Incluido en la revista Ocronos. Vol. IX. N.º 10–Octubre 2026.
Pág. Inicial: Vol. IX; N.º 10: 294
Autor principal (primer firmante): Ana María Albacar Galve
Fecha recepción: 25/09/2026
Fecha aceptación: 22/10/2026
Ref.: Ocronos. 2026;9(10): 294
Autores:
- Ana María Albacar Galve
- José Francisco Ramos Labrador
- José Lasala Martin
- Ancuta Catalina
- Elena Lucica Stefaniu
- Marta Morón Ocaso
Resumen
La hospitalización puede ser una experiencia difícil para cualquier persona, pero en los niños puede generar miedo, ansiedad, inseguridad y rechazo hacia determinadas situaciones sanitarias. El ingreso supone alejarse temporalmente de su entorno habitual, modificar sus rutinas y enfrentarse a personas, espacios y procedimientos desconocidos. Por este motivo, la atención pediátrica debe centrarse no solo en tratar la enfermedad, sino también en cuidar las necesidades emocionales y sociales del menor.
Del mismo modo, los padres y familiares desempeñan un papel fundamental durante la hospitalización, ya que proporcionan seguridad y conocen los comportamientos y necesidades habituales del niño. Una comunicación clara, la empatía, el juego y la participación familiar pueden facilitar la adaptación al hospital. Este trabajo analiza las características de la hospitalización infantil y la importancia de establecer una relación adecuada tanto con el niño como con sus padres.
Palabras clave: hospitalización infantil; pediatría; niños; padres; comunicación; empatía; familia; cuidados.
Introducción
La hospitalización infantil es una situación que puede alterar de forma importante la vida cotidiana del niño y de su familia. El menor deja temporalmente su casa, sus juguetes, sus amigos y sus rutinas para encontrarse en un ambiente que puede resultar desconocido.
Además, puede tener que someterse a pruebas, tratamientos o procedimientos que no comprende completamente. Estudios recientes señalan que durante la hospitalización pueden aparecer ansiedad, tristeza, sensación de soledad y nostalgia por el hogar, aunque la forma de reaccionar depende de factores como la edad, el desarrollo, la enfermedad y el apoyo recibido.
Por este motivo, los profesionales sanitarios deben prestar atención tanto a las necesidades físicas como a las emocionales. El objetivo no debería ser únicamente conseguir que el niño reciba el tratamiento necesario, sino intentar que la experiencia hospitalaria sea lo menos traumática posible.
Desarrollo
Uno de los primeros aspectos que deben tenerse en cuenta es que un niño no es un adulto pequeño. Su forma de entender la enfermedad, el dolor y los procedimientos sanitarios cambia según su edad y nivel de desarrollo. Un niño pequeño puede no comprender por qué tiene que permanecer ingresado y puede interpretar determinados procedimientos como una amenaza. En cambio, un adolescente puede preocuparse más por su intimidad, su aspecto físico, sus estudios o la separación de sus amigos.
Por ello, la comunicación debe adaptarse a cada etapa. Con los niños pequeños es recomendable utilizar palabras sencillas, frases cortas, dibujos, cuentos o juguetes. Con los niños mayores se puede proporcionar una explicación más detallada y permitirles hacer preguntas. En el caso de los adolescentes, es especialmente importante respetar su intimidad y dirigirse directamente a ellos, evitando hablar exclusivamente con los padres.
La Organización Mundial de la Salud destaca que la comunicación con los niños y sus familias debe adaptarse a las capacidades y necesidades del menor y permitir su participación de forma adecuada a su desarrollo.
Otro recurso muy importante es el juego. Para un niño, jugar no es simplemente una forma de pasar el tiempo, sino una manera de expresarse, aprender y relacionarse con el entorno.
Durante una hospitalización, el juego puede ayudar a disminuir el aburrimiento y facilitar la familiarización con determinados procedimientos. Por ejemplo, explicar una técnica utilizando un muñeco puede resultar más comprensible que ofrecer únicamente una explicación verbal. La propia OMS señala la importancia de las actividades de juego y comunicación en la atención de los niños hospitalizados.
También es fundamental tener en cuenta el dolor y el miedo. Antes de realizar un procedimiento, el profesional debería explicar al niño qué va a ocurrir utilizando un lenguaje que pueda entender. No es conveniente engañarlo diciendo que algo «no va a doler nada» cuando existe la posibilidad de que sienta molestias. Es preferible explicarle lo que puede notar y ofrecerle estrategias para afrontarlo, como respirar profundamente, distraerse, escuchar música, jugar o tener cerca a una persona de confianza.
