten en el hospital. En no pocos casos, el juego terapéutico beneficia también a los cuidadores, porque les ofrece una manera concreta de acompañar a su hijo más allá de la mera espera.
Ahora bien, pese a sus beneficios, la integración del juego terapéutico en la práctica hospitalaria cotidiana sigue encontrando obstáculos. El primero es cultural. En algunos entornos aún se percibe el juego como algo secundario, menos importante que el tratamiento farmacológico o la técnica diagnóstica. Esta visión limita su incorporación real en los cuidados. El segundo obstáculo es organizativo. La sobrecarga asistencial, la escasez de personal y la presión del tiempo hacen que el juego sea a veces lo primero que se sacrifica. También influye la falta de formación específica, ya que no todos los profesionales se sienten seguros para utilizar herramientas lúdicas con un propósito terapéutico. Sin embargo, la evidencia y la experiencia clínica coinciden en que no se trata de una intervención prescindible, sino de un recurso con valor asistencial real. Su mayor integración exige formación, apoyo institucional y una mirada pediátrica más completa.
En este punto, el papel de Enfermería y de los TCAE es especialmente relevante. Son los profesionales que más tiempo pasan junto al niño y quienes mejor pueden detectar miedo, rechazo, tristeza o dificultades de adaptación. Precisamente por esa cercanía, están en una posición privilegiada para incorporar el juego a los cuidados diarios. No hace falta convertir cada intervención en una actividad compleja; a veces basta con una explicación dramatizada, con dejar explorar de manera adaptada un material, con utilizar muñecos o cuentos o con permitir espacios de juego en momentos de espera.
Cuando este recurso se introduce de forma coherente y sensible, el impacto sobre la experiencia del niño puede ser muy significativo.
Caso clínico
Puede servir como ejemplo el caso de un niño de 5 años ingresado para una intervención quirúrgica programada que mostraba gran ansiedad ante cualquier contacto sanitario, con llanto intenso solo al ver la bata o el material clínico. Antes de la cirugía, se realizó una intervención breve de juego terapéutico utilizando un muñeco, mascarillas, vendas y material de exploración adaptado. El niño pudo “operar” al muñeco, ponerle la mascarilla, tumbarlo en una cama simulada y hacer preguntas mientras jugaba. También se implicó a la madre en la actividad. Aunque siguió mostrando nerviosismo antes de la entrada a quirófano, la reacción fue notablemente más contenida y colaboró mejor en la inducción anestésica. Este tipo de intervención resume bien la función del juego terapéutico: no eliminar por completo el miedo, sino hacerlo comprensible, compartido y menos traumático. La evidencia reciente recoge beneficios similares en reducción de ansiedad y mejor afrontamiento en procedimientos e ingresos.
Conclusión
El juego terapéutico en el entorno hospitalario no debe considerarse un complemento decorativo de la asistencia pediátrica, sino una herramienta clínica y humana de primer orden. Su valor reside en que responde a una necesidad profundamente infantil: comprender, expresar y afrontar la realidad a través del juego. En el hospital, donde el niño puede sentirse desbordado, asustado o despojado de control, este recurso actúa como un medio de adaptación, alivio emocional y participación.
Integrar el juego terapéutico en la práctica diaria mejora la experiencia del paciente, favorece la colaboración, disminuye ansiedad y contribuye a una atención más humanizada. Para ello, no basta con reconocer su utilidad teórica; es necesario darle un lugar real dentro de los cuidados, formar a los profesionales y entender que en pediatría tratar bien también significa cuidar cómo vive el niño su enfermedad y su hospitalización.
Bibliografía
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