Las primeras anestesias en España

Autora: González Cogollor, Sonia. (Médico Anestesiólogo, Hospital Comarcal de Vinaròs).

Índice:

1- Diego de Argumosa y Obregón. El rigor anatómico.

2- José González Olivares. La primera valoración crítica de la anestesia etérea basada en la casuística propia.

3- Antonio Mendoza Rueda. La nueva medicina de investigación y laboratorio.

4- José Castells Coma. Primer experimento del éter en el laboratorio de la Facultad de Medicina de Barcelona (1808-1850).

5- Antonio Casares Rodríguez. Sus preparaciones clorofórmicas.

6- Basilio San Martín Olaechea. La autoexperimentación.

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Palabras clave: Eterización, cloroformización.

Diego de Argumosa y Obregón. El rigor anatómico.

En el pobre panorama científico que ofrecía España en el primer tercio del siglo XIX, comenzó a destacar un cirujano que más tarde se equipararía a los grandes cirujanos de Francia y de Inglaterra. Nos referimos a Diego de Argumosa y Obregón. Nació en Puente de San Miguel, Cantabria el 7 de julio de 1792. Hijo de cirujano comenzó sus estudios elementales en el Colegio de los Padres Escolapios de Villacarriedo.

Durante la guerra de la independencia estuvo atendiendo a soldados como practicante de la Sección Militar del Hospital de San Rafael de Santander. Obtuvo el título de bachiller en Alcalá de Henares y después ingresó en el Colegio San Carlos de Madrid. Pasada la guerra se licenció en cirugía médica en 1820. Fue de la opinión de no dividir la cirugía ministrante de la no ministrante, pues entendía que “la cirugía era una e indivisible y que el cirujano debía ser médico completo de su obra para ser cirujano perfecto” (Vázquez-Quevedo, 1994).

Tras dos años en Burgos como profesor interino, pasó a Madrid como profesor de disección por su profundo conocimiento de la anatomía topográfica. Este puesto lo mantuvo hasta 1829 año en que ganó la cátedra de “afectos externos y operaciones” del Colegio de San Carlos de Madrid. Sus supuestos fueron los de la patología anatomoclínica de la escuela de París. Creó escuela entre los que se encuentran Juan Creus Manso, maestro a su vez de la escuela quirúrgica que encabezó José Ribera Sans.

Fue un gran renovador de la técnica quirúrgica aportando novedades y métodos como la blefaroplastia para tratar el cáncer de párpado y practicó la técnica de queiloplastia para tratar los cánceres labiales. Contribuyó también a las desarticulaciones y la cirugía de los aneurismas con su sutura “hilvanada”.

Su obra de referencia fue Resumen de Cirugía (1856). Se trata de una síntesis basada en su experiencia escrita durante su retiro en Torrelavega. Consta de dos volúmenes y un atlas. La obra se divide en clases:

Clase 1: Reuniones: 1º Aproximaciones, 2º Comprensiones, 3º Reducciones y 4º Reorganizaciones.

Orden 1: Aproximaciones: sutura seca, sutura cruenta, vendajes, apósitos y posición.

Orden 2: Comprensiones: comprensión de la inflamación común, de la erisipela, del epiplón e intestinos, de la próstata, de las mamas, de los lipomas enquistados, de los tumores sarcomatosos, de los pólipos mucosos, del fungus nasal, auricular, de la mucosa rectal. Del edema, de la ascitis, del hidrocele, del saco lagrimal, del hidrartos, de los senos purulentos, de las fístulas, de las hernias, de las venas y de las arterias.

Orden 3: Reducciones: reducciones de hernia, del recto, del balano, de la matriz, de tendones, de cartílagos, de huesos dislocados y fracturados.

Orden 4: Reorganizaciones: reorganización en general, de los párpados, de la córnea, de la nariz, de la mejilla, de los labios, de los dientes, de la oreja, de la laringe, de la tráquea, de la uretra y de la vejiga.

Clase 2: Divisiones

Orden 1: Punciones: de abscesos y quistes, de la piel, acupuntura, vacunación, sedales. Del hidrocéfalo, del globo del ojo, de la ránula, del tímpano, del lóbulo de la oreja, de las membranas sinoviales, del peritoneo, de la vejiga urinaria, de la túnica vaginal y del ovario.

Orden 2: Incisiones: cutáneas (sajas, cisuras), dermotomía, flebotomía, arteriotomía, miotomía, tenotomía, artrotomía, querotomía, blefarotomía, queilotomía, glosotomía, faringotomía, esofagotomía, laringotomía, traqueotomía, pericardiotomía, pleurotomía, kelotomía, enterotomía, siringotomía, cistotomía, ureterotomía, prepuciotomía, vulvotomía, vaginotomía, sinfisiotomía e histerotomía.

Orden 3: Escisiones: de los tegumentos sanos (entropion, fimosis), de los tegumentos alterados (lunares, verrugas, callosidades, excrecencias), de las mucosas, de la conjuntiva, del iris, del tímpano, de la ránula, de la úvula, de las amígdalas, de las hemorroides, del varicocele, de la túnica vaginal, de las ninfas, del clítoris y del cuello uterino.

Orden 4: Extirpaciones: del fungus de la duramadre, de los senos frontales, de la carúncula lagrimal, del globo del ojo, de la glándula lagrimal y del fungus del seno maxilar. Del cáncer de los labios, de la lengua, de la glándula sublingual, de la amígdala, submaxilar, parótida, del ganglio tiroideo, de las mamas, de los ganglios supraparotídeos, axilares, inguinales, poplíteos, del miembro, del testículo, del cuello uterino, de la matriz y del ovario.

Orden 5: Amputaciones: por la contigüidad y por la continuidad.

Orden 6: Ostrosecciones: del unguis, de los senos maxilares, del cráneo, de los senos frontales, de la apófisis mastoides, del esternón, de las costillas y de los innominados.

Exfoliaciones en general, secciones y resecciones de los distintos huesos.

Orden 7: Constricciones: de vegetaciones cutáneas, mucosas y celulosa, de las arterias, de las venas del conducto de Stenon, de las canillas, del frenillo de la lengua, de la amígdalas, de los tumores hemorroidales y del cordón espermático.

Orden 8: Distensiones: de aberturas de abscesos, ligamentos rígidos, músculos contraídos, inflexión de huesos y callos huesosos. Del orificio del conducto nasal, de la trompa de Eustaquio, de la boca, de los dientes viciados, de la laringe, del esófago, del intestino invaginado, del recto, del ano, del prepucio, de la uretra, de la vagina y del orificio del útero.

Orden 9: Avulsiones: del cabello, de las pestaña, de las uñas, de la catarata, de los dientes y raigones, de pópilos.

Orden 10: Desorganizaciones: del cauterio, actual y potencial.

Clase 3: Extracciones:

Orden 1: Extracciones de seres orgánicos: de Filaria medinense, de las sanguijuelas, de hidátides, de la nigua y de culebras.

Orden 2: Extracciones de seres inorgánicos: proyectiles, cálculos encefálicos, cuerpos extraños en la nariz, cálculos de la vejiga urinaria.

Clase 4: Adiciones.

Orden 1: Adiciones preservadoras de enfermedades.

Orden 2: Adiciones auxiliadoras de funciones.

La obra dedicada a sus discípulos coronó la experiencia recogida de sus años y sirvió como el mismo dijo: “ de esplendor y renombre” a las generaciones futuras (1).

Argumosa estuvo en la cumbre como cirujano con una destacada clientela y participó en la planificación de reforma de tipo profesional y asistencial. Se implicó en tareas de higiene social como la campaña contra el cólera de 1834 (2).

(1) Su obra quirúrgica ha sido analizada por Guillermo Sorni Valls en su tesis La obra quirúrgica de Argumosa y Obregón, Edit. Científico-Médica, 1970.

(2) Para saber más se puede consultar el capítulo a él dedicado en La Medicina en Cantabria (1972), de Francisco Vázquez-Quevedo.

Como muchos otros médicos y cirujanos de la Corte, tuvo su papel en la política madrileña ocupando el grado de Segundo Alcalde de Madrid durante un año. Su participación en la reforma de los estatutos “del arte de curar” por designio real, le valió la concesión de la Cruz de Beneficencia y la condecoración de Fernando VII.

En 1835 se vio envuelto en el tribunal por las famosas “llagas de Sor Patrocinio”. Sor Patrocinio se trataba de María Rafaela Quiroga o sor María de los Dolores y Patrocinio. Nacida en Pinar de San Clemente de la Mancha (Cuenca) en 1811. Comenzó desde bien joven a sufrir estigmas, desmentidos estos por un tribunal médico entre los que se encontraba Argumosa quien curó dichos estigmas. Sor Patrocinio fue condenada al destierro aunque más tarde beneficiada en 1844 con el indulto con lo que pudo ingresar al convento de La Latina. Argumosa con su examen y diagnóstico fue muy criticado por un sector de la población por sanar las heridas de la monja (Fresquet Febrer, 2009).

Años más tarde tuvo enfrentamientos con un antiguo discípulo suyo por el plagio de sus apuntes de sus lecciones sin su consentimiento y más con algún error que otro. Entre este incidente y otros con los catedráticos José María López y Manuel Soler, renunció a su cátedra en 1853. Se retiró a Torrelavega hasta su muerte en 1853.

