Prevención de la fragilidad y la sarcopenia en adultos mayores frágiles: programa de Enfermería Comunitaria basado en ejercicio multicomponente y nutrición personalizada

Incluido en la revista Ocronos. Vol. IX. N.º 11–Noviembre 2026.

Pág. Inicial: Vol. IX; N.º 11: 20

Autor principal (primer firmante): Beatriz Alfaro Ciria

Fecha recepción: 04/10/2026

Fecha aceptación: 31/10/2026

Ref.: Ocronos. 2026;9(11): 20

Autores:

  • Beatriz Alfaro Ciria
  • Laura Chivite Felipe
  • Vanesa Jaime Gomara
  • Ana Palacios Martínez
  • Laura Armendáriz Perrz

Categoría profesional: Enfermería.

Resumen

La fragilidad y la sarcopenia constituyen dos síndromes geriátricos estrechamente relacionados con la pérdida progresiva de capacidad funcional, autonomía y calidad de vida en las personas mayores. Aunque el envejecimiento se acompaña de cambios fisiológicos en la masa y función muscular, la fragilidad no debe considerarse una consecuencia inevitable de la edad, ya que puede prevenirse, retrasarse e incluso revertirse mediante intervenciones multidimensionales. La sarcopenia, por su parte, se caracteriza fundamentalmente por una disminución de la fuerza muscular, acompañada de una reducción de la cantidad y calidad muscular y, en fases avanzadas, de deterioro del rendimiento físico. La evidencia disponible respalda especialmente la combinación de ejercicio de fuerza y otros componentes funcionales con una adecuada ingesta energética y proteica.

El objetivo de este artículo es analizar el papel de la Enfermería Comunitaria en la prevención y abordaje precoz de la fragilidad y la sarcopenia mediante un programa estructurado de ejercicio físico multicomponente y nutrición personalizada. Se propone un modelo asistencial integrado en Atención Primaria que incluya cribado funcional, valoración nutricional, identificación de factores de riesgo, prescripción y seguimiento de actividad física adaptada, educación alimentaria, prevención de caídas, promoción del autocuidado y coordinación interdisciplinar. El programa contempla una intervención progresiva de al menos 12 semanas, con reevaluaciones periódicas de fuerza, movilidad, equilibrio, estado nutricional y adherencia.

La evidencia reciente muestra que los programas multicomponente pueden mejorar la función física y el estado de fragilidad, mientras que la combinación de ejercicio y soporte nutricional puede favorecer mejoras en fuerza, velocidad de la marcha, calidad de vida y parámetros relacionados con la sarcopenia. La Enfermería Comunitaria ocupa una posición estratégica para detectar precozmente a las personas en riesgo, individualizar las intervenciones y mantener la continuidad asistencial en el entorno habitual de la persona mayor.

Palabras clave: fragilidad; sarcopenia; personas mayores; enfermería comunitaria; atención primaria; ejercicio multicomponente; nutrición; fuerza muscular; prevención de caídas; envejecimiento saludable.

Introducción

El envejecimiento poblacional constituye uno de los principales retos actuales para los sistemas sanitarios. El incremento de la esperanza de vida ha generado una población cada vez más longeva, pero el objetivo sanitario no debe limitarse a prolongar los años de vida, sino a mantener durante el mayor tiempo posible la autonomía, la capacidad funcional y la participación social. La Organización Mundial de la Salud considera el envejecimiento saludable como un proceso orientado a desarrollar y mantener la capacidad funcional que permite el bienestar en la vejez, en el que la actividad física y una alimentación adecuada desempeñan un papel fundamental.

Dentro de este contexto, la fragilidad representa uno de los principales factores asociados al deterioro funcional. El Ministerio de Sanidad define la fragilidad como un deterioro progresivo relacionado con la edad de diferentes sistemas fisiológicos que disminuye las reservas de capacidad intrínseca y aumenta la vulnerabilidad frente a situaciones de estrés. No se trata, por tanto, de una consecuencia inevitable del envejecimiento, sino de una condición potencialmente prevenible y reversible mediante intervenciones apropiadas. El documento de consenso actualizado por el Sistema Nacional de Salud en 2026 refuerza precisamente la necesidad de identificar precozmente a las personas en riesgo e intervenir sobre los factores modificables mediante un abordaje conjunto de la fragilidad y las caídas. [1]

