Postura de los cirujanos españoles ante la llegada de la anestesia y su evolución durante los últimos años del siglo XIX

Resumen

El proceso de introducción de la anestesia en las cirugías se logró sólo en un año. De los anestésicos que existían, cloroformo y éter, hubo a favor y en contra de cada uno de ellos basándose en su propia casuística. El profesor Argumosa, abriría paso con la utilización del éter a posteriores cirujanos para que crearan los primeros estudios de cada uno de estos gases, con las primeras publicaciones en la materia y la asistencia a los primeros congresos.

Autora: González Cogollor, Sonia (Médico especialista en Anestesiología, reanimación y terapéutica del dolor).

Público: Médicos, historiadores de la Medicina.

Palabras clave: Anestesia, éter, cloroformo.

El proceso de la introducción de la anestesia quirúrgica en Europa, duró un año, desde enero de 1847 hasta enero de 1848, pero hubo peculiaridades en cuanto a la aceptación de uno u otro anestésico. En Estados Unidos el cloroformo tuvo muy poca aceptación, siendo el éter el más empleado. En Inglaterra fue siempre más usado el cloroformo y en España, el cloroformo destronó al éter desde los primeros ensayos clínicos hasta pasados 50 años. Casi todo lo expresado en las siguientes líneas hace mención al cloroformo, tomando como fuentes bibliográficas los propios escritos de los cirujanos y sus opiniones al respecto de la anestesia ante esta nueva forma de intervenir a sus pacientes. Los resultados de estas lecturas, nos permiten opinar sobre la buena aceptación que en líneas generales tuvieron, aunque en algunos casos los cambios de actitud fueron debidos a algún fracaso en la práctica quirúrgica. La mayoría adoptaron una lógica y lícita prudencia ante el empleo de los novedosos fármacos, y en algunos casos se pudieron leer actitudes extremas de no aceptación y de optimismo exagerado.

No sólo en nuestro país hubo escepticismo en un inicio, hombres de ciencia como Magendie o Syme, se manifestaron en contra de la anestesia, puesto que creían que no era digno de un médico el convertir insensibles a sus pacientes, que los anestésicos tenían efectos más perjudiciales que el dolor mismo o que era preferible oír los ayes de un hombre fuerte a verle como muerto.

Se entremezclaba la cuestión teológica de que el hombre había venido al mundo para sufrir e intentar evitarlo era tomado como una ofensa divina y la transgresión de esta ley no acabaría más que en desgracias.

publica-TFG-libro-ISBN

La noticia fue primeramente recogida por el periódico de la prensa diaria de Madrid, La Opinión (1), el 14 de enero de 1847, después sería El Espectador (2) el que daría la noticia más amplia de los acontecimientos. La prensa científica recogió estas noticias más tarde el día 24 en Anales de cirugía (3) y el día 28 de enero en La Facultad (4,5) comunicando los primeros ensayos de Diego de Argumosa, catedrático de Clínica Quirúrgica de la Facultad de Medicina de Madrid.

(1) Anónimo. (1847). Experimentos quirúrgicos. La Opinión. Sección Taracea. Madrid, 14 de enero de 1847; 105:2.

(2) Anónimo. (1847). Insensibilidad de los pacientes en las operaciones quirúrgicas producidas por la aspiración de éter. (1847). El Espectador, Madrid, sábado 23 de enero de 1847; 114:3.

(3) Anónimo. (1847). Descubrimiento importantísimo. Anales de Cirugía 1847; 56:445.

(4) Anónimo. (1847). Del dolor en las operaciones quirúrgicas. La Facultad 1847; 40:50-3.

(5) Anónimo. (1847). Del éter sulfúrico para adormecer a los que han de ser operados. La Facultad 1847; 4:60.

Esta noticia aparecida en el periódico La Opinión (6), ya dejaba ver cierta duda sobre los vapores anestésicos así como se había cuestionado ya tiempo atrás el mesmerismo:

“Experimentos quirúrgicos. No sólo el magnetismo, a pesar de las pretensiones de sus partidarios el que aplicándolo a las operaciones quirúrgicas produce un sueño, durante el cual lo sufre el paciente sin dolor alguno; si hemos de dar crédito a los periódicos ingleses. Según los mismos en el Hospital de la University College ha hecho el Dr. Liston dos operaciones peligrosas, sin causar el menor dolor, valiéndose del vapor del éter, medio empleado por el mismo con igual éxito que en algunos puntos de América” (sic).

Rápidamente fueron dadas a conocer las intervenciones realizadas por Argumosa tanto en prensa científica como en la prensa diaria.

Aunque los resultados obtenidos no fueron del todo satisfactorios, los cirujanos animaron a sus compañeros al empleo de los vapores y así a comienzos del mes de marzo de 1847 (7) en una revisión de las acciones del éter, un autor anónimo opinaba de la siguiente manera:

(6) Op. Cit. Nota 1.

(7) Anónimo. (1847). Modo de embotar el dolor en las operaciones quirúrgicas por medio de las inhalaciones de éter. Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia 1847,3ª Serie; 61: 66-8;62:73-75;63:81-4 y 65. 100-2.

“Que la utilidad de este preservador de los dolores es aplicable si no a la mayoría de los casos al menos a gran número de ellos por lo que debe considerarse este descubrimiento como ventajoso a los progresos de la moderna cirugía” (sic).

El profesor Argumosa es el introductor de la anestesia quirúrgica en España, ensayando según el profesor Franco (1978), por primera vez el éter el 13 de enero de 1847. Serían cinco veces más lo que lo usaría a lo largo de dicho mes. Diseñó un aparato propio para la administración del éter (8). En cuanto al uso del cloroformo no fue de los primeros en que lo ensayó en Madrid, ni siquiera fue de los más proclives a utilizarlo. En su Resumen de Cirugía (1856), dice al respecto de los anestésicos:

“En todo tiempo se ha procurado evitar estos accidentes reduciendo previamente la suma sensibilidad, pero sin resultado o con riesgo. Si los narcóticos se intenta, la cantidad necesaria podría comprometer la vida: sin embargo, un prudente uso previo puede servir sin dañar”. (sic).

(8) Anónimo. (1847). Nuevo aparato para la inhalación etérea. Gaceta Médica. Madrid 1847; 83:81.

En otro párrafo sigue:

“A tal punto lleva la sedación de la sensibilidad, que la extingue a veces para no volver. Es preciso ser muy circunspecto en su uso, y por lo mismo no emplearlo sino para operaciones de alguna duración y dolorosas (…) No todos los enfermos pueden soportarlo. Tan violenta es la tos en algunos que tenemos que renunciar a este auxilio; tan intensa en otros la excitación que hasta la catalepsia se manifiesta, y si en todos estos casos es necesidad de suspender el curso, en los últimos lo es además el recurrir sin demora a la operación para que la acción del bisturí y sobre todo de la hemorragia conjuren la tempestad”. (sic).

