Ambientación histórica, política, social y médica en la España del siglo XIX

Autor: González Cogollor, Sonia (Especialista en Anestesiología y reanimación, Hospital Comarcal de Vinaròs).

Palabras clave: Medicina española, filosofía natural, vitalismo, empirismo.

Aspectos generales de España en el siglo XIX

El siglo XIX en España se caracterizó por ser un siglo de guerras, corrientes absolutistas, dispersión y exilio de personalidades científicas, que dieron lugar a un empobrecimiento de España (Tuñón de Lara, 1977; Andrés Gallego, 1981; Tusell 1990).

Con relación a la economía española del siglo XIX, España sufrió un retraso con respecto a la media europea occidental, como consecuencia de las guerras napoleónicas. La renta española por habitante a mediados del siglo XIX, representaba entre un 65% y un 75% de la europea, y a finales del mismo siglo se situaba en un 50% de la renta francesa.

Si consideramos la evolución económica de España en el siglo XIX, nos encontramos que ésta pasó por diferentes etapas: a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX ocupaba una de las primeras posiciones de Europa, hacia la mitad del siglo XIX se situaba hacia el puesto décimo y a finales de este mismo siglo se encontraba en el vigésimo. Estos datos indican la decadencia de España en el siglo XIX, época que, en otros países, marcó el inicio de un gran avance y prosperidad. La pérdida de poder económico, se debió entre otras causas, a la poca inversión en industria al no disponer de capital, a la disminución del comercio exterior al perderse casi todas las colonias, etc. La agricultura también sufrió un gran retraso por falta de inversiones para hacerla más productiva (De la Cierva, 1999).

La sociedad española del siglo XIX, puede considerarse como una sociedad dinámica, que pasó por diferentes etapas. A finales del siglo XVIII, nos encontrábamos con una sociedad aristocrática de base campesina, ordenada jerárquicamente. A principios del siglo XIX, sobre todo a partir de 1808, pasa de ser una sociedad de estamentos (nobleza, clero y estado llano) a una sociedad de clases. En la primera mitad del siglo XIX surge el término “clases medias”, centrado en dos sectores profesionales, abogados y médicos (Jover, 1974).

Según estimaciones de Artola, a principios del siglo XIX, más del 90% de la población española era analfabeta, esta cifra se redujo hacia 1860 al 80%, más del doble de la francesa (Artola Gallego, 1986). Únicamente 1 de cada 10.000 españoles recibía en esta época enseñanzas superiores. Todo esto pudo ser el motivo de los diferentes hechos que se comentan a continuación, debido a una política convenientemente dirigida.

El primer tercio del siglo XIX está protagonizado por la Guerra de la Independencia (1808-1814). Con un joven Fernando VII en el poder, tras la abdicación de Carlos IV quien destituye a Godoy que había declarado la guerra a Francia en 1793, el nuevo rey se encontró con la presencia del ejército francés, por lo que siguió con las indicaciones de Napoleón y abdicó, lo que dejó a la corona española en manos de José Bonaparte y el inicio de la Guerra de la Independencia. A consecuencia del movimiento en contra del ejército francés, surgen en 1810 las Cortes de Cádiz, que quedaron en manos de los liberales. En 1812 se estableció la división de poderes entre las cortes, el rey y los tribunales de justicia. Tras varias derrotas francesas y una situación incierta de Napoleón, regresa Fernando VII en diciembre de 1813 y las tropas francesas abandonan España (Albarracín, 2000).

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Tras el retorno de Fernando VII se restaura el absolutismo (1814-1820), que supone un duro revés a los diversos intentos aperturistas. Entre estos años se produce una corriente de liberalismo contra el absolutismo de Fernando VII, que declararía nula las Cortes de Cádiz y repudiaría la Constitución de 1812. Conla Revolución de 1820 se instauró un régimen constitucional que no se consolidó y Fernando VII tomó nuevamente el poder, al mismo tiempo se inició la independencia de las colonia españolas. Los años que van de 1823 a 1833, la “década ominosa”, terminaron con la muerte de Fernando VII, y la regencia de la Reina María Cristina con la que se había casado en 1829. En 1830 se estableció que la sucesión del trono fuera en línea directa e independiente del sexo del hijo que pudiera nacer.

Entre 1833 y 1840 la reina María Cristina asumió la regencia, lo que llevó a una Guerra Civil. Las sustituciones de diferentes gobernantes dieron paso a una etapa en la que surgieron diferentes movimientos progresistas y a la aparición de un nuevo gobierno. La regencia quedó en manos del Partido Liberal, que hizo frente al radicalismo popular. Se creó otra nueva Constitución y en los dos años siguientes, se desarrollaron desamortizaciones, aboliciones del régimen señorial, se difuminó el orden feudal, etc.

En 1840 finalizada la guerra civil, el general Espartero desplazó a María Cristina y se mantuvo hasta 1843. A partir de esta fecha continuos pronunciamientos militares acabarían con los regímenes que se iban formando sucesivamente. En 1844, con la mayoría de edad de la heredera de Fernando VII, Isabel II, comienza el “régimen de los generales”, que se extendería hasta 1868.

La etapa isabelina se inscribe en la etapa de equipamiento industrial, con la generalización del tendido ferroviario, la explotación minera, industria metalúrgica y textil.

En 1868 se produjo una revolución por conseguir el poder político y social. Esta revolución trajo consigo la libertad de enseñanza, tras años de coexistencia de antiguas y nuevas titulaciones, con nuevas dificultades para limitar la práctica diaria de competencias de los distintos tipos de profesionales (Albarracín Teulón, 2000). A este respecto, debemos recordar lo manifestado por José Amador de los Ríos, en 1864, al relatar las transformaciones de Madrid durante el reinado de Isabel II:

“El espíritu innovador se extendió a todo, á las instituciones políticas, como á las religiosas y á las sociales, á las leyes, á las costumbres, al trato, comodidad y fastuo de la vida, á la industria y las artes, á las ciencias y á la literatura, á los campos y á las poblaciones, alterándolo todo, vivificándolo, destruyendo, por el afán de proscribir todo lo antiguo, edificándolo, por el sólo placer de la novedad, sin arredrarse ante los obstáculos, ni prever los inconvenientes, ni obedecer a otras leyes que el irresistible impulso que todos y cada uno sentían en su interior” (sic) (1864, p.442).

En 1869 se constituyeron las primeras Cortes mediante sufragio universal directo. Se proclamó una nueva constitución, se reconocían libertades, pero se protegía a la Monarquía. La situación llevó a la búsqueda por parte de Prim de un rey que inaugurase una nueva dinastía, lo que quedó resuelto con Amadeo I de Saboya, que llegado a España en enero de 1871 abdicó dos años más tarde tras la triple insurrección cubana, carlista y republicana. Días después se proclamó la República.

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Entre 1873 y 1874 se sucedieron varios presidentes. El régimen republicano no logró hacer frente a las dificultades y en enero de 1874 aconteció el golpe de estado del General Pavía. El poder ejecutivo pasó a manos del general Serrano y es el general Martínez Campos quien proclamó rey de España al hijo de Isabel II, Alfonso XII que reinaría hasta 1885 año de su muerte sin nacer ningún heredero. Cánovas apoyó a la reina regente María Cristina y Sagasta es nombrado jefe del gobierno.

