Diferencias entre el uso y el abuso del Sistema de Salud

Autores:

Verónica Castro González. Auxiliar Administrativo

Carlos Escalera Arto. Auxiliar Administrativo

Todos sabemos cuál es la diferencia entre un buffet y un menú. ¿Si a cualquier ciudadano le dan a elegir entre lo primero y lo segundo al mismo coste cual sería la elección? Sin ninguna duda el buffet: “Por el mismo dinero puedo comer todo lo que quiera, que para eso pago”. Sería injusto meter a todo el mundo en ese saco pero se puede decir que esa es la mentalidad de la mayoría.

Si preguntamos a los trabajadores de los hoteles y restaurantes que utilizan este sistema nos dirán cuál es el comportamiento habitual: “Pueden comer todo lo que quieran pero no es suficiente, muchas veces se sirven más de los que pueden consumir”. El reflejo de este comportamiento no puede ser más gráfico, mesas llenas de comida desperdiciada que acabará en el cubo de la basura.

La conducta que describimos se puede trasladar al uso de los servicios de nuestro Sistema Nacional de Salud (SNS), el resultado es el mismo, dinero malgastado. ¿Por qué se solicitan consultas a las que luego no se acude? ¿Para qué nos sometemos a pruebas si después no vamos a recoger los resultados?  Puede parecer que el problema es solamente del dueño del negocio pero el coste de todo lo que se desperdicia, sea lo que sea, solamente será asumido por él durante un tiempo, después se verá obligado a subir el precio o a bajar la calidad así que a partir de ese momento seremos nosotros los perjudicados.

¿Cuál es el comportamiento general de europeos en sus países de origen? ¿Y cuando visitan nuestro país? La mentalidad de esos ciudadanos es distinta y la han adquirido gracias a la educación recibida. Se trata de hacer uso de los servicios que nos prestan sean del tipo que sean con sentido común, no de aprovecharse.

Con la sanidad y resto de los servicios públicos que pagamos entre todos,  ocurre algo parecido. Si una buena parte de los usuarios se comporta de esa forma el coste acaba siendo imposible de asumir. Los perjudicados son los usuarios que si hacen un uso de racional de la sanidad pública y también los profesionales que prestan esos servicios. La educación es la única solución que tenemos pero no hay mucho interés en impartirla y todavía menos en adquirirla. La educación empieza desde el departamento de administración y admisión

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Una de las muchas cosas que se pueden aprender a través de la educación es que un servicio de salud público tiene un coste que debe ser asumido por todos. No es un servicio de salud gratuito sin más, el dinero sale de nuestros propios bolsillos y cuanto más racional sea su uso mejor será para todos. Disfrutamos de una sanidad pública desde hace más de 40 años pero si seguimos por este camino lo vamos a pagar caro y no solamente con nuestro dinero sino también con nuestra salud.

Tenemos muchos ejemplos reales que vemos y sufrimos los auxiliares administrativos:

Una madre acude con su hijo solicitando una consulta “de urgencia” porque el niño tiene fiebre. La pediatra intenta explicarle que no se trata de una urgencia y cuáles son los casos en que si lo sería, solamente está intentando dar unas pautas, educar, a la madre para que sepa cuando su hijo en caso de tener fiebre necesitaría asistencia de ese tipo y que el servicio no se sature de dolencias leves. La respuesta de la madre fue: “yo puedo acudir a esta consulta cuando me dé la gana que para eso pago” y “es usted una mala profesional” además de interponer una reclamación contra ella. Lo peor del caso es que la pediatra no sabe si desde la Consejería  de Sanidad la van a felicitar o la van a reprender.

Un médico receta a una paciente el uso de un colirio, una gota en cada ojo cada 6 horas (4 / 24 h.) La paciente es una mujer joven sin ninguna discapacidad física y además no vive sola aunque miente y dice lo contrario. No solamente está en condiciones de administrarse ella misma la medicación sino que además dispondría de ayuda en caso de necesitarla. En un periodo de 10 días acudió a su Centro de Salud unas 30 veces a que se le prestará asistencia tanto “normal” como “de urgencia”. Al final se le acaba ofreciendo la posibilidad de recibir instrucciones para que la persona con la que convive lleve a cabo la administración de las gotas, curiosamente no acude a la cita concertada para recibirlas y cuando se le pide una explicación la respuesta es que no necesitan indicaciones. Incluso en casos de abuso tan claros como este si el profesional se niega a “colaborar” con el paciente no sabe muy bien cuales van a ser las consecuencias.