Antonio Mendoza y Rueda, catedrático de anatomía quirúrgica, operaciones, apósitos y vendajes de la Facultad de Medicina de Barcelona, es otro de los cirujanos que permaneció receloso frente al éter. Después de su primera operación el 16 de febrero de 1847, no lo volvió a utilizar hasta el 11 de julio para amputar el brazo de una niña según estudios de los doctores Hervás y Cahisa (1997 y 1998). Para ese caso se ayudó del dentista Juan Bautista Bergeron que hacía gala de haber administrado el éter en 500 ocasiones (9). En noviembre nuevamente realizaría una amputación de la mano y el dedo meñique de la otra, a un niño, usando un nuevo inhalador diseñado por él. A partir del 26 de noviembre, las investigaciones del profesor Franco (2005) no nos han desvelado ninguna otra intervención llevada a cabo por él con el auxilio del éter o el cloroformo.

(9) Hervás Puyas, Carlos. (1986). La anestesia en Cataluña. Historia y evolución (1847-1901). p. 113-118.

El catedrático de obstetricia y enfermedades de la mujer en la Facultad de Medicina de Santiago de Compostela, José González Olivares (1800-188?), en febrero de 1847 usó el éter en sus operaciones (Franco et al. 1991), y en julio publicó dos trabajos sobre la inhalación etérea (González Olivares, 1847), con la aportación de la más importante estadística presentada hasta ese momento por un cirujano español: 14 observaciones que analiza minuciosamente desde el punto de vista quirúrgico y anestésico. Deja cierto pesimismo sobre el futuro de la anestesia y se cuestiona sobre si los fallos en la eficacia del éter son debidos al aparato empleado:

“Sólo en aquellas (operaciones) que por su poca importancia ya respecto a los tejidos que deben escindirse o de su corta duración, es en las que se consigue que los enfermos las sufran sin sentir. En las demás, la acción sedante del éter me parece poco eficaz. ¿Dependerá de la imperfección del aparato? Me parece que no se tardará mucho en determinar con exactitud, cuáles son los casos en que este medio debe proscribirse o emplearse como un agente poderoso…” (sic).

“España no fue la última en participar en este vértigo en general. En Santiago, quizá fue la primera clínica en la que sujeto al crisol de la experiencia, a la observación de los hechos, primero el éter y después el cloroformo, y no siendo la última en publicar sus observaciones y dar la voz de alto, la invención fue maravillosa, tiene mucho de verdad, pero hay tantos inconvenientes, que apenas nos atrevemos a decir… si es peor el remedio que la enfermedad”. (sic).

Pese a esta actitud pesimista sobre el éter, Olivares lo siguió utilizando y consiguió reunir una estadística de 26 casos (10), así en “Inhalaciones del cloroformo” (1848), el otro artículo del Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia fechado el 25 de diciembre, González Olivares, informó sobre tres casos operados en Santiago bajo anestesia general con cloroformo: una extirpación de cáncer de mama y una amputación de pene realizadas por él mismo y otra emasculación practicada por Vicente Guarnerio, catedrático de anatomía quirúrgica en la mima universidad. González Olivares no ocultó su juicio favorable que había negado al éter:

“Saben ustedes cuál ha sido mi modo de pensar respecto a las inhalaciones del éter. De 26 enfermos que sujeté a su acción, en ninguno conseguí, después de molestarlos muchísimo, lo que he conseguido con el cloroformo”. (López Piñero y Bujosa, 1981).

(10) Anónimo. Operaciones quirúrgicas por el cloroformo. El Heraldo, Madrid 1 de enero de 1848; 1710:3.

Pero la estadística más extensa lograda en el año 1847 fue la de Basilio San Martín con 53 observaciones.

Otro de los cirujanos que utilizó en multitud de ocasiones el cloroformo, y al igual que el profesor Olivares reclamó para sí la primera anestesia en España, fue Juan Ceballos Gómez (11). De él se puede decir que fue el introductor de la anestesia en Cádiz, administró en multitud de ocasiones el cloroformo bajo un método que bautizó bajo el nombre de “cloroformización incompleta”, que consistía en una anestesia que no pasaba del estadio primero.

(11) Nació en Cádiz en 1817 en el seno de una modesta familia. Curso estudios de Medicina. Nombrado catedrático de la Facultad de Medicina de Cádiz desde 1844. También lo sería de Historia Natural y de Medicina Operatoria. Dirigió la revista Ciencia Médicas. Tuvo un papel destacado en la lucha contra la epidemia de cólera de 1854 así como a la atención de los heridos en la Guerra de África de 1859 lo que le valió la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica. Falleció el 4 de diciembre de 1874.

Recogemos aquí sus ideas sobre el cloroformo en este párrafo, recogido de la tesis del doctor Márquez Espinós (12) en el capítulo que hace referencia al doctor Ceballos:

(12) Márquez Espinós, C. (1987). Introducción de la anestesia en España a través de la prensa médica gaditana de la segunda mitad del siglo XIX. Tesis doctoral. Cádiz.

“Sabéis señores que la aplicación del cloroformo no tuvo en su principio sino un objeto práctico derivado del experimento; producir la insensibilidad. Después del hecho se dedujo la doctrina de su modo de obrar, la relación íntima entre los nervios periféricos con los centrales, la independencia del sistema sanguíneo en el efecto inmediato de la anestesia; en una palabra, la Cirugía ha proporcionado un nuevo medido para el estudio de cuestiones importantes de fisiología”. (sic).

Un curioso capítulo en la historia de la introducción de la anestesia quirúrgica fue protagonizado por los cirujanos del Hospital General de Madrid, Manuel Santos Guerra (13) y Bonifacio Blanco Torres (14). El primero se opuso totalmente al empleo de los anestésicos basado en sus argumentos del pensamiento vitalista, y opuestas a estas ideas estaban los datos y razonamientos fundados en la experiencia propia del doctor Blanco Torres.

(13) Pocos datos biográficos se han encontrado de este cirujano. En mayo de 1832 firmaba como licenciado, en 1840 fue uno de los tres candidatos a ocupar la vacante de la subdelegación de la Segunda Sección de la Tercera Demarcación de la Academia de Medicina y Cirugía de Castilla la Nueva y entre su corta producción impresa, sólo se ha constatado la coautoría de un formulario medicoquirúrgico en 1853, junto con los doctores Escalada, Arce y Saez. (Fernández-Torres et al., 2001).

(14) Doctor en Medicina y Cirugía del Claustro de la Universidad Central, Cirujano de número por oposición en el Hospital General de esta Corte y encargado en el mismo de la enseñanza de practicantes, profesor de Clínica Quirúrgica en la Facultad de Medicina de Madrid. Estas eran las menciones que aparecían en la portada de su texto más famoso como libro de referencia para practicantes Instrucción del practicante o resumen de conocimientos útiles para la buena asistencia inmediata de los enfermos; y compendio de las operaciones de cirugía menor, arte del dentista y del callista. (1865).

El doctor Manuel Santos Guerra (1848a), al empezar esta polémica en la prensa científica de Madrid decía:

“Al poco tiempo de ensayarse por primera vez la eterización en Madrid me dijo un joven estudiante (hoy profesor) que asistía con frecuencia a mi visita hospitalaria ¿por qué no ensaya usted el éter cuando haya que practicar alguna operación en el hospital, y tiene usted el gusto de ser el primero que lo haga en el establecimiento? Gracias por el buen deseo de usted, pero me faltan convicciones para considerar la eterización tan sencilla y libre de inconvenientes como la consideración de sus apasionados; creo que un agente que puede suspender algún tiempo la mitad de la vida, también puede extinguir para siempre; en cuyo caso, dado una sola vez, le declararía la guerra abierta”. (sic).