En 1895 se inició la guerra que dio lugar a la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, lo que provocó que España quedara reducida a la posición de pequeña potencia, en contraste con las crecientes potencias europeas, con Alemania a la cabeza (Albarracín, 2000).

La Medicina española del siglo XIX

Para entender cómo se dispuso la Medicina en España durante el siglo XIX hay que recordar las dos grandes etapas que siguieron en los saberes médicos en Europa durante dicho siglo.

Las dos grandes etapas de las ciencias médicas en Europa durante el siglo XIX

En el siglo XIX surgieron diferentes tendencias alejadas ya del sistema galénico tradicional procedente de la Antigüedad clásica, para constituirse la patología o ciencia sobre las enfermedades. La patología se convirtió en objeto de curiosidad erudita y dejó de estar bajo las peculiaridades de un autor o una escuela, lo que se había llamado criterio de autoridad, para empezar a basarse en unos supuestos conceptuales y metodológicos admitidos por encima de los desacuerdos de grupos o personas (López Piñero, 1992).

En cuanto a las aportaciones, se intentó dar explicación a las enfermedades como trastornos dinámicos del cuerpo humano ayudándose de las ciencias modernas como la química y la física.

Surgieron varios modelos a mitad del siglo XIX, la Filosofía natural, el Vitalismo y el Empirismo.

La Filosofía Natural basada en una atenta y reflexiva observación de la realidad sensible, consideró al organismo, como una naturaleza en pequeño, teniendo en cuenta la dieta, el agua (hidroterapia), la electricidad y el Mesmerismo (hipnotismo y magnetismo). Esta corriente se centró especialmente en Alemania.

El Vitalismo se desarrolló en diferentes países de Europa al mismo tiempo que se desarrollaba la Filosofía Natural en Alemania. Su predominio se extendió desde 1770 a 1840. Entre sus preceptos, se consideraba la existencia de un principio vital, de naturaleza desconocida. Representante de esta época fue Bichat, del que se adelantaran más datos en líneas siguientes.

El Empirismo coexistió con la Filosofía Natural y el Vitalismo. Su doctrina se basaba en observaciones directas sobre el ser vivo intacto. Observa lo que percibe el ojo.

En la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX (1848-1914) se desarrolló el Positivismo. Fue fundada por Augusto Compte (1789-1857), partiendo de las ideas del Empirismo y de que la fuente del conocimiento es la percepción sensorial. Amplió la validez de esta percepción a la inmediata, y más aún a la que se consigue a través de registros y medidas instrumentales. Se indicó que la ciencia debía centrarse en establecer relaciones causa-efecto, a ser posible cuantitativas, para que se pudieran enunciar leyes científicas.

Así pues, esta primera etapa se caracterizó por el estudio con el “ojo desnudo”, es decir, se relacionaba de forma sistemática dos fenómenos: la observación clínica recogida en los enfermos y las lesiones anatómicas o estructurales de las necropsias. Esto hacía a la patología una ciencia rigurosa en tanto en cuanto llevaba parejo una serie de signos anatomopatológicos. Uno de sus mayores representantes fue Xavier Bichat. (1) De esta época corresponden los fenómenos objetivos y su correlato en la clínica como el caso de la auscultación de tórax, fundamentada por René Théophile Laennec (2), que describió la correspondencia de las lesiones anatómicas pulmonares y cardiacas con los sonidos que se oyen en cada una de ellas. Es en esta etapa cuando el estetoscopio, se convirtió en el instrumento más representativo de la profesión médica y los sonidos auscultatorios, en el modelo metodológico de una amplia serie de signos anatomoclínicos. Esta etapa constituía la “medicina hospitalaria”.

(1) Marie François Xavier Bichat (Thoirette, 14 de noviembre de 1771-París, 22 de julio de 1802). Biólogo, anatomista y fisiólogo francés. A partir de 1880 compaginó su ejercicio como médico en el Hôtel-Dieu de París con la investigación anatómica, siendo su principal obra Anatomie génerale, appliquee à la physiologie et à la médicine. (Laín Entralgo, 1974).

(2) René Théophile Hyacinthe Laënnec (Quimper, Bretaña, 17 de febrero de 1781- Íbidem, 13 de agosto de 1826). Fue nombrado médico jefe del hospital de Necker, inventando el estetoscopio por pudor, para evitar así acercar el oido al pecho de sus enfermas. Tres son las principales contribuciones de Läennec: la invención del estetoscopio, la delimitación de cuadros semiológicos de enfermedades cardiacas y pulmonares, y la descripción de numerosas lesiones anátomo-patológicas. En 1819 apareció su obra en dos tomos, De l´auscultation médiate ou traité de diagnostic des maladies des poumons et du coeur fondé principalement sur ce nouveau moyen d´exploration. En 1826, el año de su muerte, aparecería una segunda edición con el simple título de Traité d´auscultation mediate.( Laín Entralgo, 1974).

La segunda etapa, se caracterizó por querer dar una explicación científica a las enfermedades, es por ello por lo que se desarrolla la “medicina de laboratorio” (López Piñero, 1992), basada en los conocimientos biológicos, químicos y físicos en contraposición a la “medicina hospitalaria” propia del periodo anatomoclínico anterior (Laín Entralgo, 1976). En esta etapa se distinguen tres tendencias. La primera de ellas fue el estudio de la estructura íntima gracias al análisis microscópico de las lesiones y a la interpretación de sus resultados con los recursos de la teoría celular. En 1801 Xavier Bichat propuso los tejidos orgánicos como unidades estructurales. Las lentes microscópicas condujeron a la teoría celular por varios autores, aunque suele aceptarse al alemán Theodor Schwann (3) como descriptor de la unidad elemental de estructura del ser vivo, la célula, en 1839. De igual modo, su compatriota Rudolf Virchow (4) en Die Cellularpathologie en 1858, relata la célula como unidad biológica tanto en los estados de salud como de enfermedad y da inicio a la teoría de la continuidad germinal con la afirmación “toda célula proviene de otra célula”.

(3) Friedrich Theodor Schvann (Neuss, 7 de diciembre de 1810 – Colonia, 11 de enero de 1882). Naturalista, fisiólogo y anatomista prusiano, considerado como uno de los fundadores de la teoría celular, teoría a la que contribuyó la construcción de microscopios de lentes acromáticas. Expuso sus ideas en Mikroskopische Untersuchungen en 1839. Descubrió la estructura celular de las cuerdas dorsales del renacuajo, del tejido embrionario del cerdo y de las hojas germinales del pollo. (López Piñero, 1973; Guerra, 2007).

(4) Rudolf Ludwing Karl Virchow  Schivelbernn, 13 de octubre de 1821 – Berlín, 5 de septiembre de 1902). Acuñó el término Omnis cellula ex cellula (toda célula proviene de otra célula). Explicó los efectos de las enfermedades en los órganos y tejidos del cuerpo, como aparición primaria en las células. Su idea de Omnis cellula ex cellula no era del todo original, puesto que en 1852 Remak concluiría que en los tejidos enfermos las nuevas células provenían de células ya existentes. Su principal testamento científico, fue una serie de 20 artículos hechos en 1858 que posteriormente se recopilarían en forma de libro con el nombre de Die cellularpathologie in ihrer Begründung anf physiologische und pathologische Genebenlehre ( Patología celular basada sobre Histología patológica y fisiología). (López Piñero, 1973).

