La fragilidad en el adulto mayor: cómo identificarla y prevenir sus consecuencias desde Enfermería

Incluido en la revista Ocronos. Vol. IX. N.º 8–Agosto 2026.

Pág. Inicial: Vol. IX; N.º 8: 863

Autor principal (primer firmante): María Aznar Chicote

Fecha recepción: 25/07/2026

Fecha aceptación: 21/08/2026

Ref.: Ocronos. 2026;9(8): 863

Autores:

  1. María Aznar Chicote.
  2. Nuria Lagota Frago.
  3. Sandra Quílez Artal.
  4. Carolina Giner Pérez.
  5. Irene Clavería Carcas.
  6. Juncal Mateo Bueno.

Categoría: DUE.

Palabras clave: envejecimiento, retos, esperanza, vida, prevalencia, enfermedades, discapacidad, dependencia, vulnerabilidad.

Introducción

El progresivo envejecimiento de la población constituye uno de los principales retos para los sistemas sanitarios del siglo XXI. El aumento de la esperanza de vida ha permitido que un mayor número de personas alcance edades avanzadas, pero también ha incrementado la prevalencia de enfermedades crónicas, discapacidad y dependencia. La fragilidad ha adquirido una especial relevancia como un síndrome geriátrico caracterizado por la disminución de las reservas fisiológicas y la mayor vulnerabilidad frente a situaciones de estrés, incluso cuando estas son de escasa intensidad. A diferencia del envejecimiento fisiológico, la fragilidad no es una consecuencia inevitable de la edad, sino una condición clínica potencialmente reversible si se identifica y aborda de forma precoz.

Las personas mayores con fragilidad presentan un riesgo significativamente superior de sufrir caídas, hospitalizaciones, discapacidad, institucionalización, deterioro funcional y mortalidad. Además, esta situación repercute negativamente sobre la calidad de vida, favorece la pérdida de autonomía y aumenta la utilización de recursos sanitarios y sociales. Debido a su carácter dinámico, la fragilidad representa una oportunidad para desarrollar intervenciones preventivas que permitan retrasar o evitar la aparición de dependencia. En este escenario, la Enfermería desempeña un papel fundamental gracias a su proximidad con las personas mayores y a su participación en la promoción de la salud, la prevención de enfermedades y el seguimiento continuado en atención primaria, hospitales y centros sociosanitarios.

Identificación

La identificación precoz de la fragilidad constituye una prioridad dentro de los cuidados enfermeros, ya que permite instaurar estrategias dirigidas a preservar la capacidad funcional y favorecer un envejecimiento saludable. La valoración integral de la persona mayor, la detección de factores de riesgo y la planificación de intervenciones individualizadas contribuyen a mantener la autonomía y a mejorar la calidad de vida. El enfoque enfermero, basado en la atención centrada en la persona, resulta especialmente adecuado para abordar un síndrome complejo en el que interactúan factores físicos, psicológicos, sociales y ambientales.

¿Qué es la fragilidad?

La fragilidad puede definirse como un estado de vulnerabilidad aumentado derivado de la disminución de la capacidad del organismo para responder a situaciones de estrés. Aunque su origen es multifactorial, suele relacionarse con la pérdida progresiva de masa y fuerza muscular, la reducción de la actividad física, la malnutrición, la presencia de enfermedades crónicas y el deterioro cognitivo. Entre los modelos más utilizados para su identificación destaca el fenotipo de Fried, que considera criterios como pérdida involuntaria de peso, agotamiento, debilidad muscular, lentitud al caminar y bajo nivel de actividad física. La presencia de tres o más de estos criterios permite identificar a una persona como frágil, mientras que uno o dos criterios indican un estado de prefragilidad, etapa en la que las intervenciones preventivas pueden resultar especialmente eficaces.

Valoración de Enfermería

Desde la práctica enfermera, la valoración de la fragilidad debe formar parte de la evaluación integral de las personas mayores. Además de utilizar herramientas validadas, como el fenotipo de Fried o la Escala Clínica de Fragilidad, es fundamental valorar aspectos relacionados con la funcionalidad, el estado nutricional, la movilidad, la salud mental, el apoyo social y las condiciones del entorno. Instrumentos como el índice de Barthel, la escala de Lawton y Brody o el Mini Nutritional Assessment complementan esta valoración y permiten identificar áreas susceptibles de intervención. La combinación de estas herramientas con el juicio clínico facilita una detección precoz y una planificación de cuidados adaptada a las necesidades individuales.