En cuanto a sus aportaciones en el campo de la anestesia, fue el primero que utilizó en España la anestesia por inhalación (Franco, 1978; López Piñero, 1981 a) sólo tres meses después de que aplicaran este procedimiento en Boston William T.G. Morton y John C. Warren. La fecha de esta primicia fue el 13 de enero de 1847. Tuvo conocimiento de la noticia del otro lado del mundo a través de una notificación que le había dirigido un doctor de Londres llamado Lorbes. Mientras tanto, algunos cirujanos escépticos del progreso se oponían a la aplicación anestésica argumentando que “la cirugía debía de tener emoción y el operar sobre un cuerpo inmóvil, haría de cualquiera cirujano”.

Las experiencias de Argumosa aparecieron el 28 de enero de 1847 en el semanario médico La Facultad donde exponía sus tres primeros casos en los que ensayó el éter sulfúrico para “adormecer” a los que habían de ser operados. Unos días después en el número 10 de febrero de 1847 apareció en La Gaceta Médica una exposición más amplia referida a cuatro casos (un absceso parotídeo, un absceso en la parte anterolateral izquierdo del tórax, una enartrosis en la parte media del húmero izquierdo, y una oftalmía crónica) que habían intervenido con anestesia etérea. Más tarde se describieron y comentaron estos casos en el Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia, en su número del 7 de marzo de 1847.

De su casuística, el primer caso fue un absceso parotídeo en la Clínica Quirúrgica de la Facultad de Medicina de Madrid. Este desbridamiento del absceso se calificó como fallido puesto que al cabo de diez minutos de inspirar éter el enfermo por la nariz, no se consiguió modificar de modo alguno su sensibilidad.

Para las posteriores intervenciones de su corta casuística, tanto la del día 16 de enero con el absceso de tórax, así como la enartrosis del húmero el días 18 del mismo mes, lo realizó con inhalaciones de éter entre los siete minutos la primera y quince minutos la segunda. En cuanto al paciente de la oftalmía crónica, aún sin llegar a perder la conciencia totalmente, se puedo realizar la operación, habiendo manifestado el enfermo que dolor no sufrió pero que notaba el sedal sobre su nuca. De estos ensayos con el éter entre el 13 y el 26 de enero de 1847, valiéndose del inhalador que había diseñado W. Harapth de Bristol, exponemos la información detallada de los ensayos del profesor Argumosa firmado el artículo bajo las siglas F. U (3).:

(3) F.U. Sobre la inhalación etérea. Gaceta Médica (Madrid). 1847; 3:25-7 (10 de febrero de 1847).

“Con este aparato hizo su primer ensayo el día 13 del último enero en la Sala de San Calixto, Clínica de la Facultad de Medicina, dicho señor D. Diego de Argumosa, a consecuencia de una comunicación que le había dirigido el señor Barron, quien la recibiera del doctor Forbes de Londres.

PRIMER CASO. En este primer ensayo se trataba de abrir un absceso parotídeo, y no se vio modificación ostensible, si bien se limitó la inspiración a la nariz.

SEGUNDO CASO. El día 16 se repitió el ensayo, en un individuo que ocupa la cama número 25, de 30 años de edad, albañil, natural de S. Esteban de Lires (Galicia), temperamento sanguíneo nervioso, no muy bien constituido y que tenía un absceso en la parte superior anterior y lateral izquierda del pecho sobre el gran pectoral. Respiró el éter por espacio de siete minutos, y quedó en un estado de adormecimiento por tres. Después de haber despertado, se le volvió a aplicar, pero no pudo seguirse la inhalación por haber empezado a toser incomodándole la aplicación del aparato. Se procedió a la apertura del absceso, y preguntando el enfermo dijo que si bien le dolió, no fue excesivamente.

TERCER CASO. El enfermo número 14, de 38 años de edad, carpintero, natural de Caldas de Trineo (Asturias), temperamento sanguíneo, bien constituido, excesivamente bebedor, que padecía enartrosis preternatural en la parte media del húmero izquierdo, respiró el éter el día 18, durante ocho minutos, en cuatro veces. La primera lo tuvo tres minutos y medio, la segunda dos, la tercera tres y la cuarta uno y medio. Al concluir este tiempo se vieron los párpados péndulos, la respiración lenta y tranquila como durante el sueño, y todo él en una especie de abandono. Le dirigió el Dr. Argumosa varias preguntas, a las que no contestaba ni daba señales de oírlas hasta pasados dos minutos de este estado, que empezó a sonreírse. Entonces volvió a hablarle el catedrático, y seguía riéndose, haciendo tan sólo demostraciones con su mano derecha. Después de un corto espacio salió de aquel estado, y dijo, que lo primero que le había hablado no lo oyera; sí sólo las últimas expresiones; pero que no podía pronunciar lo que quería, haciendo por eso las demostraciones que dejamos enunciadas. Por falta de tiempo no se verificó la operación aquel día, al inmediato se volvió a hacer la inhalación, que a pesar de ser de doce minutos, no produjo el adormecimiento; pero sí muchos síntomas de una especie de embriaguez. Tampoco se le hizo la operación proyectada por no estar la parte en las circunstancias convenientes, pues tenía la arteria humeral tan íntimamente adherida al periostio del fragmento inferior, que se temió herirla con el trocar, y se decidió hacerle la resección otro día.

Efectivamente, el día 26, después de respirar por doce o más minutos el éter, se practicó la operación, y preguntando el enfermo por diferentes sujetos a distintas horas y en varios días, dijo que la primera incisión (que fue de tres pulgadas) no la sintió, y que cuando se le serraba el hueso, conocía bien que se le hacía algo, pero que sólo le dolía ligeramente, por lo que pedía la vejiga, pues conocía que cuando se le aplicaban no sentía nada.

Después de la primera sesión (día 18) sólo tuvo un poco de cefalalgia supraorbitaria, pero muy tolerable; debiendo advertirse que hace algunos años suele padecer hemicránea, a consecuencia de las supresiones de transpiración.

CUARTO CASO. El último caso es un enfermo que ocupa la cama número 20, de 29 años de edad, asturiano, temperamento sanguíneo nervioso, bien constituido. Padece una oftalmía crónica, y el día 20 respiró el éter por quince minutos, sin que se le produjera el adormecimiento, pero sí disminución de la sensibilidad, pues se le cogió un pellizco con las tenazas de Daviel en la nuca, y enseguida se le paso un sedal. En este momento se conmovió algo y pronunció una palabra. Como un minuto después prorrumpió en llanto, y preguntándole el Sr. D. Diego de Argumosa por qué lloraba, contestó que era al ver lo que se incomodaba por él. Cesó su llanto poco después, y dijo que le pasaran el sedal, que él lo sufriría. Estas palabras llamaron la atención del profesor, y le preguntó si no lo había sentido, pues que ya le tenía; entonces contestó que nada había ocurrido, repitiendo lo mismo todos los días, siempre que ha sido interrogado.

He aquí referidos fielmente los resultados obtenidos hasta ahora en la Clínica Quirúrgica de la Facultad de Madrid. Como se deja ver, en el segundo caso se pudo notar la veracidad del descubrimiento, aunque no dio todo el resultado que se esperaba. Con todo, se comprobó la virtud estupefaciente del éter, puesto que hubo señales de adormecimiento.

En el tercero se vio palpablemente el primer día, aunque por poco tiempo, y al inmediato, los síntomas de la embriaguez, debiéndose advertir que en este último sufrió compresiones fuertes en el sitio enfermo para reconocerse, durante la respiración etérea y después de ella, sin que se quejara absolutamente de nada. Pero a este mismo individuo se le operó el día 26, para lo cual se necesitó hacer una incisión de tres pulgadas, y dice repetidas veces que no sintió nada. Por consecuencia, este sólo caso hubiera sido suficiente para inspirar esperanzas y llevar adelante los experimentos. Finalmente, el individuo a quien el día 20 se pasó el sedal, no deja duda alguna de la realidad e importancia del invento.

Por nuestra parte no podemos menos que aconsejar a los prácticos que lo usen siempre que les sea posible, pues además de ser un medio sencillo, tiene la circunstancia de su inocuidad.”

Estos hechos relatados corresponden a la Gaceta Médica y firmadas con las siglas F.U, posiblemente se refieran a Ulpiano Fernández según Avelino Franco (2005), por ser éste un médico madrileño muy relacionado con los primeros ensayos realizados con el éter en Madrid y colaborador habitual en la Gaceta Médica y en el Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia.

Aunque Argumosa y otros contemporáneos sólo consideraron parcialmente aceptables estas intervenciones, no sería erróneo actualmente considerarlos como exitosos, ya que hay que distinguir entre la anestesia completa, como lo que conocemos hoy como pérdida total de la conciencia con relajación muscular, y un estado de analgesia sin pérdida de la conciencia e incluso con actividad muscular incontrolada. La mayoría de los relatos de estas anestesias, no hablan de anestesias efectuadas en el primer estadio de la narcosis, lo que se correspondía con la farmacocinética del éter sulfúrico, según nuestros conocimientos actuales.

