Narcóticos primitivos

Resumen: El dolor ha sido una constante en la historia de la humanidad; desde los tiempos de los egipcios, se relatan las diferentes recetas para las enfermedades, en el papiro de Ebers, pasando por las culturas indias y chinas clásicas, hasta la influencia de Paracelso en el Renacimiento.

Autor: González Cogollor, Sonia (Médico anestesiólogo del Hospital Comarcal de Vinaròs).

Palabras clave: Dolor, papiro de Ebers, Paracelso.

De los muchos agentes conocidos y usados por los pueblos antiguos y medievales para narcotizar a los pacientes quirúrgicos, tan sólo nos vamos a referir a cinco que son los que merecen una consideración especial.

Las primeras referencias de uso de sustancias analgésicas (mandrágora, cáñamo, cannabis, opio, alcohol), hay que buscarlas en las civilizaciones babilónicas y egipcias, así como en distintas culturas precolombinas. De todas ellas, el opio (del griego opós), jugo de la adormidera, ha sido el remedio por excelencia. La droga más antigua y que durante más tiempo se ha utilizado en medicina. Hipócrates ya comentaba las virtudes analgésicas del opio, y Galeno lo utilizó en distintos tipos de dolores.

Periodo pretécnico

La búsqueda de alivio para el dolor ha sido una constante de la historia de la Humanidad. Posiblemente fueran los sumerios los primeros cultivadores de adormidera (Papaver somniferum) o amapola en Mesopotamia y los primeros que dieron a conocer los efectos de estas sustancias. Estas sustancias eran aplicadas tanto por los personajes religiosos como por los médicos empíricos.

Los papiros egipcios de contenido médico, datados entre 1900 y 1300 a.C., también mencionan los efectos analgésicos del opio. De todos ellos el papiro de Ebers (1550 a.C.) encontrado en Tebas por George Ebers en 1862, es el más completo, pues aporta más de 900 recetas para el tratamiento de diferentes síntomas y patologías. Entre estos remedios destaca la adormidera, denominada spen, muy útil como analgésico y tranquilizante.

En las culturas indias y chinas clásicas el opio fue menos habitual, aunque ya era conocido desde el segundo milenio a.C., gracias a las caravanas comerciales que hacían las rutas de las especias y de la seda. El cultivo “industrial” de la adormidera parece comenzar en Asiria y Babilonia en el siglo II a.C., para extenderse posteriormente por todo Oriente Medio y África.

El opio como analgésico aparece referenciado en las leyendas mitológicas de la Grecia Clásica. Al principio se usaba toda la planta de la adormidera, pero más tarde se vio que el zumo de la cápsula, el pequeño bulbo situado inmediatamente debajo de la flor, era la fuente del agente narcótico activo. Hipócrates de Cos (460-370 a.C.) recomendaba el uso del opio como suplemento nutricional en el tratamiento de distintas enfermedades internas, siempre como sustancia que puede ser a la vez remedio y veneno, según la dosis y las circunstancias. Del mismo modo, era recomendado el uso anestésico del opio en cirugía, como integrante de la denominada “esponja soporífera”, que además de opio, contenía mandrágora y beleño.

Galeno de Pérgamo (131-200) también utilizó el opio para disminuir el calor vital de la sangre y el corazón. De esta forma era empleado en aquellos trastornos ocasionados por un exceso de calor vital y de humores coléricos, como cefaleas crónicas, epilepsias, apoplejías, tos, hemorragias, fiebres, “problemas de las mujeres”, etc. De esta forma el opio era el remedio por excelencia de los procesos dolorosos y el fármaco más consumido en la Roma Clásica. Durante la Edad Media, se sufre un proceso de cristianización, el alma se contempla como algo inmaterial. El dolor se entiende como sufrimiento y como redención frente a Dios. Así pues, el uso de los remedios analgésicos, incluido el opio no era bien acogido. Sin embargo, continuó empleándose en forma de “esponja soporífera”. Así mismo, el opio se utilizó, integrando la composición de sedantes preoperatorios y como remedio para la gota. Incluso mezclado con manteca de cerdo y con arsénico, se obtuvieron pomadas analgésicas y desinfectantes. Sin embargo, su uso poseía por parte de la instauración del Tribunal de la Inquisición una connotación diabólica y este hecho pudo influir en el eclipse medieval del opio hasta su resurgimiento en el siglo XVI con Paracelso.