La sarcopenia constituye otro componente fundamental del deterioro funcional asociado al envejecimiento. El consenso europeo EWGSOP2 considera la disminución de la fuerza muscular como la característica principal de la enfermedad, mientras que la reducción de la cantidad o calidad muscular permite confirmar el diagnóstico y el deterioro del rendimiento físico identifica los casos de mayor gravedad. [2]

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Fragilidad y sarcopenia comparten numerosos factores etiológicos. La inactividad física, la ingesta nutricional insuficiente, la pérdida involuntaria de peso, las enfermedades crónicas, la inflamación, la hospitalización, la polifarmacia y el aislamiento social pueden contribuir al deterioro de la capacidad muscular y funcional. Esta relación resulta especialmente relevante para la práctica enfermera, ya que muchos de estos factores pueden identificarse y abordarse desde Atención Primaria antes de que aparezca una pérdida importante de autonomía.

La evidencia disponible indica que el ejercicio multicomponente constituye una de las intervenciones fundamentales para prevenir y tratar la fragilidad. El Ministerio de Sanidad español recomienda programas comunitarios específicamente diseñados para trabajar diferentes componentes de la capacidad física, mientras que la Organización Mundial de la Salud recomienda que las personas mayores realicen actividad física aeróbica y ejercicios de fortalecimiento muscular, incorporando además entrenamiento del equilibrio y actividades multicomponente al menos tres días por semana. [1,3]

La nutrición representa el segundo gran pilar de intervención. Las personas mayores presentan un riesgo aumentado de ingesta insuficiente debido a anorexia del envejecimiento, problemas dentales, disfagia, alteraciones gastrointestinales, deterioro cognitivo, dificultades económicas, aislamiento social o incapacidad para preparar los alimentos. Las recomendaciones de ESPEN señalan que las intervenciones nutricionales en personas mayores deben individualizarse y formar parte de un abordaje multidimensional. [4]

Por este motivo, la prevención de la fragilidad y la sarcopenia requiere superar los modelos centrados exclusivamente en el consejo sanitario y avanzar hacia programas estructurados, continuados y evaluables. La Enfermería Comunitaria puede desempeñar un papel central mediante la identificación del riesgo, la valoración funcional y nutricional, la educación sanitaria, la supervisión de la actividad física, la promoción de la adherencia y la coordinación con medicina, fisioterapia, nutrición, terapia ocupacional y recursos comunitarios.

Objetivos

Objetivo general

Desarrollar una propuesta de programa de Enfermería Comunitaria orientado a la prevención y reducción de la fragilidad y la sarcopenia en personas mayores mediante la combinación de ejercicio físico multicomponente, intervención nutricional personalizada, educación sanitaria y seguimiento funcional continuado.

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Objetivos específicos

  1. Identificar los principales factores de riesgo relacionados con fragilidad, sarcopenia, deterioro funcional y malnutrición en personas mayores atendidas en Atención Primaria.
  2. Establecer un modelo enfermero de valoración, intervención y seguimiento basado en ejercicio multicomponente y nutrición individualizada.
  3. Definir indicadores clínicos y funcionales que permitan evaluar la eficacia del programa y detectar precozmente el deterioro o la necesidad de intensificar la intervención.

Metodología

Se realizó una revisión narrativa de la literatura científica y de documentos de consenso relacionados con fragilidad, sarcopenia, ejercicio físico, nutrición geriátrica y prevención comunitaria en personas mayores. Se consultaron fuentes científicas y organismos nacionales e internacionales de referencia, incluyendo PubMed, documentos de la Organización Mundial de la Salud, European Society for Clinical Nutrition and Metabolism (ESPEN), European Working Group on Sarcopenia in Older People (EWGSOP) y Ministerio de Sanidad de España.

Se priorizaron revisiones sistemáticas, metaanálisis, ensayos clínicos, documentos de consenso y guías de práctica clínica, prestando especial atención a publicaciones recientes y a documentos vigentes durante 2026. Se incluyeron trabajos relacionados con personas mayores residentes en la comunidad, fragilidad, sarcopenia, ejercicio multicomponente, entrenamiento de fuerza, nutrición, proteínas, prevención de caídas y programas de Atención Primaria o Enfermería Comunitaria.