Los dos casos de anestesia etérea que presenció y en uno de ellos que acabó en muerte le llevaron a escribir (Santos Guerra, 1848b):

“Estos dos casos poco o nada recomiendan la eterización; pero el éter murió, no por el justo descrédito en el que le hubiera colocado la experiencia misma, sino porque el cloroformo vino a sepultarle: que quede cubierto eternamente con una losa, y que no conserve la medicina operatoria de sus recuerdos más que los ingeniosos aparatos de aplicación, incluso el de Mr. Charriere, cuyo coste se puede dar por bien perdido a condición de que descanse en paz eternamente”. (sic).

“Al cloroformo no se le puede negar la virtud de oscurecer la sensibilidad de los cortes; previa ondulación sin tregua contundente (permítanse las palabras) y opresiva de la masa general de la sangre sobre las pupilas nerviosas y en particular sobre la cepa sensitiva; con lo que se produce un desbarajuste orgánico-vital eminentemente angustioso, atormentador y hasta convulsivo antes de arrancar la sensibilidad del infeliz que se cloroformiza; de suerte que si la recomendación del cloroformo fuera para curar enfermedades, se podría decir, que el remedio por lo menos era tan malo como la enfermedad misma”. (sic).

El doctor Santos Guerra se enzarzó en una discusión sobre la conveniencia o no de los anestésicos, subida de tono y con descalificaciones, que tuvo que dar por terminada la propia redacción de la revista. Todo empezó por un artículo enviado al Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia que se publicó en su sección de Cirugía con fecha de día 20 de enero de 1850 enviado por el doctor Eusebio Castelo y Serra donde relataba la extirpación de un tumor mamario por el catedrático Melchor Sánchez Tocha y las observaciones por él recogidas. Se valieron del cloroformo para anestesiar a la enferma que como se recoge de forma literal, durante el inicio del sueño anestésico empieza a cantar canciones religiosas:

“…echada de espaldas la enferma con alguna oblicuidad del tronco en términos de presentarse mas elevado el lado izquierdo, se hace la aplicación del cloroformo por medio de una compresa, dispuesta en varios dobles, en cuyo centro se vierte una corta cantidad del líquido expresado, consiguiéndose al poco tiempo la anestesia, que se anuncia por un ligero ronquido al cual sigue la aparición de una sonrisa en el semblante de la operada y que forma un contraste tan extraordinario como sorprendente con su situación. A los pocos instantes se dejan oír de la boca de la enferma los acompasados y dulcísimos acentos que, al parecer, traducen las notas de un cántico religioso, circunstancia que llena de admiración á todos los espectadores”. (sic).

Santos Guerra presentó objecciones a los anestésicos a los largo de su vida haciendo gala del más reaccionario vitalismo. Defendió el dolor del parto, necesario para lubricar el canal del parto, defendió el dolor de las intervenciones afirmando que el suprimirlo era una quimera, debiendo el médico limitarse a alejar del pensamiento del enfermo lo duro y pesado de la operación, haciéndole creer que estas no eran tan cruentas que justificasen el empleo de las inhalaciones de los anestésicos. Llegó a decir sobre el empleo del cloroformo por el catedrático Sánchez Toca (Santos Guerra, 1850a):

“No culpo por lo tanto al Sr. Toca que empleó las inhalaciones con el mejor deseo, así como hacen otros muchos profesores, y aun yo mismo cuando el enfermo las reclama por carecer de valor para sufrir una operación, pero advirtiéndole los riesgo á que se expone; culpo los anestésicos, al cloroformo y al éter, ó por mejor decir, culpo á los señores Jakson y Sympson, que nos vienen ofreciendo la piedra filosofal de la medicina operatoria. ¡Mentira, sino existe graves inconvenientes!… y aun se pedirán estatuas para hombres visionarios!”(sic).

A modo de comparación con el artículo de Castelo Serra respecto a la intervención del escirro mamario llevada a cabo por el profesor Sánchez Toca, Santos Guerra mandó a la redacción del Boletín el artículo “Escirro ulcerado del tamaño de una naranja” donde contaba la intervención de un escirro ulcerado en una mujer de 52 años asistido por el doctor Joaquín Fernández y Álvarez y el licenciado Cayetano de Ocaña y dos practicantes que facilitó este último. Relata la técnica quirúrgica y de curas de las semanas posteriores junto la técnica de apósitos y vendajes y hace gala del no uso de ningún medio anestésico. (Santos Guerra, 1850b). Parece una contestación a la guerra abierta en números anteriores para justificar la misma intervención sin usar el cloroformo.

Eusebio Castelo Serra tras obtener obtuvo en julio de 1857 por oposición una plaza de médico del Hospital de San Juan de Dios de Madrid. Tuvo numerosos puestos en diversas academias alcanzando la presidencia de la Real Academia Nacional de Medicina el 30 de diciembre de 1890. Gozó de gran popularidad como médico y a pesar de ser un médico muy ilustrado su obra escrita fue corta limitándose a intervenciones en el Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia y en El Siglo Médico, donde formó parte de la redacción. Lo más destacado además de los polémicos artículos con dimes y diretes que mantuvo con Santos Guerra, fue su artículo “Sobre el dolor de las enfermedades y principalmente en las operaciones quirúrgicas” publicado en tres partes que ven la luz los días 22 y 29 de diciembre de 1850 y 12 de enero de 1851.

Según Fernández-Torres, Márquez-Espinós y de las Mulas- Béjar (2001), es el primer artículo que se publica en España sobre el dolor tras la aceptación de la anestesia durante las intervenciones quirúrgicas. Se trata de un texto donde el autor huye de los argumentos filosóficos tan frecuentes en los textos médicos de la época intentando dar una visión práctica del tema. El autor hace referencia a lo que él denomina dolor moral, lo cual llama la atención cuando lo predominante de esta época fue el estudio del sistema nervioso como parte integrante de las vías del dolor a través de la fisiología experimental y con la ayuda del microscopio de lentes acromáticas. Castelo rompe con los postulados de la época como el mantenido por Hurtado de Mendoza en su Vocabulario médico-quirúrgico o diccionario de medicina y cirugía (1840) (15), para el cual el dolor en cuanto a impresiones morales sólo se limitaba al lenguaje ordinario.

(15) Hurtado de Mendoza, M. (1840). Vocabulario médico-quirúrgico o diccionario de medicina y cirugía. Madrid:Boix. p. 329.

En la primera entrega del artículo acepta que desde el nacimiento se es capaz de sentir dolor físico, pero no moral, y que esta situación se va invirtiendo con el tiempo, hasta la edad senil en la que el dolor moral se enseñorea del alma. En la segunda entrega del artículo asume que el dolor físico puede causar o modificar enfermedades, da una importancia extrema al dolor moral y le atribuye una papel importante en el origen de la mayoría de las enfermedades. Tampoco duda de otorgar al dolor moral un papel importante en el origen de enfermedades agudas como las hepatitis, gastritis, epilepsia, fiebres, etc. En la tercera parte del artículo en aquellos casos de intervenciones donde se pone remedio para no sentir en el momento que se les va a operar, su dolor moral disminuye, en palabras de Castelo, pero continúa al dudar el paciente de la eficacia de la intervención; el dolor moral terminará o cuando el enfermo se cure o cuando muera (16).

