Incluido en la revista Ocronos. Vol. IX. N.º 10–Octubre 2026.
Pág. Inicial: Vol. IX; N.º 10: 233
Autor principal (primer firmante): María De Los Ángeles Mérida Cebollero
Fecha recepción: 21/09/2026
Fecha aceptación: 18/10/2026
Ref.: Ocronos. 2026;9(10): 233
Autores:
- María de los Ángeles Mérida Cebollero
- Vanessa Álvarez Sánchez
- Alba Estallo Escar
- Nazaret García Ramos
- Maria Moreno Martin
- Marta Leal Pérez
Palabras clave: calidad asistencial, pediatría, indicadores de calidad, seguridad del paciente, hospitalización pediátrica, resultados en salud, experiencia del paciente.
Resumen
La evaluación de la calidad asistencial constituye un elemento esencial para mejorar la seguridad, eficiencia y efectividad de la atención pediátrica hospitalaria. Los indicadores de calidad permiten transformar diferentes aspectos de la actividad clínica en medidas objetivas que facilitan la identificación de problemas, el seguimiento de tendencias y la evaluación de las intervenciones implantadas. En la población pediátrica, estos indicadores deben considerar características propias como la variabilidad fisiológica según la edad, la participación de los progenitores o cuidadores y la menor frecuencia de determinados eventos adversos.
La calidad no puede evaluarse mediante un único resultado. Es necesario combinar indicadores de estructura, proceso y resultado relacionados con mortalidad, eventos adversos, infecciones, medicación, lesiones por presión, accesos vasculares, deterioro clínico, reingresos, estancia hospitalaria y experiencia de pacientes y familias.
Organismos como la Agency for Healthcare Research and Quality han desarrollado indicadores específicamente pediátricos destinados a identificar complicaciones potencialmente prevenibles y oportunidades de mejora en la atención hospitalaria.
Los indicadores deben interpretarse teniendo en cuenta la complejidad de los pacientes y el contexto de cada centro. Una cifra aislada no demuestra necesariamente una atención adecuada o deficiente, por lo que resulta fundamental analizar tendencias, ajustar los resultados por riesgo y complementar la información cuantitativa con auditorías y análisis clínicos. El objetivo de este artículo es revisar los principales indicadores de calidad aplicables a la hospitalización pediátrica y analizar su utilidad dentro de los programas de seguridad y mejora continua.
Abstract
Assessment of healthcare quality is an essential element in improving the safety, efficiency and effectiveness of paediatric hospital care. Quality indicators make it possible to transform different aspects of clinical activity into objective measures that facilitate problem identification, trend monitoring and evaluation of implemented interventions. In the paediatric population, these indicators should take into account specific characteristics such as physiological variability according to age, participation of parents or caregivers and the lower frequency of certain adverse events.
Quality cannot be assessed using a single outcome. It is necessary to combine structure, process and outcome indicators related to mortality, adverse events, infections, medication, pressure injuries, vascular access, clinical deterioration, readmissions, length of hospital stay and patient and family experience. Organisations such as the Agency for Healthcare Research and Quality have developed specific paediatric indicators aimed at identifying potentially preventable complications and opportunities for improvement in hospital care.
Indicators should be interpreted taking into account patient complexity and the context of each hospital. An isolated figure does not necessarily demonstrate adequate or poor care, making it essential to analyse trends, adjust outcomes for risk and complement quantitative information with audits and clinical analysis. The aim of this article is to review the main quality indicators applicable to paediatric hospitalisation and to analyse their usefulness within patient safety and continuous improvement programmes.
Introducción
La calidad asistencial puede entenderse como el grado en que los servicios sanitarios proporcionados aumentan la probabilidad de obtener los resultados de salud deseados de acuerdo con el conocimiento científico disponible. Este concepto incluye dimensiones como seguridad, efectividad, eficiencia, accesibilidad, equidad y atención centrada en la persona.
En pediatría hospitalaria, evaluar la calidad presenta dificultades específicas. La población atendida abarca desde recién nacidos hasta adolescentes y existen importantes diferencias en función de la edad, peso, desarrollo y características clínicas.
Además, muchos hospitales atienden un número reducido de determinados procedimientos o enfermedades graves, lo que dificulta comparar resultados exclusivamente mediante mortalidad u otros eventos poco frecuentes.
