Incluido en la revista Ocronos. Vol. IX. N.º 9–Septiembre 2026.
Pág. Inicial: Vol. IX; N.º 9: 253
Autor principal (primer firmante): Maida Alejandra Coraspe Piedra
Fecha recepción: 08/08/2026
Fecha aceptación: 04/09/2026
Ref.: Ocronos. 2026;9(9): 253
Autores:
- Maida Alejandra Coraspe Piedra
- Mónica López Suárez
- María del Carmen Huertas Aguayo
- Erica Morago Fuentes
- Cristina Morago Lausin
- María Elena Morago Fuentes
Categoría: Enfermería, TCAE, Administración, Técnico en documentación y administración sanitaria, telefonista, servicios generales.
Palabras clave: Sistema inmunológico, envejecimiento, cambios, salud, cuerpo humano.
Introducción
La disminución de la producción de células inmunitarias, especialmente de los linfocitos, constituye una de las principales características del envejecimiento del sistema inmunológico. Este fenómeno forma parte de un proceso fisiológico denominado inmunosenescencia, que engloba el conjunto de cambios estructurales y funcionales que experimenta el sistema inmunitario con el paso de los años. La reducción en la producción y eficacia de los linfocitos afecta tanto a la inmunidad innata como a la inmunidad adaptativa, disminuyendo la capacidad del organismo para responder frente a infecciones, vacunas, células tumorales y otros agentes potencialmente dañinos.
Desarrollo
Los linfocitos son un grupo de leucocitos especializados que desempeñan un papel central en la respuesta inmunitaria específica. Se originan a partir de células madre hematopoyéticas localizadas en la médula ósea y posteriormente siguen diferentes vías de maduración. Los linfocitos B completan su desarrollo principalmente en la médula ósea, mientras que los linfocitos T migran hacia el timo, donde adquieren las características necesarias para reconocer antígenos y coordinar la respuesta inmunológica.
Durante la juventud existe un equilibrio constante entre la producción de nuevos linfocitos, su activación frente a microorganismos y la eliminación de aquellas células envejecidas o defectuosas. Este equilibrio garantiza una amplia diversidad de receptores inmunológicos capaces de reconocer millones de antígenos diferentes. Sin embargo, con el envejecimiento este proceso se altera progresivamente debido a modificaciones en diversos órganos y mecanismos reguladores del sistema inmunitario.
Uno de los cambios más importantes ocurre en la médula ósea.
La médula ósea es el principal órgano hematopoyético del organismo y constituye el lugar donde se producen todas las células sanguíneas, incluyendo los precursores de los linfocitos.
Con el envejecimiento disminuye progresivamente la actividad hematopoyética. Parte del tejido hematopoyético funcional es sustituido por tejido adiposo, reduciendo el espacio disponible para la producción de nuevas células inmunitarias.
Además, las células madre hematopoyéticas experimentan alteraciones relacionadas con el envejecimiento celular.
Estas células acumulan daños en el ADN, alteraciones epigenéticas, estrés oxidativo y acortamiento progresivo de los telómeros.
Como consecuencia disminuye su capacidad de autorrenovación y diferenciación hacia nuevos linfocitos funcionales.
Otro órgano fundamental afectado por el envejecimiento es el timo.
El timo es el principal órgano responsable de la maduración de los linfocitos T.
Durante la infancia y la adolescencia presenta un tamaño considerable y una elevada actividad funcional.
Sin embargo, a partir de la pubertad comienza un proceso denominado involución tímica.
Este fenómeno consiste en la sustitución progresiva del tejido tímico funcional por tejido adiposo y fibroso.
Como consecuencia disminuye notablemente la producción de nuevos linfocitos T vírgenes.
Los linfocitos T vírgenes son esenciales porque aún no han tenido contacto con antígenos y poseen una enorme capacidad para responder frente a nuevas infecciones.
La reducción de su producción limita la capacidad del sistema inmunitario para reconocer microorganismos desconocidos.
