Matrona, una profesión con historia

RESUMEN

A lo largo de la historia, el trabajo de las matronas ha sufrido grandes cambios. Es preciso reflexionar sobre todos ellos, para ser conscientes de que muchos de los logros y limitaciones que tenemos hoy en día, provienen del pasado.

Autoras:

·                     Ayerra Gamboa, Adela (1)

·                     Barricarte Gainza, Mª Luisa (2)

·                     Adán Rodríguez, Saray (3)

(1), (2), (3) Enfermera Obstétrico – Ginecológica (Matrona) del Complejo Hospitalario de Navarra.

PALABRAS CLAVE

Matronas, historia, mujeres.

INTRODUCCIÓN

El papel de las parteras, comadronas, madrinas o matronas, a lo largo de la historia, ha sido de vital importancia para la comunidad. Han constituido uno de los grupos ocupacionales femeninos más destacados y el único dentro de los sanitarios en el que las mujeres, durante largo tiempo, han tenido absoluta hegemonía.

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A pesar de los cambios, la esencia de cada una de las matronas debería ser la misma, ya que como dice Adela Vidal: “Ser comadrona, no es solo un título, es un estado del espíritu, es un conocimiento intuitivo, un don, una apertura a los otros, una capacidad de responder a la energía que precisa un nacimiento”.

DESARROLLO

Existen múltiples referencias que atestiguan que las comadronas han sido un grupo social de mucho prestigio. Desde el año 3000 a.C. en la civilización egipcia las matronas eran descritas como mujeres muy válidas y hábiles profesionales. En las culturas antiguas de Grecia y Roma, las parteras gozaban de cierto reconocimiento social, recibían grandes honores y disponían de gran riqueza e independencia. Sorano de Ëfeso, doctor romano, describía las siguientes cualidades de las comadronas: “Tenía que tener una buena memoria, amar su trabajo, ser respetable, ser fuerte de brazos, robusta y estar dotada de largos y finos dedos y cortas uñas para ser capaz de tocar una inflamación en planos profundos sin causar demasiado dolor”.

Durante la Edad Media, las parteras debían poseer la autorización de la Iglesia. Debían ser honestas, de buena fama, con prestigio y experiencia. Llevaban a cabo funciones de tipo asistencial, jurídico legal, docente y religiosa. Curiosamente, en ésta época los servicios del médico en esta área eran poco valorados. Sirve de ejemplo el caso del Doctor Wertt que fue quemado por atender un parto vestido de mujer. Sin embargo, el dogma religioso se oponía tanto a la medicina formal como a la educación secular y en consecuencia, había pocos médicos, y a estos pocos, que eran hombres, no les importaban en absoluto los acontecimientos biológicos del embarazo y el parto.

Hasta el siglo XVII la situación de las comadronas era privilegiada. Tenían hegemonía en la realización de los partos y su educación en el campo de la partería iba creciendo con el paso de los años. Sin embargo, durante el siglo XVII la competencia de los médicos fue aumentando, ya que comenzaron a interesarse por las embarazadas. A su vez, la población de clase media comenzó a no sentirse demasiado segura con la atención de las comadronas de la época. Todo ello, ocasionó un importante retroceso para la profesión, ya que debían estar supervisadas en todo momento por los médicos y/o sacerdotes. Y no por azar, en esta época los partos comenzaron también a ser función de los varones cirujanos.

Durante el siglo XVIII, la situación de las comadronas siguió empeorando. Fue un siglo marcado por una gran desigualdad entre las mujeres y los hombres. Se formaron dos mundos, uno superior (el masculino) y uno inferior, sometido, esclavo (el femenino). En consecuencia, las comadronas sufrieron la discriminación igual que el resto de las mujeres, por ser consideradas del sexo inferior. Un ejemplo de ello, es que debían presentar antes de trabajar un certificado de buena vida, es decir, debían ser viudas o casadas  y en este último caso debían poseer el permiso del marido. Curiosamente, a los cirujanos no se les pedía su estado civil para ejercer su profesión.

Por si esto fuera poco, durante el siglo XVIII también se produjo un cambio radical en la atención al parto, fue convirtiéndose en algo patológico en vez de fisiológico. Cada vez eran más frecuentes los partos atendidos por los varones, ya que sólo ellos podían utilizar los instrumentos para aliviar el expulsivo; los fórceps, inventados durante el siglo XVII. Así mismo, fue cambiando la mentalidad de las parturientas, ya que deseaban que se les acortara el parto y para ello era necesario que las atendiera un hombre, lo cual funcionó en contra de las mujeres y a favor de los hombres de la profesión.

Con esta situación, ya comenzaban las críticas al trato que se le estaba dando a la asistencia al parto. Por ejemplo, Margaret Stephen, reconocida comadrona de aquella época, deploraba el hecho de que un número creciente de hombres considerara el nacimiento de un niño como un suceso no natural que requería la ayuda de sus instrumentos.

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A lo largo del siglo XIX esta realidad terminó consolidándose. Las mujeres continuaban sometidas al hombre en todos los terrenos y se les consideraba ciudadanas de segunda categoría. Las matronas tenían que conformarse a ver sus derechos mermados en todos los terrenos. Dentro de unos límites establecidos, podían llegar a trabajar “en paz”: no estaban autorizadas a ejecutar intervenciones que requirieran instrumental especial, ni a emplear medicamentos, únicamente podían asistir partos normales, valiéndose de sus conocimientos, de su paciencia y de sus manos. En ocasiones llegaban a asistir partos podálicos, gemelares y prematuros, y en caso de necesidad, hacían versiones y extracciones manuales de placenta.

