Incluido en la revista Ocronos. Vol. IX. N.º 10–Octubre 2026.
Pág. Inicial: Vol. IX; N.º 10: 231
Autor principal (primer firmante): Marta Leal Pérez
Fecha recepción: 21/09/2026
Fecha aceptación: 18/10/2026
Ref.: Ocronos. 2026;9(10): 231
Autores:
- Marta Leal Pérez
- María de los Ángeles Mérida Cebollero
- Vanessa Álvarez Sánchez
- Alba Estallo Escar
- Nazaret García Ramos
- Maria Moreno Martin
Palabras clave: neumonía adquirida en la comunidad, hospitalización, antibioterapia, infección respiratoria, insuficiencia respiratoria, cuidados de enfermería, oxigenoterapia.
Resumen
La neumonía adquirida en la comunidad es una infección aguda del parénquima pulmonar que aparece en personas que no se encuentran hospitalizadas o que se manifiesta durante las primeras horas del ingreso. Constituye una causa frecuente de consulta, hospitalización y morbimortalidad, especialmente entre personas de edad avanzada y pacientes con enfermedades crónicas.
El manejo hospitalario comienza con la valoración de la gravedad y la identificación de posibles factores de riesgo. La evaluación clínica debe incluir constantes vitales, estado respiratorio, nivel de conciencia, situación hemodinámica y presencia de comorbilidades. La radiografía de tórax constituye una herramienta fundamental para apoyar el diagnóstico, mientras que las pruebas microbiológicas deben seleccionarse según la gravedad y las características individuales.
El tratamiento se basa principalmente en la administración precoz de antibioterapia adecuada cuando se sospecha una etiología bacteriana, junto con medidas de soporte como oxigenoterapia, hidratación, control de la fiebre y prevención de complicaciones. La evolución clínica debe reevaluarse periódicamente para identificar fracaso terapéutico, sepsis, derrame pleural o insuficiencia respiratoria. La movilización precoz, prevención de eventos asociados a la hospitalización y una correcta planificación del alta completan el abordaje integral.
Abstract
Community-acquired pneumonia is an acute infection of the lung parenchyma that occurs in people who are not hospitalised or becomes apparent during the first hours of admission. It is a frequent cause of consultation, hospitalisation, morbidity and mortality, particularly among older people and patients with chronic diseases.
Hospital management begins with assessment of severity and identification of possible risk factors. Clinical evaluation should include vital signs, respiratory status, level of consciousness, haemodynamic status and presence of comorbidities. Chest radiography is a fundamental tool to support diagnosis, while microbiological tests should be selected according to severity and individual characteristics.
Treatment is mainly based on early administration of appropriate antibiotic therapy when a bacterial aetiology is suspected, together with supportive measures such as oxygen therapy, hydration, fever control and prevention of complications. Clinical evolution should be periodically reassessed to identify treatment failure, sepsis, pleural effusion or respiratory failure. Early mobilisation, prevention of hospital-associated events and appropriate discharge planning complete the comprehensive approach.
Introducción
La neumonía adquirida en la comunidad constituye una de las infecciones respiratorias que con mayor frecuencia requieren atención hospitalaria. Su gravedad es muy variable, desde cuadros que pueden tratarse de forma ambulatoria hasta situaciones de insuficiencia respiratoria, sepsis y fracaso multiorgánico.
Los microorganismos responsables pueden ser bacterias, virus y, con menor frecuencia, otros agentes. Streptococcus pneumoniae continúa siendo uno de los principales microorganismos bacterianos relacionados con esta enfermedad, aunque la etiología puede variar según las características del paciente y la situación epidemiológica.
El diagnóstico se establece mediante la combinación de manifestaciones clínicas y hallazgos radiológicos compatibles. Los síntomas habituales incluyen fiebre, tos, expectoración, disnea y dolor torácico, aunque las personas mayores pueden presentar cuadros menos específicos.
La decisión de hospitalizar debe considerar la gravedad clínica, comorbilidades y capacidad para mantener un tratamiento adecuado fuera del hospital. Existen escalas como CURB-65 y Pneumonia Severity Index que pueden complementar la valoración, pero nunca deben sustituir el juicio clínico.
Una vez realizado el ingreso, el objetivo consiste en controlar la infección, mantener una adecuada función respiratoria y detectar precozmente las complicaciones.
Desarrollo
Valoración inicial
La evaluación inicial debe realizarse de manera sistemática.
Es necesario registrar temperatura, frecuencia respiratoria, frecuencia cardíaca, presión arterial y saturación de oxígeno.
La frecuencia respiratoria constituye un parámetro especialmente útil y una elevación significativa puede indicar mayor gravedad.