Al mismo tiempo aumenta la proporción de linfocitos T de memoria, células que permanecen tras infecciones previas y que responden principalmente frente a microorganismos ya conocidos.
Aunque estas células continúan siendo útiles, su predominio reduce la diversidad inmunológica global.
La disminución de los linfocitos T vírgenes representa una de las principales causas del aumento de la susceptibilidad a infecciones observado durante el envejecimiento.
Las infecciones respiratorias, urinarias y cutáneas aparecen con mayor frecuencia y suelen presentar una evolución más prolongada.
Asimismo, disminuye la eficacia frente a virus emergentes y otros microorganismos previamente desconocidos para el organismo.
El envejecimiento también modifica la función de los linfocitos T maduros.
Estas células presentan una menor capacidad para proliferar cuando reconocen un antígeno.
La producción de citocinas reguladoras disminuye y la activación celular resulta menos intensa.
Además, algunos linfocitos desarrollan características de senescencia celular.
Los linfocitos senescentes permanecen vivos, pero muestran una capacidad funcional reducida y producen mayores cantidades de sustancias proinflamatorias.
Esta situación contribuye al estado inflamatorio crónico de bajo grado característico del envejecimiento, conocido como inflammaging.
Los linfocitos B también experimentan importantes modificaciones.
La médula ósea produce un menor número de nuevos linfocitos B durante la edad avanzada.
Como consecuencia disminuye la diversidad del repertorio de anticuerpos que el organismo puede generar.
Cuando una persona mayor entra en contacto con un microorganismo nuevo, la producción de anticuerpos específicos suele ser más lenta y menos eficaz.
Además, los anticuerpos producidos presentan con frecuencia una menor afinidad por los antígenos.
Esto significa que reconocen con menor precisión a los microorganismos y neutralizan peor su capacidad infecciosa.
La disminución de la producción de linfocitos también afecta la eficacia de las vacunas.
Las vacunas estimulan el sistema inmunológico para generar linfocitos de memoria capaces de responder rápidamente frente a futuras infecciones.
En las personas mayores, la menor producción de nuevos linfocitos y la reducción de su capacidad funcional provocan una respuesta vacunal menos intensa.
Por este motivo algunas vacunas destinadas a adultos mayores contienen mayores concentraciones de antígeno o incorporan adyuvantes especiales destinados a potenciar la respuesta inmunológica.
La reducción de linfocitos también influye sobre la vigilancia inmunológica frente al cáncer.
Los linfocitos T citotóxicos y las células NK participan en la identificación y destrucción de células tumorales antes de que puedan desarrollar un cáncer clínicamente detectable.
Con el envejecimiento disminuye tanto el número como la eficacia funcional de estas células.
Como consecuencia aumenta el riesgo de aparición de diversos tipos de cáncer en edades avanzadas.
Otro aspecto importante es la acumulación de infecciones crónicas latentes.
Virus como el citomegalovirus permanecen de forma persistente en el organismo durante toda la vida.
Para mantener controladas estas infecciones, el sistema inmunitario dedica una proporción creciente de linfocitos T específicos.
Esta expansión clonal reduce aún más la diversidad del repertorio inmunológico disponible para responder frente a nuevos patógenos.
El estrés oxidativo constituye otro mecanismo implicado en la disminución de la producción de linfocitos.
Durante el envejecimiento aumenta la producción de radicales libres y disminuye la eficacia de los sistemas antioxidantes.
Estas moléculas reactivas lesionan proteínas, membranas celulares y ADN de las células madre hematopoyéticas y de los propios linfocitos.
El daño acumulado limita la capacidad proliferativa y funcional de estas células.
La inflamación crónica también influye negativamente sobre la producción linfocitaria.
El aumento mantenido de citocinas proinflamatorias modifica el microambiente de la médula ósea y del timo, dificultando la formación de nuevos linfocitos.
