Dependencia, salud pública y género: cuidando a las cuidadoras

Introducción

En estos momentos nuestro país está sumido en una serie de transformaciones demográficas y cambios sociales que urgen a nuevos modelos de atención y cuidado. Por un lado, nos encontramos con un progresivo incremento de la población en situación de dependencia y por tanto necesitadora de cuidados. Por otro lado, vemos que tradicionalmente estos cuidados se han venido desempeñando en el seno familiar, siendo las mujeres las encargadas de los mismos, constituyendo lo que ha dado en llamarse el «apoyo informal».

Autores: María Argüelles Sampedro, Miriam Villadangos Fernández, José Antonio Gayol Suárez, Yolanda Zapico Sánchez.

La necesidad de los cuidados

Tal como se menciona en la exposición de motivos de la Ley 39/2006, de 14 de diciembre, de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las personas en situación de dependencia (LAPAD):

es necesario considerar el importante crecimiento de la población de más de 65 años, que se ha duplicado en los últimos 30 años, para pasar de 3,3 millones de personas en 1970 a más de 6,6 millones en 2000 (16,6 por ciento de la población total). A ello hay que añadir el fenómeno demográfico denominado «envejecimiento del envejecimiento», es decir, el aumento del colectivo de población con edad superior a 80 años, que se ha duplicado en sólo veinte años.

Estos cambios demográficos traen como consecuencia directa un incremento notable de las necesidades de cuidados de las personas dependientes, que además de ser más prolongados en el tiempo por la mayor esperanza de vida, también cada vez requieren unos cuidados más complejos.

Tradicionalmente estos cuidados se han venido desempeñando en el seno familiar, siendo las mujeres las encargadas de los mismos, constituyendo lo que ha dado en llamarse el «apoyo informal». Pero los recientes cambios en las estructuras familiares, unidos a la progresiva incorporación de la mujer al mercado de trabajo mercantilista (*) “introducen nuevos factores en esta situación que hacen imprescindible una revisión del sistema tradicional de atención para asegurar una adecuada capacidad de prestación de cuidados a aquellas personas que los necesitan” (LAPAD, 2006).

(*) Trabajo entendido en términos económicos de mercado y que ignora todo el trabajo en el que no media intercambio económico, trabajo en el que se sitúan los cuidados, el afecto, …

En este contexto, en el año 2006 se publica la Ley de Promoción de la autonomía Personal y Atención a las personas en situación de dependencia. Esta ley se configura como una nueva modalidad de protección social que amplía y complementa la acción protectora del Estado y del Sistema de la Seguridad Social. Para ello se fija como objetivo principal que “la atención a las personas en situación de dependencia y la promoción de su autonomía personal deberán orientarse a la consecución de una mejor calidad de vida y autonomía personal, en un marco de efectiva igualdad de oportunidades…”, estableciendo la creación de un sistema de prestaciones (art. 14).

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De estas prestaciones cabe destacar las destinadas a cuidados no profesionales, es decir, “la atención prestada a personas en situación de dependencia en su domicilio, por personas de la familia o de su entorno, no vinculadas a un servicio de atención profesionalizada”. Este tipo de prestaciones aparecen recogidas en el artículo 4 apartado 4 “El beneficiario podrá, excepcionalmente, recibir una prestación económica para ser atendido por cuidadores no profesionales, siempre que se den condiciones de convivencia y habitabilidad de la vivienda y así lo establezca su Programa Individual de Atención”.

Para ello “el cuidador deberá ajustarse a las normas sobre afiliación, alta y cotización a la Seguridad Social que se determinen reglamentariamente”.  Además, y tal y como establece más adelante el artículo 36 de la citada ley será necesario la formación y cualificación profesional de los cuidadores de personas en situación de dependencia, para poder optar a dichas prestaciones, siendo los poderes públicos los encargados de promover las acciones formativas necesarias.

El trabajo de los cuidados es un trabajo complejo que además de tiempo y dedicación exige una alta implicación y desgaste emocional. De hecho hay evidencias contrastadas de que el cuidado de las personas en situación de dependencia supone, para quienes los cuidan, una disminución importante de su tiempo libre y de las actividades de ocio, incluidas las relaciones sociales. Esto afecta negativamente a la vida familiar y a las relaciones de pareja, y genera dificultades tanto profesionales como económicas.

Todo ello supone un gran impacto físico y psicológico sobre las personas cuidadoras, que repercute en la propia salud (*) de éstas. Pues las personas cuidadoras no siempre saben cómo realizar los cuidados de forma correcta o de manera que no supongan un impacto negativo sobre su propia salud.

(*) De acuerdo con la definición acuñada por la Organización Mundial de la Salud (OMS), la salud constituye un estado de completo bienestar físico, metal y social, que no debe identificarse sólo con la ausencia de enfermedades o dolencias.

De este modo, la situación de estrés crónico a la que se ven sometidas las personas cuidadoras las pone en situación de especial vulnerabilidad. Esta situación afecta a su calidad de vida, e incrementa el riesgo de padecer diversos problemas físicos, así como importantes alteraciones emocionales, especialmente problemas de ansiedad y depresión que, con frecuencia, se relacionan con consumo habitual de psicofármacos, en muchos casos sin prescripción profesional.

Así pues, no es de extrañar, que en ocasiones se llegue a denominar a las personas que cuidan de otras en situación de dependencia «víctimas o pacientes ocultos» configurándose estas personas como una población diana a visibilizar y sobre la que es necesario intervenir desde el sistem de salud de atención primaria.