Debe valorarse además el nivel de conciencia, trabajo respiratorio, capacidad para hablar, coloración de piel y mucosas y situación hemodinámica.
La presencia de hipotensión, confusión, hipoxemia o dificultad respiratoria importante requiere una valoración inmediata de posibles criterios de gravedad.
Manifestaciones clínicas
La presentación típica incluye fiebre, tos, expectoración y dificultad respiratoria.
Puede existir dolor torácico de características pleuríticas que aumenta con la inspiración profunda o la tos.
Durante la auscultación pueden aparecer crepitantes, disminución del murmullo vesicular u otros hallazgos.
Sin embargo, la ausencia de una presentación clásica no excluye el diagnóstico.
En personas mayores pueden predominar confusión, deterioro funcional, debilidad o disminución de la ingesta, sin fiebre elevada ni síntomas respiratorios llamativos.
Evaluación de la gravedad
La valoración de gravedad determina tanto el lugar de tratamiento como la intensidad de la monitorización.
La escala CURB-65 considera confusión, urea elevada, frecuencia respiratoria igual o superior a 30 respiraciones por minuto, presión arterial disminuida y edad igual o superior a 65 años.
El Pneumonia Severity Index incorpora un mayor número de variables clínicas y analíticas.
Estas herramientas ayudan a estimar el riesgo, pero deben interpretarse junto con la situación general del paciente.
Una puntuación aparentemente baja no debe justificar el alta cuando existen otros factores clínicos o sociales que hacen inseguro el tratamiento domiciliario.
Diagnóstico por imagen
La radiografía de tórax se utiliza habitualmente para confirmar la presencia de infiltrados compatibles con neumonía.
También puede mostrar afectación multilobar, cavitación o derrame pleural.
En determinados pacientes pueden necesitarse otras técnicas de imagen cuando existen dudas diagnósticas o sospecha de complicaciones.
La evolución radiológica suele ser más lenta que la mejoría clínica.
Por ello, la persistencia de alteraciones en la radiografía durante las primeras fases no significa necesariamente que el tratamiento esté fracasando.
Estudios microbiológicos
No todos los pacientes necesitan las mismas pruebas.
En cuadros graves pueden obtenerse hemocultivos y muestras respiratorias antes de comenzar la antibioterapia siempre que esto no produzca un retraso significativo.
También pueden utilizarse pruebas dirigidas a determinados microorganismos según las características clínicas y epidemiológicas.
La identificación del agente causal permite ajustar posteriormente el tratamiento.
Sin embargo, en muchos pacientes no se consigue identificar un microorganismo concreto y el tratamiento inicial debe ser empírico.
Antibioterapia
La antibioterapia constituye el tratamiento fundamental cuando existe sospecha de neumonía bacteriana.
La elección debe considerar la gravedad, alergias, comorbilidades, tratamientos antibióticos recientes y factores de riesgo para microorganismos resistentes.
También deben tenerse en cuenta los patrones locales de sensibilidad antimicrobiana.
En pacientes hospitalizados pueden utilizarse diferentes esquemas basados habitualmente en betalactámicos asociados o no a otros antibióticos según la situación clínica.
La prescripción debe seguir los protocolos del centro y las recomendaciones actualizadas.
Administración precoz del tratamiento
Una vez establecido el diagnóstico y la indicación de antibioterapia, el tratamiento no debe retrasarse innecesariamente.
Este aspecto adquiere especial importancia cuando existe sepsis o inestabilidad clínica.
Las muestras microbiológicas deben obtenerse antes del antibiótico cuando estén indicadas y puedan recogerse rápidamente.
Sin embargo, no debe retrasarse un tratamiento necesario durante periodos prolongados únicamente para obtener una muestra.
La hora de administración debe quedar correctamente registrada para valorar posteriormente la respuesta y las siguientes dosis.
Uso adecuado de antibióticos
La utilización responsable de antimicrobianos forma parte del manejo hospitalario.
Después de disponer de los resultados microbiológicos y observar la evolución clínica debe revisarse el tratamiento inicial.
Cuando se identifica un microorganismo susceptible puede reducirse el espectro antibiótico.
También debe valorarse diariamente la posibilidad de cambiar de tratamiento intravenoso a oral.
Estas estrategias disminuyen la exposición innecesaria a antibióticos de amplio espectro y contribuyen a reducir resistencias y efectos adversos.
Oxigenoterapia
Los pacientes con hipoxemia pueden necesitar aporte suplementario de oxígeno. El objetivo de saturación debe individualizarse según las características clínicas.
En pacientes sin riesgo conocido de insuficiencia respiratoria hipercápnica suelen utilizarse objetivos de saturación más elevados que en personas con enfermedades como EPOC y riesgo de retención de dióxido de carbono.
