Estructura interna de los huesos largos

Incluido en la revista Ocronos. Vol. IX. N.º 10–Octubre 2026.

Pág. Inicial: Vol. IX; N.º 10: 221

Autor principal (primer firmante): Lizeth Fabiola Aguilar Ale

Fecha recepción: 20/09/2026

Fecha aceptación: 17/10/2026

Ref.: Ocronos. 2026;9(10): 221

Autores:

  • Lizeth Fabiola, Aguilar Ale
  • Ana Isabel, Cuesta Navarro
  • María Pilar, Ledesma Portero
  • Gemma Abadía García
  • Alejandro López Artigas
  • Nuria Esteban Catalán

Categoría: Enfermería, TCAE, celadores, administrativo, técnico superior de laboratorio, servicios generales.

Palabras clave: huesos, cuerpo humano, esqueleto, movimiento, estructura.

Introducción

Los huesos largos presentan una estructura interna especialmente adaptada para combinar resistencia, ligereza, crecimiento y capacidad de soportar las fuerzas que se producen durante el movimiento. Esta organización permite que huesos como el fémur, el húmero, la tibia, el radio o el cúbito puedan actuar como elementos de soporte y como palancas sobre las que trabajan los músculos. Aunque externamente presentan una forma alargada, en su interior existe una organización compleja formada por tejido óseo compacto, tejido óseo esponjoso, cavidad medular, médula ósea, vasos sanguíneos, nervios y diferentes estructuras celulares.

Para comprender la estructura interna de un hueso largo es necesario diferenciar sus principales regiones anatómicas. Un hueso largo típico presenta una zona central denominada diáfisis y dos extremos denominados epífisis. Entre la diáfisis y cada epífisis se encuentra la metáfisis. Estas regiones presentan una organización interna diferente porque cumplen funciones mecánicas y biológicas distintas. La diáfisis está especialmente adaptada para soportar cargas y resistir la flexión, mientras que las epífisis están relacionadas principalmente con las articulaciones y la distribución de las fuerzas.

Desarrollo

La diáfisis constituye el cuerpo alargado del hueso. En su interior existe una cavidad denominada cavidad medular o cavidad de la médula. Alrededor de esta cavidad se encuentra una gruesa capa de tejido óseo compacto. Esta disposición proporciona una gran resistencia mecánica sin necesidad de que todo el interior del hueso sea completamente sólido. La estructura tubular permite disminuir el peso del hueso y, al mismo tiempo, mantener una elevada resistencia frente a las fuerzas que actúan sobre él.

El tejido óseo compacto, también llamado hueso cortical, constituye la parte más densa y resistente del hueso. En los huesos largos se encuentra especialmente desarrollado en la diáfisis. Forma una especie de pared rígida que rodea la cavidad medular. Su función es proporcionar resistencia frente a fuerzas de compresión, flexión y torsión. La distribución de este tejido no es aleatoria, sino que está relacionada con las fuerzas mecánicas que soporta cada hueso.

La organización microscópica del hueso compacto es muy especializada. Su unidad estructural característica es la osteona, también denominada sistema de Havers.

Una osteona tiene aproximadamente una forma cilíndrica y se encuentra orientada generalmente siguiendo el eje longitudinal del hueso. Esta orientación permite que las estructuras microscópicas se adapten a las principales líneas de fuerza que atraviesan la diáfisis.

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Cada osteona está formada por varias láminas concéntricas de matriz ósea denominadas laminillas. Estas laminillas rodean un conducto central denominado conducto de Havers o conducto central. Por este conducto pasan vasos sanguíneos y fibras nerviosas que permiten mantener la actividad de las células óseas situadas en el tejido compacto.

Entre las laminillas se encuentran pequeños espacios denominados lagunas. En ellas se encuentran los osteocitos, que son las células maduras del tejido óseo. Los osteocitos mantienen la matriz ósea y participan en la regulación del tejido en respuesta a diferentes estímulos, especialmente los estímulos mecánicos. Aunque están rodeados por una matriz mineralizada, mantienen comunicación con otras células mediante pequeños canales.