A partir de la evidencia identificada se elaboró una propuesta de intervención enfermera aplicable a centros de salud y recursos comunitarios, adaptada a diferentes niveles de capacidad funcional y diseñada para integrarse en el seguimiento habitual de las personas mayores.

Resultados

Fragilidad y sarcopenia como objetivos prioritarios de prevención

La fragilidad y la sarcopenia deben entenderse como procesos dinámicos y potencialmente modificables. El Ministerio de Sanidad señala que la fragilidad puede detectarse, prevenirse y revertirse mediante intervenciones concretas, situando el ejercicio físico multicomponente como uno de los elementos centrales de la intervención preventiva. La actualización nacional de 2026 plantea además un abordaje conjunto de fragilidad y caídas, reforzando la detección precoz y la intervención individualizada. [1]

Desde una perspectiva enfermera, esto implica que la consulta de Atención Primaria no debería limitarse al control de enfermedades crónicas. La valoración periódica de la movilidad, fuerza, equilibrio, actividad física, peso, ingesta alimentaria y capacidad para realizar actividades de la vida diaria puede permitir identificar cambios funcionales antes de que se produzca una dependencia establecida.

La sarcopenia tiene especial relevancia porque la disminución de la fuerza muscular puede preceder a una pérdida evidente de masa muscular. El consenso EWGSOP2 establece precisamente la fuerza muscular como parámetro fundamental para su detección, por lo que las estrategias comunitarias no deberían basarse exclusivamente en el peso o en la composición corporal. [2]

Cribado enfermero de riesgo

El programa propuesto comienza con una valoración inicial estructurada. La Enfermería Comunitaria puede identificar a personas susceptibles de intervención mediante antecedentes de caídas, pérdida involuntaria de peso, disminución de la velocidad de la marcha, dificultad para levantarse de una silla, reducción de la actividad física, cansancio persistente, deterioro funcional, aislamiento social o disminución de la ingesta.

Para el riesgo de sarcopenia puede emplearse el cuestionario SARC-F como herramienta inicial de detección, complementándolo con medidas objetivas de fuerza y rendimiento cuando estén disponibles. La evidencia reciente también señala que profesionales de Enfermería Comunitaria pueden identificar factores relacionados con el riesgo de sarcopenia en la vida cotidiana y utilizar esta información para orientar intervenciones preventivas. [5]

La valoración funcional puede incorporar la velocidad de la marcha, la prueba de levantarse y sentarse de una silla, la fuerza de prensión manual cuando exista dinamómetro y escalas de actividades básicas e instrumentales de la vida diaria. Estos parámetros permiten establecer una situación basal y comprobar posteriormente la evolución.

El cribado no debe interpretarse como una prueba diagnóstica aislada. Su función es identificar a las personas que necesitan una valoración más completa y establecer un nivel de intervención adecuado.

Valoración nutricional

La intervención nutricional constituye un componente inseparable del programa. El riesgo nutricional debe evaluarse mediante el peso y su evolución temporal, índice de masa corporal, pérdida ponderal involuntaria, apetito, número de ingestas, calidad de la dieta, dificultades para masticar o tragar, capacidad para comprar y preparar alimentos, situación socioeconómica y presencia de enfermedades que puedan alterar las necesidades nutricionales.

La valoración debe prestar especial atención a la pérdida involuntaria de peso, ya que puede constituir una señal precoz de deterioro. Una persona mayor con disminución progresiva de peso, debilidad y reducción de actividad física puede encontrarse en un círculo de deterioro en el que la pérdida muscular disminuye la movilidad, la menor movilidad reduce el apetito y la menor ingesta acelera nuevamente la pérdida de masa muscular.

ESPEN recomienda un abordaje nutricional individualizado y multidimensional en las personas mayores, debido a la elevada frecuencia de malnutrición y deshidratación y a su relación con pérdida funcional y sarcopenia. [4]

Nutrición personalizada y aporte proteico

En ausencia de contraindicaciones específicas, las recomendaciones disponibles sitúan las necesidades proteicas de las personas mayores sanas aproximadamente en 1,0-1,2 g/kg/día, mientras que las personas con enfermedad aguda o crónica, malnutrición o riesgo nutricional pueden necesitar alrededor de 1,2-1,5 g/kg/día. Estas cifras deben individualizarse y adaptarse especialmente en presencia de enfermedad renal avanzada u otras situaciones clínicas que modifiquen los requerimientos. [6]

La Enfermería no debería traducir estas recomendaciones en una dieta estándar idéntica para todos los pacientes. La personalización constituye precisamente uno de los elementos esenciales del programa. La intervención deberá tener en cuenta preferencias alimentarias, cultura gastronómica, disponibilidad económica, capacidad de cocinar, dentición, disfagia, alergias, enfermedades crónicas, medicación y objetivos funcionales.

