Incluido en la revista Ocronos. Vol. IX. N.º 8–Agosto 2026.
Pág. Inicial: Vol. IX; N.º 8: 783
Autor principal (primer firmante): Noelia Cabero Aguilera
Fecha recepción: 24/07/2026
Fecha aceptación: 20/08/2026
Ref.: Ocronos. 2026;9(8): 783
Autores:
Noelia Cabero Aguilera (TCAE)
Rosa María Lumbreras Gómez (TCAE)
Lorena Royo Villalba (DUE)
Javier Artal Lázaro (DUE)
Inés Lapresta Quílez (DUE)
Celia Lastanao Adán (DUE)
Categoría profesional: TCAE Y DUE
Palabras clave: sol, crema solar, protector solar, vitamina D, quemadura solar, cáncer cutáneo, rayos ultravioletas, rayos UVB, rayos UVA, SPF, melanina, filtro mineral, filtro químico
Introducción
El sol es imprescindible para la vida. Gracias a él nuestro organismo sintetiza vitamina D, regula algunos procesos biológicos y favorece el bienestar emocional. Sin embargo, una exposición excesiva o sin protección puede tener consecuencias importantes para la salud de la piel. Las quemaduras solares, el envejecimiento prematuro y el aumento del riesgo de desarrollar cáncer cutáneo son algunos de los efectos mejor demostrados por la evidencia científica.
Desarrollo
A pesar de que la mayoría de las personas utiliza protector solar durante el verano, todavía existen muchas dudas sobre qué significa realmente un factor de protección 30 o 50, cuánto producto debe aplicarse, cada cuánto tiempo debe renovarse o si un protector con un número más alto permite permanecer al sol durante todo el día. La publicidad y la gran variedad de productos disponibles tampoco ayudan a resolver estas preguntas.
Entender cómo funcionan los protectores solares permite utilizarlos de forma correcta y aprovechar al máximo sus beneficios. La protección solar no consiste únicamente en aplicar una crema antes de ir a la playa, sino en adoptar un conjunto de medidas que reduzcan el daño que la radiación ultravioleta produce sobre la piel a lo largo de toda la vida.
La radiación solar está formada por diferentes tipos de rayos, pero los que más interesan desde el punto de vista dermatológico son los rayos ultravioleta A (UVA) y los ultravioleta B (UVB).
Los rayos UVB son los principales responsables de las quemaduras solares. Actúan sobre las capas más superficiales de la piel y su intensidad aumenta especialmente durante las horas centrales del día y en los meses de verano. Son también uno de los factores implicados en el desarrollo del cáncer de piel.
Los rayos UVA, por su parte, penetran más profundamente. Aunque producen menos quemaduras inmediatas, favorecen el envejecimiento cutáneo, la aparición de manchas y también participan en el desarrollo de distintos tipos de cáncer de piel. Además, atraviesan las nubes y el cristal de las ventanas, por lo que estamos expuestos a ellos incluso en días nublados o mientras conducimos.
Precisamente por este motivo, un buen protector solar debe ofrecer protección frente a ambos tipos de radiación.
Una de las mayores confusiones aparece al hablar del factor de protección solar, conocido por sus siglas en inglés SPF (Sun Protection Factor). Muchas personas piensan que cuanto mayor es el número, mucho más tiempo pueden permanecer al sol sin riesgo. Sin embargo, esta idea no es del todo correcta.
El SPF mide únicamente la protección frente a la radiación UVB. En condiciones de laboratorio, un protector SPF 30 permite que llegue aproximadamente un 3% de la radiación UVB, mientras que bloquea alrededor del 97%. Un protector SPF 50 deja pasar aproximadamente un 2%, bloqueando cerca del 98% de la radiación. Incluso un SPF 100 no consigue bloquear el 100% de los rayos solares.
Esto significa que la diferencia entre un SPF 30 y un SPF 50 existe, pero es mucho menor de lo que muchas personas imaginan. Ningún protector permite exponerse al sol de forma ilimitada.
Otro error frecuente consiste en pensar que una persona con piel morena no necesita protección. Aunque las pieles oscuras contienen mayor cantidad de melanina, que actúa como una defensa natural, también pueden sufrir quemaduras, fotoenvejecimiento y cáncer cutáneo. La diferencia es que el riesgo aparece generalmente tras exposiciones más prolongadas.
Para que un protector solar sea realmente eficaz no basta con elegir un SPF elevado. La cantidad aplicada resulta igual de importante. Los estudios dermatológicos indican que la mayoría de las personas utiliza menos de la mitad de la cantidad recomendada. Como consecuencia, la protección real obtenida puede ser muy inferior a la indicada en el envase.