Hoy pudieran parecer estos relatos mera observación de unos hechos como la aplicación de unos vapores a enfermos, pero es mucho más que esto, es la descripción de estos hechos, junto con la traducción e interpretación de los mismo lo que configuró la anestesia etérea y en definitiva la anestesia que habría de venir.

Argumosa, hombre infatigable y lleno de maña, ideó un aparato para administrar los vapores del éter, que durante años llevó su nombre. El aparato consistía en una vejiga de vaca bien seca, parecida a la que había ya ideado M. Lansdown de Bristo, una cánula adaptada a esta vejiga de forma cilíndrica y algo aplanada hecha de hojalata. Tras introducir en la vejiga una onza de éter, se colocaba la cánula en la boca del enfermo, animándole a respirar a través de la misma, mientras un ayudante le ocluía los orificios nasales para obligarle a inhalar los vapores anestésicos. A los pocos meses, lo modificó y añadió varias partes: consistía en una parte que se adaptaba a la boca en forma de conducto de goma elástica de una pulgada de diámetro, una parte parecida a una bocina acústica en cuyo extremo llevaba un tubito que se aplicaba a la boca del enfermo, rodeado de una media bota de goma que trataba de cerrar la abertura bucal para dejarla lo más hermética posible.

Esta media toba tenía dos tiras de lienzo que ocluían los orificios nasales impidiendo la inspiración por los mismos, pero no la espiración. La extremidad inferior del tubo se continuaba con la parte media del aparato. Esta parte consistía en un tubo de metal, conectado con la parte inferior de la bocina, y que disponía de una válvula unidireccional, que permitía la entrada del aire atmosférico pero no su salida. Esta misma válvula servía para ir añadiendo éter a demanda. La tercera parte del aparato, donde se conectaba la segunda, era una oquedad en cuyo fondo se depositaban los trozos de esponja para empaparlos con éter y aumentar la superficie de evaporación.

Su nuevo aparato tuvo acogida como noticia de interés en la revista Gaceta Médica en su número 84 publicada el 20 de abril de 1847 bajo la noticia: “Nuevo aparato para la inhalación etérea inventado por el señor Argumosa, Catedrático de la Facultad de esta Corte”.

Los aparatos que habían usado sus colegas anglosajones y americanos eran más sencillos, y todos se basaban en el mismo principio. Consistían en un balón o frasco de vidrio, que contenía unas esponjas empapadas en éter, por las que se hacía pasar una corriente de aire, que se dirigía a la boca del enfermo. Un frasco de doble cuello (con dos tubos) o un frasco de los comunes, que tuviera un tapón atravesado por dos conductos. Uno de los tubos, el que introducía el aire en el vaso, bajaba hasta el fondo; el otro volvía a tomar el aire de la parte superior de las esponjas, le conduce a la boca del enfermo. Obligado el aire por esta disposición del aparato a atravesar la capa de esponjas, se cargaba de una gran cantidad de vapor etéreo.

El resto de trabajos referentes a la anestesia fueron: “Del éter sulfúrico para adormecer a los que han de ser operados y Experimentos hechos en la Facultad de Medicina de Madrid con las inspiraciones del éter” (4).

(4) Del éter sulfúrico para adormecer a los que han de ser operados aparecido en La Facultad, 1847;2:60 y Experimentos hechos en la Facultad de Medicina de Madrid con las inspiraciones del éter, aparecido en Telégrafo Médico, 1847,54-56.

Triste y enjuta fue la figura de este este excelente cirujano, así como triste fue su retiro a su Cantabria natal donde falleció a los 72 años de edad, envejecido y vapuleado por algunos de sus colegas de profesión y por la malaventura de sobrevivir a sus tres hijos y a su esposa.

José González Olivares. La primera valoración crítica de la anestesia etérea basada en la casuística propia.

Natural de Oviedo (1802). En 1823 se matriculó en el Real Colegio de Medicina y Cirugía de San Carlos en Madrid. Se licenció en 1830. En 1833 obtuvo la plaza de médico director de los baños de Tiermes (Zaragoza) que desempeñó hasta 1844, año en el que solicitó la excedencia para ocupar la Cátedra de Enfermedad de la Mujer y de los Niños. En 1836 fue nombrado cirujano titular del Hospital Real de Santiago de Compostela, plaza que ocupó hasta su traslado a Valladolid en 1858 y posteriormente a la Central de Madrid. En 1839 fue nombrado Director Anatómico, en 1840 profesor de cirugía y obtuvo la cátedra en 1843. En 1845 obtuvo una cátedra en Valencia, permutando la plaza por la de Santiago (5).

(5) Para conocer más de su biografía se puede consultar a la Tesis de Carlos González Guitián (2008). Bibliografía Médica Gallega del Siglo XIX. Universidad de Valencia.

Adoptó tempranamente el éter para sus intervenciones quirúrgicas, que quedaron plasmadas en un artículo dividido en dos en la publicación Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia en los números 81, correspondiente al 18 de julio de 1847 y el número 82 con fecha de 25 de julio. Analizó a lo largo de catorce observaciones con su experiencia personal los resultados obtenidos con las eterizaciones, aunque posteriormente afirmaría haber usado el éter en 26 ocasiones.

Con sentido práctico durante todo el artículo, no dejó de cuestionar las inhalaciones etéreas pese al entusiasmo científico extranjero:

“Como todo invento notable tuvo desde el principio y tiene en el día apologistas entusiastas y detractores acérrimos. No hay un solo periódico científico extranjero, que no refiera algunos casos a favor ó en contra de las inhalaciones etéreas. La academia de medicina de Paris ha sujetado a discusión este importantísimo punto. En el seno de tan ilustrada corporación se cuentan algunos miembros que le sostienen con tesón, mientras que otros no menos eminentes le dejan como inútil, como perjudicial. También en España se hicieron algunos ensayos; pero, que sepa yo, ninguna corporación científica se ha ocupado de él con todo el detenimiento y circunspección que exige. Colocado en un hospital rico en casos prácticos de cirugía, en el que es necesario ejecutar casi todos los días operaciones difíciles, penosas y de larga duración, he creído que era un deber examinar por mí mismo los efectos del éter.

Ambicionaba un medio con el que pudiera acallar los tristes ayes de los enfermos, y tan luego como se me comunicó desde Paris que se hacían ensayos para tornar insensibles a los operados, procuré informarme del modo de aplicarlo.” (sic).

Al igual que Argumosa, se valió de un aparato para eterizar consistente en un frasco de bastante cuerpo con dos bocas, dentro del cual se introducían pedazos de esponja. A unas de las bocas se adaptaba un tubo encorvado que se introducía en la boca del enfermo. Un ayudante comprimía los orificios de la nariz, de tal forma que el paciente respiraba sólo por el tubo, dejando libre el otro cuello del frasco.

Las catorce observaciones que describe con imparcialidad se resumen en lo siguiente:

1º Observación: Varón próximo a Guiteriz (Lugo). Sufrió extirpación de todo el globo ocular izquierdo. A los 8 minutos de respirar el éter dio signos de delirio y a los 30 minutos el sopor era muy marcado. No dio señales de grandes sufrimientos. Sufrió tras ponerle el apósito un síncope tan tremendo que hubo de requerir medios estimulantes.

2º Observación: Mujer delgada de 62 años. Se le extirpó un cáncer situado en el ángulo interno del ojo izquierdo. Al cabo de 4 minutos del éter no daba muestras de gran dolor aunque no se llegó a dejarla insensible.

3º Observación: Mujer soltera de 50 años natural de Mondoñedo. Sufrió la amputación del pecho izquierdo y la extirpación de los ganglios axilares del mismo lado. Quedó totalmente insensible a los 14 minutos de la inhalación. A mitad de la operación contestaba a las preguntas que se le hacían. Al finalizar la operación comentó haber tenido mucho dolor y enterarse de todo.

4º Observación: Militar del regimiento de América. Se sometió por espacio de 10 minutos al éter para practicarle la curación de dos fístulas en el ano. Al corte del bisturí realizaba movimientos y quejidos pero al finalizar exclamaba que no había sentido ningún mal.

5º Observación: Joven doncella con un tumor escirroso en la mama derecha. Tardó 12 minutos en quedar totalmente insensible. Se despertaba y empezaba a quejarse a mitad de intervención como si no actuara sobre ella el éter.

6º Observación: Mujer de 30 años con escirro enquistado en la piel de la pierna izquierda del tamaño de un guisante que al roce refería dolores vivísimos. Se la dejó insensible en cuatro minutos con la inhalación del éter, sin recordar nada de la operación.

7º Observación: Joven de 26 años con fractura de olecranon derecho. A los dos minutos perdió enteramente el conocimiento, después de uno movimientos convulsivos bastante fuertes, que obligaron a suspender las inhalaciones, pronto se quedó insensible y se redujo la fractura.

8º Observación: Un joven soldado con fractura del cuello del fémur derecho, se sometió a las inhalaciones etéreas, quedando insensible a los pocos minutos, y en tal laxitud y flojedad se redujo la fractura sin problemas.

