Médula ósea

Incluido en la revista Ocronos. Vol. IX. N.º 10–Octubre 2026.

Pág. Inicial: Vol. IX; N.º 10: 316

Autor principal (primer firmante): Ana Isabel Cuesta Navarro

Fecha recepción: 28/09/2026

Fecha aceptación: 25/10/2026

Ref.: Ocronos. 2026;9(10): 316

Autores:

  • Ana Isabel, Cuesta Navarro
  • María Pilar, Ledesma Portero
  • Gemma Abadía García
  • Alejandro López Artigas
  • Nuria Esteban Catalán
  • Lizeth Fabiola, Aguilar Ale

Categoría: Enfermería, TCAE, Celadores, Administrativo, Técnico superior de laboratorio, servicios generales.

Palabras clave: huesos, médula ósea, cuerpo humano, esqueleto, movimiento, estructura.

Introducción

La médula ósea es un tejido blando, altamente vascularizado y especializado que se encuentra en el interior de los huesos. Su función principal es producir las células sanguíneas mediante un proceso denominado hematopoyesis. Gracias a la médula ósea se forman de manera continua los glóbulos rojos, la mayoría de los glóbulos blancos y las plaquetas, células indispensables para transportar oxígeno, defender al organismo frente a infecciones y controlar las hemorragias. Además de producir células sanguíneas, la médula ósea constituye un complejo microambiente en el que las células madre hematopoyéticas pueden mantenerse, multiplicarse y diferenciarse.

La médula ósea se encuentra en las cavidades internas de los huesos. En el adulto existe principalmente en determinados huesos del esqueleto axial, como las vértebras, las costillas, el esternón, la pelvis y algunas regiones de los huesos largos, especialmente cerca de sus extremos. Durante la infancia, la médula hematopoyética ocupa una proporción mucho mayor del esqueleto, pero con el crecimiento una parte de ella se transforma progresivamente en médula amarilla, rica en tejido adiposo. Este cambio constituye una parte normal de la maduración del organismo.

Desarrollo

Existen dos tipos principales de médula ósea: la médula roja y la médula amarilla. La médula roja es la médula activa desde el punto de vista hematopoyético, ya que contiene células madre y progenitoras capaces de producir las diferentes células de la sangre. La médula amarilla contiene principalmente adipocitos y presenta una actividad hematopoyética mucho menor en condiciones normales. Sin embargo, en determinadas situaciones de elevada demanda, parte de la médula amarilla puede recuperar actividad hematopoyética.

La médula ósea no debe confundirse con el tejido óseo que la rodea. El hueso proporciona una estructura rígida que protege y delimita la cavidad medular, mientras que la médula es un tejido blando situado en su interior. Entre ambos existe una relación muy estrecha. Las trabéculas óseas penetran en la médula y proporcionan soporte estructural, mientras que diferentes células presentes en la médula participan en el mantenimiento y remodelación del tejido óseo.

Desde el punto de vista microscópico, la médula ósea está formada por células hematopoyéticas, células del estroma, vasos sanguíneos y una matriz extracelular especializada. El estroma está constituido por diferentes tipos celulares, entre ellos células reticulares, fibroblastos especializados, células endoteliales, adipocitos y otras poblaciones celulares. También participan osteoblastos, osteocitos, células asociadas a los vasos sanguíneos, células nerviosas y células de Schwann. Todos estos componentes contribuyen a crear un ambiente adecuado para la producción de células sanguíneas.

La hematopoyesis es el proceso mediante el cual se originan, desarrollan y maduran las células sanguíneas. En el adulto se produce principalmente en la médula ósea.

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El proceso comienza a partir de las células madre hematopoyéticas, que tienen dos características fundamentales: pueden autorrenovarse y pueden originar diferentes tipos de células sanguíneas. A partir de ellas se producen células progenitoras que progresivamente se especializan hasta convertirse en células maduras.