La segunda tendencia de la “medicina de laboratorio” fue la fisiopatología introduciendo un punto de vista dinámico de la enfermedad, interpretándola como disfunciones o trastornos de las funciones orgánicas. Uno de sus representantes fue François Magendie Su actividad se sitúa en la fisiología, la patología y la farmacología experimental modernas (5). En los cursos en el Collége de France pretendía transmitir la idea de que el ser vivo y los fenómenos que le caracterizan no constituyen un reducto aparte del resto de los fenómenos de la naturaleza que estudian otras disciplinas, como la física o la química. En su discurso, como humanista y científico pretendía devolver a la medicina el prestigio social del que disfrutaban otras ciencias.

(5) Francois Magendie (Burdeos, 1783 – Sannois, 1855). Su aportación fundamental fue la de crear en 1830 el primer laboratorio de fisiología de Francia. El texto que recogía todas estas ideas se publicó en París en 1821 bajo el nombre de Formulaire por la préparation et l´empoloi de nouveaux médicamens. En junio de ese mismo año editó el primer número de su Journal de Physiologie Expérimentale en los cursos en el Collége de France.

Importantes fueron sus trabajos sobre los efectos de la morfina y la estricnina en el sistema nervioso. Descubrió, independientemente de Charles Bell, que las raíces anteriores de la médula correspondían a nervios motores y las posteriores a nervios sensitivos. Magendie es considerado el fundador de la farmacología experimental moderna por considerar que “la acción tóxica o terapéutica de las drogas naturales depende de las sustancias químicas que contienen, y de ser posible obtenerlas en estado puro”. Ofrecerá una fisiología de la biología basada en la hipótesis de que los fenómenos biológicos deben poder interpretarse en términos físico-químicos, en contraposición a Bichat, que entendía que la materia viva se caracterizaba por su capacidad de transgredir las leyes de la física. De ello se derivará un nuevo criterio de demarcación para la biología: la tarea del biólogo- y, por tanto, la del médico- consistirá en hacer que sea cada vez mayor el número de fenómenos biológicos que pasen a ser interpretados en términos exclusivamente físico-químicos.

Las precisiones metodológicas de Magendie incluyen el método experimental como única herramienta válida para la medicina científica que pretende crear. Creerá que las leyes que rigen los fenómenos biológicos sólo pueden encontrarse analizando, recopilando, y observando multitud de experimentos y hechos concretos. Su primera publicación tras la tesis que tuvo lugar en 1809, la dedica a la teoría de las propiedades vitales (6), publicado en el Bulletin des Sciencies médicales de la médicale d´Ëmulation, sociedad ésta a la que pertenecía Bichat como socio fundador. En 1822 y 1827 llegó a reeditar las Recherches physiologiques sur la vie et la mort y el Traité des membranes en géneral et des diverses membranes en particullier de Bichat, añadiendo sus comentarios.

(6) Quelques idées genérales sur les phénomènes particuliers aux corps vivants.

No se puede obviar nombrar a su más conocido discípulo, Claude Bernard (7). En 1865 escribe su obra más famosa, Introducción al estudio de la medicina experimental. Entre sus muchas contribuciones caben destacar el descubrimiento de la función digestiva del páncreas, el de la función glicogénica del hígado, el mecanismo de acción del curare, el óxido de carbono y de los anestésicos (8), el establecimiento de los ero principios generales sobre los que asientan la farmacodinamia moderna y las funciones del sistema nervioso. En este sentido han pasado a la historia de la fisiología sus estudios acerca del carácter único de los nervios sensitivos y motores, la sensibilidad recurrente, la estructura de la médula espinal, la vasomotricidad y las circulaciones locales y el origen medular del simpático. Alrededor de 1860, Bernard introdujo el concepto de hemostasia. Dicho modelo señalaba como cualidad definitoria de los seres vivos la capacidad para mantener las condiciones físico-químicas del medio en el que estaban en contacto.

(7) Claude Bernard (Saint-Julien Ródano, el 12 de julio de 1813 – París, 10 de febrero de 1878). Fue biólogo, teórico, médico y fisiólogo. Entró en contacto con Magendie en 1839 tras obtener una plaza de interino en Paris. Se licenció en 1843. En 1847 fundó la Sociedad Francesa de Biología, obteniendo la Cátedra de Fisiología General de la Facultad de Ciencias de París en 1854. (López Piñero, 1973; Escarpa Sánchez-Garnica, 2004, Escarpa Sánchez-Garnica, 2005).

(8) Leçcons sur les anesthésiques et sur l´asphyxie. Cours de médicine du Collége de France.

Entre sus contribuciones a la terapéutica hay que destacar el tratamiento de la intoxicación por ebamonóxido de carbono mediante ventilación mecánica, las aplicaciones de morfina, los efectos del anhídrido carbónico, la administración intravenosa de suero fisiológico, las técnicas de reanimación pulmonar y oxigenoterapia (9) . Aparte de sus aportaciones, pueden distinguirse dos categorías diferentes dentro de su contribuciones “teóricas” al pensamiento biológico: las relativas a su peculiar modo de contestar la vieja pregunta ¿qué es la vida?, y las puramente epistemológicas (método y fundamentación de la medicina experimental). Es en este sentido en el que puede hablarse de la existencia tanto de una filosofía de la vida como de una epistemología bernardiana (Escarpa Sánchez-Garnica, 2005). Claude Bernard había realizado el sorprendente descubrimiento de que la “materia inerte” y los “cuerpos vivos” no eran la misma cosa.

(9) Ïbidem, 8.

En cuanto a la Medicina, según Bernard la práctica experimental se desarrolla en cuatro momentos. En primer lugar, se produce ante los ojos del científico un hecho que constata de forma precisa. A continuación, surge una idea acerca de la posible causa de dicho fenómeno. Esta idea constituye la hipótesis científica, que sólo tendrá valor en la medida en que pueda contrastarse experimentalmente. Para ello, el científico deduce de dicha hipótesis otras, que son consecuencia lógica, y pasa a diseñar experimentos o a buscar observaciones que las confirmen. Incluso cuando los hechos parezcan confirmar la hipótesis, ésta deberá ser sometida a la contraprueba, que es la herramienta lógica que garantiza al científico la existencia de un auténtico nexo causal entre los fenómenos, y no una mera coincidencia en el tiempo. La epistemología bernardiana se sitúa, de este modo, en un punto equidistante de los cuatro polos que configuran su entorno científico y filosófico: el empirismo de Magendie (y su consiguiente escepticismo), el racionalismo de los científicos románticos (y sus excesivamente especulativas teorías biológicas), el vitalismo de Bichat ( que hacía de los fenómenos vitales el terreno propio de la espontaneidad, inaccesible al conocimiento científico), y el positivismo de Comte ( con su rechazo de las hipótesis). (Escarpa Sánchez-Garnica, 2005).

Otros fisiólogos recurrieron a la física como es el caso de Carl Wunderlich (10) para explicar el proceso de la fiebre. Convirtió las curvas febriles objetivadas con el termómetro en signosfisiopatológico.

