Incluido en la revista Ocronos. Vol. IX. N.º 8–Agosto 2026.
Pág. Inicial: Vol. IX; N.º 8: 1036
Autor principal (primer firmante): Cristina Morago Lausin
Fecha recepción: 28/07/2026
Fecha aceptación: 24/08/2026
Ref.: Ocronos. 2026;9(8): 1036
Autores:
- Cristina Morago Lausin
- María Elena Morago Fuentes
- Maida Alejandra Coraspe Piedra
- Mónica López Suárez
- María del Carmen Huertas Aguayo
- Erica Morago Fuentes
Categoría: Enfermería, TCAE, Administración, Técnico en documentación y administración sanitaria, telefonista, servicios generales.
Palabras clave: endocrino, hormonas, cuerpo humano, metabolismo, salud.
Introducción
El envejecimiento produce modificaciones progresivas en prácticamente todos los órganos y sistemas del organismo, incluyendo el sistema endocrino. Este sistema está formado por un conjunto de glándulas que sintetizan y liberan hormonas, las cuales actúan como mensajeros químicos regulando funciones esenciales como el crecimiento, el metabolismo, la reproducción, el equilibrio hidroelectrolítico, la respuesta al estrés, la función cardiovascular y el mantenimiento de la masa ósea y muscular. A medida que avanza la edad, la producción hormonal experimenta cambios cuantitativos y cualitativos que influyen de forma importante en el funcionamiento del organismo y contribuyen al desarrollo de muchas de las características fisiológicas asociadas al envejecimiento.
Desarrollo
Los cambios hormonales no ocurren de manera uniforme en todas las glándulas endocrinas. Algunas hormonas disminuyen de forma considerable, otras permanecen relativamente estables y algunas incluso aumentan como consecuencia de mecanismos compensatorios. Además, no solo cambia la cantidad de hormona producida, sino también la sensibilidad de los tejidos diana a su acción, la velocidad de secreción, el ritmo circadiano y los mecanismos de regulación mediante retroalimentación.
El hipotálamo constituye el principal centro regulador del sistema endocrino. Esta estructura cerebral controla la secreción hormonal de la hipófisis mediante la producción de hormonas liberadoras e inhibidoras. Con el envejecimiento se producen modificaciones funcionales en las neuronas hipotalámicas, disminuyendo parcialmente la capacidad para responder a estímulos fisiológicos y ambientales.
Como consecuencia, algunos ritmos hormonales diarios se alteran, especialmente aquellos relacionados con el sueño, la temperatura corporal, el metabolismo y la respuesta al estrés.
La hipófisis o glándula pituitaria también experimenta cambios funcionales asociados al envejecimiento. Aunque su tamaño suele mantenerse relativamente estable, algunas de sus hormonas modifican su patrón de secreción.
Una de las hormonas más afectadas es la hormona del crecimiento. Durante la infancia y adolescencia esta hormona alcanza elevados niveles para favorecer el crecimiento corporal.
Sin embargo, a partir de la tercera década de la vida comienza una disminución progresiva de su producción.
Este fenómeno recibe el nombre de somatopausia y constituye uno de los cambios endocrinos más característicos del envejecimiento.
La disminución de la hormona del crecimiento se acompaña de una reducción en la producción hepática del factor de crecimiento similar a la insulina tipo 1 (IGF-1), responsable de muchos de los efectos biológicos de dicha hormona.
Como consecuencia disminuye la síntesis de proteínas, aumenta la pérdida de masa muscular, se reduce la densidad ósea y se favorece el incremento del tejido adiposo, especialmente a nivel abdominal.
Aunque estos cambios forman parte del envejecimiento fisiológico, también contribuyen al desarrollo de sarcopenia y fragilidad en personas mayores.
Las gonadotropinas hipofisarias, hormona foliculoestimulante y hormona luteinizante, también experimentan modificaciones importantes.
En la mujer, la disminución progresiva de la función ovárica reduce la producción de estrógenos y progesterona. Como respuesta compensatoria aumenta considerablemente la secreción de hormona foliculoestimulante y hormona luteinizante debido a la pérdida del mecanismo normal de retroalimentación negativa.