Los indicadores de calidad permiten resumir aspectos concretos de la asistencia mediante medidas cuantificables. La Agency for Healthcare Research and Quality dispone de Pediatric Quality Indicators específicamente orientados a la población infantil. Estos indicadores permiten identificar posibles problemas relacionados con seguridad, complicaciones hospitalarias y hospitalizaciones potencialmente evitables.
Su utilidad no consiste únicamente en comparar hospitales. El principal valor radica en observar la evolución del propio centro, identificar variaciones inesperadas y desarrollar proyectos dirigidos a mejorar los procesos asistenciales.
Desarrollo
Concepto de indicador de calidad
Un indicador es una medida que proporciona información sobre un aspecto específico de la asistencia.
Puede expresarse mediante una proporción, tasa, número absoluto o tiempo determinado.
Para resultar útil debe encontrarse claramente definido. Es necesario establecer qué pacientes forman parte del denominador, qué acontecimiento constituye el numerador y cuáles son los criterios de exclusión.
La utilización de definiciones estandarizadas permite comparar resultados a lo largo del tiempo y, cuando resulta apropiado, entre diferentes organizaciones.
AHRQ establece especificaciones técnicas concretas para sus indicadores pediátricos y actualiza periódicamente los criterios de cálculo. Entre sus indicadores hospitalarios figuran las lesiones por presión, objetos quirúrgicos retenidos, dehiscencia postoperatoria y determinados indicadores compuestos de seguridad pediátrica.
Indicadores de estructura
Los indicadores de estructura evalúan los recursos disponibles para proporcionar atención.
Pueden incluir número de camas, disponibilidad de unidades de cuidados intensivos pediátricos, dotación profesional, formación especializada y existencia de determinados recursos diagnósticos o terapéuticos.
La cantidad de profesionales en relación con la carga asistencial constituye un elemento especialmente relevante.
Una unidad puede disponer físicamente de camas suficientes, pero no tener capacidad real para utilizarlas de manera segura cuando la plantilla es insuficiente.
La formación y experiencia profesional también pueden considerarse elementos estructurales.
Una revisión sistemática sobre resultados sensibles a Enfermería pediátrica identificó la dotación de personal entre los indicadores utilizados para evaluar la calidad del cuidado.
Indicadores de proceso
Los indicadores de proceso evalúan si se realizan determinadas actuaciones consideradas apropiadas.
Ejemplos incluyen cumplimiento de identificación del paciente, valoración del dolor, higiene de manos, revisión de accesos vasculares, cribado nutricional o conciliación farmacológica.
Estos indicadores resultan especialmente útiles porque permiten actuar directamente sobre comportamientos y procedimientos.
Si se detecta un bajo cumplimiento de una determinada práctica, pueden implantarse medidas educativas, rediseñar protocolos o modificar herramientas electrónicas.
Sin embargo, alcanzar un elevado porcentaje de cumplimiento no garantiza necesariamente un buen resultado clínico.
Los indicadores de proceso deben relacionarse con actuaciones respaldadas por evidencia y no convertirse simplemente en tareas administrativas.
Indicadores de resultado
Los indicadores de resultado miden las consecuencias finales de la asistencia.
Pueden incluir mortalidad, infecciones hospitalarias, reingresos, lesiones por presión, errores de medicación, complicaciones quirúrgicas o deterioro funcional.
Estos indicadores parecen intuitivamente los más importantes, pero su interpretación puede ser compleja.
Un hospital que atiende pacientes con mayor gravedad puede presentar peores resultados brutos, aunque proporcione una asistencia excelente.
Por este motivo, cuando se realizan comparaciones es necesario ajustar los resultados por características clínicas y riesgo basal.
AHRQ utiliza precisamente procedimientos de ajuste para intentar reducir el efecto de las diferencias entre poblaciones hospitalarias.
Mortalidad hospitalaria
La mortalidad es uno de los resultados clínicos más importantes, aunque presenta limitaciones como indicador general de calidad pediátrica.
En muchas unidades la mortalidad es muy baja, lo que hace difícil detectar diferencias significativas.
Además, la gravedad de los pacientes puede variar considerablemente entre hospitales.