(10) Carl R. August Wunderlich (1815-1877). Profesor de Lipzig, publicó en 1868 la obra Das Verhalten der Eigenwärme in Krankheiten ( El comportamiento de la temperatura corporal en las enfermedades), que recogía los resultados de varios años de investigación sobre las modificaciones de la temperatura en las enfermedades. Aparte de exponer los principios físicos de la fiebre, recogía las curvas febriles objetivadas con el termómetro de las distintas enfermedades.

La tercera corriente de la “medicina de laboratorio” tuvo como objetivo la construcción sobre bases experimentales de una etiología o estudio de las causas de las enfermedades. Las primeras causas de enfermedad que lograron explicarse científicamente fueron los venenos, siempre rodeados de supersticiones y oscurantismo, lo que dio lugar a la constitución de la toxicología experimental durante la primera mitad del siglo XIX, gracias principalmente al español Mateo José Buenaventura Orfila (11). Incorporó en su obra la precisión de los métodos químicos de identificación de materiales, tóxicos y el poder establecer por las autopsias el diagnóstico anatomopatológico de las lesiones en cuanto obra de los venenos. Experimentó en perros los efectos del envenenamiento por arsénico bajo diferentes condiciones y señaló la ventaja de identificar los tóxicos en los tejidos del cuerpo y no en las evacuaciones (Loren, 1961; Bertomeu y Nieto Galán, 2006). Sus principales obras fueron el Traité des Poisons y sus Elémens de Chimie.

(11) Mateo José Buenaventura Orfila (Mahón, Baleares, 1787 – París, 1853). Estudiada su obra recientemente (Bertomeu, 2006), se relata alguno de los inconvenientes del aparato de Marsh para la detección de arsénico.

También en esta etapa tuvo lugar la explicación de las enfermedades infectocontagiosas por parte de la microbiología, fundamentadas por la escuela francesa y alemana en sus mayores representantes, Louis Pasteur y Robert Koch, respectivamente. Louis Pasteur (12) se trasladó a París donde estudió Química. Sus primeros estudios versan sobre el concepto de estereoisomería. Ya como profesor y decano en la Universidad de Lille, realizó estudios sobre la descomposición del vino por un proceso de acidificación (13), asoció este hecho a la fermentación láctica e indicó que estaba producida por microorganismos. Demostró el poder bactericida del calor a temperaturas de 50 a 60 grados centígrados, conocido hoy como proceso de pasteurización. También hizo estudios sobre la relación de la actividad óptica con la estructura cristalina y la constitución química de los compuestos orgánicos, que abrió el camino para entender la disposición molecular de los átomos (14). A partir de 1857 Pasteur se dedicó al estudio de la fermentación, e indirectamente, a rebatir la teoría de la generación espontánea, comenzando por la fermentación de la leche por los bacilos lácticos (1858).

(12) Louis Pasteur (Dole, Jura en 1822 – París, 1845). Sus contribuciones a la Medicina y a la Industria fueron de gran transcendencia, pero las más originales fueron las que le proporcionaron menos fama (Dubos, 1950).

(13) Publicados estos estudios en París en 1866 con el título Etudes sur le viními.

(14) Recherches sur la dissymétria moléculaire des produits organiques natu els de sus Leçons de Chimie.

La celebridad culminaría con la preparación de la vacuna contra la rabia del hombre entre el 1881 y 1886. Aisló primero su agente infeccioso de la saliva de un niño con rabia que resultó invisible al microscopio y consiguió transmitir la enfermedad al perro y cultivar el virus en el cerebro del perro y en la médula espinal del conejo; de éste último obtuvo una vacuna que protegía a los perros, cuya actividad fue confirmada en un niño alsaciano mordido por un perro rabioso en julio de 1885 (15). También hizo estudios sobre el cólera aviario y el carbunco donde llegó prácticamente a las mismas conclusiones que su colega alemán, Robert Koch (1843-1910). Su primer descubrimiento fue el Bacillus anthracis, publicando el ciclo completo del carbunco en Die Aetiologie der Milzbrand-Krankheir, begründet auf die Entwicklungsgeschiechte des Bacillus anthracis en 1876. Era la primera vez que se demostraba la causa bacteriana de una enfermedad que afectaba a los animales y al hombre.

(15) Presentó el caso del niño alsaciano en una Comunicación a la Académie des Sciences de París el 26 de octubre de 1885.

En cuanto a sus aportaciones a la cirugía, demostró que el cloruro de mercurio era un antiséptico más potente que el ácido fénico y estableció la superioridad del vapor de agua al calor seco, revolucionando las técnicas quirúrgicas y hospitalarias (16). Posteriormente describió diversos gérmenes que infectaban heridas. Descubrió el Mycobacterium tuberculosis, productor de la tuberculosis, estableciendo que el agente de la tuberculosis tenía que ser aislado en el enfermo, cultivado sin contaminación y la inoculación del cultivo puro en animales capaz de reproducir la enfermedad original (17).

(16) Lo estableció en su libro Ueber Desinfection, 1881.

(17) Die Aetiologie der Tuberculose, 1882.

Al mismo tiempo la cirugía recogió este progreso patológico y clínico. La cirugía ya consistía en procedimientos reglados anatómicamente en cada uno de sus pasos. Sin embargo, las tasas de mortalidad postoperatoria seguían siendo elevadas por no poder superar el dolor, la hemorragia y la infección. La superación de esas tres barreras fue lo que se llamó “revolución quirúrgica”, consecuencia de la “medicina de laboratorio”. Como consecuencia se empiezan a parcelar la cirugía por sistemas y aparatos y así empieza la cirugía ginecológica, traumatológica, otorrinolaringológica y oftalmológica, aunque ejercida por cirujanos generalistas. En España el desarrollo de la Cirugía en estos años está en buena parte ligado a las actividades científicas y educativas desarrolladas por las Reales Academias y los Colegios de Cirugía (Sánchez-Granjel, 1968).

Las ciencias médicas en la España del siglo XIX

En las líneas anteriores se ha expuesto las razones de la división en periodos de la actividad científica en la España decimonónica. Según López Piñero se distinguen tres periodos (López Piñero, 1992).

1) un “periodo de catástrofe”, donde tuvo lugar la guerra de la Independencia y el reinado de Fernando VII (1809-1833), en el que el pensamiento ilustrado se fragmenta, surgiendo dos actitudes contrapuestas: por un lado, los que rechazan la renovación y la apertura al extranjero. Por otro, los partidarios de la europeización dentro del marco de la política francesa post-revolucionaria de Napoleón, los afrancesados, y los que afirmar la independencia política nacional, los liberales. La mayoría de los médicos españoles abrazarían es última opción. La persecución o exilio condujo a un grave déficit de médicos que los gobiernos absolutistas intentaron paliar con la concesión de atribuciones facultativas a titulados de segundo rango. Entre otras titulaciones que coexistían estaban las de cirujano romancista y la de sangrador, siendo los Colegios de Cirugía los encargados de realizar los exámenes. Así encontramos que por la Real Cedula de 1804 los cirujanos latinos debían cursar en el Colegio cinco años de estudio, mientras que los aspirantes a sangradores debían hacer prácticas al menos durante tres años con un cirujano, que emitiría un certificado para que el aspirante pudiera realizar el examen. Así los cirujanos romancistas podían realizar todas las operaciones incluidas las sangrías, aunque no podían recetar medicaciones “internas” en las enfermedades mixtas o internas.