Estos cambios marcan el inicio de la menopausia y representan una de las transformaciones endocrinas más importantes del envejecimiento femenino.
En el hombre también pueden observarse incrementos discretos de estas gonadotropinas debido al descenso progresivo de la testosterona, aunque las modificaciones son menos pronunciadas que en la mujer.
La glándula tiroides también experimenta cambios relacionados con la edad.
En términos generales, la producción de tiroxina y triyodotironina permanece relativamente estable en la mayoría de los adultos mayores sanos.
Sin embargo, disminuye ligeramente la conversión periférica de tiroxina en triyodotironina, aumentando paralelamente la formación de triyodotironina inversa, una forma biológicamente inactiva.
Como consecuencia, el metabolismo basal puede disminuir discretamente, favoreciendo un menor gasto energético, una mayor facilidad para ganar peso y una menor tolerancia al frío.
Además, aumenta la incidencia de enfermedades tiroideas autoinmunes y del hipotiroidismo subclínico en la población anciana.
La glándula suprarrenal también presenta modificaciones hormonales relevantes.
La producción de cortisol suele mantenerse relativamente conservada durante el envejecimiento. Sin embargo, cambia su patrón de secreción circadiana.
En personas mayores puede observarse una menor disminución nocturna del cortisol y una recuperación más lenta tras situaciones de estrés.
La exposición prolongada a concentraciones ligeramente elevadas de cortisol favorece diversos efectos negativos como pérdida muscular, disminución de la masa ósea, resistencia a la insulina, alteraciones cognitivas y mayor susceptibilidad a infecciones.
En cambio, la producción de dehidroepiandrosterona y su forma sulfatada disminuye progresivamente con la edad.
Este fenómeno recibe el nombre de adrenopausia.
La dehidroepiandrosterona constituye un precursor para la síntesis de hormonas sexuales y participa en múltiples procesos relacionados con la función inmunológica, el metabolismo y el mantenimiento de la masa muscular.
Su disminución se ha relacionado con pérdida de fuerza, reducción de la densidad ósea y alteraciones del bienestar general, aunque todavía existe debate científico sobre la utilidad de su suplementación.
La secreción de aldosterona también puede disminuir ligeramente durante el envejecimiento.
Esta hormona regula el equilibrio del sodio, el potasio y el volumen de líquidos corporales.
Su reducción, junto con una menor sensibilidad renal, puede favorecer alteraciones del equilibrio hidroelectrolítico y aumentar la susceptibilidad a la deshidratación en personas mayores.
El páncreas endocrino experimenta modificaciones importantes relacionadas con el metabolismo de la glucosa.
Las células beta mantienen generalmente la capacidad para producir insulina, aunque disminuye parcialmente su eficacia funcional.
Además, los tejidos periféricos desarrollan una menor sensibilidad a la acción de la insulina, fenómeno conocido como resistencia a la insulina.
Como consecuencia aumenta progresivamente la glucemia tras las comidas y se incrementa el riesgo de desarrollar diabetes mellitus tipo 2 durante el envejecimiento.
Factores como el aumento de la grasa visceral, la disminución de la actividad física y la pérdida de masa muscular contribuyen adicionalmente al desarrollo de resistencia insulínica.
Las hormonas sexuales representan uno de los grupos hormonales más afectados por el envejecimiento.
En la mujer, el agotamiento progresivo de los folículos ováricos produce una marcada disminución de la síntesis de estrógenos y progesterona.
La menopausia suele aparecer entre los 45 y 55 años y constituye el final de la capacidad reproductiva.
La disminución de estrógenos produce numerosas manifestaciones clínicas como sofocos, sudoración nocturna, sequedad vaginal, alteraciones del sueño, cambios del estado de ánimo, disminución de la densidad mineral ósea y aumento del riesgo cardiovascular.
Además, favorece la redistribución de la grasa corporal hacia la región abdominal y acelera la pérdida de masa muscular.