La respuesta debe monitorizarse después de iniciar o modificar el flujo de oxígeno. Un aumento progresivo de las necesidades constituye un signo de posible deterioro.
Insuficiencia respiratoria
La neumonía grave puede producir insuficiencia respiratoria aguda.
Los signos de alarma incluyen aumento importante del trabajo respiratorio, hipoxemia persistente, agotamiento, alteración del nivel de conciencia y deterioro gasométrico.
Algunos pacientes pueden necesitar sistemas de oxigenoterapia de alto flujo o soporte ventilatorio.
La necesidad de incrementar rápidamente el soporte respiratorio debe motivar una valoración por cuidados intensivos.
La detección precoz resulta fundamental para evitar retrasos en el tratamiento.
Sepsis
La neumonía constituye una causa frecuente de sepsis.
La presencia de hipotensión, alteración del nivel de conciencia, oliguria, hipoperfusión o deterioro rápido debe hacer sospechar una respuesta sistémica grave.
Estos pacientes necesitan una valoración inmediata y tratamiento siguiendo los protocolos de sepsis.
Debe prestarse atención a la perfusión, función renal, lactato y respuesta al tratamiento inicial.
El reconocimiento precoz disminuye el riesgo de evolución hacia shock séptico y fracaso multiorgánico.
Hidratación y balance hídrico
La fiebre, taquipnea y disminución de la ingesta pueden favorecer la deshidratación. Debe valorarse la capacidad del paciente para beber y mantener una ingesta adecuada. Cuando esto no resulta posible puede necesitarse fluidoterapia intravenosa.
Sin embargo, la administración de líquidos debe individualizarse, especialmente en pacientes con insuficiencia cardíaca o renal.
El balance hídrico y la diuresis aportan información importante sobre hidratación y perfusión.
Control de la temperatura y dolor
La fiebre puede producir malestar y aumentar las necesidades metabólicas. Los antitérmicos pueden utilizarse cuando existe indicación clínica.
El dolor pleurítico también debe tratarse adecuadamente porque puede limitar la inspiración profunda y la movilización.
Debe evaluarse periódicamente la intensidad del dolor y la respuesta al tratamiento.
Un control adecuado favorece el descanso y permite una mejor colaboración con la movilización y los ejercicios respiratorios cuando están indicados.
Movilización
El reposo absoluto prolongado debe evitarse cuando la situación clínica permite movilizar al paciente.
La inmovilidad favorece pérdida muscular, deterioro funcional, estreñimiento y riesgo tromboembólico.
La movilización debe realizarse progresivamente y adaptarse a la tolerancia respiratoria.
En pacientes mayores resulta especialmente importante intentar mantener el nivel funcional previo.
La necesidad de oxígeno no implica necesariamente que el paciente deba permanecer continuamente encamado.
Prevención de complicaciones asociadas al ingreso
El paciente hospitalizado debe valorarse de forma integral y no únicamente desde el punto de vista respiratorio.
Debe evaluarse el riesgo de caídas, lesiones por presión y enfermedad tromboembólica.
Las medidas preventivas dependerán de la edad, movilidad, comorbilidades y situación clínica.
En pacientes con dependencia importante deben realizarse cambios posturales y cuidados de la piel.
También debe mantenerse una adecuada higiene oral y facilitar la movilización siempre que sea posible.
Neumonía y disfagia
La presencia de disfagia aumenta el riesgo de aspiración y puede contribuir al desarrollo de infecciones respiratorias.
Debe sospecharse ante atragantamientos, tos durante las comidas, cambios en la voz después de tragar o antecedentes neurológicos.
Cuando existe sospecha debe realizarse una valoración específica de la deglución. Las modificaciones de textura deben individualizarse.
El paciente debe permanecer correctamente incorporado durante la alimentación y durante un periodo posterior cuando exista riesgo de aspiración.
Derrame pleural
El derrame pleural puede aparecer como complicación.
Los derrames pequeños pueden resolverse con el tratamiento de la neumonía.
Cuando existe un derrame significativo, empiema o mala evolución puede ser necesario realizar procedimientos diagnósticos o terapéuticos.
La persistencia de fiebre, dolor torácico o falta de mejoría debe hacer considerar esta posibilidad.
La ecografía torácica resulta especialmente útil para valorar la presencia y características del líquido pleural.
Fracaso terapéutico
La evolución debe reevaluarse periódicamente.
En muchos pacientes comienza a observarse mejoría clínica durante las primeras 48-72 horas, aunque esto depende de la gravedad y las comorbilidades.
La persistencia o empeoramiento de fiebre, hipoxemia, hipotensión o dificultad respiratoria requiere investigar posibles causas.