En cuanto al sangrador debía realizar un examen teórico-práctico, presentar el certificado de bautismo, de limpieza de sangre y de haber practicado con un cirujano. En este ejercicio se evaluaba los conocimientos sobre arterias y venas, la sangría y las sanguijuelas, las ventosas, la extracción de dientes y muelas. Posteriormente la Real Orden de 19 de junio de 1815 declararía a los practicantes de los hospitales militares Segundos ayudantes honorarios de cirugía. No será hasta el Reglamento de 16 de junio de 1827, cuando se establezca la edad mínima para ingresar en estos estudios de 15 años, debiendo cursar el aspirante tres años en Real Colegio y realizar otros tres años más de prácticas antes de poder realizar el examen, se crea con esto la figura de facultativos de carrera corta, que no pueden recetar medicación interna, salvo en circunstancias de mucha urgencia, a diferencia de los médicos-cirujanos. La profunda crisis económica del país condujo a la ruina de las facultades y academias de medicina, laboratorios, anfiteatros anatómicos y hospitales (Herrera, 2000).

La mitigación de la represión absolutista en el campo de la medicina suele situarse en 1827, fecha en la que Pedro Castelló, catedrático del Colegio de Cirugía de Madrid, médico de confianza de Fernando VII tras tratarlo de la gota que padecía, consiguió la reposición de los catedráticos madrileños destituidos pero con una reestructuración de la medicina española con características típicamente absolutistas y el cierre de las universidades durante los cursos 1830-1831 y 1831-1832, y la creación de las llamadas “academias de medicina de distrito”. Estas últimas estaban centralizadas por el propio ministro y sus funciones consistían principalmente en el control político de la enseñanza, las publicaciones y el ejercicio profesional.

En este periodo solamente cabe anotar que los catedráticos de los Colegios de Barcelona y Madrid, Antonio de San Germán y José Rives Mayor, respectivamente, iniciaron la incorporación de la anatomía patológica en la los ambientes quirúrgicos. Antonio de San Germán y Tort (18) su obra fue el primer tratado quirúrgico editado en Barcelona y representa la labor renovadora de la cirugía que realizaron los Reales Colegios de Cirugía en la Medicina Española (Álvarez, 1961).

(18) Nacido en Molins de Rey, Barcelona en 1755. Inició sus estudios en la Ciudad Condal, graduándose como cirujano en la categoría superior en 1780 y en 1789, se incorporó como cirujano al Real Cuerpo de Artillería. Obtuvo la Cátedra del Real Colegio de Cirugía en 1795 y por oposición obtuvo la Catedra de Afectos Externos y Operaciones en 1796. Separado por su posición liberal durante la represión absolutista de la Cátedra, en 1824 fue reintegrado a su puesto junto con otros profesores. Murió en Barcelona en 1833.

Como profesor del mismo debe atribuírsele la participación en las Juntas Semanales del claustro. Escribió Tratado de afectos externos y operaciones, en el que recogía las explicaciones dadas durante el curso 1802-1803 (19). Quedó olvidado su tratado por la censura gubernativa del momento hasta que en 1822 se pudo editar (Álvarez Sierra, 1991). Su paso como Primer Cirujano del Primer Ejército, marca su extensa obra sobre muy diferentes aspectos: Las gangrenas del Ejército (1796), Herida por arma de fuego que interesaba el esófago y la tráquea (1798), además de sus textos de cirugía general y urológica: Un nuevo método de curación de la tina (1797), Reforma de la parte operatoria de la cirugía (1801), Labio leporino (1803), Nuevo método de curar ciertas fístulas urinarias (1803), Continuación de la reforma de operaciones e Instrumentos inútiles (1804), Fístula salival (1805), La cirugía vindicada, Ligadura de las arterias en el aneurisma (1819), Cálculo producido en la vejiga urinaria (1821), Método preferible operar la catarata (1821), y La rabia, la tarántula y la víbora (1828).

(19) Escrito en dos volúmenes, mejora la obra de Velasco y Villaverde, Curso teórico práctico de operaciones de cirugía de 1763. Quería publicarla en 1804, pero debido a la censura de la Junta Gubernativa en Madrid, y por problemas políticos posteriores, quedó olvidada hasta que en 1822 la pudo editar (Álvarez Sierra, 1961).

En cuanto a José Rives Mayor (20), fue uno de los renovadores de la enseñanza de la cirugía en nuestro país, iniciada por Pedro Virgili con la fundación del Real Colegio de Cirugía de Cádiz, en 1748, y sobre todo, como uno de los principales introductores de los estudios anatomo-quirúrgicos y el primer español que enseñó de modo constante y sistemático la anatomía patológica, ya que conocía los adelantos que se producían en el extranjero. Fue “otro profesor de los que han sostenido el honor de la cirugía española” (Chinchilla, 1841) y un activo propagador de la importancia de la anatomía patológica. Accedió al Real Colegio de Cirugía de Cádiz, ingresó posteriormente en el ejército y practicó la cirugía. Opositó en el Real Colegio de San Carlos y ganó, en julio de 1789, la plaza de Catedrático de Afectos quirúrgicos y su adjunta de vendajes. Alcanzó el cargo de vicedirector del Real Colegio de San Carlos de Madrid. Tras el trienio liberal (1820-23) al manifestar sus ideas políticas fue apartado de su cargo docente hasta que fue repuesto por la mediación de D. Pedro Castelló y Ginestá (Pérez Albacete, 2002).

(20) Esparraguera, 1758 – Madrid, 1842. Catedrático de la Clínica Quirúrgica y de Operaciones del Real Colegio de San Carlos, de Madrid.

Algo parecido ocurrió en la farmacoterapia. La obra más importante de este periodo fue Elementos de farmacia fundados en los principios de la química moderna (1802), de Francisco Carbonell Bravo, que tuvo seis ediciones en castellano y tres en francés (Gómez Caamaño, 1982; Laín Entralgo, 1974). También el nivel general del saber anatómico descendió de forma muy acusada, no así el de la química aplicada a la medicina, como fue el caso de Francisco Carbonell Bravo (21)de su libro tuvo seis ediciones en castellano y tres en francés (Laín Entralgo, 1974; Gómez Caamaño, 1982). La única obra española de alguna importancia fue el Tratado elemental (1829), de Manuel Hurtado de Mendoza (22). Todavía más pobre fue el panorama de la fisiología, dominado por traducciones y compendios.

(21) Francisco Carbonell Bravo (Barcelona, 5 de octubre de 1768 – 1837). Farmacéutico. Se dedicó básicamente a la botánica y a la farmacia. Designado en 1803 para ocupar la Cátedra de Química por la Real Junta de Comercio de Cataluña, y en 1805 pone en marcha la Escuela de Química de Barcelona. Fue maestro de Orfila a quien le fue concedida una pensión tras su informe favorable para que continuase sus estudios en París durante cuatro años, con el fin de que tras su regreso, se hiciera cargo de una segunda cátedra de Química en Barcelona.