(16) Para saber más puede consultarse el artículo: Controversias en torno al dolor y la anestesia inhalatoria en la España del siglo XIX. Fernández-Torres B, Márquez-Espinós C y de las Mulas-Béjas M. Rev. Ess. Anestesiol.Reanim.2001;48;238-250

Otro de los cirujanos del Hospital General de Madrid que por contra se mantuvo a favor del empleo de los anestésicos, fue Bonifacio Blanco Torres, un ferviente defensor del cloroformo que utilizó en todas las operaciones llevadas a cabo en su clínica. Así se pronunciaba bajo una importante experiencia práctica. (Blanco Torres, 1848):

“Yo convengo que el cloroformo podrá no carecer de inconvenientes y aún, que será capaz de producir los mayores estragos; pero preciso es convenir en que hasta ahora no pasan de ser temores…Pienso, en fin que el cloroformo, manejado con prudencia usándole gradualmente con las precauciones que se han indicado por algunos prácticos y la que sucesivamente vaya dictando la experiencia, llegará a estar ausente de los gigantescos inconvenientes que se le imputan al menos hasta el punto que lo están el subliminado corrosivo, tártaro emético y otros mil que a diario maneja el médico con la mayor buena fe y esperanza a pesar de ser espadas de dos filos, que tienen más acerado aquel con que pueden cortar la vida, que el que sierve para atacar a las enfermedades”. (sic).

Doctor en Medicina y Cirugía del claustro de la Universidad Central, Cirujano de número por oposición en el Hospital General de esta corte y encargado en el mismo de la enseñanza de practicantes, profesor de clínica quirúrgica en la Facultad de Medicina de Madrid. Esta era su presentación en la portada de su texto Instrucción del practicante o resumen de conocimientos útiles para la buena asistencia inmediata de los enfermos; y compendio de las operaciones de cirugía menor, arte del dentista y del callista (1865), texto de referencia en la materia.

Otra de las aportaciones fue la del cirujano madrileño Vicente Aravaca y Torrent. El doctor Aravaca (1849) condenaba el empleo sistemático de los anestésicos en cierto modo apoyando la tesis de Santos Guerra, aunque reconocía el valor de los mismos:

“El uso de los verdaderos anestésicos es para el género humano el descubrimiento tal vez más útil que pueda hacerse en Medicina” (sic).

Ponía una limitación a su empleo a pesar de admitir su utilidad:

“…me ha extrañado no poco el que se haya recomendado el anestésico por uno de sus más filosóficos impugnadores para cuando las operaciones hayan de ser largas y exijan minuciosas disecciones, porque en mi concepto, la inhalación del éter, del cloroformo o de cualquier otro agente por el estilo es peligrosa, debe serlo tanto más, cuanto más duradera sea. Una de dos, o se juzga próximo el peligro que se ve en la anestesia, o remoto; si lo primero, nunca el profesor está autorizado a esponer a su enfermo a una muerte probable por grandes que sean los inconvenientes de que se vea rodeada su práctica; y lo segundo con más razón adormeceremos al enfermo por espacio de segundos que de minutos”. (sic).

Más adelante contradice sus propias palabras:

“No puede desconocerse la utilidad de los anestésicos en las operaciones de cirujía… Debemos ser cautos y precavidos en su uso… mas nunca podrá aconsejarse el abuso; más claro, en operaciones dolorosas de alguna duración o que exijen minuciosas disecciones, en sujetos meticulosos, díscolos o indóciles, deberá darse al operado, no habiendo para ello contraindicación… pero en operaciones insignificantes en cuanto a su duración… indolentes o poco menos en los partos naturales, y según M. Paul Guersant, cuando hay que operar en la boca o vías aéreas, jamás deberá procurarse la anestesia, a menos que circunstancias particulares y apremiantes nos obliguen a ello” (sic).

Otro de los médicos que aportó su opinión al respecto fue Anastasio Chinchilla, Vicedirector Jefe del Cuerpo de Sanidad Militar, que publicó el resumen de su memoria quirúrgica en la Gaceta Médica de Madrid del 30 de julio de 1851, en “Relación sucinta de las intervenciones practicadas en los hospitales militares de Cataluña”. Chinchilla se refiera a una serie de amputaciones, intervenciones traumatológicas y demás operaciones y establece sobre los métodos anestésicos las siguientes conclusiones, después de ocupar la mitad del artículo con lo que él llama “los medios que los hombres del arte se propusieran para conseguir un grande objeto para el adormecer la sensibilidad del enfermo”:

“…Nadie afortunadamente se acuerda del magnetismo. A esto sucedió el éter: en un principio se llegó a creer que era un medio seguro para adormecer la sensibilidad de los operados… Al éter ha sucedido el cloroformo. ¿Cuántos elogios no se le tributaron al principio? Sin embargo el cloroformo ya ha perdido muchísimo: sus ventajas corren a la par que sus inconvenientes. En este hospital Militar se empleó por el profesor D. Antonio Martus en la amputación que practicó con el más brillante resultado…En otra amputación… el enfermo entró en convulsiones… En otros cuatro de los seis amputados, no se creyó prudente la aplicación de tan poderoso remedio… ¡Quiera Dios que en el siglo XIX, tan fecundo en proyectos y tan feliz en descubrimientos, se obtenga un remedio que satisfaga los deseos de tantos médicos beneméritos que trabajan incesantemente por el bien de la humanidad!”.

De lo mencionado se deduce que el doctor Chinchilla dudaba de la eficacia de los anestésicos allá por 1851 y que prefería operar sin anestesia.

También en 1851 el cirujano militar José Antonio Prats Roger presentó una memoria titulada El cloroformo y sus acciones terapéuticas, donde exponía su experiencia de 20 casos clínicos. Respecto al cloroformo se manifestaba así:

“Sería un descubrimiento de tan alta importancia, que afianzaría el cloroformo en el distinguido lugar en el que tan dignamente se le ha colocado. Como desaparecería entonces el pánico terror que impone su administración a algunos operadores, no se encontraría ya Profesor que no tuviese un pomo de cloroformo y otro de oxígeno, aliado de su aparato instrumental”. (sic).

Contraindicaba su uso en niños, en ancianos, enfermedades del pecho, y aneurismas del corazón y grandes vasos. No creía que las corrientes galvánicas y eléctricas tuviesen seguridad como antídoto pero sí pensaba que el oxígeno sí lo fuera.

Respecto a la aplicación de la anestesia era de la opinión de que fuera administrada por un profesor capacitado y con dedicación exclusiva al enfermo.

En 1864, el cirujano León Sánchez Quintanar (1801-1877) con respecto a la anestesia afirmaba según recogía El Siglo Médico:

“Que ofrece inconvenientes la anestesia no puede dudarse, pues tanto los ensayos y uso del éter como del cloroformo presenta respectivamente una estadística mortuoria que ha hecho vacilar cuando menos, si no temblar, a muchos profesionales de mérito reconocido antes de decidirse por su aplicación; que si bien aparecen las defunciones en mayor número producidas por el cloroformo, es debido a que este agente es mucho más eficaz y ejecutivo en su acción y no ha sido administrado como corresponde; lo cual ha dado lugar a serias y acaloradas discusiones y controversias que últimamente han acallado por la fuerza de la razón de los hechos…”. (sic).