Por este motivo, la mortalidad resulta especialmente útil en áreas concretas, como cuidados intensivos, cirugía cardíaca o determinadas enfermedades graves.
Cuando se utiliza deben considerarse escalas de gravedad y ajustar los resultados para facilitar una interpretación adecuada.
La mortalidad debe analizarse además mediante revisión de casos para determinar si existieron oportunidades de mejora.
Eventos adversos
Los eventos adversos constituyen uno de los principales componentes de la seguridad del paciente.
Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en 2023 analizó 33.873 ingresos pediátricos y encontró una gran variabilidad en la incidencia comunicada de eventos adversos dependiendo de la metodología utilizada. Las infecciones nosocomiales fueron uno de los tipos más frecuentes en hospitalización general, mientras que en cuidados intensivos destacaron eventos relacionados con el sistema respiratorio.
Esta variabilidad demuestra que comparar cifras sin utilizar métodos homogéneos puede generar interpretaciones incorrectas.
Los sistemas de notificación voluntaria proporcionan información valiosa, pero identifican únicamente una parte de los acontecimientos.
La revisión estructurada de historias clínicas y las herramientas de detección mediante desencadenantes pueden complementar estos sistemas.
Infecciones relacionadas con la asistencia sanitaria
Las infecciones adquiridas durante la hospitalización constituyen un indicador relevante de seguridad.
Entre las más importantes se encuentran las bacteriemias relacionadas con catéteres centrales, infecciones urinarias asociadas a sondaje y determinadas infecciones respiratorias.
La incidencia debe expresarse utilizando denominadores adecuados, como días de utilización del dispositivo, cuando sea posible.
Esto permite diferenciar una unidad que utiliza numerosos catéteres de otra en la que su uso es excepcional.
Las infecciones relacionadas con la asistencia figuran además entre los resultados sensibles al cuidado enfermero identificados con mayor frecuencia en pediatría.
La vigilancia debe acompañarse de análisis de cada caso para detectar oportunidades de prevención.
Seguridad de la medicación
La medicación representa un área de especial riesgo en pediatría.
Muchas dosis se calculan según el peso y requieren operaciones adicionales que aumentan la posibilidad de error.
Las diferentes concentraciones disponibles y la necesidad frecuente de realizar diluciones incrementan igualmente la complejidad.
Los indicadores pueden incluir errores de prescripción, administración incorrecta, omisión de dosis, eventos adversos relacionados con medicamentos o cumplimiento de sistemas de doble verificación.
Una revisión sistemática publicada en 2023 evaluó diferentes intervenciones destinadas a mejorar la seguridad farmacológica durante las rondas clínicas pediátricas, destacando la necesidad de sistemas estructurados y participación multidisciplinar.
Los indicadores deben intentar medir tanto errores detectados como daños realmente producidos.
Lesiones por presión
Las lesiones por presión constituyen otro indicador utilizado en calidad pediátrica.
Aunque tradicionalmente se asociaban principalmente con adultos, también pueden aparecer en niños, especialmente pacientes críticos, inmovilizados o portadores de dispositivos.
Las lesiones relacionadas con mascarillas, sondas, cánulas, sistemas de ventilación o inmovilizaciones presentan una importancia particular.
AHRQ incluye la tasa de lesiones por presión entre sus indicadores pediátricos hospitalarios.
Además, la revisión internacional de indicadores sensibles a Enfermería identificó las lesiones por presión entre los resultados pediátricos comunicados con mayor frecuencia.
La vigilancia debe incluir tanto lesiones asociadas al apoyo corporal como aquellas provocadas por dispositivos médicos.
Complicaciones de accesos vasculares
Los accesos intravenosos periféricos son extremadamente frecuentes durante la hospitalización infantil.
La infiltración, extravasación, flebitis y retirada accidental pueden provocar dolor, lesiones tisulares y necesidad de nuevas punciones.
Por este motivo, la incidencia de infiltración y extravasación puede utilizarse como indicador de calidad.
La revisión sistemática sobre resultados sensibles a Enfermería pediátrica identificó precisamente la infiltración de accesos intravenosos periféricos entre los indicadores más frecuentes.
El análisis debe considerar duración del acceso, tipo de medicación y características del paciente.
Una reducción sostenida puede reflejar mejoras en técnicas de inserción, vigilancia y mantenimiento.