(22) Se desconoce su lugar y fecha de nacimiento. Fundó la revista Décadas médico-quirúrgicas, de las que llegaron a aparecer veinte volúmenes entre los años 1821 y 1828. En su Tratado elemental completo de anatomía (1829-1830), incluyó una exposición de la anatomía descriptiva, los primeros compendios españoles de anatomía topográfica y de anatomía patológica, y una “anatomía general” que incorporó las indagaciones microscópicas precelularistas.

La higiene pública sufrió un colapso similar. 2) una “etapa intermedia”, que coincidió con el reinado de Isabel II (1834-1868), periodo en el que se introdujeron las principales novedades de la ciencia europea de la época. La desaparición de la rígida censura y de las trabas que había impuesto el absolutismo, posibilitó un extraordinario crecimiento de la publicación de revistas y libros médicos, a pesar de la guerra carlista, la adversa economía y la inestable situación política. Empezaron a retornar los médicos liberales exiliados. La polarización ideológica de esta etapa estuvo asociada a la dialéctica entre mentalidades médicas conservadoras y renovadoras.

Los moderados fueron, en general, seguidores del llamado vitalismo hipocratista, y los progresistas, del mecanicismo positivista y experimentalista. Como consecuencia del enriquecimiento del saber médico, se producen los primeros intentos de parcelación en ramas especializadas. Ya en 1836, la reina determina una nueva ordenación de cirujanos, quedando divididos en cirujanos de 1ª (los cirujanos-médicos); cirujanos de 2ª (los conocidos como cirujanos de Colegio), los cirujanos de 3ª (los cirujanos-sangradores) y los cirujanos de 4ª (los de categoría inferior no incluidos en los anteriores). El 1 de septiembre de 1842 se firma un Decreto regulando los estudios de los cirujanos de tercera clase, donde deben haber superado dos cursos en un Instituto o Universidad. En octubre de 1843, Fermín Caballero, firma una normativa donde se separan las enseñanzas sanitarias: las facultades y los colegios. En los Colegios se enseñará según ha apuntado Albarracín Teulón, las materias que otorgan la capacitación para el ejercicio de la cirugía menor, de la obstetricia y de la medicina elemental. Posteriormente aparecería la Real Orden de 29 de junio de 1846, para el ejercicio de la cirugía ministrante, título que debía abarcar los estudios de flebotomía, evacuaciones de sangre, aplicación de apósitos y vendajes, el arte del callista, inyectar sustancias medicamentosas por las vías naturales, y la práctica de seis meses con un cirujano dentista.

En 1851, Rafael Ameller Romero, para fundamentar la enseñanza de estos profesionales publica el Compendio e flebotomía y operaciones propias de la cirugía menor ó ministrante. Se suceden nuevos títulos como el de Facultativo de segunda clase por el plan de Juan Bravo Murillo en 1849. Manuel Seijas Lozano en agosto de 1850 saca otro plan que mantiene la separación de médico-cirujano ministrante. Posteriormente Claudio Moyano en 1857, publica la Ley de Instrucción Pública del 9 de septiembre, donde suprime la enseñanza de la cirugía menor o ministrante, aunque determina los conocimientos que deben tener los aspirantes a practicantes. En 1866, el Ministro Manuel de Orovio, anula el proyecto unificador de titulaciones, Ley Moyano de 1857, reintroduciendo de nuevo el título de facultativo de segunda clase, que se alcanza al terminar con éxito los cuatro años primeros de la carrera de medicina, que es derogado por decreto cinco años después por Ruiz Zorrilla, autorizando una absoluta libertad de enseñanza.

Al mismo tiempo de ejercer médicos-cirujanos, ministrantes, barberos y estudiantes de la Facultad de Medicina como ayudantes a falta de ministrantes (Domínguez Alcón, 1986), se empiezan a conformar la obstetricia, la oftalmología, la urología, otorrinolaringología y las corrientes homeopáticas. En este periodo se manifestó esta polarización con la posición conservadora de El Siglo Médico, principal revista médica española a lo largo de toda la centuria, que se fundó en 1854 al fusionarse la Gaceta Médica (23), que dirigía Nieto Serrano, y el Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia (24) de Méndez Álvaro, que se mantendría hasta 1936. Las “academias de Medicina de distrito”, perdieron funciones de importancia y quedaron reducidas a instituciones de carácter honorífico, sin peso profesional y nula o muy escasa actividad científica. De este periodo son la creación de los “institutos médicos” de los que perdurarían el Instituto Médico Valenciano (25), que fue el lugar de encuentro de la medicina académica, encarnada por los profesores de la Facultad de Medicina de Valencia, con la práctica clínica de los profesionales valencianos y de los farmacéuticos. De él surgiría a finales del siglo XIX, el Colegio de Médicos de Valencia, además de la Academia Médico-Quirúrgica Matritense (26), que se reorganizaría en 1872 bajo el nombre de Academia Médico-Quirúrgica Española. (Veáse figuras 1, 2 y 3 del apéndice iconográfico).

(23) Creada en 1845 bajo la dirección de D. Matías Nieto Serrano y redactada por Alonso Rubio, Avilés, Calvo y Martín, Chavarry, Federico, Fourquet, García Desportes, Pinilla, Manuel Salázar, Patricio Salázar, Santero, Sarrais, Sobrado, Trelles y Ulibarri.

(24) Primer periódico médico nacido en el marco de libertad de prensa que se instaura tras la muerte de Fernando VII. Fundado en junio 1834 por Mariano Delgrás, Ortíz, Traspeña y Codorníu, tuvo como colaborador destacado a Francisco Méndez Álvaro, que llegó a ser su director y propietario.

(25) Fundado en 1841 por Luis Bertrán y Besarte y un grupo de colegas. Se trataba de una institución extraacadémica cuyo principal objetivo inicial era la defensa de los intereses profesionales junto con una vertiente de tipo histórico, consistente en rescatar del olvido las glorias de la medicina española. Casi de inmediato se creó su órgano de expresión, el Boletín del Instituto Médico Valenciano entre 1841 y 1894. Finalizada la vida del Boletín, la actividad de la institución se reflejó en los Anales del Instituto Médico Valenciano, en las Memorias del Instituto Médico Valenciano y en los distintos Discursos.

(26) A partir de la Academia Quirúrgica Matritense instalada en abril de 1845.

La trayectoria de la cirugía fue paralela a la de la medicina clínica. La gran figura quirúrgica de mentalidad anatomoclínica fue Diego Argumosa Obregón (27) que ideó varios métodos operatorios originales, fue un adelantado a la cirugía plástica y vascular y digno introductor de la anestesia general con éter (Vázquez-Quevedo, 1994; Maganto Pavón, 2000). Entre otros profesionales cabe destacar a los profesores de la Facultad de Medicina de Santiago, José González Olivares y el químico Antonio Casares como introductores de la anestesia clorofórmica. La nueva mentalidad “de laboratorio” fue encabezada en el terreno quirúrgico por Antonio Mendoza Rueda, habitual del análisis microscópico de las secreciones (Danon, 1996) y principal promotor de la revista El compilador Médico (1865-1869), primer portavoz de la medicina de laboratorio en el ambiente barcelonés (28). Más joven que este último, Juan Creus Manso (29), catedrático de Granada, introdujo diversos métodos de anestesia y hemostasia. También cobró importancia en esta época la gimnástica médica con la figura de Sebastián Busqué Torró, primer formulador del concepto de rehabilitación (López Piñero, 1992).