Hace un recuerdo de cuando de estudiantes visitaban las aulas y clínicas en la década de los años 20 y 30 cuando no se conocía todavía la anestesia sino como enfermedad, donde ocupaba una casilla en los textos bajo la casilla nosológica de “parálisis de la sensibilidad” (17), sentando como doctrina admitida que las preparaciones de opio más bien eran perjudiciales y que el paciente debía mostrar sensibilidad durante las operaciones. Hace una reseña histórica hasta las publicaciones actuales donde dan a conocer la experiencia presentada por Argumosa.

(17) Como puede verse en el tomo II de los Elementos de patología médico-quirúrgica. Roche y Sanson.

Sánchez Quintanar (18) sigue con la presentación de una serie de situaciones relacionadas con las enfermedades simuladas que se podrían desenmascarar gracias a la ayuda de los anestésicos. Así finaliza su discurso:

(18) Nacido en Mota del Cuervo, cursó sus estudios secundarios en Cuenca y a continuación los de “médico-cirujano” en el Colegio de San Carlos de Madrid. Fue nombrado en 1844 catedrático de anatomía topográfica, patología y clínica quirúrgica, y vendajes en el Colegio de Prácticos del Arte de Curar de Sevilla, y tras una brevísima estancia en Santiago, se trasladó a la Facultad de Valencia como catedrático de patología quirúrgica, puesto en el que permaneció hasta su muerte.. Tenía una mentalidad anatomoclínica pero abierta a los datos y nuevos planteamientos de la microscopía. Entre sus aportaciones más importantes a la cirugía desarrolló un procedimiento a nivel de la articulación de la pierna con colgajos laterales semicirculares, que presentó en 1864 al Primer Congreso Médico Español. (López Piñero,

“Si la cirujía, señores, ha demostrado las ventajas, los inmensos beneficios que pueden obtenerse de la anestesia, a la medicina legal se le presenta la ocasión, que aunque obligatoria y urgente, no es menos honrosa para llenar un vacío que bajo este punto de vista encontramos en la ciencia…”. (sic).

Fueron pocos los cirujanos pioneros que se opusieron desde el inicio al uso de la anestesia, eran sin embargo, los cirujanos sin experiencia propia y con teoría vitalistas los que preferían someter al paciente al dolor de las operaciones antes que aliviar tal trago porque según ellos los anestésicos atentaban contra sus vidas o contradecían la ley divina.

El cirujano militar Cesáreo Fernández Losada (1831-1911), en su libro Resumen de la Lecciones de Cirugía, incluyó un tema de 15 páginas sobre la anestesia quirúrgica (19) donde equiparaba la trascendencia de la invención de la supresión del dolor, con la invención del vapor y de la electricidad. Al igual que el resto de cirujanos, concedía gran importancia a la destreza del uso de los aparatos de anestesia, así como a la mesura de su uso, a las condiciones intrínsecas del anestesiado y a la práctica y destreza del anestesiador.

(19) Medios para impedir el dolor o sea la anestesia. En Tratado de Operaciones Quirúrgicas. Del cirujano Carlos Quijano López-Malo. Valladolid. 1866; Vol I:32-46.

Así a este respecto decía:

“…A pesar de su mayor uso, y yo me daría por muy satisfecho si entre nosotros se imitase lo que en otros países es ya un hecho, destinado en nuestros grandes hospitales profesores exprofeso a este especialísimo cometido”.

También el doctor Fernández Losada era de la opinión de llegar a un estado de narcosis con resolución muscular completa, muy al contrario que muchos de sus colegas que todavía defendían las semianestesias, es decir, estados del paciente durante los cuales pareciese tener una borrachera o sin resolución muscular. Este fue un tema muy debatido por los cirujanos españoles. Así de la opinión a favor de las semianestesias no encontramos a José Eugenio de Olavide. En un artículo publicado en la revista La Clínica en 1863, opinaba así sobre los estados de narcosis:

“La semi-anestesia puede producir la tos, los vómitos y algunos fenómenos congestivos, espasmódicos y convulsivos; pero cuando la cloroformización llega hasta el punto de dar lugar á la insensibilidad completa, no hay límite seguro donde pueda detenerse el médico; y la asfixia, el síncope y la muerte pueden sobrevenir rápidamente y cuando menos se espere.”(sic).

Finalmente terminaba con la conclusión:

“La anestesia completa no es, pues, necesaria ni conveniente para la mayor parte de las operaciones quirúrgicas. Solo es de necesidad en algunas en que se requiere la relajación completa de los músculos. La anestesia incompleta es suficiente para llevar á cabo todas las demás, contando con el poderoso auxilio de la hemorragia, y se halla generalmente exenta de los inconvenientes y peligros que hemos hecho mérito”. (sic).

El cirujano catalán Salvador Cardenal Fernández (1852-1927), el que fuera uno de los transformadores de la cirugía de su época por la introducción de los métodos antisépticos, le preocupó el tema de la anestesia y así en 1874 en el discurso que pronunció ante el Cuerpo de Alumnos Internos de la Facultad de Medicina de Barcelona bajo el título De la anestesia quirúrgica, de los anestésicos y en particular de la cloroformización, se mostraba a favor de la anestesia, pero reservándola para las operaciones más dolorosas y complejas, no anestesiando en las fimosis, extracciones dentales, extirpación de uñas, drenaje de abscesos, etc. También era partidario de la administración de anestesia en el parto. En cuanto a la profundidad de la anestesia era partidario de operar en total estado de narcosis y al igual que otros autores, no se mostraba partidario de los aparatos para la administración del cloroformo, prefiriendo una compresa doblada sobre sí misma. Por sí sólo tiene la suficiente entidad como para dedicarle un capítulo de este trabajo.

En cuanto a Antonio Morales Pérez (1872-1930), catedrático de operaciones, apósitos y vendajes de la facultad de Medicina de Barcelona, dedicó unas lecciones a la anestesia en su Tratado de Operatoria Quirúrgica (1889), donde alababa la anestesia de esta manera:

“En nuestros días, gracias á la perfección á que ha llegado la anestesia, se practica ésta, en la mayoría de los individuos, sin grave riesgo de la vida del operado, economizándole á éste terribles dolores que muchas veces agotarían la resistencia del enfermo más fuerte y más pasivo”. (sic).

Al igual que el profesor Cardenal, contraindicaba la anestesia en las operaciones de extracciones dentarias, abscesos, papilomas pediculados, arrancamientos de uñas, etc., en las que era de la opinión que era una temeridad aplicar los anestésicos a estas situaciones. Para él la contraindicación más importante era las operaciones en la región facial y en la boca por el riesgo de aspiración de sangre, pus, detritus, etc., provocándose la muerte por asfixia en pocos segundos.