En este sentido, la educación nutricional puede orientarse hacia el incremento de alimentos proteicos de buena calidad dentro de una alimentación equilibrada, distribuyendo las fuentes proteicas a lo largo del día y evitando que la comida de la persona mayor se base exclusivamente en alimentos de baja densidad nutricional.

La combinación de nutrición adecuada y ejercicio resulta especialmente importante. La evidencia disponible señala que la ingesta suficiente de proteínas junto con entrenamiento físico constituye una estrategia fundamental para mantener la función muscular durante el envejecimiento. [6]

Programa de ejercicio multicomponente

El segundo pilar de la intervención es un programa de ejercicio físico adaptado. La Organización Mundial de la Salud recomienda que las personas mayores realicen al menos 150-300 minutos semanales de actividad aeróbica moderada, además de ejercicios de fortalecimiento muscular al menos dos días por semana. En las personas mayores deben incorporarse actividades multicomponente que enfaticen equilibrio y fuerza al menos tres días por semana, especialmente para mejorar la capacidad funcional y prevenir caídas. [3]

Sin embargo, en una población frágil no resulta apropiado comenzar directamente con los niveles máximos recomendados para población general. El principio fundamental debe ser la individualización y la progresión. La persona debe comenzar desde el nivel de capacidad que pueda realizar de forma segura y aumentar progresivamente frecuencia, volumen e intensidad.

El componente de fuerza constituye el núcleo de la intervención frente a la sarcopenia. Puede incluir ejercicios como levantarse de una silla, sentarse y levantarse repetidamente, extensión de rodilla, flexión de cadera, elevación de talones, ejercicios con bandas elásticas o cargas externas adaptadas. La dificultad debe incrementarse progresivamente cuando la persona pueda realizar las tareas con seguridad y buena técnica.

El entrenamiento aeróbico puede desarrollarse mediante marcha, bicicleta estática u otras actividades adaptadas a la capacidad funcional. El trabajo de equilibrio puede incorporar apoyo unipodal cuando sea seguro, cambios de dirección, desplazamientos laterales, marcha en diferentes direcciones y ejercicios funcionales supervisados. La movilidad articular y la flexibilidad completan el programa.

Evidencia del ejercicio multicomponente

Los beneficios del ejercicio multicomponente no se limitan a mejorar un único parámetro. Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en 2024 que incluyó 28 ensayos y 4.857 personas mayores frágiles encontró efectos favorables sobre el estado de fragilidad y la función física. [7]

Otra revisión sistemática y metaanálisis de 2024 centrada en personas mayores residentes en la comunidad analizó intervenciones combinadas de ejercicio multicomponente y nutrición, reforzando el interés de las estrategias que actúan simultáneamente sobre capacidad física y factores nutricionales. [8]

La evidencia más reciente también aporta datos procedentes de Atención Primaria. Un ensayo clínico publicado en 2025 en personas mayores con sarcopenia evaluó un programa comunitario de 12 semanas que combinaba ejercicio grupal y apoyo nutricional. La intervención produjo mejoras en velocidad de la marcha, fuerza de prensión, rendimiento físico, calidad de vida y parámetros relacionados con la fragilidad. [9]

Estos resultados apoyan el planteamiento de programas comunitarios que no separen artificialmente actividad física y nutrición, sino que los integren dentro de un mismo plan de cuidados.

Propuesta de programa enfermero comunitario

Se propone un programa inicial de 12 semanas, posteriormente prorrogable mediante mantenimiento comunitario. La primera fase comprendería una valoración integral realizada por Enfermería, estableciendo la situación funcional, nutricional y social de cada participante.

Durante las primeras semanas se priorizaría la adaptación al ejercicio y la adquisición de hábitos. Las sesiones podrían desarrollarse dos o tres veces por semana en centros de salud, centros municipales, centros de mayores u otros recursos comunitarios, complementándose con actividad domiciliaria adaptada.