Debe considerarse resistencia antibiótica, diagnóstico alternativo, complicación pleural, absceso pulmonar u otro foco infeccioso.
No debe modificarse automáticamente el antibiótico sin realizar una nueva valoración clínica.
Paciente de edad avanzada
Las personas mayores constituyen uno de los grupos con mayor riesgo de complicaciones.
Pueden presentar síntomas atípicos y una reserva fisiológica limitada.
El deterioro funcional y el delirium pueden ser manifestaciones iniciales.
Durante el ingreso debe favorecerse la orientación, movilidad, hidratación y utilización de ayudas habituales como gafas o audífonos.
La recuperación funcional debe considerarse un objetivo asistencial junto con la resolución de la infección.
Comorbilidades
La presencia de EPOC, insuficiencia cardíaca, enfermedad renal, diabetes u otras enfermedades puede modificar el manejo.
La infección puede descompensar patologías previamente estables.
El tratamiento debe considerar las posibles interacciones farmacológicas y la necesidad de ajustar dosis según la función renal.
También debe evitarse atribuir automáticamente todos los síntomas a la neumonía. La disnea puede estar condicionada simultáneamente por diferentes enfermedades.
Control de constantes y evolución
La frecuencia de monitorización debe adaptarse a la gravedad.
Deben registrarse periódicamente saturación de oxígeno, frecuencia respiratoria, frecuencia cardíaca, presión arterial, temperatura y nivel de conciencia.
Las tendencias son especialmente importantes.
Un paciente puede mantener valores dentro de límites aceptables, pero presentar un deterioro progresivo respecto a registros anteriores.
El aumento de necesidades de oxígeno o una frecuencia respiratoria creciente deben comunicarse y valorarse precozmente.
Criterios de estabilidad clínica
La decisión de alta no debe basarse únicamente en la desaparición de la fiebre.
Debe existir estabilidad hemodinámica y respiratoria y una adecuada tolerancia oral.
El paciente debe poder continuar el tratamiento fuera del hospital y disponer de un entorno adecuado.
Cuando necesita oxígeno o presenta limitaciones funcionales nuevas debe planificarse específicamente la continuidad asistencial.
La estabilidad clínica permite también valorar el cambio de antibioterapia intravenosa a oral.
Planificación del alta
Antes del alta debe explicarse cómo completar el tratamiento antibiótico cuando sea necesario.
El paciente debe conocer la dosis, horario y duración.
También debe recibir información sobre los signos que justifican una nueva valoración, como empeoramiento de la disnea, fiebre persistente, confusión o incapacidad para mantener una ingesta adecuada.
La conciliación farmacológica evita duplicidades y errores al recuperar el tratamiento habitual.
El seguimiento debe adaptarse a la gravedad y características individuales.
Prevención después del episodio
La hospitalización ofrece una oportunidad para revisar medidas preventivas.
Debe valorarse el estado de vacunación frente a gripe, neumococo y otras infecciones respiratorias según edad y factores de riesgo.
En fumadores debe recomendarse el abandono del tabaco.
También resulta importante controlar adecuadamente las enfermedades crónicas que pueden aumentar el riesgo de nuevos episodios.
Estas intervenciones contribuyen a reducir futuras complicaciones respiratorias.
Conclusión
La neumonía adquirida en la comunidad constituye una causa frecuente de hospitalización y puede evolucionar desde una infección respiratoria moderada hasta insuficiencia respiratoria, sepsis y fracaso multiorgánico.
El manejo hospitalario comienza con una valoración sistemática de la gravedad mediante la exploración clínica, constantes vitales, oxigenación, pruebas analíticas y estudios de imagen. Las escalas pronósticas pueden complementar esta evaluación, pero deben interpretarse siempre junto con el juicio clínico.
La antibioterapia debe seleccionarse según la gravedad y las características del paciente y revisarse posteriormente de acuerdo con la evolución y los resultados microbiológicos. La utilización responsable de antibióticos permite disminuir tratamientos innecesariamente prolongados y reducir el riesgo de resistencias.
La oxigenoterapia, hidratación, control sintomático y movilización constituyen medidas fundamentales de soporte. La vigilancia periódica permite detectar precozmente insuficiencia respiratoria, sepsis, derrame pleural y otras complicaciones.
Durante la hospitalización también deben prevenirse los riesgos derivados de la inmovilidad y mantener, especialmente en pacientes mayores, el mayor nivel funcional posible.
Finalmente, el alta debe realizarse cuando exista estabilidad clínica y pueda garantizarse la continuidad del tratamiento. La educación sobre signos de alarma, vacunación, control de enfermedades crónicas y abandono del tabaquismo completa un abordaje destinado no solamente a resolver el episodio agudo, sino también a reducir el riesgo de nuevas complicaciones.
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