Finalmente hablaba de la prudencia y se anticipa a lo que vendría a ser la la anestesia loco-regional:

“… hay circunstancias individuales, las cuales pueden pasar desapercibidas para el cirujano por más cuidado con que se investiguen, é influir de una manera fatal en el éxito de la cloroformización. No hay que perder la vista, que el cloroformo mata por síncope y de una manera casi repentina…Creemos que la prudencia-bien entendida- debe resaltar en el cirujano al practicar la anestesia, especialmente si emplea el cloroformo. No es esta una sustancia que esté por completa exenta de peligros y que se pueda emplear sin tomar todas cuantas precauciones sean posibles. Lo peligroso de la anestesia general es lo que ha impulsado á los cirujanos á buscar medios, con el objeto de insensibilizar una parte tan sólo de la economía, sin exponer la totalidad de ésta á los peligros inherentes á las inhalaciones clorofórmicas. Este ha sido el bello ideal de la Cirugía, y á conseguirlo se han dirigido multitud de investigaciones en nuestro tiempo”. (sic).

En 1882 el Dr. Juan Aguilar Lara en su libro de texto Lister y Guerin. La nueva cirugía antiséptica, donde difundía en España esta decisiva novedad junto a las primeras ediciones del compendio de Cardenal y dedicaba un estudio detallado a los anestésicos conocidos: éter, cloroformo y amileno y los distintos periodos de la anestesia, concluyendo que el momento propicio para la realización de la operación sería el estadio de sueño profundo con insensibilidad absoluta. Como norma de aplicación del cloroformo aplicaba la compresa empapada o el aparato de Esmarch. Finalizaba el capítulo con la idea de que el protóxido de ázoe desplazaría el cloroformo de la práctica quirúrgica, bajo el título El protóxido de azoe en cirujía (1982) (sic).

Vicente Peset Cervera (20) (1855-1945) catedrático de materia médica y arte de recetar en la Facultad de Medicina de Valencia, iniciaba su texto en 1894 con las siguientes palabras: “suprimir el dolor en las operaciones quirúrgicas ha sido el afán de todos los tiempos”. (Peset Cervera, 1894).

(20) Nació en Valencia. Hijo del clínico e higienista Juan Bautista Peset Vidal, no sólo estudió medicina, sino ciencias físico-químicas, interesándose por la aplicación de la medicina de la química y otras disciplinas científicas. Esto explica que la gran parte de su obra estuviera dedicada a la farmacología, la terapéutica física y la toxicología. Cultivó también la microbiología y la salud pública, aunque las publicaciones primeras fueron en el campo de la fisiología. En 1877 tradujo las publicaciones más recientes de Claude Bernard sobre la función glucogénica del hígado, también revisó las teorías acerca de la fermentación y dos años más tarde fue premiado por el Instituto Médico Valenciano por su libro La fermentación en fisiología y patología (1880). Según las orientaciones vigentes concebía la investigación experimental en animales como el principal método de la fisiología. (López Piñero, 2009).

En su texto hacía una definición de los agentes anestésicos, de los mecanismos de acción, una clasificación de los periodos anestésicos, de las indicaciones y contraindicaciones y estudiaba el problema de los accidentes anestésicos para lo cual resolvía suspendiendo las inhalaciones, elevando el mentón para atraer la lengua hacia afuera, y avisaba de operar sólo bajo las anestesias completas para evitar el espasmo reflejo de los vasos encefálicos. Se posicionaba a favor también de la anestesia en el parto y hacía uso de las anestesias mixtas, en especial la combinación cloroformo-morfina. Mencionaba también los anestesímetros en especial el de Dubois de Lion para administrar cloroformo. Como grandes contraindicaciones encontraba el alcoholismo, las cardiopatías y las afecciones vasculares graves.

Antonio Coca y Cirera (1817-1872), catedrático de clínica médica de la universidad de Barcelona, en su Tratado de Terapéutica General (1873) exponía los periodos de la anestesia y explicaba la prudencia de dar los vapores, intercalando periodos de inhalación con periodos de retirada del pañuelo o compresa clorofórmica para que la inhalación se renovase, así hasta que la sensibilidad se recobrase, momento en que se hacía inhalar otra vez, el cloroformo a través de la compresa o pañuelo. Hablaba también del síncope y de las complicaciones graves más frecuentes: la asfixia, sideración nerviosa y la tos fuerte, y daba la recomendación para evitarlo de poner la cabeza más baja, dar aspersiones de agua, amoniaco, cloro, inspiraciones de éter e incluso recurrir a la sangría.

Era partidario de administrar la anestesia inclusive a niños y ancianos y durante el parto pero con la debida prudencia.

José Alonso Rodríguez, publicó dos textos sobre anestesia: Compendio de Terapéutica General y Materia Médica (1871), e introdujo anotaciones sobre este tema en el libro Manual de Terapéutica Farmacológica (1878) del Dr. Paulier. Encontramos en su libro estas opiniones respectos a los anestésicos en uso:

“…se usa casi por todos los profesores el cloroformo por su sabor y olor más agradable, por ser más fácil comprobar su pureza, por no ser tan volátil y conservarse más tiempo, porque se necesita menos cantidad para producir los efectos anestésicos, y obra con más rapidez que el éter, porque la impresión local del cloroformo se tolera mejor que la del éter, y finalmente porque puede administrarse de un modo más sencillo, y esta es la razón que más ha contribuido á abandonar el éter…”. (sic).

Respecto a la administración del cloroformo se bastaba con esponjas cóncavas, de un pañuelo o una compresa doblada, siendo partidario de la administración lenta y administrada por algún profesor entrenado. Respecto a la administración en obstetricia, se reserva el uso sólo en aquellos casos de grandes dolores, también para las cesáreas y otras operaciones cruentas, en los casos de aplicación de fórceps y de aplicación del cefalotribo, no lo recomendaba por temor a pellizcar o desgarrar estructuras anatómicas.

En cuanto a las indicaciones en general de la anestesia, no las recomendaba en las intervenciones de corta duración o menos cruentas, como también en las de vías aéreas altas, boca, nariz, etc., por el peligro de aspiración de sangre y secreciones.

Amalio Gimeno Cabañas (21) (1850-1936), catedrático en la Universidad de Valencia, publicó Tratado Elemental de Terapéutica, Materia Médica y Arte de Recetar (1877-1881), incluyendo varios capítulos sobre anestesia y anestésicos, en concreto cuatro. (Fresquet Febrer, 2010). Hacía un repaso histórico del descubrimiento de la anestesia, estudiaba sus periodos y respecto al periodo quirúrgico, era partidario, al igual que la inmensa mayoría de empezar la cirugía cuando se alcanzaba un estado lo suficientemente profundo de narcosis. Era también partidario de extremar las precauciones en la aplicación de la anestesia en patologías cardiovasculares y pulmonares, y al igual que el resto de sus colegas. Una vez establecido la asfixia o el síncope subsanarlo por medio de fricciones y flagelaciones, titilaciones de la úvula, golpes rítmicos y suaves sobre el tórax, extracción de la lengua con unas pinzas y la insuflación de aire en la tráquea. Gimeno consideraba el cloroformo como el anestésico más peligroso, por lo que debía limitarse a determinadas intervenciones quirúrgicas. Menos problemas presentaba el éter sulfúrico, pero el mejor para él era el protóxido de nitrógeno.