Estos canales reciben el nombre de canalículos. Los canalículos conectan las lagunas entre sí y permiten que los osteocitos se comuniquen y reciban sustancias procedentes de los vasos sanguíneos. También permiten eliminar productos de desecho. De esta forma, aunque la matriz ósea sea muy densa, existe un sistema microscópico que permite mantener vivas y funcionales las células situadas en su interior.

Además de los conductos de Havers, existen conductos perforantes o conductos de Volkmann. Estos conductos atraviesan el tejido compacto en diferentes direcciones y conectan los conductos centrales de las osteonas con los vasos sanguíneos situados en el periostio y en otras regiones del hueso. Gracias a esta red, los vasos pueden distribuirse por el interior del tejido óseo.

Entre las osteonas pueden encontrarse laminillas intersticiales. Estas representan restos de osteonas antiguas que han sido parcialmente reabsorbidas durante el proceso de remodelación ósea. Por tanto, el tejido compacto no está formado únicamente por osteonas completas, sino que presenta una combinación de osteonas, laminillas intersticiales y laminillas circunferenciales.

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Las laminillas circunferenciales se encuentran alrededor del hueso y pueden localizarse cerca de las superficies externa e interna. Las laminillas circunferenciales externas se sitúan bajo el periostio, mientras que las internas rodean la cavidad medular. Estas estructuras contribuyen a reforzar el hueso y a mantener su organización general.

La cavidad medular ocupa la región central de la diáfisis. En el adulto contiene principalmente médula ósea amarilla, formada en gran parte por tejido adiposo. Esta cavidad permite reducir el peso del hueso y proporciona un espacio para la médula. En determinados huesos y regiones, especialmente durante la infancia, existe una mayor cantidad de médula roja, responsable de la producción de células sanguíneas.

La composición de la médula cambia con la edad. En el niño, gran parte de la médula de los huesos largos es médula roja y participa activamente en la hematopoyesis. Con el crecimiento, una parte importante de esta médula se transforma en médula amarilla debido al aumento del tejido adiposo. Sin embargo, la médula roja permanece en determinadas regiones del esqueleto y puede aumentar su actividad cuando el organismo necesita producir una cantidad mayor de células sanguíneas.

La cavidad medular está revestida internamente por una fina membrana denominada endostio. El endostio contiene células relacionadas con el tejido óseo y participa en procesos de formación, reabsorción y remodelación. Aunque es mucho más delgado que el periostio, tiene una importancia considerable en el mantenimiento de las superficies internas del hueso.

En los extremos del hueso largo, la organización cambia. Las epífisis presentan una capa externa de hueso compacto relativamente delgada y una región interna formada principalmente por hueso esponjoso o trabecular. El hueso esponjoso tiene una estructura formada por pequeñas prolongaciones denominadas trabéculas, que se entrecruzan y crean espacios internos.

Las trabéculas no están colocadas al azar. Su orientación está relacionada con las líneas principales de carga que soporta el hueso. De esta forma, el tejido esponjoso puede resistir fuerzas utilizando una cantidad relativamente pequeña de material.

Esta organización es especialmente importante en las epífisis, donde las fuerzas procedentes de las articulaciones deben distribuirse hacia la diáfisis.

Entre las trabéculas del hueso esponjoso existen espacios que pueden contener médula ósea y vasos sanguíneos. En las regiones donde existe médula roja, estos espacios constituyen un importante lugar de hematopoyesis. Las células sanguíneas se desarrollan en el microambiente medular y posteriormente pasan a la circulación a través de los vasos sanguíneos.

A diferencia del hueso compacto, el hueso esponjoso no presenta osteonas completas organizadas alrededor de conductos de Havers. Las trabéculas son mucho más delgadas y los osteocitos situados en ellas pueden recibir nutrientes desde los vasos sanguíneos presentes en los espacios medulares próximos. Esta diferencia explica la distinta organización microscópica de ambos tipos de tejido óseo.

Las trabéculas están formadas por laminillas de tejido óseo y contienen osteocitos situados en lagunas. Los canalículos conectan estas lagunas y permiten la comunicación entre los osteocitos. En las superficies de las trabéculas se encuentran células como osteoblastos y osteoclastos, que participan respectivamente en la formación y reabsorción del tejido óseo.