Así mismo, durante el siglo XIX, el parto, que ha sido considerado un proceso fisiológico a lo largo de la historia, se adentra definitivamente en el terreno de lo patológico. Es considerado una enfermedad más. Aumenta de una manera increíble el intervencionismo de los partos. Todos son atendidos en la cama (en vez de las sillas de partos, utilizadas desde la cultura griega), ya que la cama es mucho más cómoda para el obstetra; ¡Cómo iba un varón a agacharse delante de una mujer, aunque ésta estuviera pariendo!, ¡Era inadmisible!

No cabe duda de que la profesión médica, exclusivamente masculina, en esta época, intenta hacerse cargo de la asistencia al parto, haciendo obsoleta la tradicional comadrona femenina. Frente a esta situación, algunas mujeres, conscientes de la muerte potencial de la comadrona, reconocieron su deber de organizarse política y profesionalmente, y por encima de todo, la necesidad de educarse.

A finales del siglo XIX, nació una nueva clase de comadronas “hospitalarias”, las cuales aceptaron su nuevo papel servil junto a los médicos que supervisaban su actividad profesional. Este siglo no produjo comadronas relevantes ni vociferantes, preparadas para hacer campaña a favor de su situación anterior como profesionales practicantes de la atención al parto normal, ya que fueron educadas para desempeñar esa función.

Con esta situación dio comienzo el siglo XX. La primera mitad del siglo estuvo marcada por dos estilos muy distintos de atender los partos, muy relacionados con la situación social que se vivía entonces. Por un lado estaban las zonas rurales, donde vivía la mayor parte de la población; los partos los atendían las comadronas de toda la vida, con muy experiencia pero sin título; el parto era considerado como un proceso natural, fisiológico y las mujeres parían sentadas o arrodilladas. Por otro lado, estaban las zonas urbanas, los partos los asistían las matronas tituladas, las menos, y las mujeres parían en la cama de los hospitales, ya que así se enseñaba en la facultad de medicina.

Se podría decir, que hasta mediados del siglo XX, las matronas ejercían su profesión en completa libertad e independencia, sobre todos las que trabajaban en zonas rurales. El embarazo era controlado por el médico y a éste se le llamaba en caso de ser necesario instrumentalizar el parto.

Sin embargo, en la segunda mitad del siglo XX, la obstetricia vuelve a sufrir un cambio radical. Es una época de grandes avances científicos y tecnológicos; se inventan multitud de instrumentos diagnósticos para ayudar a las madres con embarazos complicados, pero esta tecnología se utilizó indiscriminadamente. Pudieron satisfacerse las necesidades físicas de las madres, pero se dejaron a un lado las psicológicas. El dominio médico del parto, con su énfasis en la hospitalización, la patología y la ciencia y tecnología, representó una nueva amenaza de extinción para la profesión de comadrona.

A todo ello, hay que sumarle el hecho de que los estudios de matrona dejaron de estar reglamentados durante casi una década (hasta 1994 que comenzó el sistema EIR), lo que provocó una considerable pérdida de imagen social y profesional, para llegar a la situación actual en el inicio del siglo XXI, que es ciertamente anómala y contradictoria.

CONCLUSIONES

Ha quedado patente que la figura de la matrona, a lo largo de la historia, ha sufrido importantes cambios, todos ellos motivados por la situación social del momento. Durante muchos años fueron consideradas un grupo social de mucho prestigio, con importantes competencias en la atención y cuidado de las mujeres. Sin embargo, con el paso de los años y debido a múltiples factores, se fue limitando el campo de actuación de las matronas y perdieron gran parte de su autonomía y reconocimiento social.

Como asegura Consuelo Ruiz Vélez-Frías: «La matrona es una especie humana a extinguir, porque era una profesión para mujeres con más alma que cuerpo, con más corazón que cabeza”. Para evitar llegar a este extremo, es necesario un cambio total de la forma en que las matronas se ven condicionadas a considerarse a sí mismas. Será necesario un liderazgo increíblemente fuerte que tenga una visión no comprometida de las comadronas como profesionales independientes.

BIBLIOGRAFÍA

·               VIDAL PUÉRTOLAS, Adela. Ser comadrona: una manera de pensar. Barcelona: Col.legi Oficial d´Infermeria de Barcelona, 2005.

·               TOWLER, Jean; BRAMALL, Joan. Comadronas en la historia y en la sociedad. Barcelona: Masson, 1997.

·               RUIZ VÉLEZ-FRÍAS, Consuelo. Las matronas, una profesión ancestral basada en el amor. Madrid: Matronas hoy, 1987.

·               RIBAS, María Rosa. Los cuidadores de la maternidad en la época antigua. Prehistoria, Mesopotamia, Egipto, Grecia y Roma.

·               FERNÁNDEZ MÉRIDA, Mª Concepción. “Breve historia de las matronas españolas (1400-1950)”. En: Actas del III Congreso Internacional y VIII Congreso Nacional de Historia de la Enfermería, (Zaragoza Octubre 2005).