(27) Nacido en Santander el 7 de julio de 1792. Fue practicante de la Sección Militar del Hospital de San Rafael. Consiguió la Cátedra de Afectos Externos y Operaciones del Colegio de San Carlos de Madrid. Falleció en su pueblo natal en 1865.

(28) Estudió Medicina y Cirugía en el Colegio de San Carlos de Madrid. Poco después de obtener el título, ingresó en el cuerpo de sanidad militar e hizo las campañas del País Vasco y de Cataluña durante los siete años de la primera guerra carlista. Terminada la contienda, se asentó en Barcelona, ciudad en la que residió el resto de su vida y fue Catedrático de Anatomía Quirúrgica. Todos los aspectos quirúrgicos quedaron reflejados en “Estudios clínicos de cirujía” (1850-1852) (sic).

(29) Guadalajara, 1828 – Granada, 1897. Catedrático en Granada. Se inició como ayudante del profesor Argumosa.

3) Un tercer periodo, comprendido entre la revolución democrática de 1868 y el final de la centuria, donde empezaron algunas líneas de investigación originales y la parcelación en especialidades. El cambio más significativo correspondió a las nuevas ideas evolucionistas entre las que se encontraba el darwinismo, que pasó de ser conocido y defendido privadamente por un número limitado de médicos y naturalistas, a ser expuesto y discutido en público. La afirmación del principio de la completa libertad de enseñanza, cuya expresión normativa fue el decreto de octubre de 1868 firmado por Manuel Ruiz Zorrilla como ministro de Fomento, condujo a la formación de numerosas “escuelas libres” y “escuelas provinciales” de medicina. Además de dichas escuelas, durante los años revolucionarios se fundaron otras instituciones dedicadas al cultivo de los métodos experimentales aplicados a la biomedicina.

Las más notables fueron el “Instituto Biológico”, que Rafael Martínez Molina (30) instaló en su domicilio madrileño para complementar la limitada enseñanza oficial de las ciencias médicas básicas (1868), y “El Laboratorio”, creado en Barcelona por un grupo de estudiantes encabezado por el futuro gran cirujano Salvador Cardenal. Posteriormente se fusionó en 1878 con la “Academia de Ciencias Médicas” local, dando lugar a la “Academia y Laboratorio de Ciencias Médicas de Cataluña” (López Piñero, 1992). En cuanto a la figura del doctor Cardenal, inició la medicina experimental. Colaboró en primer lugar con José de Letamendi. En 1887 obtuvo la Cátedra de Patología en Madrid.

(30) Conocido como el sabio andaluz, nacido en Jaén en 1816 y fallecido en Madrid, 1888. Fue médico, cirujano, antropólogo y anatómico. Comenzó sus estudios de Medicina en Granada para acabarlos en Madrid en 1845. En 1854 fue nombrado catedrático sustituto y tras años más tarde supernumerario de anatomía de la Facultad de Madrid. Fundó en su casa el Instituto Biológico al que acudían miles de alumnos.

Se relacionó con las grandes figuras quirúrgicas del momento. En los años ochenta del siglo XIX viajó varias veces a Inglaterra, donde pudo conocer de primera mano el tema de la infección en cirugía y de cómo prevenirla. Sus conocimientos en este campo y la introducción de las técnicas de antisepsia primero y de asepsia después en España, le supusieron una gran reputación. En 1880 publicó la Guía práctica para la cura de heridas y aplicaciones del método antiséptico. Fue en la Academia de Ciencia Médicas donde pronunció sus lecciones para popularizar el método (Danon, 1996). Según Cardenal, donde había un estado aséptico había que hacer lo necesario para conservarlo y donde hubiera infección debía lucharse contra ella con todos los medios posibles. Habilitó su clínica privada: en la planta baja dispuso de la sala de antisepsia para pequeñas intervenciones, primera intención, ginecología y visitas ambulatorias.

En el primer piso, junto a las habitaciones, se situaba la sala de asepsia. Contaba con una autoclave de Chamberland, una estufa de Poupinel y se impregnaba la atmósfera de todo el centro con vapor acuoso. Contaba además con un Laboratorio bacteriológico y micrográfico. Fue también editor junto con Santiago Ramón y Cajal de la Revista de Medicina y Cirugía (1898-1920). Fue miembro de la Real Academia de Medicina y Cirugía de Barcelona, presidente de la Academia y Laboratorio de Ciencias Médicas de Cataluña, miembro honorario del Real Colegio de Cirujanos de Inglaterra, así como catedrático honorario de la Facultad de Medicina de Barcelona (1922). También fue miembro de número de la Casa provincial de Caridad y de la Real Academia de Medicina y Barcelona (31).

(31) Notas tomadas de José L. Fresquet. Profesor titular. Instituto de Historia de la Ciencia y Documentación (Universidad de Valencia- CSIC). Agosto de 2008.

Sirva de resumen en cuanto a los planes de estudio de la Medicina en España, que en 1846 el Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia distinguía hasta trece clases de profesores médicos, todos ellos con estudios diferentes, así como más de ocho clases de cirujanos (Bol.Med.Cir.Farm,1846, 4:29). Tal disparidad de titulaciones fue fruto de los sucesivos planes de estudio que se fueron modificando.

Las infraestructuras mejoraron pero sin alcanzar el nivel de los países europeos más avanzados. Mejoraron los equipos y medios instrumentales de las facultades de medicina, en especial las de Madrid y Barcelona. En los principales hospitales públicos y clínicas privadas se instalaron laboratorios con técnicas histopatológicas y químicas. Se crearon los primeros laboratorios municipales en Madrid, Valencia y Barcelona. Adquirieron importancia las asociaciones profesionales, la mayor parte de las cuales fueron de medicina clínica, cirugía y sus especialidades. Una institución de singular relieve fue el Instituto de Terapéutica Operatoria, que Federico Rubio (32) ,creó en el Hospital de la Princesa de Madrid en 1880, donde se realizó una gran labor en la formación de graduados (Laín Entralgo, 1978).

(32) Nació en el Puerto de Santa María (Cádiz) el 30 de agosto de 1827. Empezó a estudiar Medicina con 16 años, pese a su falta de vocación. Pronto descubriría el trabajo de disección, haciéndose un gran técnico en anatomía. Al acabar la carrera publicó su primera obra, Manual de Clínica quirúrgica. Su vida de diplomático de España en Londres, le permitió relacionarse con los valores de la medicina inglesa y viajar a Estados Unidos. A su regreso a España consiguió crear en el Hospital de la Princesa de Madrid una Clínica de Terapéutica Operatoria o alta cirugía, que años después se transformó en el Instituto Rubio.

El desarrollo de la morfología fue durante este periodo muy superior al de la fisiología. El evolucionismo de Darwin pesó de forma directa en un nuevo planteamiento de la anatomía humana. El desarrollo de la fisiología fue inferior y más tardío. Hasta los años ochenta, los titulares de las cátedras de fisiología se limitaron a la asimilación libresca de las aportaciones extranjeras asimiladas por Juan Magaz, cuyo manual tuvo varias reediciones, la última correspondiente a 1885.