(21) Nació en Cartagena pero desde niño se trasladó a Valencia donde cursó sus estudios, aunque por motivos políticos tuvo que terminarlos en Madrid. Recién licenciado (1872-73), fue médico titular de Puçol, donde tuvo que combatir el paludismo. Se doctoró en Madrid en 1876 con la tesis Procedimientos de exploración para el diagnóstico. Irrumpió su vida en la facultad para dedicarse a la política como personalidad destaca del liberalismo encabezado por Canalejas. Desde 1906 hasta 1919 ocupó distintos ministerios. La parte farmacológica de la obra de Gimeno fue la principal de sus años de catedrático de terapéutica de Valencia.

Respecto a la forma de administrar el cloroformo sí convenía en la necesidad de alguien dedicado en exclusiva a este cometido y al examen del enfermo, y en especial a la atención de su pulso. En cuanto a la forma de administrarlo, si interrumpirlo una vez llegado al segundo periodo de narcosis, especialmente si eran intervenciones cortas, o administrarlo de forma ininterrumpida pero de forma lenta, se limitaba a mencionar la experiencia de otros colegas, pero sin dar su opinión propia. En cuando a la anestesia en los partos no la rechazaba pero era partidario de las semianestesias, sin llegar al periodo quirúrgico.

En 1886 publicó en La Crónica Médica un discurso en la apertura del año académico 1886-87 titulado “El dolor”. Exponía en él una rigurosa aplicación fisiopatológica, partiendo de que el dolor es un trastorno de la sensibilidad directamente relacionado con el desarrollo del sistema nervioso y de la potencia cerebral. Se basaba en los experimentos de Brown-Séquard que seccionaba la médula de los perros, en los síntomas de los enfermos que sufrían procesos tróficos de destrucción medular progresiva y en los efectos del cerebro con la inhalación del protóxido de ázoe y cloroformo. Destacaba que el mecanismo fisiopatológico era el mismo en el mismo en las múltiples causas que lo producían y en las diversas vías de llegada al cerebro. (López Piñero, 2009).

Destaca siguiendo la tradición quirúrgica iniciada por Diego de Argumosa, el manchego Juan Creus Manso (22) (1828-1897). Formó una nutrida escuela, en la que destacaron el cirujano José Ribera Sans. Perteneció a lo que ha llamado López Piñero (2009), generaciones “intermedias” que elevaron el nivel de la medicina española mediante la asimilación sistemática de las novedades, posibilitando con ello la notable recuperación de finales del siglo XIX.

(22) Nació en Guadalajara. Estudió medicina en la Facultad de Madrid donde se licenció en 1851, y se doctoró el año siguiente. En 1854 ganó por oposición una cátedra de cirugía en la Facultad de Medicina de Granada. En 1877 pidió traslado a Madrid donde llegó a ser rector. Creus encabezó la introducción en España de la llamada “ revolución quirúrgica”. Introdujo diversos métodos hemostáticos como la acupresión (1866) y el termocauterio (1877) y fue uno de los difusores de la antisepsia. Fue uno de los primeros cirujanos españoles en recurrir a la histopatología junto con la colaboración de Aureliano Maestre de San Juan y de su discípulo Manuel Tapia Serrano. Creus cultivó especialmente la cirugía osteoarticular, la oncología y la del aparato digestivo, aportando numerosas técnicas de talle. Publicó más de un centenar de libros y artículos, todos los cuales fueron catalogados y analizados en el libro de José Tomás Montserrat, La obra médico-quirúrgica de Juan Creus y Manso (1967), Volumen VI. Cuadernos Valencianos de Historia de la Medicina y de la Ciencia.

Sus operaciones en aneurismas le condujeron a preocuparse de los peligros de la anestesia. En consecuencia, realizó un estudio sobre el síncope clorofórmico, que expuso en su “Discurso sobre un caso de aneurisma de la carótida primitiva” (1879), en la que no ocultó los inconvenientes de la anestesia general en su “Comunicación sobre tres casos de aneurismas arteriales tratados por ligadura de tripa fenicada” (1880), donde comenzó diciendo:

“Se buscan anestésicos que no sean peligrosos, pero esto debe ser difícil, porque si han de ser activos los medios es preciso correr algún peligro. El de muerte durante la anestesia clorofórmica no es un accidente ocasionado sólo por tal procedimiento. Deben recordarse los casos antiguos de enfermos que se morían del susto o de colapso por el dolor durante la operación”.

Denunció los efectos perniciosos de la cocaína, aunque solo se empleara como anestésico local, incluso en el prólogo que redactó para el Tratado de operatoria quirúrgica (1881) de Antonio Morales Pérez.

El catedrático de clínica quirúrgica de la Universidad de Madrid, José Ribera y Sans (1852-1912), publicó en 1895 su texto Clínica Quirúrgica General donde incluía un capítulo sobre anestesia quirúrgica. Discípulo de Juan Creus en Granada y en Madrid, partidario siempre del cloroformo, se expresaba así en su libro:

“…el cloroformo, como todos los anestésicos, tiene grandes peligros, unos leves, pasajeros, y otros tan graves que pueden ser mortales…”

Se adelantaba en unas línea siguientes a la idiosincrasia individual respecto a las dosis necesarias de cloroformo y a la profundidad que se alcanzaba con la misma dosis en distintos sujetos; así distingue que es sumamente difícil dormir con anestesia clorofórmica a un alcohólico y muy fácil en las mujeres nerviosas.

Insiste en el empleo del cloroformo puro, ya que algunos de los accidentes se debieron a impurezas de éste, y en la necesidad de la constante vigilancia del enfermo. En cuanto a las medidas de recuperación del enfermo describe las mismas que otros profesores, al igual que sus contraindicaciones y precauciones en su uso.

En cuanto al Dr. Narciso Carbó Aloy (1826-1890), catedrático de terapéutica en Barcelona, era bastante reacio en cuestión del uso de la anestesia general y alababa la anestesia local en estas palabras.

“Hoy día es tanto el abuso que se ha hecho del cloroformo que hasta para sondar, para dilatar fístulas de ano y otras operaciones sencillísimas se ha empleado. Ha habido veces, que grandes y sabios operadores han usado el cloroformo con todas las precauciones debidas y sin embargo se han muerto los enfermos anestesiados. Así que hoy días todos los más sabios operadores se dedica a producir anestesia local, pero hasta ahora no tenemos más que el ácido carbónico y el frío, aun con grandes inconvenientes y lo que se desea es encontrar uno que sopla todas las faltas de los demás”. (sic).

Federico Rubio y Galí (1837-1902) figura importante para la cirugía española y con amplia formación en el extranjero, en 1886 en un artículo publicado en la Revista de Ciencias Médicas volvía a insistir en la importancia que en el extranjero daban a la figura del profesor formado en anestesia con atención exclusiva al enfermo y la necesidad en España de la misma figura.

En cuanto al dolor tenía otras opiniones respecto al síncope y así se expresaba en un artículo en la Crónica Médica en 1865:

“La mayor parte de los síncopes que acometen á los operados son por impresión. Estos no ofrecen peligro, y lejos de alarmarnos, como veo que sucede, y suspender la operación para socorrer el accidente, debemos aprovecharlo, para hacer entre tanto los cortes más dolorosos, á fin de que cuando vuelva en sí el enfermo, se encuentre ya con todo al concluir” (sic).