Ahora bien, para desarrollar una intervención efectiva y eficaz en esta área de los cuidados ocultos y no profesionales, se hace necesario identificar las características de las personas que las desarrollan.

Según los últimos estudios de usos del tiempo del Instituto de la Mujer, las mujeres dedican como promedio diario al trabajo doméstico 442 minutos (7 horas y 22 minutos) frente a los 208 minutos de los hombres (3 horas y 28 minutos), destinándose la tercera parte de este tiempo al cuidado.  Ello nos indica que la asimetría en los usos del tiempo y la distancia de género es, pese a medidas legislativas de conciliación e igualdad, bastante elevada.

Desde hace ya varias décadas la igualdad jurídica entre mujeres y hombres es un hecho, encontrándose plenamente reconocida en nuestros ordenamientos jurídicos. No obstante, el peso del patriarcado y de su modelo de contractualismo clásico diferenciador de dos órdenes de valores: masculinos (razón, conocimiento, cultura y universalidad) frente a femeninos (naturaleza, cuidado, particularidad), hace que nuestro proceso de socialización reproduzca, aún hoy, estos dos órdenes de valores. De este modo las tareas del cuidado continúan construyéndose como una obligación moral específica de las mujeres, centrándose en ellas la responsabilidad y dando lugar a la contradicción entre los tiempos productivos -remunerados económicamente- y los reproductivos -no remunerados económicamente y por tanto desprestigiados y devaluados- (Nuño, 2010). Lo que Marcela Lagarde ha denominado como sincretismo de género.

Pero la problemática del cuidado como deber de género va más allá de la manifiesta perpetuación de la desigualdad, de la división sexual del trabajo y de la asunción / reproducción del modelo patriarcal. Como bien apunta Laura Nuño:

el problema adicional es que los contenidos de ese rol de cuidadora no están constituidos únicamente por tareas y actividades concretas (tiempos) sino que se constituye en responsabilidad constante, una actitud que con frecuencia determina su identidad y cuya divergencia puede ocasionar sentimientos de malestar, extrañamiento, culpa o resignada aceptación. 

Esto hace que para la persona cuidadora no profesional y que desempeña su tarea en el ámbito de lo privado (el hogar), sea muy difícil establecer un espacio y un tiempo propio, para su disfrute personal y auto-cuidado.

Ello, aplicado al ámbito de la formación de quienes cuidan de personas dependientes, supone la elaboración de itinerarios en los que además de módulos especializados sobre cuidados (movilización, higiene, alimentación,…) se contemple el trabajo de áreas como: la autoestima, las habilidades sociales, el empoderamiento y la centralidad en el empleo.

En este sentido,  posibles áreas de formación serían:

  • Información sobre prestaciones de la Ley de promoción de la autonomía personal y atención a la dependencia.
  • Aspectos legales relacionados con la dependencia (incapacitación, tutoría, transmisión de bienes, ..)
  • Cuidados generales de la persona dependiente y de quienes las cuidan.
  • Nutrición y salud: alimentación saludable adaptada a patologías concretas.
  • Farmacología: administración de medicamentos.
  • Movilización y traslado de personas dependientes: cambios posturales, prevención de úlceras, ayudas técnicas y adaptación funcional del domicilio, cuidados especializados de las personas encamadas.
  • Higiene y aseo personal: cuidado de la piel.
  • Primeros auxilios
  • Atención socio-sanitaria en el hogar: técnicas básicas de enfermería
  • Cuidados paliativos: cuidados al enfermo crónico y terminal.
  • intervención especializada con personas con demencia.
  • Prevención de riesgos en la atención a personas dependientes.
  • Comunicación y habilidades sociales.
  • Prevención del estrés y control de ansiedad.
  • Cuidados al final de la vida.  Especial referencia al duelo
  • Redes de apoyo entre cuidadores: intercambio de experiencias, dudas y vivencias.

Conclusiones

De acuerdo con todo lo anterior la atención integral de personas cuidadoras de personas dependientes, no puede obviar las connotaciones de género implícitas en los cuidados. En este sentido, su actuación ha de estar presidida, en todo momento, por el principio de mainstreaming.

Bibliografía

Buceta JM, Bueno AM. Psicología y salud: control del estrés y trastornos asociados. Ed. Dykinson. Madrid 1995

Castanyer O. La asertividad, expresión de una sana autoestima. Descleé de Brouwer. 2005

Cancio Alvarez, María Dolores (dir). Estudios interdisciplinares sobre igualdad. Iustel. Madrid 2099

Cano Videl A., Miguel Tobal J.J. “Emociones y salud”.  Ansiedad y Estrés 7 (2-3), 111-121.2001

Consecuencias del cuidado en la vida del cuidador. Sociedad Española de Geriatría y Gerontología.

¿En qué consiste cuidar? Sociedad Española de Geriatría y Gerontología.

Fernández de Troconiz MI, Montorio Cerrato I, Díaz Veiga P. Guía para cuidadores y familiares. IMSERSO 1997.

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Lagarde, Marcela. Mujeres cuidadoras: entre la obligación y la satisfacción. Sare-Emakunde 2003.

Ley de promoción de la autonomía personal y atención a las personas en situación de dependencia.

Libro Blanco de la Dependencia.  

Nuño, Laura. El mito del varón sustentador. Icaria. Barcelona 2010

Rodríguez Martínez, Pilar (ed). Mujeres, trabajos y empleos en tiempos de globalización. Icaria. Barcelona 2008.

Situación y evolución del apoyo informal a los mayores en España, abril 2004. IMSERSO