Un paciente que acude a su médico frecuentemente y casi siempre sin cita. En la mayoría de los casos “para hablar un poco”. Cuando se le explica que tiene acudir con cita y que al médico se acude solamente si se cree tener alguna patología contesta que en realidad solamente se trata de una pregunta y que para eso no necesita cita. Después de amenazar al administrativo y al médico con interponer una reclamación acaba reconociendo que no tiene razón y se va… sin pedir cita.

Paciente que exige cita urgente en administración y que tras unos minutos de espera, desaparece. Vuelve a las dos horas relatando que se encuentra mucho peor y después de unos minutos de espera desaparece de nuevo.

Paciente que acude con 90 minutos de retraso por “tener que atender a una visita” Aprovechando que la hora de consulta ha finalizado le pide a su médico que le lleve de vuelta a casa.

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Paciente que pide cita urgente en administración por dolor en el hombro desde hace meses. La radiografía también tiene que ser urgente. Se le explica que ni la consulta ni la radiografía lo son y contesta que le da igual, que si no se le atiende en su Centro de Salud se irá al Servicio de Urgencias.

Paciente que solicita  a través de administración ser visitado en su domicilio. Se le explica que no hay razón para ello y que si se encuentra en condiciones de acudir al Centro puede hacerlo por sus propios medios. Contesta que no tiene por qué pagar un taxi y que debería ir a buscarle una ambulancia.

Paciente que acude por sexta vez en 15 días relatando dificultades respiratorias. Se observa que en la sala de espera no tiene la menor dificultad. Dificultad que aparece en cuanto entra en la consulta.

Paciente que pide ser visitado en su domicilio por la tarde. Por la mañana se le visitó, se le diagnosticó y se le medicó adecuadamente. Se acude a su domicilio por segunda vez en un día y por la misma razón.

Paciente al que se le prescribe tratamiento con antibióticos que no sigue. No ha acudido a la farmacia pero llama a administración y pretende que su médico le lleve la medicación a casa. El médico habla con el 112 para ver si pueden trasladar al paciente en ambulancia a la farmacia de guardia pero por supuesto le dicen que no es posible.

Si nos saltamos un semáforo en rojo aunque sea por unas décimas de segundo nos multan. Si aparcamos donde no debemos o nos pasamos de la hora unos minutos lo mismo ¿Qué ocurre cuando un paciente no acude a recoger una prueba diagnóstica o no se molesta en anular una cita a la que no va a acudir? ¿Qué ocurre cuando un médico de atención primaria le pide a su paciente consulta con un especialista  y el usuario no acude no solamente en una ocasión sino hasta 7 y 8 veces?

No hay ningún problema que impida avisar una y otra vez de que no se va a acudir a esa consulta. La única razón es la dejadez. En el 99% de los casos es perfectamente posible cambiar el día y la hora. Lo normal debería ser una sanción económica o al menos alargar el plazo para acceder de nuevo a una consulta por la que no se ha demostrado ningún interés. En otros países las cosas funcionan así. En el nuestro no. No siempre es culpa de los pacientes, a veces no se les informa o no se hacen los cambios o las anulaciones correctamente pero esto no es así en la mayoría de los casos.

Puede parecer que la clave para dar con una solución es la elección de un sistema que puede ser más o menos adecuado pero lo que importa de verdad es el comportamiento de los usuarios. Los profesionales de la salud y administración a veces se ven casi obligados a mostrar una lista en la puerta de la consulta para que algunos de sus pacientes pueden escoger todo lo que les antoje: Analíticas, chequeos, pruebas de diagnóstico, recetas, partes de incapacidad temporal…

Todo esto tiene que ser propuesto por el profesional no exigido por el paciente.

Al final podemos decir que la única manera de cambiar la forma de actuar de los usuarios es la educación y aunque esa función corresponde a los profesionales no pueden ejercerla sin el apoyo de los organismos que gestionan nuestro Sistema de Salud.