La patología y la medicina clínica de este periodo asimiló plenamente las tres grandes corrientes de la “medicina de laboratorio” de la época: la centrada en la patología celular, la fisiopatología y la etiología basada en la microbiología A raíz de la histopatología se desarrolla la mentalidad fisiopatológica, como por ejemplo, la llevada a cabo por Ezequiel Martín de Pedro, uno de los primeros médicos españoles que estudió las curvas evolutivas de la temperatura propias de las distintas enfermedades, así como el trazado gráfico de frecuencia del pulso (1868). Sus puntos de vista influyeron en otros facultativos. La nueva microbiología médica empezó a difundirse en España en los años setenta encabezada por Pasteur y Koch. En 1872 Martín de Pedro, Federico Rubio y José Eugenio Olavide publicaron un estudio de los gérmenes existentes en el vapor atmosférico de las salas hospitalarias de la clínica del doctor Martín de Pedro.

El desarrollo de la cirugía fue enteramente paralelo al de la medicina clínica. La anatomía patológica microscópica, los métodos antisépticos y las nuevas técnicas operatorias por ellos posibilitadas fueron tempranamente asimilados por varios cirujanos de la generación anterior a la de Cajal, entre los que destaca Federico Rubio y Galí. A la difusión de la antisepsia, y más tarde, de la asepsia contribuyeron las cuatro ediciones que entre 1880 y 1906 tuvo la monografía de Salvador Cardenal sobre el tema. Federico Rubio introdujo en España durante los años sesenta y setenta, las arriesgadas intervenciones que permitían la revolución quirúrgica algunas de ellas como la ovariotomía y la extirpación del carcinoma mamario, con técnicas propias.

En 1880 practicó su primera ovariotomía, dos años después de que iniciara su serie Thomas Spencer Wells (33) y en 1878, su primera extirpación total de la laringe, cinco años después de la realizada por Theodor Billroth (34) Posteriormente tuvieron relieve José Ribera Sans que ideó procedimientos operatorios originales, sobre todo correspondientes a la cirugía del aparato locomotor, en especial a desarticulaciones, y a la cirugía infantil, en relación a la cirugía de la espina bífida. Alejandro San Martín Satrústegui (35), también aportó a la cirugía de la época con su mentalidad restauradora y funcional y no solamente exerética. Realizó trabajos experimentales que le permitieron convertirse en uno de los fundadores de la moderna cirugía vascular y realizar algunas aportaciones de interés al tratamiento quirúrgico de las neuralgias faciales.

(33) Cirujano de la Reina Victoria de Inglaterra durante los años 1863 a 1896. Fue profesor de Medicina y Presidente del Royal College of Surgeons of England. Se especializó en cirugía obstétrica y oftalmológica. Fue conocido como pionero en la cirugía abdominal y en el perfeccionamiento de la ovariotomía. Fue de los primeros cirujanos ingleses en utilizar la anestesia en sus operaciones.

(34) Theodor Billroth (Prusia 1829 – 1894). Publicó en Zúrich Die allgemeine chirurgische pathologie und therapie en 1863. Realizó la primera esofaguectomía (1871), la primera laringuectomía (1877) y la primera gastrectomía (1881) por un cáncer gástrico.

(35) Nacido en Larrainzar en 1847 y fallecido en Madrid en 1908. Médico y político con el cargo de Ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes con Alfonso XIII. Redactor del Siglo Médico de 1871 a 1872. Se licenció de sus estudios de medicina en Madrid en 1868. En 1871, fue nombrado Catedrático de Terapéutica de la Facultad de Medicina de Cádiz y al año siguiente de Patología Quirúrgica en Madrid. (Matilla, 1987).

Las modernas especialidades médico-quirúrgicas se constituyeron lo mismo que en los demás países, en estrecha relación con la “medicina de laboratorio”, por las razones que ya hemos expuesto.

El nivel de la farmacoterapia fue inferior al de la cirugía, aunque se introdujeron plenamente los planteamientos de la moderna farmacología experimental. Contribuyeron a ello de modo decisivo los compendios de Amalio Gimeno (36) y Vicente Peset Cervera (37), ambos catedráticos en la Facultad de Medicina de Valencia. Por otra parte, se mantuvo una información actualizada acerca de los nuevos medicamentos, a través del periodismo médico y de la edición de libros extranjeros y de obras de síntesis españolas. En esta última tarea sobresalió Federico Gómez de la Mata, médico madrileño en cuya abundante producción escrita figura el libro Estudio terapéutico de los medicamentos modernos (1880).

(36) Amalio Gimeno y Cabaña (Cartagena 1852 – Madrid 1936). Médico, científico y político. Fue ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, de Marina, Gobernación, de Fomento y Estado, durante el periodo de Alfonso XIII. Fue Catedrático de Higiene Privada y Pública en la Universidad Central, pasando por las cátedras de Santiago, Valencia y Madrid. Su obra más importante fue su Tratado elemental de terapéutica (1877).

(37) Valencia (1855- 1945). Médico destacado en alimentación y análisis clínicos. Su obra más importante fue Tratado de terapéutica.

El gran hito de la medicina preventiva basada en la bacteriología fue la aplicación de la vacuna anticolérica de Jaime Ferrán en la epidemia que sufrió Valencia en 1885 (38).

(38) Corbera de Ebro- Tarragona, 1854- Barcelona, 1929. Estudió Medicina en Barcelona donde se licenció en 1873. En 1884 consiguió aislar el vibrión colérico en Marseille y Toulon. Preparó una vacuna anticolérica con gérmenes vivos, administrada por vía subcutánea, utilizada en más de 50.000 personas en 1885 durante la epidemia de Valencia, que publicó en La inoculación preventiva contra el cólera morbo asiático, Valencia (1886). También trabajó sobre la inmunización contra la rabia (1889), la difteria (1891) y el tétanos (1898).

 AÑO: TÍTULO  PROFESIÓN
 1827 Ldo. y Doctor en Medicina y Cirugía Ldo. y Doctor en Medicina Ldo. y Doctor en Cirugía Médica Ldo. y Doctor en Cirugía Cirujano romancista Cirujano sangrador Cirujano de pasantía Partera o Matrona
 1836 Ldo. y Doctor en Medicina y Cirugía Ldo. y Doctor en Medicina Cirujano de primera clase Cirujano de segunda clase Cirujano de tercera clase Cirujano de cuarta clase Partera o Matrona
 1843 Doctor en Ciencias Médicas Práctico en el arte de curar Cirujano de cuarta clase Partera o Matrona
 1845 Ldo. y Doctor en Medicina y Cirugía Cirujano de segunda clase Partera o Matrona. Ministrante (1846)
 1849 Ldo. y Doctor en Medicina (y Cir.) Facultativo de segunda clase Ministrante Partera o Matrona
1857 Ldo. y Doctor en Medicina (y Cir.) Médico cirujano habilitado Partera o Matrona. Practicante (1860)

Tabla 1. Titulaciones sanitarias en España en una parte del siglo XIX. (Modificado del trabajo de Albarracín Teulón La titulación médica en España durante el siglo XIX.

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