En el hombre también disminuye progresivamente la producción de testosterona, aunque este proceso es mucho más lento y gradual que la menopausia femenina.
Esta reducción hormonal recibe el nombre de andropausia o hipogonadismo de inicio tardío.
La disminución de testosterona puede contribuir a la pérdida de masa muscular, disminución de la fuerza física, reducción de la densidad ósea, menor deseo sexual, alteraciones del estado de ánimo y disminución de la producción de glóbulos rojos.
No obstante, muchos hombres mantienen concentraciones hormonales suficientes durante toda la vida y no presentan síntomas clínicamente relevantes.
La glándula pineal también experimenta cambios relacionados con la edad.
Su principal hormona es la melatonina, responsable de regular los ritmos circadianos y el ciclo sueño-vigilia.
Con el envejecimiento disminuye progresivamente la producción nocturna de melatonina.
Esta reducción contribuye a la aparición de trastornos del sueño, despertares frecuentes, menor duración del sueño profundo y alteraciones del ritmo circadiano, muy comunes en las personas mayores.
Además, la melatonina posee propiedades antioxidantes e inmunomoduladoras, por lo que su disminución podría favorecer parcialmente algunos procesos relacionados con el envejecimiento celular.
Las hormonas reguladoras del metabolismo óseo también sufren modificaciones importantes.
La vitamina D activa disminuye debido a una menor capacidad cutánea para sintetizar vitamina D y a una reducción de su activación renal.
Como consecuencia aumenta la secreción de hormona paratiroidea en muchos adultos mayores.
Este hiperparatiroidismo secundario favorece la movilización de calcio desde el hueso, contribuyendo al desarrollo de osteopenia y osteoporosis.
La reducción simultánea de estrógenos, testosterona, hormona del crecimiento e IGF-1 potencia aún más la pérdida progresiva de masa ósea.
El tejido adiposo también actúa como órgano endocrino.
Durante el envejecimiento aumenta la producción de diversas adipocinas proinflamatorias, como leptina, resistina y determinadas citocinas.
Paralelamente disminuye la adiponectina funcional en algunos individuos.
Estas alteraciones favorecen la inflamación crónica de bajo grado característica del envejecimiento, denominada inflammaging, la cual contribuye al desarrollo de enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2, fragilidad y deterioro funcional.
Otro aspecto importante consiste en la disminución de la sensibilidad de los tejidos a muchas hormonas.
Aunque algunas concentraciones hormonales permanezcan normales, los receptores celulares y las vías de señalización intracelular responden con menor eficacia.
Este fenómeno explica que determinadas funciones endocrinas disminuyan incluso cuando los niveles hormonales no presentan alteraciones significativas.
En conjunto, todos estos cambios hormonales interactúan entre sí y participan en muchas de las manifestaciones fisiológicas del envejecimiento, como la pérdida de masa muscular, el aumento del tejido adiposo visceral, la disminución de la densidad ósea, el deterioro metabólico, la reducción de la fertilidad, los trastornos del sueño y la mayor vulnerabilidad frente a enfermedades crónicas.
No obstante, el envejecimiento endocrino presenta una gran variabilidad entre individuos. Factores como la genética, la alimentación, la actividad física, el sueño, el estrés, el consumo de tabaco y alcohol y el control de enfermedades crónicas influyen significativamente en la velocidad con la que aparecen estos cambios.
Conclusión
En conclusión, el envejecimiento produce modificaciones progresivas en la producción hormonal de prácticamente todas las glándulas endocrinas. Disminuyen especialmente la hormona del crecimiento, el IGF-1, la melatonina, las hormonas sexuales y la dehidroepiandrosterona, mientras que aumentan compensatoriamente las gonadotropinas y, en algunos casos, la hormona paratiroidea. Además, cambian los ritmos de secreción hormonal y disminuye la sensibilidad de los tejidos a numerosas hormonas. Estas alteraciones contribuyen al desarrollo de muchos cambios fisiológicos propios de la edad avanzada, aunque la adopción de hábitos de vida saludables puede retrasar parcialmente su aparición y favorecer un envejecimiento más saludable.
Bibliografía
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