La soledad no deseada en personas mayores: intervención de Enfermería y repercusiones en la salud

Incluido en la revista Ocronos. Vol. IX. N.º 8–Agosto 2026.

Pág. Inicial: Vol. IX; N.º 8: 888

Autor principal (primer firmante): Carolina Giner Pérez

Fecha recepción: 26/07/2026

Fecha aceptación: 22/08/2026

Ref.: Ocronos. 2026;9(8): 888

Autores:

  1. Carolina Giner Pérez.
  2. Irene Clavería Carcas.
  3. Juncal Mateo Bueno.
  4. María Aznar Chicote.
  5. Nuria Lagota Frago.
  6. Sandra Quílez Artal.

Categoría: DUE.

Palabras clave: desafíos, soledad, envejecimiento, población, vivir, aislamiento, emocional, incremento, depresión, ansiedad.

Introducción

La soledad no deseada se ha convertido en uno de los principales desafíos sociosanitarios asociados al envejecimiento de la población. Aunque vivir solo no implica necesariamente sentirse solo, la percepción subjetiva de aislamiento social puede generar importantes consecuencias sobre la salud física, mental y emocional de las personas mayores. El incremento de la esperanza de vida, la disminución del tamaño de las familias, la pérdida de la pareja, el alejamiento de los hijos y las limitaciones funcionales propias del envejecimiento han favorecido un aumento progresivo de esta situación, convirtiéndola en un problema de salud pública de creciente interés. Numerosos estudios han demostrado que la soledad no deseada se asocia con un mayor riesgo de deterioro cognitivo, depresión, ansiedad, enfermedades cardiovasculares, fragilidad, dependencia e incluso un aumento de la mortalidad.

La Organización Mundial de la Salud reconoce que los determinantes sociales desempeñan un papel decisivo en el bienestar durante la vejez, destacando la importancia de mantener relaciones sociales significativas como un componente esencial del envejecimiento saludable.

Definición

La soledad no deseada puede definirse como la sensación de falta o insuficiencia de relaciones sociales satisfactorias, independientemente del número de personas que rodeen al individuo. Se trata de una experiencia profundamente subjetiva que depende de las expectativas personales, la calidad de las relaciones y la percepción de apoyo social. Algunas personas mantienen una vida social limitada sin experimentar sentimientos de soledad, mientras que otras pueden sentirse profundamente aisladas a pesar de convivir con familiares o participar en actividades comunitarias. Esta complejidad exige una valoración individualizada que contemple no solo aspectos clínicos, sino también factores psicológicos, familiares, económicos y culturales.

Repercusiones de la soledad

Las repercusiones sobre la salud son múltiples y afectan prácticamente a todos los sistemas del organismo. Desde el punto de vista físico, la soledad se relaciona con un incremento del estrés crónico, alteraciones del sueño, mayor inflamación sistémica, peor control de enfermedades crónicas y disminución de la capacidad funcional. Asimismo, las personas mayores que experimentan aislamiento presentan mayor riesgo de caídas, malnutrición, sedentarismo y pérdida de autonomía para realizar actividades básicas de la vida diaria. Estos factores favorecen la aparición de dependencia y aumentan la utilización de los servicios sanitarios.

En el ámbito de la salud mental, las consecuencias son igualmente relevantes. La soledad no deseada constituye un importante factor de riesgo para el desarrollo de depresión, ansiedad, baja autoestima y desesperanza. Además, diversos estudios han encontrado una relación entre el aislamiento social prolongado y un mayor deterioro cognitivo, incrementando el riesgo de demencia en edades avanzadas. La ausencia de interacción social limita la estimulación intelectual y reduce las oportunidades de mantener funciones cognitivas como la memoria, el lenguaje o la atención, aspectos esenciales para preservar la independencia funcional.

Funciones de Enfermería

La Enfermería desempeña un papel clave en la detección precoz de la soledad no deseada. Durante las consultas de atención primaria, las visitas domiciliarias, el seguimiento de pacientes crónicos o los ingresos hospitalarios, el profesional tiene la oportunidad de identificar signos que pueden pasar desapercibidos, como la escasa participación social, el abandono del autocuidado, la tristeza persistente o la ausencia de una red de apoyo. Para ello, resulta fundamental realizar una valoración integral que incluya aspectos físicos, psicológicos y sociales, utilizando herramientas validadas cuando sea necesario y complementándolas siempre con la entrevista clínica y la observación directa.