9º Observación: Joven de 21 años a la que hubo de amputarle la mano derecha. Fue eterizada durante 4 o 5 minutos, tras los cuales se iniciaron los primero cortes, para más tarde incrementar el dolor y acabar la intervención retirando el aparato.

10º Observación: Mujer de 64 años que padecía un cáncer en todo el borde libre del labio inferior. La inspiración del éter la dejó insensible a los 9 minutos. Desde el primer corte notó el dolor.

11º Observación: Hombre de 56 años de constitución robusta. Se sometía a cura radical de hidrocele derecho. Tras inhalar el éter durante cuatro o cinco minutos, se notaba embriagado. La operación tuvo lugar con dolor pero en tal estado de embriaguez que no pudo por más que dejarse operar.

12º Observación: Varón para operarse de un carcinoma de todo el párpado inferior y parte del superior. Nada más respirar el éter notó angustia precordial que fue imposible continuar. Se negó a seguir respirándolo y se realizó la blefaroplastia sin ayuda del éter.

13º Observación: Joven con pólipo mucoso en la nariz. A los 8 minutos quedó insensible pero hubo de suspenderse la operación por tener que acudir con otro enfermo. Al día siguiente para la operación se negó a inhalar el éter.

14º Observación: Una mujer de 36 años con un tumor canceroso en la ingle y parte interna y superior del muslo derecho. Como la incisión tenía que ser extensa y al mismo tiempo cuidadosa dado la proximidad a los vasos femorales, se la quiso sujetar a las inhalaciones etéreas, pero no fue posible reducirla por su negativa. A pesar de no estar eterizada sufrió la operación de forma estoica.

Bastan todas esas observaciones para darse cuenta de la opinión vertida por González Olivares sobre el uso del éter, y es que su experiencia no concedió a las inhalaciones etéreas más que un valor lenitivo de los dolores en las operaciones quirúrgicas. De esta escasa hoy casuística, pero amplía para la época si tenemos en cuenta que operaciones como tales eran aquellas efectuadas básicamente sobre los miembros, genitales y las fracturas-luxaciones, sacó como conclusión que la acción sedante del éter era poco eficaz. Se planteó la duda de si dependerían sus fracasos de la imperfección del aparato (González Olivares, 1847), o si dependía del sitio de las enfermedades, de los sujetos, o acaso de la importancia de las operaciones. Sea como fuere, se posicionó en retraerse de usarlo indiscriminadamente. Sin embargo, estableció que en los casos de fractura observados, fueron admirables sus efectos, dado la flojedad que producían sobre los músculos de la economía, cualidad para la reducción de las fracturas y luxaciones. Con gran intuición atribuye que en lo sucesivo iba a ser uno de los efectos más ventajosos y apreciados entre los producidos por los vapores del éter, la excelente relajación muscular. Por ello no duda en recomendarlo en los usos traumatológicos dichos además de en la reducción de hernias estranguladas y otras enfermedades que cursen con excesiva rigidez y contracción muscular. Para el resto de usos, decide suspender sus ensayos hasta recibir uno de los nuevos modelos de aparatos diseñados por Charrière.

Termina su escrito confiando en que no se tardará mucho tiempo en establecer con exactitud cuáles han de ser las circunstancias en que el éter deba proscribirse o emplearse como agente poderoso. Para conseguirlo concluye, “no basta un solo caso, ni examinarlo en una localidad aislada”.

En cuanto a las primeras operaciones practicadas bajo anestesia clorofórmica, con fecha de 25 de diciembre de 1847 se dirige a la redacción del Boletín de Medicina, Cirugía y farmacia para su posterior publicación en su tercera serie para dar noticia de las operaciones realizadas en Santiago. El Dr. González Olivares relata que el Dr. Casares, rector interno de la Universidad de Santiago, le citó a él mismo junto con el profesor Guarnerio Gómez y Laorden López junto con el geógrafo Domingo Fontán. En su presencia anestesió a un perro con medio dracma de cloroformo purificado, a la manera de hacerle respirar por medio de un pañuelo empapado en cloroformo. Le realizaron una profunda incisión en la nalga y cortaron un nervio en la más completa insensibilidad. A los seis minutos comenzó a tener dolor y poco a poco se fue despertando hasta que a los 18 minutos ya habían desaparecido los efectos del anestésico. A continuación experimentó en él mismo los efectos y el modo de obrar del cloroformo vertiendo algo menos de medio dracma y al minuto de haberlo aplicado en la nariz quedó en el siguiente estado (Guarnerio, 1847):

1º Decaimiento del semblante y oclusión de los párpados.

2º Relajación completa de todos los músculos.

3º Respiración lenta y profunda.

4º Insensibilidad a las picaduras de la piel.

5º Pulso y color normal.

6º Respondió a la primera pregunta pero luego no pudo verificarlo.

7º Sentía un poco de constricción de los maseteros.

8º Percibió un olor etéreo y sabor a camuesa.

9º Sintió hormigueo en la punta de los dedos de los pies y manos.

Ante tales noticias, el profesor Olivares no dudó de emplearlo en la clínica de enfermedades de mujeres sobre una enferma con un escirro en la mama. Realizó la anestesia empapando una compresa en el cloroformo y tendió ésta sobre la cara de la enferma. Con destreza realizó la disección. Fue preciso humedecer de nuevo la compresa en cloroformo porque la enferma despertaba. Observó los siguientes hechos (González Olivares, 1848):

– la circulación no sufrió alteración notable.

– la sangre corría de todos los vasos medianos y pequeños que se cortaron, como sucede en toda operación en la que no se desmayan los operados.

– a poco de haberse concluido la operación la paciente volvió en sí de forma agradable y tranquila.

En un joven soldado al que tuvo que amputar el pene el doctor Guarnerio, el proceder fue el mismo y con parecido resultado.

Es aquí en su reflexión final cuando admite que “es el cloroformo lo que después de siglos se buscó con empeño”. En diciembre de 1847, aprovechando la publicación de sus primeros ensayos clorofórmicos, afirmaba haber usado el éter en 26 ocasiones (6). No obstante, transcurrido un tiempo vino el desencanto “… la invención fue maravillosa, pero hay tantos inconvenientes, que apenas nos atrevemos a decir… si es peor el remedio que la enfermedad.” (González Olivares, 1856).

(6) Noticia recogida de forma anónima. Operaciones quirúrgicas con el cloroformo. El Heraldo. 1º de enero de 1848; 11712:2. Inhalaciones del cloroformo. Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia. 1848. Núm. 105:6.

Antonio Mendoza y Rueda. La nueva Medicina de investigación y laboratorio.

Nació en Málaga en 1811. Médico militar, continuó con la tradición familiar puesto que su padre fue un respetado médico cirujano. Estudió Medicina en Madrid, opositó al cuerpo de Sanidad Militar, destinándolo a Cataluña al Hospital Militar. Fue Catedrático de Anatomía Quirúrgica y de Operaciones en la Universidad de Barcelona. Fue un profesor estudioso y amante del prestigio de la enseñanza, que dominaba además de las lenguas clásicas, el italiano, el francés, el inglés, el alemán y el catalán, lo que le valía para absorber los conocimientos extranjeros de la época. Profesional riguroso y de mentalidad científica, se dedicó a la investigación de la anestesia inhalatoria, e incorporó la investigación y el trabajo de laboratorio como base de la patología y la clínica quirúrgica. Introdujo como práctica habitual el análisis microscópico de sangre, mucosidades y orina (Comenge, 1914; López Piñero, 1981). Publicó el texto Estudios clínico de cirugía (1850-1852), donde recopiló sus investigaciones y las memorias de su servicio hospitalario entre 1847-1848.

Fue impulsor de la revista El Compilador Médico (1865-1869), primera revista de la medicina de laboratorio y órgano de prensa de la Academia de Medicina, considerada por López Piñero (1983) como el primer portavoz de los defensores de la medicina de laboratorio en el ambiente barcelonés, así como redactor del Repertorio Médico (1842-1844) junto con Joaquín Cil y Borés, Juan Coll y Feliu, Pedro Mata y Juan Durán, cuya publicación era mensual y era publicada por la Sociedad de emulación de Barcelona. También fue impulsor de la Revista Médico Farmacéutica (Álvarez Sierra, 1961; Maganto Pavón, 2000).

En enero de 1847, junto con el Catedrático de Anatomía José Castells y Comas realizaron los primeros ensayos en un perro sometiéndolo a la anestesia. Una vez conocidas las propiedades del éter, el catedrático de Anatomía José Castells Comas, adquirió algunos perros para sus ensayos. Conseguidos los perros a los experimentos acudieron además de Castells, los profesores de la facultad, Antonio Mendoza, Carlos Silóniz, Lorenzo Vidal, Antonio Coca y Juan Sanllehy. Para el primer ensayo se utilizó una vejiga de cerdo donde se vertió el éter haciendo respirar al perro dichos vapores durante un minuto. Comprobada la insensibilidad del animal, se ligó la arteria axilar, posteriormente se ligó la arteria crural a lo que el perro empezó a quejarse y se le hizo respirar nuevos vapores. Después se le aplicó un cauterio en el abdomen sin dar muestra alguna de dolor. Después se dejó que el animal recuperar la conciencia. (Castells Comomas, 1847).