El trato del profesional debe ser tranquilo y respetuoso. Presentarse, decirle al niño quién es y qué función desempeña ayuda a crear confianza. También es importante llamarlo por su nombre, mirar hacia él cuando se habla y permitirle expresar sus emociones. La OMS recomienda precisamente que los profesionales se presenten ante los niños y sus familias, utilicen una comunicación comprensible y fomenten su participación en la atención.
El papel de los padres
Los padres tienen una función esencial durante la hospitalización. Para el niño, su presencia puede representar seguridad y continuidad con su vida habitual. Por eso, siempre que las circunstancias clínicas lo permitan, la familia debería ser considerada parte del proceso asistencial.
La atención pediátrica centrada en la familia parte de la idea de que la familia constituye una fuente fundamental de apoyo para el niño.
Además, los padres conocen aspectos del comportamiento habitual de su hijo que pueden resultar muy útiles para el equipo sanitario. Pueden saber cómo expresa el dolor, qué cosas le tranquilizan, cómo suele dormir o qué alimentos acepta mejor. Incluir esta información puede favorecer una atención más individualizada.
Sin embargo, los padres también pueden experimentar miedo, angustia, cansancio o sentimientos de culpa. No siempre comprenden la terminología médica y pueden sentirse desorientados ante una situación que no controlan. Por ello, los profesionales deben ofrecerles información clara y permitirles formular preguntas.
La comunicación con los padres debe ser honesta, frecuente y comprensible. No es suficiente con informar únicamente en el momento del ingreso. Es conveniente mantenerlos informados sobre la evolución, los procedimientos que se van a realizar y las recomendaciones necesarias para el alta. La evidencia indica que una comunicación adecuada entre profesionales y padres puede influir en aspectos como el estrés, la capacidad de afrontamiento, el conocimiento sobre la situación del niño y la satisfacción con la atención.
También debe evitarse excluir al niño de las conversaciones. Siempre que su edad y capacidad lo permitan, debe recibir explicaciones sobre aquello que le afecta. La participación progresiva favorece su autonomía y permite que se sienta tenido en cuenta. La OMS recomienda implicar a los niños y a sus padres en la planificación de los cuidados y en la toma de decisiones de acuerdo con sus capacidades.
Por último, es necesario recordar que los padres pueden convertirse en aliados en la seguridad del paciente. Una revisión sistemática publicada en 2024 señala que los padres desean participar en los cuidados, pero necesitan apoyo de los profesionales para hacerlo correctamente.
Métodos
Para la elaboración de este trabajo se realizó una revisión bibliográfica de carácter descriptivo. Se consultaron documentos de la Organización Mundial de la Salud. Se seleccionaron publicaciones relacionadas con la hospitalización infantil, la adaptación psicológica de los niños, la participación de los padres y la comunicación entre las familias y los profesionales sanitarios.
La información se organizó en diferentes apartados relacionados con las necesidades emocionales del niño, la comunicación adaptada a la edad, el papel del juego, el acompañamiento familiar y la participación de los padres en los cuidados.
Conclusiones
La hospitalización puede ser una experiencia complicada para un niño, pero la manera en la que los profesionales sanitarios se relacionan con él puede influir considerablemente en cómo vive ese proceso. Un trato cercano, respetuoso y adaptado a su edad puede ayudar a disminuir el miedo y facilitar su colaboración.
Los padres también deben ser considerados una parte importante de la atención. Su presencia puede proporcionar seguridad al niño y, además, sus conocimientos sobre las rutinas y características de su hijo pueden ser de gran utilidad para los profesionales. Al mismo tiempo, necesitan recibir información clara y apoyo para afrontar sus propias preocupaciones.
En definitiva, una buena atención pediátrica debe combinar los conocimientos clínicos con la sensibilidad humana. Escuchar al niño, explicarle lo que ocurre, utilizar el juego, respetar su intimidad y permitir la participación de la familia son medidas sencillas que pueden hacer que la hospitalización sea una experiencia más segura y llevadera. El objetivo final debe ser cuidar no solo de la enfermedad, sino también de la persona y de su entorno familiar.
Bibliografía
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