Las células madre hematopoyéticas son relativamente escasas en comparación con el enorme número de células maduras que produce la médula. Sin embargo, tienen una capacidad extraordinaria para mantener la producción sanguínea durante toda la vida. Cuando una célula madre se divide, una de las células resultantes puede conservar las características de célula madre, mientras que la otra puede iniciar un proceso de diferenciación. Este mecanismo permite mantener una reserva de células madre y, al mismo tiempo, producir continuamente células sanguíneas.

A partir de las células madre hematopoyéticas se desarrollan diferentes líneas celulares. De manera general, pueden distinguirse una línea mieloide y una línea linfoide. La línea mieloide origina los eritrocitos, los megacariocitos y las plaquetas, los granulocitos y los monocitos. La línea linfoide origina principalmente los linfocitos. Aunque algunas etapas de maduración de los linfocitos ocurren fuera de la médula ósea, la médula constituye un lugar fundamental para el origen de estas células.

La producción de glóbulos rojos recibe el nombre de eritropoyesis. Durante este proceso, las células progenitoras eritroides se dividen y maduran progresivamente hasta convertirse en eritrocitos. Durante la maduración se producen cambios importantes, como la acumulación de hemoglobina y la pérdida del núcleo.

Finalmente, los eritrocitos maduros abandonan la médula y pasan a la circulación sanguínea.

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La eritropoyesis está regulada principalmente por la eritropoyetina, una hormona producida fundamentalmente por los riñones cuando detectan una disminución del aporte de oxígeno a los tejidos. La eritropoyetina estimula la médula ósea para aumentar la producción de glóbulos rojos. De esta manera, existe un mecanismo de regulación que relaciona las necesidades de oxígeno del organismo con la actividad hematopoyética.

Los eritrocitos son células especializadas en transportar oxígeno desde los pulmones hacia los tejidos y dióxido de carbono desde los tejidos hacia los pulmones. Su vida media aproximada es de 120 días, por lo que deben producirse continuamente nuevos eritrocitos para reemplazar los que envejecen y son eliminados de la circulación. La médula ósea mantiene esta producción constante en condiciones normales.

Otra función esencial de la médula es la producción de leucocitos o glóbulos blancos. Estas células participan en la defensa del organismo frente a microorganismos y otras amenazas. Entre ellas se encuentran los neutrófilos, eosinófilos, basófilos, monocitos y diferentes tipos de linfocitos. Cada población tiene funciones específicas y su producción puede aumentar cuando existe una infección o una respuesta inflamatoria.

Los neutrófilos son especialmente importantes en la defensa frente a bacterias y otros agentes infecciosos. La médula ósea mantiene una reserva de células precursoras y maduras que pueden liberarse rápidamente a la sangre cuando aumenta la demanda. Durante determinadas infecciones, la producción de neutrófilos puede incrementarse de manera considerable para responder a las necesidades del organismo.

Los monocitos también se producen en la médula ósea. Una vez que llegan a los tejidos pueden diferenciarse en diferentes tipos de células, entre ellas macrófagos. Estas células participan en la eliminación de microorganismos, restos celulares y sustancias extrañas, además de intervenir en la regulación de las respuestas inmunitarias.

La médula ósea también participa en la producción de linfocitos. Los linfocitos B se desarrollan y maduran principalmente en la médula ósea, mientras que los linfocitos T se originan a partir de precursores hematopoyéticos y posteriormente migran al timo, donde completan gran parte de su maduración. De esta forma, la médula ósea está conectada funcionalmente con otros órganos del sistema inmunitario.

Otra línea celular fundamental es la de los megacariocitos. Estas células son grandes y se encuentran en la médula ósea. A partir de ellas se forman las plaquetas mediante la fragmentación de partes de su citoplasma. Las plaquetas pasan posteriormente a la circulación sanguínea y desempeñan un papel esencial en la hemostasia.

Las plaquetas intervienen en la formación del tapón plaquetario cuando se produce una lesión vascular. Se adhieren a la zona dañada, se activan y favorecen la formación de una estructura que ayuda a detener la hemorragia. Posteriormente intervienen otros mecanismos de coagulación que estabilizan el coágulo. Como las plaquetas tienen una vida limitada, la médula ósea debe producirlas continuamente.