El doctor Álvaro Esquerdo Esquerdo (1853-1921), en un comentario en la Revista de Clínica Médica en 1882, opinaba así de la anestesia clorofórmica:

“…La cloroformización puede ser continua, pero es preferible y menos expuesto á accidentes el hacerla desde un principio intermitente y en pequeñas cantidades. De este modo, si bien no se obtiene una anestesia rápida, no son de temer los accidentes, porque se tantea la susceptibilidad y resistencia del individuo…. Si reaparece la sensibilidad, normalmente apreciable por la reaparición de la movilidad refleja del párpado, será necesario administrar de nuevo cloroformo” (sic).

Creemos pues que de las anteriores líneas queda patente las opiniones vertidas por los cirujanos de las segunda mitad del siglo XIX respecto a la anestesia, confirmándose así el temor existente por la anestesia en sí, por la inseguridad que creaba, el rechazo en mucho de los cirujanos, siendo a un paso del siglo XX todavía una práctica habitual las intervenciones quirúrgicas sin ninguna anestesia o parcialmente anestesiado.

Bibliografía

1. Alonso Rodríguez, J. (1871). Compendio de terapéutica general y materia médica. Medicación anestésica. Madrid. Moya y Plaza Ed. p. 170-182.

2. Aravaca Torrente, V. (1849). Uso de los agentes anestésicos en las operaciones de cirugía. Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia 1849; 4:282-3;291-2;299 y 307-8.

3. Blanco Torres, B. (1848). Defensa del uso del cloroformo, contestación a las reflexiones que sobre él hizo el señor D. Manuel Santos Guerra. Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia 1848; 125; 166-8.

4. Castelo y Serra. (1850). Escirro de la mama izquierda, no circunscrito. Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia 3ª serie, 20 de enero de 1850. Número 212; 20-21.

5. Coca Cirera, A. (1868). Tratado de terapéutica general. Imp. Diario de Barcelona. Barcelona.

6. Chinchilla, A. (1851). Relación sucinta de las operaciones quirúrgicas practicadas en los hospitales militares de Cataluña. Discurso inaugural leído por el Dr. D. Anastasio Chinchilla, Vicedirector jefe del cuerpo de Sanidad militar en el distrito de Cataluña. Gaceta Médica. Año VII. Número 237. 30 de Julio de 1851. (sic).

7. Esquerdo Esquerdo, A. (1882). Revista de conocimientos quirúrgicos: peligros de la anestesia por el cloroformo. Rev Clin Med 1882; 1:94-6.

8. Fernández-Torres B, Márquez-Espinós C, de las Mulas-Béjar M. (2001). Rev Esp Anestesiol Reanim 2001; 48:235-243.

9. Franco Grande A, Ginesta Galán V, Maside Medina J. (1978). Primeros aparatos para la anestesia etérea. Rev Esp Anestesiol Reanim 1978; 25: 445-62.

10. Franco Grande A, Baños Rodríguez G, Carregal A, Carceller J. (1991). Historia de la introducción de la anestesia etérea en España. Una nueva contribución a su estudio. Rev Esp Anestesiol Reanim 1991; 38: 102-8.

11. Franco A, Carregal A, Vázquez L, Bóveda S, Cortés J. (1992). Sobre los primeros autoexperimentos con éter realizados por médicos españoles en el año 1847. Rev Esp Anestesiol Reanim 1992; 39:61-2.

12. Franco Grande A, Álvarez Escudero J, Cortés Laíño J. (2005). Historia de la Anestesia en España (1847-1940). Editorial Arán. Madríd. p. 153.

13. Fresquet Febrer, J. L. (2010). La obra farmacológica de Amalio Gimeno y Cabañas (1850-1936). Memoria del Instituto Médico Valenciano 1979-2009 del proyecto de investigación HAR2008-04023. p.159, 174-175.

14. González Olivares. (1847). La eterización en España. Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacía 1847; 81: 235-7;243-4.

15. González Olivares. (1847). Inhalaciones del cloroformo. Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia 1848. 3ª serie:3; 6.

16. Hervás Puyal, C. (1986). La anestesia en Cataluña. Historia y evolución (1847-1901). Barcelona. p. 29-33.

17. Hervás C, Cahisa M. (1997). En el CL aniversario dela introducción de la anestesia en España: el papel de los dentistas. Rev Esp Anest Reanim, 1997; 44: 16-22.

18. Hervás C, Cahisa M. (1998). La llegada de la anestesia a Barcelona en 1947: historia de un año crucial. Act Anest Reanim (Madrid), 1998; 8 (nº2):55-62.

19. Hervás C, Cahisa M. (2001). Primeres dades bibliogràfiques sobre la utilització de l’anestèsia quirúrgica a terres de Lleida (Cervera, 1848). Gimbernat 2001, 35, p. 63.

20. López Piñero, J. M. y Bujosa F. (1981). Clásicos españoles de la anestesiología. Cátedra e Instituto de Historia de la Medicina. Valencia.

21. López Piñero, J. M. (2009). Siglo XIX. En: Historia de la Medicina Española. Edición Ajuntament de Valencia. p. 578.

22. Márquez C, Gutiérrez J y Sebastianes C. (1992). Algunas contribuciones españolas a la anestesiología de finales del siglo XIX. Rev Esp Anestesiol Reanim 1992; 39:301-305.

23. Matilla Gómez, V. (1987). 202 Biografías Académicas. Real Academia Nacional de Medicina. Madrid.

24. Morales Pérez, A. (1881). Tratado de Operatoria Quirúrgica. Barcelona: Sucesores de N. Ramírez.

25. Olavide, J. (1863). ¿Es necesaria o conveniente la anestesia completa en las grandes operaciones? La Clinica 1863; 1:121-8.

26. Peset Cervera, V. (1894). Curso elemental de Terapéutica materia y arte de recetar, para los alumnos de tercer curso. Tomo I. Imp F Doménech. Valencia.

27. Ribera Sans, J. (1895). Clínica Quirúrgica General. Lecciones dadas en la Facultad de Medicina de Madrid. Madrid.

28. Rubio y Galí, F. (1886). Práctica de la cloroformización. Revista de Ciencias Médicas 1886; 12:317-9.

29. Sánchez Quintanar, L. (1864). De la anestesia y medios anestésicos desde el punto de vista clínico. El Siglo Médico 1864;11:403-6; 436-8.

30. Santos Guerra, M. (1848a). Breves reflexiones sobre la eterización y cloroformización. Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia 1848; 3:98-100.

31. Santos Guerra, M. (1848b). Más reflexiones sobre la eterización y cloroformización. Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia 1848; 122: 142-3.

32. Santos Guerra, M. (1850a). Bres reflexiones, por el Dr. D. Manuel Santos Guerra, a la observación de un escirro operado, que publica el Boletín del 20 de Enero, recogido por D. Eusebio Castelo y Serra. (sic). Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia. 3ª serie día 17 de febrero de 1850. Número 216. p. 51-52.

33. Santos Guerra, M. (1850b). Escirro ulcerado del tamaño de una naranja. Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia. 3ª serie. 2 de abril de 1850. Número 223. p.124-125.