Días después se sometió al mismo perro a la ligadura de la aorta abdominal. Una vez despertado del éter, murió al día siguiente dando muestras de intensos dolores.

Después de este hecho, días más tarde un segundo perro fue intervenido ligándose la arteria carótida primitiva y la axilar, y se le ligó la aorta abdominal, sin dar muestras de dolor y sobreviviendo veinticuatro horas.

Las conclusiones extraídas de estos ensayos fueron: Que el efecto del éter producía la insensibilidad, que respirado por un minuto producía la insensibilidad durante cinco y que la respiración era muy fatigosa. (Bruguera Ribas, 1847).

Dichos experimentos fueron dados a conocer por Castells en la Real Academia de Medicina y Cirugía de Barcelona, semanas antes que su publicación en la prensa médica. La comunicación se presentó en la Sesión Ordinaria que se celebró el 1 de febrero de 1847 (7).

(7) Real Academia de Medicina de Barcelona: Actas de las Sesiones Ordinarias. Libro 7º, 1845-1855, Sesión literaria del 1 de febrero de 1847, folios 115-116.

Los experimentos realizados por Castells, además de reseñados en la prensa catalana, tuvieron mención por parte de Antonio La Red en el Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia, y posteriormente los mencionó García del Real (1946), y por López Piñero (1981), pero que según Hervás Puyal (1986) en su tesis La Anestesia en Cataluña. Historia y evolución (1847-1901), López Piñero lo atribuyó erróneamente en exclusiva la autoría a Antonio Mendoza ignorando el papel de José Castells. (López Piñero, 1981)

Aunque estos ensayos en perros pudieran parecer rudimentarios, sirvieron para preparar el camino para su aplicación en el hombre.

El día 16 de febrero de 1847, en el Hospital de la Santa Cruz, practicó la primera intervención quirúrgica con anestesia en Cataluña. Así se recoge en La Facultad con publicación en marzo de 1847 y en El Telégrafo Médico.

“Efectos de la inhalación del éter en un caso de amputación de la pierna, practicada en el Hospital de Sta. Cruz de Barcelona, por el Sr. Mendoza”.

A una enferma de 60 años le pasó por encima del pie izquierdo la rueda de un carro, resultando una grande herida en la cara dorsal de dicho pie, complicada con fractura conminuta y grande magullación de las partes blandas de la región metatarsiana. La amputación se verificó haciendo inhalar antes el éter sulfúrico. Hubo que repetir esta operación dos veces, consiguiendo a la segunda después de seis minutos una completa insensibilidad. La amputación se verificó sin que la paciente diera la menor señal de dolor. Se aplicó el apósito y a las pocas horas sucumbió con síntomas de congestión pulmonar y cerebral.”

La enferma a consecuencia del aplastamiento, presentaba una gran herida en la cara dorsal del pie izquierdo, complicada con fractura conminuta y desgarros importantes de las partes blandas de la región metatarsiana. Dado su empeoramiento y la grave afección del estado general, el profesor Mendoza decidió amputar el miembro. Quedó la intervención programada el día 16 de febrero, asistido por el profesor Castells, con la experiencia que éste tenía al haber sometido a varios perros al efecto del éter.

El aparato del que se asistió fue el mismo empleado por Diego de Argumosa en sus primeros ensayos: una vejiga llena de aire en cuyo interior vertió cierta cantidad de éter sulfúrico y a cuyo cuello adoptó un tubo con una llave.

Una vez dispuesto el aparato, el profesor Mendoza lo aplicó a la enferma para que respirara el éter. La paciente experimentó una sensación de angustia con las primeras inhalaciones, sin llegar a perder la conciencia. A los quince minutos de las inhalaciones del éter, había disminuido la sensibilidad, punzando los brazos y las palmas de las manos con un alfiler, para comprobar la ausencia de dolor. Observaron que cada vez que se interrumpía la administración de los vapores anestésicos, no tardaba más que un par de minutos en volver a mostrar respuesta a los estímulos dolorosos. Estos repetidos ensayos duraron una media hora; después de los cuales se dejó reposar a la enferma, esperando el momento de la intervención.

La intervención tuvo lugar en una sala reservada a tal efecto denominada Sala de las cunas o “dels bressols” existente desde 1840 en el Hospital de la Santa Cruz y dedicada para la realización de las grandes intervenciones. Desgraciadamente la condiciones de la sala no eran las más propicias puesto que, destinada esta sala en el departamento de mujeres se encontraba anexa a la sala de delirantes, existiendo en innumerables ocasiones el delirio de las mujeres aquejadas de esta enfermedad junto con los gritos de las intervenidas.

En medio de este ambiente se hizo inhalar a la enferma de nuevo los vapores del éter, confiando esta maniobra a los ayudantes para que estos dispusieran de sostener y retirar oportunamente el aparato de inspirar el éter.

A los seis minutos de respirar el éter y con la paciente dormida, el profesor Mendoza se dispuso a seccionar la piel de la parte inferior del tercio superior de la pierna. No dio señal alguna de dolor en estas maniobras. La amputación duró de diez a doce minutos, y Mendoza observó el fuerte paroxismo de la paciente, para lo cual hizo administrar dos cucharadas de vino. El estado postoperatorio de la paciente empeoró, dificultándose su respiración hasta que falleció en la madrugada en medio de una congestión pulmonar y cerebral.

El caso lo expuso dos semanas más tarde en la Sesión de la Real Academia de Medicina de Barcelona con fecha de 1 de marzo de 1847. En su opinión el incidente sobrevenido al finalizar la operación, y que había sido descrito como un “fuerte paroxismo”, se debió a “ una congestión cerebral producida por el exceso del éter respirado, tanto en razón a la mucha cantidad depositada en el aparato, como por haber prolongado más del tiempo necesario las inspiraciones, sin alternativas de respiración libre del aire”.

Lo que Mendoza describe como “fuerte paroxismo” o “congestión cerebral”, pudo ser un principio de asfixia por espasmo de glotis o insuficiencia respiratoria. En cuanto a que se produjese una sobredosis por el éter, también existe la posibilidad puesto que los vapores del éter en el aparato rudimentario similar al utilizado por Argumosa, los vapores del éter se inhalaban a una concentración muy elevada, al no ir mezclado con el oxígeno atmosférico.

Mendoza era sabedor de que la administración del éter había de realizarse de forma intermitente, retirando el aparto inhalador y dejando a la enferma que respirase el aire ambiente, puesto que había estado presente en los experimentos de su compañero Castells. Lejos de echar la culpa del fallecimiento de la paciente a las precarias condiciones de la época (infección, hemorragia, etc), sacó sus conclusiones los peligros que entrañaba ofrecer su uso en manos inexpertas y así “deseaba, por lo tanto, que este revés, fielmente interpretado, no retrajera de adoptar las inspiraciones del éter para casos análogos, con las precauciones que dicta la prudencia”.

De esta primera experiencia, Mendoza extrajo dos premisas que las mantendría en cuenta a la hora de repetir un nuevo ensayo de anestesia con éter. A modo de conclusiones dictó:

1. Ante todo que la anestesia era un procedimiento útil, pero peligroso, que exigía en la persona encargada de administrarla un especial cuidado, prudencia y atenta vigilancia del paciente.

2. En segundo lugar, la necesidad de utilizar un aparato inhalador apropiado, menos rudimentario que el empleado esta primera vez.

Tras la primera intervención en que probó el éter, volvió a emplearlo a lo largo de 1847 en muy escasas ocasiones. No puede sorprender esta casi ausencia de nuevos ensayos, dado las limitadas posibilidades de llevar a la práctica las enseñanzas teóricas que impartía en su cátedra. Expone en la Memoria de su Clínica quirúrgica del curso 1848-1849 lo siguiente:

“Cuando la rara coyuntura de ejecutar operaciones en el anfiteatro o salas del hospital ha proporcionado la oportuna ocasión de explicarlas con el enfermo cerca o a la vista, se ha hecho su exposición tan completa como el caso permitía; limitándose después en el anfiteatro de la Facultad, el día correspondiente según el orden del programa, a una ligera referencia”.

Y por lo que respecta a las grandes operaciones, toda la enseñanza que podía ofrecerse a los alumnos quedaba resumida a una sucinta noticia histórica y a su realización en el cadáver solamente respecto al método y proceder clásicos, precedida de una acotada reseña de las reglas necesarias de observar antes, en el acto y después de las operaciones.

Sin embargo, se encuentran dos reseñas más de dos operaciones. La primera de ellas apareció publicada en un diario de Barcelona a finales de julio de 1847, en la que se narra la amputación del brazo a una niña de once años. La gangrena se había extendido por su miembro tras ser aplastado el brazo por una máquina de vapor. Mendoza fue asistido por el médico dentista Juan Barbier-Bergeron de origen francés y afincado ya de hacía muchos años en la ciudad condal. Más tarde en esta tesis se expondrá este personaje más detenidamente, pero valga las notas siguientes para conocerlo. Personaje con afán de protagonismo, Mendoza se valió de su experiencia para realizar esta operación. A pesar de todas las objeciones que se le habían hecho, especialmente por otros médicos dentistas como Simón Bruguera Ribas, en esas fechas debía acumular ya una experiencia superior a cualquier otro facultativo en la realización de actos anestésicos. A finales de marzo confesaba haber realizado ya más de ochenta observaciones y el día antes de publicarse la noticia de su actuación junto con Mendoza hacía gala de llevar hechas ya más de 500 inhalaciones etéreas. Sea como fuere, no se le conocía ningún accidente desgraciado que a buen seguro hubiera desmerecido la confianza del profesor Mendoza.