La producción de células sanguíneas está sometida a una regulación muy precisa. El organismo necesita mantener unas concentraciones relativamente estables de eritrocitos, leucocitos y plaquetas, pero también debe ser capaz de aumentar rápidamente su producción cuando aparecen situaciones de demanda. Una hemorragia puede aumentar la producción de eritrocitos y plaquetas, mientras que una infección puede estimular especialmente la producción de determinados leucocitos.

La médula ósea dispone de un microambiente especializado denominado nicho hematopoyético. El nicho está formado por diferentes células y estructuras que proporcionan señales necesarias para mantener las células madre y controlar su diferenciación. No existe un único tipo de nicho, sino diferentes microambientes que pueden influir de manera distinta sobre las células madre y progenitoras.

Los vasos sanguíneos son componentes esenciales de este microambiente. La médula presenta una red vascular formada por arteriolas y numerosos sinusoides. Los sinusoides son vasos especializados que permiten la comunicación entre el tejido hematopoyético y la circulación. Las células sanguíneas maduras pueden atravesar el endotelio de estos vasos y entrar en la sangre cuando están preparadas para cumplir su función.

Las células endoteliales de los vasos no tienen únicamente una función de transporte. También participan en la regulación de las células madre y progenitoras mediante señales moleculares. Junto a ellas se encuentran células estromales perivasculares que producen factores importantes para mantener la hematopoyesis. Entre estos factores se encuentran moléculas como SCF y CXCL12, que participan en la regulación de las células madre hematopoyéticas.

La médula ósea también presenta una importante relación con el tejido óseo. Las células óseas y las células del estroma participan en la regulación de determinados procesos hematopoyéticos. Esta relación demuestra que el hueso y la médula no son estructuras independientes, sino tejidos estrechamente conectados que mantienen una comunicación constante.

Los adipocitos constituyen otro componente importante de la médula. Su cantidad aumenta cuando la médula roja se transforma en médula amarilla. Durante mucho tiempo se consideró que las células grasas tenían principalmente una función de almacenamiento, pero actualmente se reconoce que pueden participar en la regulación del microambiente medular y de la hematopoyesis.

La médula ósea también está relacionada con el sistema nervioso. Presenta fibras nerviosas simpáticas y otras estructuras asociadas a células de Schwann. Estas conexiones permiten que determinados estímulos nerviosos influyan sobre el microambiente medular y sobre la actividad de las células hematopoyéticas.

La actividad de la médula ósea puede modificarse en respuesta a diferentes situaciones. Una infección puede estimular la producción de células mieloides, mientras que una hemorragia puede aumentar la producción de eritrocitos. Esta capacidad de adaptación se conoce como plasticidad hematopoyética y permite que la producción sanguínea responda rápidamente a las necesidades del organismo.

La médula ósea también puede verse afectada por enfermedades. Las alteraciones de la producción hematopoyética pueden provocar anemia, leucopenia, leucocitosis, trombocitopenia o diferentes combinaciones de estas alteraciones. En algunas enfermedades, el problema se encuentra directamente en las células de la médula, mientras que en otras la alteración puede deberse a factores externos que afectan a su funcionamiento.

Las leucemias son enfermedades malignas que afectan a las células hematopoyéticas. En ellas se produce una proliferación anormal de células sanguíneas inmaduras o maduras que puede alterar la producción normal de las demás líneas celulares. La ocupación de la médula por células anormales puede disminuir la producción de eritrocitos, plaquetas y leucocitos normales.

Los síndromes mielodisplásicos constituyen otro grupo de enfermedades que afectan a la médula ósea. En estas enfermedades existe una producción anormal o ineficaz de células sanguíneas. Como consecuencia, pueden aparecer citopenias y alteraciones morfológicas de las células. La evaluación de la médula es fundamental para establecer el diagnóstico.

La médula ósea también puede verse afectada por infiltraciones tumorales, infecciones, determinados medicamentos, radiación y otras enfermedades sistémicas. Cuando el tejido normal es sustituido o alterado, puede disminuir la capacidad de producir células sanguíneas. Por ello, el estudio de la médula puede proporcionar información muy importante sobre el estado general del sistema hematopoyético.