La estructura de una sesión podría comenzar con un calentamiento y movilidad articular, continuar con ejercicios de fuerza, incorporar trabajo de equilibrio y coordinación y finalizar con marcha o actividad aeróbica adaptada y vuelta a la calma. La progresión se establecería individualmente.

La Enfermería Comunitaria tendría un papel especialmente relevante en la supervisión de signos de intolerancia al ejercicio, identificación de barreras, refuerzo de la adherencia y educación sobre la realización segura de actividad física en el domicilio.

Educación sanitaria y modificación de conductas

El programa no debe limitarse a impartir sesiones de ejercicio. Una de las funciones fundamentales de Enfermería es transformar la actividad física y la alimentación adecuada en comportamientos sostenibles.

La educación debe abordar la importancia de mantener la movilidad diaria, evitar períodos prolongados de sedentarismo, realizar ejercicios de fuerza de manera segura, mantener una alimentación suficiente y detectar signos de deterioro nutricional o funcional.

También resulta importante desmontar la percepción de que la pérdida de fuerza, la dificultad para caminar o la dependencia creciente son fenómenos inevitables del envejecimiento. El concepto de fragilidad como condición potencialmente modificable debe formar parte de la educación sanitaria. El propio Ministerio de Sanidad señala que la fragilidad no es una consecuencia inevitable de la edad y puede prevenirse o revertirse mediante intervenciones concretas. [1]

Prevención de caídas

La prevención de caídas debe integrarse en todo el programa. La fragilidad, la debilidad muscular, los trastornos del equilibrio, las alteraciones de la marcha, la polifarmacia, los déficits visuales y los riesgos ambientales pueden interactuar incrementando la probabilidad de caída.

La Enfermería puede realizar una valoración básica del entorno domiciliario, revisar antecedentes de caídas, identificar obstáculos, valorar iluminación y calzado y coordinar con otros profesionales aquellas intervenciones que requieran valoración fisioterapéutica, médica u ocupacional.

El entrenamiento del equilibrio y la fuerza tiene además una doble finalidad: mejorar el rendimiento físico y reducir el riesgo de caídas. El abordaje conjunto de fragilidad y caídas constituye actualmente una de las líneas prioritarias del Ministerio de Sanidad. [1]

Seguimiento y adherencia

La adherencia constituye uno de los principales factores determinantes del éxito a largo plazo. Las personas mayores pueden abandonar los programas por dolor, miedo a lesionarse, falta de motivación, dificultades de transporte, problemas familiares o percepción de que el ejercicio no produce resultados inmediatos.

La intervención enfermera debe identificar estas barreras y adaptar el programa. Los objetivos deben ser realistas, funcionales y significativos para la persona. En lugar de limitarse a comunicar que debe mejorar su fuerza, puede plantearse como objetivo poder levantarse de una silla sin ayuda, caminar hasta el comercio del barrio o subir escaleras con mayor seguridad.

La evidencia cualitativa reciente muestra que las personas mayores con sarcopenia presentan dificultades para identificar qué ejercicios son apropiados y que la motivación, los hábitos y los factores ambientales influyen de forma importante sobre la adherencia. Los autores plantean la utilidad de programas dirigidos por Enfermería, personalizados y grupales, complementados con recursos para realizar ejercicio en el domicilio. [10]

Papel de la enfermería comunitaria

La posición de la Enfermería Comunitaria resulta especialmente adecuada para este tipo de intervención debido a la continuidad de la relación asistencial y al conocimiento del contexto social y familiar de la persona.

La enfermera puede actuar como profesional de referencia para el cribado inicial, valoración integral, educación sanitaria, seguimiento funcional, detección de problemas nutricionales, coordinación de intervenciones y evaluación de resultados. También puede identificar situaciones que requieran derivación a otros profesionales.

El abordaje debe ser interdisciplinar. El médico de familia puede valorar enfermedades y tratamientos que interfieran con la capacidad funcional; fisioterapia puede contribuir a la individualización del ejercicio; nutrición puede intervenir cuando exista malnutrición o necesidades dietéticas complejas; terapia ocupacional puede abordar dificultades funcionales y adaptación del domicilio; y los servicios sociales pueden intervenir cuando existan barreras económicas, soledad o dificultades para acceder a recursos comunitarios.

Indicadores de evaluación

La eficacia del programa debe evaluarse mediante indicadores objetivos y no únicamente mediante la percepción subjetiva del paciente. La valoración inicial debe repetirse después de la intervención para determinar cambios.