Deterioro clínico no reconocido
Reconocer precozmente el deterioro constituye un objetivo fundamental.
Puede evaluarse mediante indicadores como paradas cardiorrespiratorias inesperadas fuera de cuidados intensivos, ingresos no planificados en UCI o activaciones de equipos de respuesta rápida.
La denominada incapacidad para rescatar al paciente después de una complicación también se ha utilizado como indicador de calidad.
La revisión de indicadores sensibles a Enfermería incluye el failure to rescue entre los resultados relevantes en pediatría.
Los profesionales pueden detectar señales de deterioro que van más allá de las constantes vitales, como cambios de comportamiento, coloración, interacción, tono o preocupación familiar. Una revisión de 2022 identificó diferentes signos clínicos que generan preocupación enfermera antes del deterioro pediátrico.
Reingresos hospitalarios
El reingreso no programado puede utilizarse para evaluar continuidad y calidad del proceso de alta.
Sin embargo, debe interpretarse con cautela.
No todos los reingresos son evitables y existen numerosos factores externos al hospital que pueden influir.
La complejidad de la enfermedad, situación social, acceso a atención ambulatoria y evolución natural del proceso pueden condicionar la necesidad de regresar.
Además, algunas enfermedades pediátricas presentan tasas de reingreso muy bajas, lo que dificulta realizar comparaciones fiables entre hospitales con volúmenes reducidos.
Por ello, el indicador resulta más útil cuando se complementa con una revisión clínica de los reingresos potencialmente prevenibles.
Estancia media
La duración de la hospitalización es un indicador de eficiencia frecuentemente utilizado.
Una estancia excesivamente prolongada puede reflejar retrasos diagnósticos, problemas organizativos o dificultades para preparar el alta.
Sin embargo, una reducción extrema tampoco debe considerarse automáticamente positiva.
Un alta demasiado precoz puede generar complicaciones, reingresos o mayor carga para las familias.
La estancia debe ajustarse según diagnóstico, gravedad y complejidad.
El análisis conjunto con reingresos, complicaciones y experiencia familiar permite interpretar mejor si las reducciones representan realmente una mejora.
Tiempo de espera para ingreso
El tiempo transcurrido entre la decisión de hospitalización y la llegada efectiva a una cama pediátrica permite evaluar el flujo asistencial.
Una demora prolongada mantiene al niño en urgencias durante un periodo en el que ya existe una decisión de ingreso.
Esta situación puede aumentar la saturación del servicio y perjudicar la experiencia familiar.
El indicador puede utilizarse para analizar la coordinación entre urgencias, gestión de camas y unidades de hospitalización.
Cuando aparecen demoras sostenidas deben investigarse las causas, que pueden incluir escasez de camas, retrasos en altas o limitaciones de personal.
Indicadores relacionados con el alta
La calidad del alta no debe valorarse exclusivamente por su horario.
Puede evaluarse el porcentaje de pacientes que reciben conciliación farmacológica, instrucciones comprensibles, citas de seguimiento y educación adecuada.
También puede medirse el tiempo desde que se toma la decisión hasta que el paciente abandona efectivamente la unidad.
Los retrasos pueden deberse a preparación de medicación, transporte, informes o necesidades sociales.
La evaluación permite identificar obstáculos organizativos sin presionar para realizar altas clínicamente inadecuadas.
Experiencia del paciente y la familia
La calidad asistencial incluye la experiencia de quienes reciben los cuidados.
En pediatría, los progenitores o cuidadores desempeñan un papel especialmente relevante como fuente de información.
AHRQ dispone de la encuesta Child HCAHPS destinada específicamente a evaluar la experiencia de niños hospitalizados y sus familias. Incluye 18 medidas relacionadas con aspectos como comunicación con Enfermería y otros componentes de la atención hospitalaria.
Estas medidas permiten evaluar dimensiones que no aparecen en las historias clínicas.
Un hospital puede obtener excelentes indicadores técnicos y presentar, al mismo tiempo, problemas importantes de comunicación o información.
Comunicación con las familias
La comunicación constituye un componente esencial de la experiencia.
Los indicadores pueden valorar si los profesionales explican los cuidados de forma comprensible, responden a las preguntas y mantienen informada a la familia.