A pesar del rechazo en Occidente, su uso se popularizó por el Islam. Avicena (980-1037), posiblemente falleció de una sobredosis de opio con vino. Lo popularizó como remedio para los dolores y diarreas.

La figura clave en el Renacimiento, fue Paracelso (1493-1541) quien debido a su formación química, introdujo numerosos remedios conocidos con el nombre de arcanas, que sólo podían ser preparadas “por los conocedores del arte” y que se componían de mezclas de opio, mandrágora, alcanfor, vino, etc. Paracelso tuvo mucho que ver en la reintroducción del opio en la terapéutica occidental para el restablecimiento del sueño y la analgesia. El gran interés de Paracelso por el opio hizo que denominase a esta sustancia “la piedra de la inmortalidad”.

La influencia de Paracelso durante el siglo XVII fue enorme, aunque su uso seguía siendo empírico, por el desconocimiento de la neurofisiología del dolor. En este momento surge la figura de René Descartes (1596-1650), máximo exponente del movimiento mecanicista del siglo XVII. Sus incursiones en el campo de la fisiología dan inicio al conocimiento científico de los mecanismos biológicos implicados en el dolor. En El Tratado del Hombre encontramos una aproximación al concepto de dolor y a los mecanismos neurofisiológicos defensivos del organismo.

Las bases neurológicas cartesianas sobre la percepción del dolor quedan reflejadas en el célebre dibujo de un niño, cuyo pie es estimulado por el fuego.

Los sedantes continuaron siendo los agentes más empleados durante el periodo moderno para el tratamiento de los procesos dolorosos. Paralelamente a Descartes, ejercía su labor uno de los fundadores de la medicina clínica, el médico inglés Thomas Sydenham (1624-1689), quien sistematizó el uso del opio como herramienta de primera línea contra el dolor. En 1680 escribía:

“De entre todos los remedios a que Dios Todopoderoso le ha complacido dar al hombre para aliviar los sufrimientos, no hay ninguno que sea tan universal y tan eficaz como el opio…Sin el opio, el arte de curar no existiría.”

Durante el siglo XVII gozó de cierta popularidad el láudano (“digno de ser loado”), una especie de jarabe preparado a base de opio, canela, clavo, azafrán y vino dulce. Del mismo modo, gozó de popularidad el “polvo de Dover”, elaborado por el médico Thomas Dover (1660-1741) que contenía un 20% de opio, ipecacuana y tártaro vitriolado, que se usaba para un amplio abanico de síntomas. Otros preparados de la época y elaborados con opio fue el jabón de tártaro.

Durante el siglo XVIII el opio solía mezclarse con alcanfor, cobre amoniacal, óxido de zinc, experimentaron un progresivo y sustancial incremento de uso, apareciendo las primeras descripciones de toxicidad por opio en 1700.

Durante el siglo XIX también empezó su uso recreativo. Su abuso llegó hasta intereses económicos sobre su comercialización que desencadenaron en las denominadas Guerras del Opio.