Al mismo tiempo favorece la activación persistente del sistema inmunológico, acelerando el agotamiento funcional de numerosas células inmunitarias.
Las alteraciones hormonales propias del envejecimiento también participan en este proceso.
La disminución de la hormona del crecimiento y del factor de crecimiento similar a la insulina tipo 1 reduce la capacidad regenerativa de diversos tejidos, incluyendo los órganos linfoides.
La disminución de estrógenos y testosterona también modifica la regulación inmunológica.
Además, el aumento mantenido del cortisol asociado al estrés crónico inhibe la proliferación de linfocitos y disminuye la respuesta inmunitaria.
La nutrición desempeña un papel muy importante en el mantenimiento de la producción de células inmunitarias.
La desnutrición proteico-calórica limita la síntesis de nuevas proteínas necesarias para la proliferación linfocitaria.
Asimismo, la deficiencia de vitaminas A, C, D, E, ácido fólico, vitamina B12 y minerales como zinc, hierro y selenio puede disminuir significativamente la producción y función de los linfocitos.
La microbiota intestinal también influye sobre el desarrollo del sistema inmunológico.
Las bacterias beneficiosas presentes en el intestino estimulan continuamente la maduración de diversas poblaciones de linfocitos.
Con el envejecimiento aparece una alteración de la microbiota denominada disbiosis.
Esta modificación reduce los estímulos fisiológicos necesarios para mantener una adecuada producción y regulación inmunológica.
La actividad física constituye uno de los principales factores protectores frente al deterioro inmunológico.
El ejercicio moderado favorece la circulación de linfocitos, mejora la función de las células madre hematopoyéticas y disminuye la inflamación sistémica.
Además, mejora la sensibilidad hormonal y reduce los efectos negativos del estrés crónico sobre el sistema inmunitario.
Por el contrario, el sedentarismo favorece la pérdida de masa muscular, aumenta la inflamación y acelera la inmunosenescencia.
El sueño también desempeña un papel fundamental.
Durante el descanso nocturno se producen numerosas citocinas y hormonas implicadas en la regulación inmunológica.
La privación crónica de sueño disminuye la producción de linfocitos y altera la respuesta frente a infecciones y vacunas.
Diversas estrategias permiten preservar parcialmente la producción de linfocitos durante el envejecimiento.
Entre ellas destacan mantener una alimentación equilibrada rica en proteínas de alta calidad, frutas, verduras y antioxidantes; realizar ejercicio físico regularmente; mantener un peso corporal adecuado; dormir suficientes horas; reducir el estrés psicológico; evitar el tabaquismo; limitar el consumo de alcohol y mantener actualizado el calendario de vacunación.
Actualmente también se investigan nuevas terapias dirigidas a retrasar la inmunosenescencia.
Entre ellas destacan estrategias para regenerar parcialmente el timo, modular la microbiota intestinal, utilizar citocinas específicas, desarrollar vacunas adaptadas a personas mayores y emplear tratamientos destinados a eliminar células inmunitarias senescentes.
Aunque muchas de estas investigaciones continúan en desarrollo, representan una prometedora línea de estudio para mejorar la función inmunológica durante el envejecimiento.
Conclusión
En conclusión, la disminución de la producción de linfocitos constituye uno de los cambios más importantes del sistema inmunitario asociado al envejecimiento. La involución del timo, el deterioro de la médula ósea, el envejecimiento de las células madre hematopoyéticas, la inflamación crónica, el estrés oxidativo y las alteraciones hormonales contribuyen a reducir tanto el número como la eficacia funcional de estas células. Como consecuencia aumenta la susceptibilidad frente a infecciones, disminuye la respuesta a las vacunas y se incrementa el riesgo de enfermedades crónicas y neoplasias. Sin embargo, la adopción de hábitos de vida saludables y el avance de nuevas estrategias terapéuticas ofrecen posibilidades para preservar parcialmente la función inmunológica y favorecer un envejecimiento más saludable.
Bibliografía
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