Como orientación general, un adulto necesita aproximadamente 30 a 35 mililitros, lo que equivale a unas seis cucharaditas de café, para cubrir correctamente todo el cuerpo. En el rostro suele recomendarse una cantidad equivalente a dos líneas de crema distribuidas sobre los dedos índice y corazón, conocida popularmente como la "regla de los dos dedos".
También es fundamental aplicar el protector antes de la exposición solar. Lo ideal es hacerlo unos veinte o treinta minutos antes de salir al exterior para asegurar una distribución uniforme sobre la piel.
Otro aspecto que suele olvidarse es la reaplicación. El protector solar pierde eficacia con el paso del tiempo debido al sudor, el roce con la ropa, el baño o el simple contacto con la arena y la toalla. Por ello, los dermatólogos recomiendan renovarlo aproximadamente cada dos horas y siempre después del baño o de una sudoración intensa, incluso cuando el producto indique que es resistente al agua.
Actualmente existen dos grandes grupos de protectores solares: los filtros minerales y los filtros químicos, también llamados orgánicos.
Los filtros minerales contienen sustancias como el óxido de zinc o el dióxido de titanio. Actúan formando una barrera sobre la piel que refleja y dispersa parte de la radiación ultravioleta. Son especialmente recomendables en bebés mayores de seis meses, personas con piel muy sensible o pacientes con determinadas enfermedades dermatológicas.
Los filtros químicos funcionan de otra manera. Sus moléculas absorben la energía de la radiación ultravioleta y la transforman en una forma de energía menos perjudicial para la piel. La mayoría de los protectores modernos combina varios filtros para conseguir una protección amplia frente a diferentes longitudes de onda.
En los últimos años también han aparecido protectores que incorporan antioxidantes, vitaminas o ingredientes reparadores. Aunque estos componentes pueden aportar beneficios complementarios, no sustituyen la función principal del protector, que sigue siendo filtrar la radiación ultravioleta.
Una duda muy habitual es si conviene utilizar protector solar todos los días. La respuesta depende de la exposición. Cuando una persona pasa buena parte de la jornada al aire libre, realiza actividades deportivas o trabaja en exteriores, los especialistas recomiendan utilizar protección diariamente. En cambio, quienes permanecen casi todo el tiempo en espacios cerrados pueden adaptar su uso según las circunstancias, aunque muchos dermatólogos aconsejan aplicar protector facial de forma habitual para prevenir el fotoenvejecimiento.
Los niños constituyen un grupo especialmente vulnerable. Su piel es más fina y sensible que la de los adultos, por lo que las quemaduras solares durante la infancia aumentan el riesgo de desarrollar melanoma décadas después. Por ello, además del protector solar, deben utilizar ropa adecuada, sombreros y permanecer preferentemente en la sombra durante las horas de mayor intensidad solar.
Las personas mayores también requieren una protección especial. Con el envejecimiento, la piel pierde parte de su capacidad de reparación frente al daño solar acumulado durante años. Esto explica que muchos cánceres cutáneos aparezcan precisamente a partir de los sesenta años.
Conviene recordar que el protector solar no debe utilizarse como una herramienta para permanecer más tiempo bajo el sol. Su función consiste en reducir el daño producido por la radiación, pero ninguna crema ofrece una protección absoluta. Permanecer muchas horas expuesto, especialmente entre las doce del mediodía y las cuatro de la tarde, continúa siendo un comportamiento de riesgo, aunque se utilice un SPF elevado.
La mejor estrategia de fotoprotección combina varias medidas sencillas: buscar la sombra en las horas centrales del día, utilizar ropa de manga larga cuando sea posible, llevar gafas de sol homologadas, proteger la cabeza con un sombrero de ala ancha y aplicar un protector solar de amplio espectro con un factor de protección adecuado.
Conclusión
Las cremas solares son una de las herramientas más eficaces para prevenir el daño que la radiación ultravioleta produce sobre la piel, pero su efectividad depende de utilizarlas correctamente. conocer qué significa realmente el factor de protección solar, aplicar la cantidad adecuada y renovar el producto con la frecuencia recomendada son aspectos tan importantes como elegir un SPF elevado. La protección solar no debe entenderse como un gesto reservado para las vacaciones de verano, sino como un hábito de salud que ayuda a prevenir quemaduras, retrasa el envejecimiento cutáneo y reduce el riesgo de desarrollar cáncer de piel.
Bibliografía
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