En pediatría, la calidad también implica integrar a los cuidadores sin desplazar al niño de las decisiones cuando su edad permite participar.
Las rondas centradas en la familia y la comunicación estructurada pueden contribuir a mejorar este aspecto.
La medición mediante encuestas permite identificar problemas que de otro modo resultarían difíciles de cuantificar.
Indicadores sensibles a enfermería
Los resultados sensibles a Enfermería pretenden identificar aspectos de la evolución del paciente sobre los que los cuidados enfermeros presentan una influencia especialmente importante.
La revisión sistemática internacional publicada en 2023 identificó 57 posibles resultados pediátricos sensibles a Enfermería.
Entre los más utilizados se encontraban lesiones por presión, infecciones nosocomiales, infiltraciones intravenosas, fallo en el rescate y dotación de profesionales.
Esta variedad evidencia que todavía no existe un conjunto internacional único plenamente consensuado.
Sin embargo, su medición puede proporcionar información valiosa sobre la calidad del cuidado directo.
Indicadores de seguridad quirúrgica
Los pacientes pediátricos sometidos a cirugía requieren indicadores específicos.
Pueden analizarse infecciones de la herida, dehiscencia, reintervenciones inesperadas, complicaciones anestésicas y objetos quirúrgicos retenidos.
AHRQ incorpora entre sus Pediatric Quality Indicators determinados resultados quirúrgicos como dehiscencia postoperatoria y objetos quirúrgicos retenidos.
Debido a la baja frecuencia de algunos eventos, cualquier aparición puede justificar un análisis individual.
El objetivo no es únicamente generar una tasa, sino comprender cómo se produjo y establecer barreras que eviten la repetición.
Caídas
Las caídas pediátricas presentan características diferentes a las de adultos.
Los niños pequeños pueden caerse durante el juego, desde cunas, camas o brazos del cuidador.
El riesgo cambia en función de edad, desarrollo, medicación y enfermedad.
Los indicadores pueden incluir número de caídas por mil estancias y porcentaje de caídas con daño.
Cada caso debe analizarse para determinar si se habían aplicado las medidas preventivas correspondientes.
Una política excesivamente restrictiva puede interferir innecesariamente con el desarrollo y movilidad, por lo que la prevención debe adaptarse a la edad.
Evaluación del dolor
El control del dolor puede medirse tanto mediante procesos como mediante resultados.
Un indicador de proceso puede valorar el porcentaje de pacientes con valoración documentada mediante una escala apropiada.
Otro indicador puede analizar si el dolor se reevalúa después de una intervención analgésica.
El simple registro de una puntuación no garantiza un control adecuado.
Por ello, resulta más útil analizar también si se actuó ante puntuaciones elevadas y si posteriormente existió mejoría.
Las escalas deben adaptarse a la edad y capacidad de comunicación.
Calidad de la documentación clínica
La calidad del registro también puede evaluarse mediante indicadores.
Puede medirse el porcentaje de valoraciones completas, documentación de alergias, conciliación farmacológica o cumplimiento de registros de dispositivos.
La historia clínica electrónica facilita obtener algunos datos automáticamente.
Sin embargo, la ausencia de información en un campo electrónico no siempre significa que el cuidado no se haya realizado.
Los indicadores documentales deben diseñarse cuidadosamente para evitar confundir calidad de registro con calidad asistencial.
Idealmente deben relacionarse con procesos clínicamente relevantes.
Ajuste por riesgo
Comparar resultados sin considerar las características de la población puede ser engañoso.
Los hospitales terciarios reciben pacientes más complejos, con enfermedades raras, trasplantes o necesidad de cuidados intensivos.
Por ello, determinados indicadores utilizan modelos de ajuste por edad, gravedad, diagnóstico y comorbilidades.
AHRQ utiliza metodologías de ajuste destinadas precisamente a reducir las diferencias atribuibles a características basales de las poblaciones y facilitar comparaciones más significativas.
Aun así, ningún modelo consigue eliminar completamente todas las diferencias.
Los resultados deben interpretarse siempre dentro del contexto clínico.
Benchmarking
El benchmarking consiste en comparar el desempeño con otros centros o con valores de referencia.
Puede ayudar a identificar áreas en las que un hospital presenta resultados considerablemente diferentes.