Una de las principales técnicas para estudiar la médula ósea es el aspirado medular. Consiste en obtener una pequeña cantidad de contenido medular mediante una aguja, generalmente a través de la cresta ilíaca. La muestra permite analizar las células presentes y estudiar su proporción, maduración y características morfológicas.

Otra técnica es la biopsia de médula ósea. En este procedimiento se obtiene un pequeño cilindro de tejido óseo que contiene médula. La biopsia permite estudiar la arquitectura del tejido, la distribución de las células hematopoyéticas, la cantidad de tejido adiposo, la presencia de fibrosis y posibles infiltraciones. El examen de la arquitectura puede aportar información que no se obtiene únicamente mediante el aspirado.

El estudio de la médula puede realizarse mediante diferentes técnicas complementarias. La citología permite valorar las características de las células, mientras que la histología analiza la estructura del tejido. También pueden utilizarse técnicas inmunológicas, citogenéticas y moleculares para identificar alteraciones específicas. Estas herramientas han adquirido una gran importancia en el diagnóstico y clasificación de las enfermedades hematológicas.

Con el envejecimiento se producen cambios en la médula ósea. Una parte de la médula roja puede transformarse progresivamente en médula amarilla, disminuyendo la cantidad de tejido hematopoyético disponible. En condiciones normales este cambio no suele provocar problemas importantes, pero puede reducir la capacidad de responder ante situaciones de elevada demanda.

La médula ósea también tiene una función esencial en el mantenimiento de la inmunidad. La producción constante de leucocitos permite renovar las células encargadas de reconocer y combatir agentes infecciosos. Además, la médula proporciona precursores que posteriormente se distribuyen por diferentes tejidos y órganos del sistema inmunitario.

Desde una perspectiva global, la médula ósea puede considerarse una auténtica fábrica de células sanguíneas. Sin embargo, esta comparación resulta incompleta porque la médula no solo produce células, sino que también controla cuidadosamente su desarrollo. Las células madre, las células estromales, los vasos sanguíneos, las células óseas y diferentes señales químicas forman un sistema integrado capaz de mantener el equilibrio hematológico durante toda la vida.

La importancia de la médula ósea se comprende mejor al analizar las funciones de las células que produce. Los eritrocitos permiten transportar oxígeno, los leucocitos participan en la defensa inmunitaria y las plaquetas intervienen en la hemostasia.

Por tanto, una alteración grave de la médula puede afectar simultáneamente a la oxigenación de los tejidos, la defensa frente a infecciones y la capacidad para controlar las hemorragias.

Conclusión

En conclusión, la médula ósea es un tejido especializado situado en el interior de determinados huesos y constituye el principal órgano hematopoyético del adulto. Su función fundamental es producir las células sanguíneas mediante la hematopoyesis, proceso que comienza en las células madre hematopoyéticas y continúa mediante diferentes etapas de proliferación, diferenciación y maduración. Produce eritrocitos, leucocitos y plaquetas, cada uno de ellos con funciones esenciales para la supervivencia. Además, contiene un complejo microambiente formado por células estromales, vasos sanguíneos, adipocitos, células óseas, fibras nerviosas y diferentes tipos de células hematopoyéticas que regulan la actividad de las células madre y progenitoras.

La médula roja es la principal responsable de la producción sanguínea, mientras que la médula amarilla contiene una mayor proporción de tejido adiposo y presenta menor actividad hematopoyética. La capacidad de la médula para aumentar o disminuir la producción de células según las necesidades del organismo permite responder ante infecciones, hemorragias, falta de oxígeno y otras situaciones de estrés. Además, su estudio mediante aspirado y biopsia es fundamental para diagnosticar numerosas enfermedades hematológicas. Por todo ello, la médula ósea es una estructura indispensable para mantener la composición de la sangre, la oxigenación de los tejidos, la defensa inmunitaria y la hemostasia durante toda la vida.

Bibliografía

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