Dermatitis atópica

Incluido en la revista Ocronos. Vol. IX. N.º 4–Abril 2026.

Pág. Inicial: Vol. IX; N.º 4: 522

Autor principal (primer firmante): Alberto Pablo Hernández

Fecha recepción: 01/04/2026

Fecha aceptación: 28/04/2026

Ref.: Ocronos. 2026;9(4): 522

Autores:

  1. Alberto Pablo Hernández.
  2. Ana Vela Joven.
  3. Anallive Cajiao.
  4. Pablo Higueras Rando.
  5. Sol Pérez Sabroso.
  6. Olivia Virgina Granda Aguirre.

Categoría: TCAE.

Palabras clave: dermatitis, atópica, crónica, inflamatoria, enfermedad, piel, brotes, multifactorial, mutaciones, agua, seca.

Introducción

La dermatitis atópica es una enfermedad inflamatoria crónica de la piel que afecta de manera significativa a la población pediátrica, aunque también puede persistir o debutar en la edad adulta. Se caracteriza por un curso recurrente, con brotes de exacerbación y periodos de remisión, y se asocia frecuentemente a otras patologías atópicas como el asma y la rinitis alérgica. Para los profesionales sanitarios, su abordaje requiere una comprensión integral de los mecanismos fisiopatológicos implicados, así como de los factores desencadenantes y moduladores de la enfermedad.

Desde el punto de vista fisiopatológico, la dermatitis atópica se considera una enfermedad multifactorial en la que confluyen alteraciones de la barrera cutánea, disfunción inmunológica y factores ambientales. Uno de los elementos clave en su desarrollo es la alteración de la función de la barrera epidérmica. En condiciones normales, la piel actúa como una barrera física y química que protege frente a agentes externos y evita la pérdida de agua. En pacientes con dermatitis atópica, esta barrera se encuentra comprometida, en parte debido a mutaciones en genes como el de la filagrina, una proteína esencial para la integridad del estrato córneo.

La deficiencia de filagrina conduce a una mayor pérdida transepidérmica de agua y a una piel más seca, lo que facilita la penetración de alérgenos, irritantes y microorganismos. Esta alteración no solo explica la xerosis característica de la enfermedad, sino que también contribuye a la activación del sistema inmunitario cutáneo. La exposición a estos agentes externos desencadena una respuesta inflamatoria mediada principalmente por linfocitos T colaboradores tipo 2 (Th2), que liberan citocinas como la interleucina-4, la interleucina-13 y la interleucina-31, implicadas en la inflamación y el prurito.

Síntomas

El prurito es uno de los síntomas cardinales de la dermatitis atópica y tiene un impacto significativo en la calidad de vida del paciente. Este síntoma desencadena el rascado, que a su vez agrava la lesión cutánea, perpetuando un círculo vicioso conocido como el ciclo prurito-rascado. Las lesiones cutáneas típicas incluyen eritema, edema, vesículas, exudación y, en fases crónicas, liquenificación y engrosamiento de la piel. La distribución de estas lesiones varía según la edad del paciente, siendo más frecuente en cara y superficies extensoras en lactantes, y en pliegues flexores en niños mayores y adultos.

Otro aspecto relevante en la fisiopatología de la dermatitis atópica es la alteración del microbioma cutáneo. En particular, se ha observado una colonización aumentada por Staphylococcus aureus en la piel de estos pacientes. Esta bacteria puede exacerbar la inflamación mediante la producción de toxinas que actúan como superantígenos, amplificando la respuesta inmunitaria. Además, la disminución de la diversidad microbiana contribuye a la inestabilidad del ecosistema cutáneo.

Los factores genéticos desempeñan un papel importante en la susceptibilidad a la dermatitis atópica. La presencia de antecedentes familiares de enfermedades atópicas aumenta significativamente el riesgo de desarrollar la enfermedad. Sin embargo, la expresión clínica está fuertemente influenciada por factores ambientales, como la exposición a alérgenos (ácaros del polvo, pólenes), irritantes (jabones, detergentes), cambios climáticos y estrés emocional. Estos factores pueden actuar como desencadenantes de los brotes o agravar los síntomas existentes.

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Evolución

Desde el punto de vista clínico, la dermatitis atópica presenta una evolución variable. En muchos casos, los síntomas aparecen en los primeros meses de vida y pueden mejorar con la edad, aunque un porcentaje de pacientes continúa presentando manifestaciones en la edad adulta. La enfermedad se asocia frecuentemente a otras condiciones atópicas, formando parte del denominado “marcha atópica”, en la que la dermatitis atópica puede preceder al desarrollo de asma o rinitis alérgica.

Diagnóstico

El diagnóstico de la dermatitis atópica es fundamentalmente clínico y se basa en la combinación de criterios mayores y menores, que incluyen el prurito, la morfología y distribución de las lesiones, el curso crónico y los antecedentes personales o familiares de atopia. No existen pruebas de laboratorio específicas para su diagnóstico, aunque en algunos casos pueden realizarse estudios complementarios para identificar posibles alérgenos implicados.

Tratamiento

El tratamiento de la dermatitis atópica tiene como objetivo principal controlar los síntomas, prevenir los brotes y mejorar la calidad de vida del paciente. Se basa en un enfoque escalonado que incluye medidas generales, tratamiento tópico y, en casos más severos, terapias sistémicas. La hidratación adecuada de la piel mediante emolientes es fundamental para restaurar la función de la barrera cutánea. Los corticosteroides tópicos y los inhibidores de la calcineurina se utilizan para controlar la inflamación durante los brotes. En casos graves, pueden emplearse tratamientos sistémicos como inmunosupresores o terapias biológicas dirigidas.

La educación del paciente y su familia es un componente esencial del manejo de la dermatitis atópica. Es importante proporcionar información sobre la naturaleza crónica de la enfermedad, los factores desencadenantes y la importancia de la adherencia al tratamiento. Asimismo, el apoyo psicológico puede ser necesario en pacientes con afectación significativa de la calidad de vida.

Conclusión

En conclusión, la dermatitis atópica es una enfermedad compleja y multifactorial que resulta de la interacción entre alteraciones de la barrera cutánea, disfunción inmunológica y factores ambientales. Su manifestación clínica se caracteriza por prurito intenso y lesiones cutáneas recurrentes, con un impacto considerable en la vida del paciente. Para los profesionales sanitarios, un conocimiento profundo de su fisiopatología y manejo es esencial para ofrecer una atención integral, individualizada y basada en la evidencia científica.

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Bibliografía

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