La disposición interna del hueso esponjoso tiene una importante función mecánica. Cuando una fuerza se aplica sobre un hueso largo, las trabéculas pueden orientarse de acuerdo con las principales líneas de tensión. Esta organización permite que el hueso soporte grandes cargas sin necesidad de aumentar excesivamente su masa. Por ello, el hueso esponjoso contribuye a que el esqueleto sea resistente pero relativamente ligero.

Las epífisis también presentan superficies articulares. En las zonas donde un hueso largo entra en contacto con otro hueso, la superficie está cubierta por cartílago articular, generalmente cartílago hialino. Este tejido no forma parte propiamente del hueso, pero está estrechamente relacionado con su estructura funcional. Su superficie lisa reduce la fricción y permite que los huesos se desplacen con mayor facilidad durante el movimiento.

La metáfisis es la región situada entre la diáfisis y la epífisis. Durante el crecimiento contiene la placa epifisaria o placa de crecimiento. Esta estructura está formada por cartílago y es responsable del crecimiento longitudinal del hueso. Las células cartilaginosas de esta placa se multiplican, aumentan de tamaño y posteriormente son sustituidas por tejido óseo. Este proceso permite que el hueso aumente progresivamente de longitud.

Cuando termina el crecimiento, la placa epifisaria se transforma en una estructura ósea denominada línea epifisaria. En ese momento ya no se produce un crecimiento longitudinal significativo del hueso. Sin embargo, el hueso continúa sometido a procesos de remodelación durante toda la vida.

Otra estructura relacionada con la superficie externa es el periostio. Se trata de una membrana de tejido conjuntivo que recubre prácticamente toda la superficie externa del hueso, excepto las zonas cubiertas por cartílago articular. Está formado por una capa externa fibrosa y una capa interna con capacidad osteogénica. Contiene vasos sanguíneos y fibras nerviosas y proporciona puntos de fijación para tendones y ligamentos.

La capa interna del periostio contiene células capaces de participar en la formación de tejido óseo. Esta característica es especialmente importante durante el crecimiento y la reparación de las fracturas. Cuando un hueso se rompe, el periostio puede contribuir a la formación de nuevo tejido óseo alrededor de la zona lesionada.

La vascularización interna de los huesos largos es muy importante. Una arteria nutricia suele penetrar en la diáfisis a través de un orificio nutricio y se dirige hacia el interior del hueso. Una vez dentro, sus ramas se distribuyen por diferentes regiones y se conectan con otras redes vasculares. Además, existen vasos procedentes del periostio y de las regiones epifisarias.

La presencia de vasos sanguíneos permite que el hueso sea un tejido vivo y metabólicamente activo. Los osteocitos necesitan oxígeno y nutrientes, y deben eliminar productos de desecho. La red vascular de las osteonas, los conductos perforantes y los espacios del hueso esponjoso permiten mantener la actividad celular.

Los nervios también se encuentran asociados a los vasos sanguíneos del hueso. Algunas fibras nerviosas se distribuyen por el periostio y otras acompañan a los vasos en el interior. El periostio es especialmente sensible al dolor, razón por la que determinadas lesiones que afectan a esta membrana pueden provocar molestias intensas.

La matriz del tejido óseo está formada por una parte orgánica y una parte inorgánica. La fracción orgánica contiene principalmente colágeno de tipo I y otras proteínas. El colágeno proporciona cierta flexibilidad y resistencia a la tracción. La fracción inorgánica está formada principalmente por sales minerales, especialmente cristales relacionados con la hidroxiapatita, que proporcionan dureza y resistencia a la compresión.

La combinación entre colágeno y minerales es esencial para las propiedades mecánicas del hueso. Si la matriz tuviera únicamente minerales, sería demasiado rígida y frágil. Si estuviera formada solamente por componentes orgánicos, tendría demasiada flexibilidad y poca resistencia a la compresión. La combinación de ambos proporciona una estructura capaz de resistir diferentes tipos de fuerzas.

Las células óseas también forman parte de la estructura interna. Los osteoblastos producen nueva matriz ósea. Cuando quedan rodeados por la matriz que han producido, pueden transformarse en osteocitos. Los osteoclastos son células especializadas en la reabsorción del tejido óseo. La actividad coordinada de estos tres tipos celulares permite mantener y renovar el hueso.