Entre los indicadores principales se pueden incluir la fuerza muscular, velocidad de la marcha, capacidad para levantarse de una silla, equilibrio, número de caídas, peso y evolución ponderal, riesgo nutricional, nivel de actividad física y grado de dependencia para actividades de la vida diaria.

También deben registrarse indicadores relacionados con la adherencia, como asistencia a las sesiones, cumplimiento de actividad domiciliaria, seguimiento de recomendaciones nutricionales y abandono del programa.

Desde una perspectiva de resultados en salud, el objetivo último no debe ser únicamente incrementar una determinada medida de fuerza, sino mantener o recuperar la autonomía funcional, disminuir el riesgo de dependencia y favorecer que la persona continúe participando en su entorno habitual.

Discusión

La fragilidad y la sarcopenia representan problemas complejos que no pueden abordarse mediante una intervención aislada. La evidencia disponible respalda un modelo basado en ejercicio físico, nutrición adecuada y seguimiento multidimensional. La actualización española de 2026 refuerza además la orientación hacia programas comunitarios y la detección precoz dentro del Sistema Nacional de Salud. [1]

El ejercicio multicomponente constituye probablemente el elemento más importante de la intervención física, ya que permite trabajar simultáneamente fuerza, equilibrio, resistencia y capacidad funcional. La evidencia reciente demuestra beneficios sobre la función física y el estado de fragilidad en personas mayores frágiles. [7] Sin embargo, los programas deben ser individualizados y progresivos, especialmente en personas con enfermedades crónicas, limitaciones funcionales o antecedentes de caídas.

La nutrición debe considerarse un componente complementario y no secundario. La ingesta insuficiente de energía y proteínas puede dificultar la respuesta al entrenamiento y acelerar la pérdida muscular. Por ello, la identificación precoz de malnutrición o riesgo nutricional debe formar parte de la valoración enfermera. Las recomendaciones de ESPEN subrayan la necesidad de intervenciones individualizadas y multidisciplinares en las personas mayores. [4]

No obstante, las recomendaciones proteicas no deben aplicarse de forma automática. La presencia de enfermedad renal avanzada, insuficiencia cardiaca, disfagia, obesidad, diabetes, alteraciones gastrointestinales u otras patologías puede modificar los objetivos nutricionales. Por esta razón, la Enfermería debe realizar educación nutricional dentro de sus competencias y coordinar los casos complejos con los profesionales responsables de la valoración médica y dietético-nutricional.

Otro aspecto relevante es la necesidad de desplazar el centro de atención desde la enfermedad hacia la capacidad funcional. Una persona mayor con múltiples diagnósticos puede mantener una elevada autonomía si conserva fuerza, equilibrio y capacidad para realizar sus actividades cotidianas. Por el contrario, una pérdida progresiva de fuerza puede convertirse en el punto de partida de una cascada de acontecimientos que incluya caídas, miedo a caminar, reducción de actividad, aislamiento, pérdida muscular adicional y dependencia.

La intervención comunitaria permite actuar antes de que esta cascada se consolide. Además, el entorno comunitario facilita la interacción social, un aspecto que puede contribuir a mantener la motivación y la adherencia. La propia estrategia española de prevención de fragilidad contempla la conexión de las personas mayores con recursos comunitarios y programas grupales de actividad física. [1]

La Enfermería Comunitaria se encuentra en una posición privilegiada para liderar o coordinar este proceso. Su contacto continuado con la población permite detectar cambios funcionales que pueden pasar inadvertidos durante consultas exclusivamente centradas en enfermedades. Asimismo, la enfermera puede transformar recomendaciones generales en objetivos concretos y alcanzables para cada persona.

Propuesta práctica de protocolo enfermero

El programa puede estructurarse en cinco fases sucesivas. La primera corresponde al cribado, mediante identificación de antecedentes de caídas, pérdida de peso, inactividad, dificultades de movilidad, debilidad y riesgo de sarcopenia.

La segunda fase consiste en una valoración integral, que incluya función física, movilidad, fuerza, equilibrio, estado nutricional, comorbilidades, medicación, entorno domiciliario, situación cognitiva y contexto social.

La tercera corresponde a la planificación individualizada. En esta etapa se establecen objetivos funcionales concretos, necesidades nutricionales y características del programa de ejercicio, determinando además las derivaciones necesarias.