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Una vez identificada la situación de riesgo, la planificación de cuidados debe orientarse a fortalecer la red de apoyo social y promover la participación activa de la persona mayor en su entorno. La educación sanitaria constituye una intervención fundamental para fomentar hábitos de vida saludables, estimular la actividad física, favorecer la autonomía y reforzar la autoestima. Del mismo modo, el profesional de Enfermería puede facilitar el acceso a recursos comunitarios, asociaciones de mayores, programas de voluntariado, centros de día o actividades grupales que favorezcan la interacción social y disminuyan el sentimiento de aislamiento.

La atención domiciliaria representa uno de los ámbitos donde la intervención enfermera adquiere mayor relevancia. Muchos pacientes con movilidad reducida o enfermedades crónicas presentan dificultades para mantener relaciones sociales fuera del domicilio. En estos casos, las visitas periódicas permiten no solo controlar la evolución clínica, sino también proporcionar apoyo emocional, detectar necesidades sociales y coordinar actuaciones con otros profesionales, como trabajadores sociales, psicólogos o terapeutas ocupacionales. Este abordaje multidisciplinar favorece una atención integral centrada en las necesidades reales de cada persona.

La comunicación terapéutica constituye otra herramienta esencial dentro de los cuidados enfermeros. Escuchar activamente, mostrar empatía, favorecer la expresión de sentimientos y respetar el ritmo de cada persona contribuye a generar una relación de confianza que facilita la identificación de problemas emocionales. En muchas ocasiones, disponer de un espacio donde expresar preocupaciones o compartir experiencias representa una intervención de gran valor para personas que experimentan aislamiento prolongado.

Avances

Las nuevas tecnologías también ofrecen oportunidades para reducir la soledad cuando se utilizan de forma adecuada. La enseñanza del uso de teléfonos inteligentes, videollamadas, aplicaciones de mensajería o plataformas digitales puede facilitar el mantenimiento del contacto con familiares y amigos, especialmente cuando existen barreras geográficas. No obstante, estas herramientas deben considerarse un complemento y no un sustituto de las relaciones personales presenciales, ya que el contacto humano continúa siendo un elemento esencial para el bienestar emocional.

La promoción del envejecimiento activo constituye otra estrategia preventiva en la que la Enfermería desempeña un papel destacado. Favorecer la participación en actividades culturales, educativas, deportivas o de voluntariado permite mantener las capacidades físicas y cognitivas, fortalecer las relaciones sociales y mejorar la percepción de utilidad personal. Estas intervenciones no solo disminuyen el sentimiento de soledad, sino que también favorecen una mayor calidad de vida y retrasan la aparición de situaciones de dependencia.

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Conclusión

La soledad no deseada representa un importante problema de salud pública que afecta de manera creciente a las personas mayores y genera consecuencias significativas sobre su bienestar físico, psicológico y social. Lejos de tratarse únicamente de un problema emocional, constituye un determinante de salud estrechamente relacionado con el aumento de enfermedades crónicas, el deterioro funcional, la fragilidad, la depresión, el deterioro cognitivo y la mortalidad. Su carácter multifactorial exige una respuesta integral que combine intervenciones sanitarias, sociales y comunitarias.

La Enfermería tiene un trabajo importante gracias a su proximidad con las personas mayores y a la continuidad de los cuidados en los diferentes niveles asistenciales. La detección precoz de situaciones de aislamiento, la valoración biopsicosocial, la educación para la salud, la promoción de redes de apoyo y la coordinación con otros profesionales constituyen intervenciones eficaces para reducir el impacto de la soledad y favorecer un envejecimiento saludable.

La implementación de cuidados centrados en la persona, apoyados por programas comunitarios y estrategias de envejecimiento activo, permite mejorar la calidad de vida, fortalecer la autonomía y promover una atención más humana e integral. Invertir en la prevención de la soledad no deseada supone no solo mejorar la salud de las personas mayores, sino también avanzar hacia sistemas sanitarios más equitativos, sostenibles y orientados a las necesidades reales de una población cada vez más envejecida.

Bibliografía

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