Pero además Mendoza echaba en falta un aparato adecuado para la inhalación de los vapores etéreos, y Barbier Bergeron hacía gala de poner a disposición de los cirujanos un aparato, que definía como aparato perfecto para alcanzar de modo rápido y seguro la insensibilidad nerviosa. Era evidente que Barbier Bergeron estaba en posesión de dicho aparato y que Mendoza no dudara en solicitar su ayuda dado que el Hospital de la Santa Cruz y la Facultad de Medicina carecían de él.

La otra intervención de Mendoza fue a finales de noviembre. Se había hecho fabricar el propio Mendoza un aparato en la fábrica de los hermanos Clausolles. La intervención consistió en la amputación de la mano izquierda y el dedo meñique de la mano derecha a un joven que se había aplastado las manos con una máquina.

El nuevo aparato consistía en una boquilla cuyo conductor se conectaba a un recipiente de cristal, que bien podría corresponder al modelo de Charrière o similar.

La siguiente intervención que hizo después de este hecho, la realizó ya con cloroformo sabedor del descubrimiento del cloroformo como nuevo anestésico efectuado por el obstetra James Y. Simpson de Edimburgo (1811-1870). A partir de este momento se pronunció decididamente a favor del cloroformo, y nunca más volvió a utilizar el éter. Cirujano muy metódico, encontró en el cloroformo la ventaja de no tener que depender de aparatos sofisticados.

Hombre interesado en aliviar el dolor a sus enfermos, introdujo la enseñanza de los procedimientos para evitarlo dentro del programa de su asignatura y continuó aplicando la anestesia a todas sus intervenciones. De esta forma, podemos pensar que fue uno de los iniciadores de la idea de un ayudante especializado en el control de la anestesia desde su inicio, hasta ver reposar al enfermo después de las intervenciones. Pionero en esta idea, ¿tal vez?, la mala experiencia de su primer ensayo marcaría las posteriores colaboraciones con ayudantes de su confianza para el buen resultado de sus cirugías.

Falleció en Barcelona el 10 de septiembre de 1872.

José Castells Comas. Primer experimentador del éter en el laboratorio de la Facultad de Medicina de Barcelona (1808-1850).

Catedrático de la Facultad de Medicina de Barcelona de Anatomía general y compañero de experimentos del profesor Mendoza, dirigió un informe a la Real Academia de Medicina sobre sus primeros ensayos basados en los conocimientos adquiridos de la lectura del semanario londinense Ilustrated London News (Veáse nota al pie número 7).

Basa su escrito en la primera aplicación del éter en Inglaterra, llevada a cabo por el dentista James Robinson en colaboración con el doctor Francis Boot. Finalmente se describe el aparato utilizado por Boot y Robinson y la forma de utilizarlo.

Este mismo resumen ya aparecía en la prensa británica como por ejemplo en Lancet del día dos de enero de 1847.

Carlos Hervás (1986) establece la hipótesis de que antes de salir el número de la revista inglesa, el profesor Castells ya era conocedor de la noticia. Basa su hipótesis en la compra que durante el mes de enero de 1847 se realizó a cargo de la Facultad de Medicina de Barcelona, consistente en “un perro para los trabajos anatómicos, que costó siete reales de vellón, y éter sulfúrico, con la misma finalidad, por valor de cuatro reales de vellón (8)”.

(8) El real de vellón era una moneda mandada acuñar por José I, aleación de cobre y plata con una equivalencia de 1 real de plata= 2.5 reales de vellón.

Si bien el éter sulfúrico ya era sobradamente conocido, no era ni mucho menos de uso habitual en la práctica docente. Consecuentemente, piensa que las dos onzas de éter compradas el día 9 de enero de 1847, lo fueron con el propósito de los ensayos dirigidos por Castells, responsable del departamento de Trabajos Anatómicos.

Comprados ya los animales, se procedió a llevar a cabo los experimentos. Entre los asistentes se encontraban: Antonio Mendoza Rueda, Carlos Silóniz Ortiz, Lorenzo Vidal Auté, Antonio Coca Cirera y Juan Sanllehy Metjes, así como cuatro estudiantes del último curso de la Facultad de Medicina: Tomás Lletget Cailá, Jerónimo Paurado Condeminas, Rafael Benet Petit y Carlos Montagú.

Para la primera experiencia se preparó una vejiga de cerdo, en cuyo interior se echó éter, cuyos vapores se hicieron respirar a uno de los perros por espacio de un minuto. Una vez comprobada la insensibilidad del animal, se procedió a ligarle la arteria axilar, sin que diera muestras de dolor. A continuación se le intentó ligar la arteria crural, pero como el animal empezaba a quejarse, se le hizo respirar de nuevo los vapores etéreos. Después se le aplicó un cauterio en el abdomen, comprobándose la ausencia de respuesta a estímulos dolorosos. Tras ello, se dejó que el animal fuera recuperando paulatinamente la sensibilidad, y se dio por finalizado de forma positiva el experimento.

Algunos días después, el mismo perro fue sometido a nuevos experimentos. Se le practicó la ligadura de la aorta abdominal. Después de desaparecer los efectos del éter, el animal dio muestras de sufrir intensos dolores, muriendo el día siguiente.

Un segundo perro fue objeto de ensayos parecidos. Se le ligaron las arterias carótidas primitiva y axilar, se le comprimió intensamente el vago y se le seccionó el nervio recurrente. Finalmente, se le ligó también la aorta abdominal, sin que diera muestras de dolor. Tras este experimento, murió al cabo de 24 horas.

Las primeras conclusiones que Castells junto con el resto de profesores extrajeron de estos hechos fueron resumidas en:

1º Que el éter produce la insensibilidad.

2º Que respirado por un minuto produce la insensibilidad por cinco.

3º Que la respiración se hace muy fatigosa.

Los experimentos efectuados por Castells, se dieron a conocer en la Real Academia de Medicina y Cirugía de Barcelona en una sesión ordinaria el día 1 de febrero de 1847.

Aunque sin querer exagerar demasiado, creemos que la transcendencia de estos experimentos es enorme, aunque no pasaron desapercibidos en su momento por las reseñas publicadas en la prensa médica catalana, se comentó brevemente en el Boletín de Medicina, Cirujía y Farmacia 3ª serie, 2, 1847, bajo el escrito de Antonio La Red cuyo título Modo de embotar el dolor en las operaciones quirúrgicas por medio de la inhalación del éter, da buena cuenta de ello. Hace algunos años, también los mencionó García del Real en la revista Medicamenta, y López Piñero vuelve a referirse a ellos en su obra Clásicos españoles de la anestesiología en la página 24 , pero atribuyendo la autoría a Antonio Mendoza, sin nombrar el protagonismo, la iniciativa y la puesta en marcha de la compra de los animales y el éter a cargo del gabinete de Trabajos Anatómicos cuya jefatura correspondía a José Castells.

Su importancia estriba en que a pesar de lo rudimentario del método, representa el primer trabajo sobre experimentación animal con anestesia aparecido en la prensa médica española que propició el paso hacia la aplicación en el hombre de tan valioso instrumento terapéutico.

Antonio Casares Rodríguez. Sus preparaciones clorofórmicas.

Antonio Jacobo Casares Rodríguez nació en Monforte de Lemos (Lugo) el 28 de abril de 1812, hijo del farmaceútico José Casares, las posibilidades económicas de su familia junto con su espíritu trabajador hicieron de él un curioso científico. Fue en Monforte donde curso los estudios primarios y secundarios en el Colegio de Humanidades. En 1826 se desplazó a Valladolid donde se matriculó en Fisica Experimental y Química. Se licenció en Filosofía y se trasladó a Madrid a cursar Farmacia, durante el curso 1829-30 estudió Historia Natural, y en el curso 1831-32 Mineralogía en el Real Museo de Ciencias Naturales de Madrid. Con sólo 24 años ganó por oposición la primera Cátedra de Química Aplicada en la Universidad de Santiago, cargo que ocupó hasta su fallecimiento. También ocupó interinamente otras cátedras como la de Química inorgánica y la de Historia Natural. En 1857 asumió el decanato de la Facultad de Ciencias. Entre 1869 y 1872 realizó los estudios de médico y cirujano. En 1869 recibió el encargo del claustro de la Facultad de Medicina de que se ocupara de impartir las Lecciones de análisis químico aplicado a las ciencias médicas, cosa que haría hasta 1872. (González Guitián, 2008; Losada Sanmartín et al. 20013).

