Peligro: ¡las bebidas energéticas que aceleran tu corazón y roban tu salud!

Incluido en la revista Ocronos. Vol. IX. N.º 8–Agosto 2026.

Pág. Inicial: Vol. IX; N.º 8: 934

Autor principal (primer firmante): Antonio Raúl Castillo Ortuño

Fecha recepción: 27/07/2026

Fecha aceptación: 23/08/2026

Ref.: Ocronos. 2026;9(8): 934

Antonio Raúl Castillo Ortuño

Ana Cristina Zapater Marín

Ana María Albacar Galve

Belén Gómez Hevia

Ana María Cidraque Tesan

Jesusa Alba Antolín

Resumen

Las bebidas energéticas se han popularizado como una forma rápida de “rendir más”, pero su alto contenido en cafeína, azúcar y otros estimulantes puede afectar al corazón, al sistema nervioso, al sueño y a la salud metabólica, sobre todo si se consumen con frecuencia o en grandes cantidades. En adolescentes, deportistas aficionados y personas con problemas de salud previos el riesgo es aún mayor, especialmente cuando se mezclan con alcohol. Conocer estos peligros ayuda a tomar decisiones más responsables y a no banalizar un producto que no cubre ninguna necesidad esencial.

Palabras clave:

Bebidas energéticas; cafeína; taurina; salud cardiovascular; adolescentes; mezcla con alcohol; efectos adversos.

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Introducción

Las bebidas energéticas se venden como aliadas para estudiar más horas, entrenar con más intensidad o “aguantar” la noche de fiesta, y su marketing suele asociarlas a éxito, deporte y vida social. Sin embargo, detrás de ese mensaje hay formulaciones con dosis altas de cafeína, azúcares y otras sustancias que pueden sobrecargar al organismo, especialmente si se toman de manera habitual. En los últimos años, sociedades científicas y organismos de salud han advertido del aumento de su consumo entre jóvenes y del incremento de consultas y urgencias relacionadas con su abuso. Esta redacción revisa los principales riesgos de las bebidas energéticas, quiénes son más vulnerables y qué pautas pueden reducir el daño.

Composición y exceso de cafeína

La mayoría de bebidas energéticas contienen cafeína en cantidades que pueden equivaler a varios cafés por lata, junto con taurina, azúcares simples, vitaminas del grupo B y, en ocasiones, otros estimulantes. En adultos sanos, se considera que superar unos 400 mg de cafeína al día incrementa el riesgo de efectos adversos como nerviosismo, insomnio, palpitaciones y subidas de presión arterial. En adolescentes y niños no existe un umbral seguro bien definido, por lo que se desaconseja claramente su consumo.

Riesgos cardiovasculares

Tomar bebidas energéticas eleva la frecuencia cardiaca, la tensión arterial y la contractilidad del corazón a corto plazo. Estudios han mostrado que incluso una sola lata rica en cafeína puede aumentar de forma significativa la presión arterial y los niveles de hormonas del estrés en media hora. En personas con hipertensión, arritmias o cardiopatías previas, este estímulo extra puede desencadenar crisis, arritmias peligrosas o eventos graves. El riesgo se multiplica si se consumen varias latas seguidas, se mezclan con alcohol o drogas estimulantes como la cocaína.

Efectos sobre el sistema nervioso y el sueño

El estímulo pasajero que proporcionan estas bebidas suele ir seguido de nerviosismo, agitación, temblores, dificultad para concentrarse e insomnio, sobre todo cuando se toman al final del día. El consumo repetido puede generar tolerancia y dependencia a la cafeína, con síntomas de abstinencia (dolor de cabeza, irritabilidad, somnolencia) cuando se reduce la ingesta. En adolescentes, el insomnio y la mala calidad del sueño se asocian a peor rendimiento escolar, más irritabilidad y mayor riesgo de trastornos del ánimo.

Metabolismo, peso y otros órganos

Muchas bebidas energéticas contienen grandes cantidades de azúcar, lo que aumenta la carga calórica y se relaciona con sobrepeso, obesidad y alteraciones de la glucosa en sangre. A largo plazo, esto puede favorecer la aparición de diabetes tipo 2 y problemas cardiovasculares. También se han descrito efectos sobre el hígado y riñones en consumos muy elevados o mantenidos, así como problemas gastrointestinales (dolor de estómago, diarrea, náuseas) tras tomas puntuales altas. A nivel dental, el azúcar y la acidez favorecen caries y erosión del esmalte.

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Mezcla con alcohol: una combinación especialmente peligrosa

Combinar bebidas energéticas con alcohol es una práctica frecuente en ocio nocturno y una de las más peligrosas. La cafeína enmascara la sensación de embriaguez (somnolencia, torpeza), creando una falsa sensación de control que lleva a beber más alcohol del previsto. Esto incrementa el riesgo de coma etílico, accidentes de tráfico, conductas de riesgo y agresiones. A nivel interno, la combinación añade estrés extra al corazón y al hígado, órganos que deben lidiar al mismo tiempo con estimulantes y depresores del sistema nervioso central.

Poblaciones especialmente vulnerables

Los menores de 18 años, las mujeres embarazadas o en lactancia, las personas con hipertensión, enfermedades cardiacas, trastornos de ansiedad, epilepsia o problemas renales y hepáticos deberían evitar las bebidas energéticas. Diversas agencias europeas recomiendan que los menores de 12 años no las tomen bajo ningún concepto y desaconsejan su consumo también en adolescentes. Incluso en adultos sanos, se insiste en que su uso sea ocasional, moderado y nunca combinado con alcohol u otras drogas.

Métodos y pautas de consumo más seguro

Aunque lo ideal es no depender de bebidas energéticas para rendir, hay algunas pautas que reducen riesgos:

  • Limitar la cantidad: no superar 1 lata al día y evitar pasar de 500 ml
  • No mezclarlas con alcohol ni drogas estimulantes
  • Leer etiquetas: comprobar cafeína y azúcar por lata, y valorar alternativas con menos carga estimulante.
  • Elegir otras fuentes de energía: descanso adecuado, hidratación, alimentación equilibrada y actividad física regular.
  • En jóvenes, sustituirlas por agua, infusiones suaves o bebidas isotónicas en contexto deportivo, bajo consejo profesional.

Conclusión

Las bebidas energéticas no son inocuas ni imprescindibles: aportan un “subidón” breve a costa de exigir un esfuerzo adicional al corazón, al sistema nervioso y al metabolismo, especialmente cuando se consumen con frecuencia o en grandes cantidades. Se han relacionado con hipertensión, arritmias, insomnio, ansiedad, problemas hepáticos y renales, sobrepeso y mala calidad del sueño, además de comportamientos de riesgo cuando se combinan con alcohol. En niños, adolescentes y personas con patologías previas, los riesgos superan claramente cualquier supuesto beneficio, por lo que su consumo está firmemente desaconsejado. Apostar por hábitos de vida saludables y reservar estas bebidas, si acaso, para usos muy puntuales es una forma sencilla y eficaz de proteger la salud presente y futura.

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