La cuarta fase comprende la intervención, con ejercicio multicomponente progresivo, educación nutricional, promoción de actividad física cotidiana, prevención de caídas y seguimiento enfermero.

Finalmente, la quinta fase corresponde a la reevaluación y mantenimiento. Después de aproximadamente 12 semanas deben repetirse las principales medidas funcionales y nutricionales para determinar la respuesta. En caso de mejoría, se establecerá un programa de mantenimiento; si existe deterioro, ausencia de respuesta o aparición de nuevas limitaciones, deberá reconsiderarse el plan y realizarse una nueva valoración interdisciplinar.

Conclusiones

La fragilidad y la sarcopenia constituyen condiciones relevantes y potencialmente modificables que pueden conducir progresivamente a pérdida de autonomía, caídas, discapacidad y dependencia. Su prevención requiere abandonar una visión exclusivamente centrada en la enfermedad y priorizar la capacidad funcional de la persona mayor.

La evidencia disponible respalda la utilización de programas de ejercicio multicomponente que combinen especialmente entrenamiento de fuerza, equilibrio, resistencia y actividades funcionales. La actividad debe comenzar desde el nivel de capacidad de cada persona y progresar de forma segura. Las recomendaciones internacionales sitúan además el fortalecimiento muscular y el entrenamiento del equilibrio como componentes esenciales de la actividad física en las personas mayores. [3]

La nutrición constituye el segundo pilar fundamental. Una ingesta suficiente de energía y proteínas resulta necesaria para preservar la masa y función muscular, aunque las necesidades deben individualizarse según situación clínica, estado nutricional y comorbilidades. La combinación de ejercicio y nutrición parece especialmente relevante para mejorar la función física y reducir las consecuencias de la sarcopenia.

La Enfermería Comunitaria puede desempeñar un papel central en este modelo mediante el cribado precoz, la valoración funcional y nutricional, la educación sanitaria, la promoción de hábitos saludables, la supervisión de la adherencia y la coordinación interdisciplinar. El seguimiento continuado permite detectar cambios antes de que se traduzcan en dependencia establecida.

Por tanto, la implantación de programas comunitarios estructurados, personalizados y evaluables puede constituir una estrategia eficaz para preservar la autonomía y favorecer un envejecimiento saludable. La actualización del consenso del Sistema Nacional de Salud de 2026 proporciona además un marco nacional actualizado para reforzar este tipo de intervenciones en Atención Primaria y en los recursos comunitarios. [1]

Bibliografía

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  3. World Health Organization. WHO guidelines on physical activity and sedentary behaviour. Geneva: WHO; 2020.
  4. Volkert D, Beck AM, Cederholm T, Cruz-Jentoft A, Goisser S, Hooper L, et al. ESPEN practical guideline: Clinical nutrition and hydration in geriatrics. Clin Nutr. 2022;41(4):958-989.
  5. Piniara A, et al. Risk of sarcopenia among older adults and associated factors in daily life. Br J Community Nurs. 2024. doi:10.12968/bjcn.2024.0105.
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  8. Sirikul W, Buawangpong N, Pinyopornpanish K, Siviroj P. Impact of multicomponent exercise and nutritional supplement interventions for improving physical frailty in community-dwelling older adults: a systematic review and meta-analysis. BMC Geriatr. 2024;24:958. doi:10.1186/s12877-024-05551-8.
  9. Goldman Urology Clinic et al. Effect of a combined exercise and nutrition program on sarcopenia in older adults: a randomised controlled trial in primary care. [Internet]. 2025 [citado 25 septiembre 2026]. PubMed PMID: 40977239.
  10. Perspectives of Community-Dwelling Older Adults With Sarcopenia on Exercise Engagement and Adherence: A Qualitative Study. [Internet]. 2025 [citado 25 septiembre 2026]. PubMed PMID: 40654149.
  11. Volkert D, Beck AM, Cederholm T, Cruz-Jentoft A, Goisser S, Hooper L, et al. ESPEN practical guideline: Clinical nutrition and hydration in geriatrics. Clinical Nutrition. 2022;41:958-989.
  12. Ministerio de Sanidad. Estrategia de Promoción de la Salud y Prevención en el Sistema Nacional de Salud: envejecimiento saludable y prevención de fragilidad. Madrid: Ministerio de Sanidad.