A su extraordinaria formación y capacidad de trabajo se añade los diferentes logros en diferentes áreas del conocimiento. Fue uno de los creadores del análisis químico y uno de los iniciadores de estudios de las aguas de fuentes medicinales y de vinos gallegos, introdujo la espectroscopia en España, fue el primero en producir luz eléctrica utilizando un arco voltaico con regulador, introdujo el estudio de la meteorología con la idea de elaborar un mapa meteorológico de Galicia y enseñó toxicología a sus alumnos bajo los principios aprendidos del libro de Orfila y tradujo el libro de Claubry introduciendo los estudios de esta materia en la Universidad española (9)

(9) En 1879, fue uno de los tres especialistas a petición del Cardenal Miguel Payá Rico, para dictaminar sobre los huesos descubiertos en el subsuelo de la Catedral de Santiago, restos escondidos desde el siglo XVI para evitar el riesgo de sustracción. Las conclusiones fueron vagas: los huesos correspondían a tres individuos de edades diferentes y “no parece temeraria la creencia de que dichos huesos hayan pertenecido a los cuerpos del Santo Apóstol y de sus dos discípulos”.

En el año 1847 sintetizó sólo unas semanas después de las primeras experiencias en Massachusetts y en Edimburgo, cloroformo y éter siendo así el primero en España en sintetizarlo en el laboratorio, con los que se realizaron las primeras intervenciones quirúrgicas. De esta síntesis de anestésicos da cuenta la Gaceta Médica el número 108 de fecha 30 de diciembre de 1847 y en el número 109 del 10 de enero de 1848, donde se recoge la noticia aparecida en el folletín del Diario de los Debates del 24 de noviembre. El Sr. Casares invitó a asistir a los autoexperimentos a los doctores Domingo Fontan, Laorden, Olivares y Vicente Guarnerio. La obtención del cloroformo para tal ocasión realizada por el doctor Casares se sirvió así con la ayuda de un perro:

“Media dracma de cloroformo purificado echada en un paño de manos y aplicada a la nariz de un perro dogo, bastó para que a los dos minutos cayese en una resolución completa de fuerzas. Hecha una incisión profunda en la nalga, y picado un ramo nervioso, no dio señales de sensibilidad. La respiración era frecuente y corta. Entreabierta la boca y bastante húmeda, se advertía mayor cantidad de saliva que en el estado ordinario. La secreción de las lágrimas estaba aumentada. A los 6 minutos empezó a encoger la pata herida, y como a dar señales de sensibilidad. A los 10 minutos quiso llevar varias veces la lengua a la herida, pero caía su cabeza de uno y otro lado. A los 14 minutos pudo mantenerse en pie y lamer la herida. A los 18 habían desaparecido enteramente los efectos anestésicos del cloroformo”.

El señor Casares fue sometido a las inspiraciones clorofórmicas asistido por los doctores antes mencionados a la forma en que se había hecho con el perro, quedando en el estado siguiente: 1º decaimiento del semblante y oclusión de los párpados; 2º relajación completa de todos los músculos; 3º respiración baja y profunda; 4º insensibilidad a las picaduras de la piel del antebrazo y cara interna de los muslos; 5º pulso y calor normal; 6º respondió a la primera pregunta, pero luego no pudo verificarlo; tenía conocimiento de lo que pasaba a su alrededor; 7º sentía un poco de constricción en los maseteros; 8º percibió un olor etéreo y sabor de camuesa; 9º sintió hormigueo en la punta de los dedos de los pies y manos. A los 6 minutos disminuyó la insensibilidad, y persistió un entorpecimiento general hasta 20 minutos, restableciéndose por grados la sensibilidad y la fuerza muscular.

Preparación del cloroformo por el doctor Antonio Casares:

“Primer método, el M. Dumas. Puse en una retorta una libra de hipoclorito cálcico, 3 de agua y 2 onzas de alcohol. Obtuve poco más de media onza de cloroformo. El entumecimiento de la masa durante la operación, que exige grandes vasijas, me obligó a recurrir al alambique para repetirla. Lo hice en efecto con tres libras de hipoclorito, 12 de agua y 8 onzas de alcohol. Acabo de leer en el Journal de Chimie et Pharmacie del mes de diciembre, que M. Soubeiran propone un método igual, solo hay alguna diferencia en las proporciones; las que este sabio aconseja son 10 de hipoclorito, 60 de agua, 2 de alcohol. En esta operación debe cuidarse de disminuir el fuego en el momento que empieza la destilación, pues si no parte de la masa sale del alambique y pasa el recipiente. Si tal sucede, todo lo que en este se recoge debe destilarse segunda vez. La operación se da por terminada cuando el líquido que destila no tiene apenas sabor azucarado. El cloroformo que ocupa el fondo del frasco se separa del agua que sobrenada, y se echa con agua pura en una retorta, y se destila en baño de maría. En una operación que hice por el mismo método poniendo 6 libras de hipoclorito, 15 de agua y una de alcohol, recogí proporcionadamente mayor cantidad de cloroformo que en las anteriores. Con una libra de hipoclorito, 14 de agua y 2 onzas de alcohol apenas obtuve una dracma de cloroformo.

Segundo método. Creyendo evitar el entumecimiento de la masa, sustituí el hipoclorito de cal con el de sosa, añadiendo al líquido algún carbonato para que se estuviese alcalino; las preparaciones empleadas fueron las mismas que en el método de Dumas; obtuve solo un líquido con olor etéreo, sabor azucarado, pero del cual no pude extraer cloroformo.

Tercer método. La idea de este me la sugirió el que se propuso para obtener el yodoformo. Puse en una retorta tubulada, colocada en un baño de maría, 6 onzas de carbonato potásico, extraído del tártaro disuelto en 4 libras de agua y 6 onzas de alcohol de 85º; por la tubuladura de la retorta entraba un tubo, que comunicaba con un matraz que contenía 6 onzas de cloruro de sodio y 4 de bióxido de manganeso y en el cual fui añadiendo poco a poco 8 onzas de ácido sulfúrico diluido en igual cantidad de agua. Calenté poco a poco el baño de maría, mientras procuraba que el cloro se desprendiese rápidamente del matraz; al llegar la temperatura del baño a 90º se veían en la alargadera estrías de un líquido alcohólico; a 100º empezaron a aparecer gotitas de cloroformo, que continuó formándose por algún tiempo, durante el cual continuaba el desprendimiento de cloro. No pude pesar la cantidad de cloroformo obtenido; pero por su volumen infiero que sería igual a la que obtuve en una operación hecha por el primer método con dos libras de hipoclorito de cal.

Pienso repetir este experimento, y aun variarlo, con objeto de conseguir la mayor cantidad posible de cloroformo, que supongo tendrá pronto empleo en los hospitales de España, como hoy mismo se está ya ensayando en el de esta ciudad; pero mientras, remito a V. estas observaciones por si las considera de algún interés para ser insertadas en su periódico”.

Infatigable en sus experimentos como da cuenta el escrito remitido al Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia, 3ª serie, escrito en Santiago el 7 de enero de 1848, Casares se plantea junto con el doctor Andrés Laorden López, los efectos del cloroformo, así se pregunta: 1º ¿Qué fenómenos darán a conocer que no debe continuarse la acción de este cuerpo, sin comprometer la existencia del que lo respira? 2º ¿En el caso de que por la diferente susceptibilidad de los sujetos o por llevar demasiado lejos la acción del cloroformo peligre su vida, qué medios podrán usarse para evitar sus funestos resultados? 3º ¿Qué órganos o tejidos son los atacados por el cloroformo?

Estas preguntas intentan ser resueltas mediante la ilustración nuevamente de la experimentación animal:

“Sometido un perro a la acción del cloroformo, envolviendo la extremidad de su hocico en un pañuelo rociado con una dracma de este líquido, cayó en la insensibilidad al medio minuto: suspendida la inhalación al minuto y medio se le dio una descarga eléctrica desde la cabeza a la cola por medio de una botella de Leyden pequeña: hubo conmoción, e inmediatamente después el animal empezó a hacer movimientos iguales a los que se observan cuando se sale del estado de insensibilidad. Se le aplicó de nuevo el cloroformo y se pasaron cuatro minutos antes de que quedase completamente insensible, notándose algunos pequeños movimientos convulsivos en las extremidades: se continuó la acción del cloroformo, rociando la compresa unas dos veces; y al cabo de ocho minutos, faltaron la respiración y la circulación y el animal quedó muerto al parecer. Inmediatamente se le aplicó una descarga eléctrica mayor que la de la vez primera; hubo y se notaron movimientos que indicaban su vuelta a la vida si así puede decirse.

De nuevo se sujetó al animal a la inhalación del cloroformo, ya los diez minutos estaba ya en el estado de muerte aparente en el cual se le dejó durante tres. Se aplicó entonces la electricidad como las veces anteriores, había conmociones, pero ni la respiración ni la circulación se presentaban. Se colocaron los polos de una pila galvánica formada por dos elementos de Bunsen en la boca y el ano y en otras varias partes del cuerpo del animal: se pusieron debajo de sus narices compresas empapadas en amoniaco líquido, se introdujo en su boca una gota de ácido cianhídrico medicinal y últimamente se le hicieron insuflaciones metódicas en el pulmón sin conseguir que hiciese ningún movimiento; todo nos reveló que su muerte era verdadera. Cuando la acción del cloroformo iba siendo mayor hubo contracción de la vejiga de la orina, pues se verificó la emisión de este líquido que continuó algunos momentos después de la muerte.