Prevención

La prevención de la fragilidad se basa en un enfoque multidimensional en el que la actividad física desempeña un papel protagonista. La evidencia científica demuestra que los programas de ejercicio multicomponente, que combinan entrenamiento de fuerza, equilibrio, resistencia y flexibilidad, mejoran la capacidad funcional, reducen el riesgo de caídas y favorecen el mantenimiento de la autonomía. El profesional de Enfermería puede valorar la capacidad física de cada persona, fomentar la práctica regular de ejercicio y coordinarse con fisioterapeutas para diseñar programas seguros y adaptados a las posibilidades del adulto mayor.

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La nutrición constituye otro pilar esencial en la prevención de la fragilidad. La pérdida de masa muscular asociada al envejecimiento, conocida como sarcopenia, aumenta el riesgo de discapacidad y dependencia cuando no se acompaña de una ingesta adecuada de proteínas y energía. La Enfermería desempeña un papel importante en la detección de la malnutrición, el seguimiento del peso corporal y la educación sobre hábitos alimentarios saludables. Asimismo, puede identificar dificultades relacionadas con la masticación, la deglución o el acceso a una alimentación equilibrada, coordinando la atención con otros profesionales cuando sea necesario.

La prevención de las caídas representa otra intervención prioritaria. Las personas mayores con fragilidad presentan alteraciones del equilibrio, disminución de la fuerza muscular y menor capacidad de reacción, factores que incrementan el riesgo de accidentes. La valoración del domicilio permite identificar barreras arquitectónicas, iluminación insuficiente o alfombras deslizantes que pueden favorecer las caídas.

Educación sanitaria

Además, la educación sanitaria dirigida al paciente y a la familia incluye recomendaciones sobre el uso adecuado de ayudas técnicas, calzado seguro y estrategias para mejorar la movilidad en el hogar.

El control de las enfermedades crónicas y la revisión periódica de la medicación también forman parte de los cuidados preventivos. La pluripatología y la polimedicación son frecuentes en las personas mayores y pueden contribuir al deterioro funcional, la aparición de efectos adversos y el incremento del riesgo de caídas. La Enfermería colabora con el equipo médico en el seguimiento de los tratamientos, favorece la adherencia terapéutica y detecta posibles problemas relacionados con la medicación que puedan afectar al estado funcional del paciente.

El bienestar emocional y las relaciones sociales desempeñan igualmente un papel importante en la evolución de la fragilidad. El aislamiento social, la depresión y el deterioro cognitivo pueden acelerar la pérdida de autonomía y disminuir la participación en actividades de autocuidado. La Enfermería puede identificar estas situaciones durante las consultas o visitas domiciliarias, fomentar la participación en actividades comunitarias y facilitar el acceso a recursos sociales que favorezcan el envejecimiento activo. Mantener una vida social satisfactoria y estimular las funciones cognitivas mediante actividades recreativas o educativas contribuye a preservar la independencia funcional y el bienestar psicológico.

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La educación para la salud constituye una herramienta transversal en todas las intervenciones enfermeras. Informar a las personas mayores y a sus cuidadores sobre la importancia del ejercicio, la alimentación equilibrada, la prevención de caídas y el control de las enfermedades crónicas favorece una mayor implicación en el autocuidado. Asimismo, la participación activa de la familia resulta fundamental para apoyar la adopción de hábitos saludables y facilitar la continuidad de los cuidados en el domicilio.

El abordaje de la fragilidad requiere una actuación coordinada entre los distintos profesionales sanitarios y sociales. La colaboración entre Enfermería, Medicina, fisioterapia, nutrición, terapia ocupacional y trabajo social permite desarrollar planes de atención individualizados dirigidos a mantener la capacidad funcional y prevenir la dependencia. Este enfoque interdisciplinar favorece una atención integral centrada en las necesidades, preferencias y objetivos de cada persona mayor.

Conclusión

La fragilidad constituye un síndrome geriátrico de elevada relevancia clínica debido a su asociación con un mayor riesgo de discapacidad, caídas, hospitalizaciones, institucionalización y mortalidad. Su carácter potencialmente reversible en las fases iniciales convierte la detección precoz en una prioridad para los profesionales sanitarios, especialmente en atención primaria, donde es posible identificar de forma temprana a las personas en situación de riesgo e iniciar intervenciones preventivas eficaces.

Abordar la fragilidad desde la práctica enfermera implica adoptar un enfoque preventivo, multidisciplinar y centrado en la persona, orientado a mantener la autonomía y mejorar la calidad de vida durante el envejecimiento. La implantación de programas de detección precoz y de intervenciones basadas en la evidencia permitirá afrontar de manera más eficaz uno de los principales desafíos derivados del envejecimiento poblacional, contribuyendo a ofrecer una atención más segura, humanizada y orientada al mantenimiento de la funcionalidad y el bienestar de las personas mayores.

Bibliografía

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