A mediados del siglo XIX triunfa en Europa la mentalidad anatomoclínica. En este periodo tiene lugar la introducción e la clínica de los primeros agentes farmacológicos con actividad específica analgésica. Comienza la síntesis de la morfina a partir del opio a principios del siglo XIX. Sería Friedrich Wilhelm Sertürner (1783-1841) quien pasaría a la historia como el descubridor de la morfina. Sus primeros experimentos químicos los realizó en la Adlerapotheke de Paderborn en 1803, consiguiendo extraer un nuevo ácido orgánico a partir del opio, al que llamó ácido mecónico (del griego mekon, amapola). La alcalinización del líquido madre con amoniaco ocasionó un precipitado de una sustancia que cristalizó con alcohol, y que ocasionaba efectos narcóticos en los animales. En 1811, publicó un trabajo donde confirmaba que el principio narcótico del opio descubierto por él era una sustancia alcalina, al contrario que todos los principios aislados de plantas hasta el momento, que eran ácidos. En 1817 afirmaba que los dos principales constituyentes del opio eran el ácido mecónico y una base denominada “morphium”, en honor de Morfeo (hijo del dios del sueño y dios del ensueño).

En cuanto a la mandrágora fue en la antigüedad uno de los agentes más populares empleados para el dolor. Probablemente sea la droga antigua sobre la cual se han tejido más leyendas. Se cree que los babilonios la usaban 2000 años antes de Jesucristo, y que su raíz cortada la utilizaban como amuleto para la esterilidad. Los magos hacían con ella algo similar a una figura humana, tallaban una figura en sus raíces presionando la raíz a cierta altura para formar un supuesto cuello, y cortando todas las bifurcaciones excepto cuatro, que serían las extremidades, y las adoraban como dioses. Se creía que la planta tenía características humanas porque sus raíces parecían dos piernas.

Contiene alcaloides, tales como atropina y escopolamina. Se usaba como anestésico. Su administración oral producía sueño o analgesia en dolores reumáticos. En tiempos de Plinio se empleaba como anestésico dándole al paciente un trozo de raíz para que la comiera antes de realizar una operación.

Los griegos le dieron el nombre de “circeo” y creían que en la planta moraba un espíritu malo. Se consideraba que la raíz tenía forma humana, y las plantas se clasificaban en masculinas y femeninas. Esta clasificación consideraba que la planta femenina era un veneno.

Su nombre de “circeo” o Circe, hacía honor a la famosa diosa y hechicera a quien Homero inmortalizó en la Odisea.

Los antiguos pobladores de África y también en algunos poblados de Asia, creían que tenía propiedades curativas y por ello lo utilizaban para lavarse las manos y los pies. Es aquí donde la fama de la mandrágora se enlaza con la tradición judaica, donde la raíz de esta planta era utilizada como un potente fertilizante.

Durante la Edad Media se aplicaba en forma de cataplasma o se tomaba como caldo, o se hacía sostenerla con la mano derecha al enfermo.

La verdad de todo esto, es que es una planta que pertenece a la familia de las solanáceas como la patata o el tomate, es altamente tóxica, algo que la relaciona con sus usos mágicos y como anestésico. Puede llegar a provocar la muerte si es ingerida directamente y tiene actividad a través de la piel.

Sobre el cáñamo, Cannabis indica, era conocida su propiedad narcótica por muchos pueblos antiguos. Se empleaba en cirugía como medicamento anodino y como estimulante social. Aunque su origen es asiático, no tiene el fondo de leyenda de la mandrágora. La parte de la planta más utilizada en los tratamientos terapéuticos fueron las semillas y en menor medida las hojas. La forma de preparación difería según las afecciones a tratar, usándose el aceite obtenido de los cañamones y el jugo de las hojas y de los cañamones verdes. Fue utilizado por los médicos árabes como anestésico en operaciones quirúrgicas por influencia de la India. Se administraba en infusiones o impregnando esponjas que se introducían en la boca del paciente, provocándole sopor por impregnación directa de las mucosas, a través de las cuales sus principios activos pasaban al torrente circulatorio.

En cuanto al beleño (Hyoscyamus niger) es un narcótico suave que como la mandrágora pertenece a la familia de la belladona. Los antiguos lo conocían pero no lo empleaban tanto como la mandrágora. Se solía incluir en las mezclas somníferas. Las hojas y semillas contienen alcaloides tropánicos: escopolamina (más del 50%), hiosciamina, atropina y ratósido.

Bibliografía:

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