Sin embargo, únicamente resulta válido cuando las definiciones, denominadores y métodos de recogida de datos son comparables.
Una diferencia numérica pequeña puede carecer de relevancia cuando el número de casos es reducido.
El objetivo no debe consistir en elaborar clasificaciones simplificadas, sino en aprender de organizaciones que presentan mejores resultados y analizar qué procesos podrían adaptarse.
Cuadros de mando
Los cuadros de mando permiten presentar simultáneamente diferentes indicadores.
Pueden incluir tasas de infección, eventos adversos, reingresos, ocupación, experiencia familiar y otros resultados.
La representación gráfica de tendencias facilita detectar cambios.
Un indicador que empeora progresivamente durante varios meses puede resultar más relevante que una variación puntual.
Los cuadros deben contener un número manejable de medidas.
Incluir cientos de indicadores puede dificultar identificar prioridades y convertir la evaluación de calidad en una actividad puramente administrativa.
Auditorías y análisis cualitativo
Las cifras no explican por sí solas por qué se produce un problema.
Cuando un indicador empeora debe complementarse con una revisión detallada.
Las auditorías de historias clínicas, entrevistas con profesionales y análisis de incidentes pueden identificar las causas.
Por ejemplo, un incremento de infecciones relacionadas con catéteres puede estar relacionado con problemas durante la inserción, mantenimiento, necesidad real del dispositivo o cumplimiento de higiene de manos.
La mejora requiere comprender el proceso y no simplemente exigir que la tasa disminuya.
Ciclos de mejora continua
La medición tiene sentido cuando conduce a una actuación.
Los programas de mejora pueden utilizar ciclos estructurados en los que se identifica un problema, se implanta una intervención y se vuelve a medir.
Si la medida no produce el resultado esperado deben analizarse las causas y modificar la estrategia.
Los indicadores permiten comprobar si el cambio representa una mejora real y si esta se mantiene con el tiempo.
El proceso debe involucrar a los profesionales que realizan el trabajo cotidiano, ya que conocen las dificultades prácticas de los procedimientos.
Limitaciones de los indicadores
Ningún indicador representa por sí mismo toda la calidad asistencial.
Algunos eventos son extremadamente poco frecuentes y requieren grandes volúmenes para obtener tasas estables.
Otros dependen considerablemente de la calidad del registro.
También existe riesgo de centrar los esfuerzos únicamente en aquello que se mide.
Si una organización prioriza exclusivamente indicadores vinculados a objetivos institucionales puede descuidar problemas importantes que todavía no cuentan con una medida formal.
Por ello, la evaluación debe combinar datos cuantitativos, revisión clínica y experiencia de pacientes, familias y profesionales.
Conclusión
Los indicadores de calidad constituyen herramientas fundamentales para evaluar y mejorar la atención hospitalaria pediátrica. Permiten identificar problemas, analizar tendencias y determinar si las intervenciones implantadas consiguen realmente modificar los resultados.
La calidad debe evaluarse desde diferentes dimensiones. Los indicadores de estructura permiten conocer los recursos disponibles, los de proceso analizan cómo se presta la asistencia y los de resultado muestran las consecuencias finales sobre los pacientes.
En pediatría deben considerarse especialmente la seguridad de la medicación, las infecciones hospitalarias, las lesiones relacionadas con dispositivos, el deterioro clínico, los accesos vasculares, los reingresos y la experiencia del niño y su familia. Los resultados sensibles a Enfermería aportan además una perspectiva específica sobre la calidad del cuidado directo.
Los indicadores pediátricos desarrollados por organismos como AHRQ permiten utilizar definiciones estandarizadas e identificar complicaciones potencialmente prevenibles.
Sin embargo, cualquier comparación debe considerar la gravedad y complejidad de los pacientes.
Una cifra aislada no permite establecer por sí misma si existe una atención de calidad. Los resultados necesitan interpretarse mediante tendencias, ajuste por riesgo, auditorías y revisión de casos.
Finalmente, medir únicamente resulta útil cuando conduce a mejorar. La verdadera finalidad de los indicadores no consiste en generar estadísticas, sino en identificar oportunidades de cambio y comprobar posteriormente si las intervenciones han conseguido una atención pediátrica más segura, efectiva, eficiente y centrada en el niño y su familia.
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