Tanto en este como en los otros experimentos hemos notado que un ronquido semejante al de un sueño profundo anunciaba la pérdida de la sensibilidad y la resolución de fuerzas: continuando la acción del cloroformo la respiración se hacía frecuente y grande; poco después se retardaba sin perder su intensidad, de modo que en las últimas inspiraciones todos los músculos del cuerpo se ponían en acción: la circulación no presentó alteración notable hasta poco antes de desaparecer, que se hizo pequeña y frecuente.

Examinado el cadáver, se halló todo el sistema venoso y cavidades derechas llenas de sangre negra y coagulada; el sistema arterial vacío; en las cavidades izquierdas un pequeño coágulo negro y débil como los del sistema venoso, las meninges estaban ligeramente inyectadas: el cerebro, cerebelo y médula espinal algo ingurgitados de sangre; el pulmón un poco más rubicundo que en estado normal; el hígado muy lleno de sangre, no tanto el bazo y los riñones; en todos los tejidos se percibía olor a cloroformo, aunque más en la sangre y órganos sobrecargados de este líquido.

Algunos de los resultados obtenidos por el señor Gerdy, de que dio cuenta a la Academia de Ciencias de París en la sesión del 13 de diciembre último, son parecidos a los que nosotros hemos observado; pero es muy notable que hayamos percibido nosotros el olor del cloroformo aún después de transcurridas 48 horas de la muerte del animal, cuando aquel sabio dice que las carnes y órganos de los animales muertos por la inhalación de este cuerpo no conservan su olor ni pierden nada de su sabor natural.

Creemos que algunas consecuencias importantes pueden deducirse de nuestros experimentos que conviene repetir y variar para confirmarlas o modificarlas y son:

1º. Los fenómenos respiratorios pueden servir de mucho para apreciar el diferente grado de acción del cloroformo.

2º. Las descargas eléctricas parece que son un medio a propósito para hacer desaparecer los efectos primitivos y aun secundarios de una intoxicación por el cloroformo.

3º. Las lesiones cadavéricas y el modo de obrar dicho agente indican que su principal acción se ejerce sobre el sistema nervioso, atacando y destruyendo en él la vida, sin que exista congestión sanguínea en sus centros.

4º. Si ulteriores descubrimientos nos revelan por alteraciones en el cadáver la intoxicación con el cloroformo, el olor a este cuerpo que despiden los tejidos, y en particular la sangre, podrá servirnos de dato en algunas ocasiones para sospechar una intoxicación”.

En el campo docente llegó a un elevado reconocimiento, destacando por su carácter práctico de su metodología, que incluía sistemáticamente observaciones, experimentos y salidas al campo.

Químico eminente, farmacéutico, médico, pedagogo, divulgador de ciencia, coleccionista y hombre de una muy amplia cultura y servicio público en puestos de responsabilidad, con multitud de honores y nombramientos a lo largo de su vida, fue merecidamente proclamado por la Real Academia Gallega de Ciencias “Científico Gallego” del año 2012. Falleció en Santiago de Compostela, el 12 de abril de 1888.

Basilio San Martín Olaechea. La autoexperimentación.

Son escasos los datos del profesor San Martín aunque llegara a ser Presidente de la Real Academia Nacional de Medicina en 1861. Nació en Madrid en 1821. Estudió la carrera de medicina en el Colegio de San Carlos. Obtuvo el grado de Licenciado en Medicina y Cirugía con Premio extraordinario y notó desde los primeros cursos una gran afición por la docencia que ejerció, con carácter privado, entre los alumnos de cursos inferiores. Terminada la carrera enseñó Anatomía, materia que dominaba a la perfección. A los dos años de obtener el título de medicina, ganó por oposición una plaza de Médico del Real Patrimonio. Años después fue promovido al puesto de Médico de la Real Cámara, premiando así su competencia profesional. Desempeñó también durante casi toda su vida el empleo de Médico del Colegio Nacional de Sordomudos y de Ciegos. Durante bastantes años fue Vocal del Consejo Superior Penitenciario y de la Junta Superior de Prisiones. En cuanto a su producción científica no fue muy prolífico en obra escrita. Era hombre de pronunciamiento verbal y no escatimó nunca sus intervenciones personales y directas en la Academia y más o menos improvisadas sin guión ni cuartillas. En 1854 alcanzó el grado de Doctor con su Tesis Discurso preliminar a la Higiene de las pasiones, calificada ésta con la máxima nota.

En cuanto a la anestesia, fue galardonado en septiembre de 1847 con el segundo premio medalla de plata y socio corresponsal, convocado por la Academia de Esculapio de Madrid con la finalidad de ventilar la cuestión: “¿En los procederes operatorios tiene más desventajas que utilidades la inhalación del éter sulfúrico?”. La memoria premiada no llegó a ser publicada y según Blasco Reta (1907), refería 53 observaciones de eterización, de las que 16 eran autoexperimentos efectuados por el autor. Relata que tan importante trabajo no está impreso y su original está conservado por su sobrino Alejandro San Martín por quien ha podido leerlo.

Fueron varios los capítulos dedicados a la cloroformización por el doctor San Martín en el Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia, concretamente hemos encontrado los números 106, 108, 114 y 121 entre los años 1847 y 1848. Concretamente en el número 121 se plante su prescripción bajo la pregunta: “¿ Se sigue de aquí la necesidad de su prescripción?” Resuelve la pregunta contestando sobre la precaución y sagacidad en su manejo puesto que los remedios más preciosos que posee la farmacología son cabalmente los más activos. Se plantea también la moralidad y la lógica de la experimentación, argumentando que de no ser así la ciencia no pasaría jamás del statu quo. Se plantea la forma de obrar el cloroformo y así admite que el cloroformo obra primitivamente sobre el sistema nervioso de la vida de relación, de un modo secundario obra el cloroformo en el sistema nervioso animal, pero modificando la sangre primero, privándola de sus condiciones fisiológicas a la manera de los gases que no pueden sostener la hematosis, o modificándola en sus principios constitutivos o en su vitalidad, sin que suceda una asfixia.

En cuanto a la autoexperimentación, hecho bastante común como vemos entre nuestros médicos españoles para conocer la forma de obrar de los vapores anestésicos, relata en el número 106 del Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia, la obtención del cloroformo por el profesor de Farmacia D. Diego Lletget. Ayudado por Mariano Benavente derramaron en un pañuelo en forma de nido de golondrina el cloroformo, después de unas inspiraciones según lo observado por Mariano Benavente y Saralequi, quedó sumergido en un sueño profundo, del que volvió en sí en tres minutos. Después San Martín hizo lo propio con Benavente y con Lázaro Saralequi, quedando éstos ajenos a su voluntad. A los dos días hicieron inhalar los mismo vapores a los señores Carrasco y Tragó con idénticos resultados, y en una tercera sesión se trasladaron a casa del doctor Merino quien había preparado el cloroformo para observar sus efectos en presencia de los doctores Asuero, Ataide, Santero, Calvo, Ulibarri, Lozano y los inspiraron Benavente, Saralequi y Pérez Flor. A la mañana siguiente después de estos hechos, el cirujano del Hospital General D. Bonifacio Blanco, lo usó en un joven de 18 años para dilatr una fístula anal.

Otra de sus experiencias tuvo lugar en casa del doctor Pérez Flor, donde aplicaron al hocico de un perro un pañuelo en forma de taza donde se había vertido un dracma y medio de cloroformo. A los dos minutos el animal se volvió insensible, con un completo estado de relajación y la boca entreabierta. A los cuatros minutos se volvió a aplicar cloroformo ante algún movimiento que hizo el dogo. Posteriormente a los tres minutos se dejó que el animal hiciera tentativas inútiles de levantarse.

Otro ensayo consistió en poner al descubierto la arteria y vena femorales derechas de un perro antes de hacerle inhalar cloroformo. Después de hacerle inhalar los vapores, pudieron observar que la sangre arterial se ennegrecía y que la sangre venosa parecía más difluente. El perro dejó de respirar y murió sólo a unos seis minutos de inhalar el cloroformo.

Con otro perro al que se le inyectó por la vena yugular izquierda media dracma de cloroformo, fue repentina la muerte del animal, en la autopsia, las cavidades del corazón estaban llenas de sangre, negra en las derechas y roja en las izquierdas, despedían un olor marcado a cloroformo. Otro de los experimentos consistió en hacer deglutir a un capón una dracma de cloroformo, con el objeto de ver si éste obraba por la vía digestiva. El capón murió al cabo de unos días a lo que la autopsia demostró que las membranas cerebrales presentaban ligera inyección sanguínea, el buche en su fondo presentaba una escara, la membrana mucosa estaba apergaminada y el estómago con manchas color verdoso oscuro. Los riñones y el hígado de coloración normal pero muy blandos y frágiles.

Como hemos mostrado, fue un hombre de experimentación práctica no sólo con los animales de laboratorio sino sometido a la autoexperimentación para así entender los usos y contraindicaciones del cloroformo. Murió en Madrid en 1901.

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