La remodelación ósea es un proceso continuo. Incluso cuando un hueso parece completamente estable, en su interior se producen pequeñas zonas de reabsorción y formación. Este proceso permite reparar microdaños, adaptar la estructura a las cargas mecánicas y contribuir a mantener el equilibrio de minerales como el calcio y el fósforo.

La estructura interna de los huesos largos también está relacionada con su capacidad para resistir fracturas. La corteza compacta proporciona gran resistencia en la diáfisis, mientras que el hueso trabecular de las epífisis permite distribuir las fuerzas que llegan desde las articulaciones. Esta combinación evita que todo el peso recaiga sobre una única zona.

Cuando una persona camina, corre o salta, las fuerzas generadas por el peso corporal y la actividad muscular atraviesan los huesos largos. El fémur, por ejemplo, recibe fuerzas procedentes de la articulación de la cadera y las transmite hacia la rodilla. Su estructura interna permite soportar estas cargas repetitivas sin deformarse de manera permanente en condiciones normales.

Durante la actividad física, los huesos reciben también fuerzas de tracción producidas por los músculos y sus tendones. La estructura compacta de la diáfisis proporciona resistencia frente a estas fuerzas, mientras que la organización trabecular de las epífisis distribuye las cargas alrededor de las superficies articulares.

La estructura interna de los huesos largos cambia con la edad. Durante el crecimiento, las placas epifisarias permiten aumentar la longitud. En la edad adulta desaparecen como estructuras cartilaginosas y queda la línea epifisaria. Con el envejecimiento pueden producirse modificaciones en la densidad ósea, en la cantidad de tejido trabecular y en la resistencia de la corteza. Estos cambios pueden aumentar el riesgo de determinadas fracturas.

La osteoporosis es un ejemplo de enfermedad que puede alterar la estructura interna del hueso. Se caracteriza por una disminución de la masa ósea y un deterioro de la microarquitectura del tejido, lo que puede aumentar la fragilidad y el riesgo de fractura. La pérdida de densidad puede afectar tanto al hueso compacto como al esponjoso.

Las fracturas de los huesos largos pueden afectar a diferentes componentes internos. Una fractura de la diáfisis suele atravesar principalmente el hueso compacto, mientras que las fracturas cercanas a los extremos pueden afectar al hueso esponjoso y a las superficies articulares. La localización y el patrón de la fractura determinan las estructuras que pueden verse comprometidas.

La reparación de una fractura depende de la capacidad del tejido óseo para formar nuevo hueso. El periostio, el endostio y diferentes poblaciones celulares participan en este proceso. Inicialmente se forma un hematoma, posteriormente aparece tejido de reparación y finalmente se produce una remodelación que permite recuperar progresivamente la estructura del hueso. (openstax.org)

Conclusión

En definitiva, la estructura interna de los huesos largos está organizada de manera que cada componente desempeña una función específica. La diáfisis presenta una gruesa corteza de hueso compacto que rodea la cavidad medular y proporciona resistencia mecánica. Las epífisis contienen principalmente hueso esponjoso formado por trabéculas que distribuyen las cargas y albergan espacios medulares. La metáfisis conecta ambas regiones y durante el crecimiento contiene la placa epifisaria. En el interior del hueso compacto, las osteonas, laminillas, lagunas, canalículos y conductos vasculares forman una compleja red que permite mantener vivas las células y proporcionar resistencia.

El endostio recubre las superficies internas, mientras que el periostio protege y nutre la superficie externa y participa en el crecimiento y reparación. La médula ósea ocupa la cavidad medular y los espacios del hueso trabecular, participando especialmente en la hematopoyesis durante determinadas etapas de la vida. Todas estas estructuras trabajan conjuntamente para conseguir un equilibrio entre resistencia, ligereza, crecimiento, nutrición, reparación y adaptación mecánica. Por tanto, estudiar la estructura interna de los huesos largos permite comprender por qué el esqueleto humano puede soportar cargas importantes y, al mismo tiempo, conservar la capacidad de movimiento necesaria para caminar, correr, manipular objetos y realizar las actividades cotidianas.

Bibliografía

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