Incluido en la revista Ocronos. Vol. IX. N.º 9–Septiembre 2026.
Pág. Inicial: Vol. IX; N.º 9: 58
Autor principal (primer firmante): María Elena Morago Fuentes
Fecha recepción: 04/08/2026
Fecha aceptación: 31/08/2026
Ref.: Ocronos. 2026;9(9): 58
Autores:
- María Elena Morago Fuentes
- Maida Alejandra Coraspe Piedra
- Mónica López Suárez
- María del Carmen Huertas Aguayo
- Erica Morago Fuentes
- Cristina Morago Lausin
Categoría:
Enfermería, TCAE, Administración, Técnico en documentación y administración sanitaria, telefonista, servicios generales.
Palabras clave:
Sistema nervioso, envejecimiento, cerebro, cuerpo humano.
Introducción
Los cambios estructurales en el cerebro constituyen una de las características más importantes del envejecimiento fisiológico. A medida que avanza la edad, el sistema nervioso central experimenta modificaciones anatómicas y celulares que afectan progresivamente su organización y funcionamiento. Aunque muchas de estas alteraciones forman parte del envejecimiento normal y no implican necesariamente la presencia de una enfermedad neurodegenerativa, pueden influir sobre la memoria, la velocidad de procesamiento de la información, la coordinación motora y otras funciones cognitivas. La magnitud de estos cambios varía considerablemente entre individuos y depende de factores genéticos, ambientales, metabólicos y del estilo de vida.
Desarrollo
El cerebro humano está formado por aproximadamente ochenta y seis mil millones de neuronas, acompañadas por un número aún mayor de células gliales. Estas estructuras establecen billones de conexiones sinápticas que permiten el procesamiento de la información, el aprendizaje, la memoria y el control de todas las funciones corporales. Durante el envejecimiento, tanto las neuronas como las células gliales, los vasos sanguíneos y la matriz extracelular experimentan modificaciones que alteran progresivamente la arquitectura cerebral.
Uno de los cambios más evidentes es la reducción del volumen cerebral.
Diversos estudios de neuroimagen han demostrado que el volumen total del cerebro disminuye gradualmente con la edad.
Aunque este proceso comienza de manera muy lenta durante la adultez media, suele hacerse más evidente después de los sesenta años.
La pérdida de volumen no ocurre de forma uniforme.
Algunas regiones cerebrales presentan mayor susceptibilidad al envejecimiento.
Entre ellas destacan la corteza prefrontal, el hipocampo, los lóbulos temporales y determinadas áreas del cerebelo.
La corteza prefrontal es responsable de funciones ejecutivas como la planificación, el razonamiento, la toma de decisiones y el control de la conducta.
Su reducción de volumen se relaciona con una disminución de la velocidad de procesamiento, menor capacidad para resolver problemas complejos y dificultades para realizar varias tareas simultáneamente.
El hipocampo constituye una estructura esencial para la formación de nuevos recuerdos y el aprendizaje.
Durante el envejecimiento fisiológico experimenta una reducción progresiva de su tamaño.
Aunque esta disminución suele ser moderada, puede contribuir a pequeñas dificultades para recordar información reciente o aprender datos nuevos.
En enfermedades neurodegenerativas como la enfermedad de Alzheimer, la atrofia hipocampal resulta mucho más intensa.
Otro cambio estructural importante corresponde a la disminución del grosor cortical.
La corteza cerebral contiene los cuerpos celulares de la mayoría de las neuronas implicadas en funciones cognitivas superiores.
Con el envejecimiento disminuye progresivamente su espesor debido a modificaciones en las neuronas, las dendritas y las conexiones sinápticas.
Este fenómeno afecta especialmente las regiones frontales y temporales. La sustancia blanca también experimenta importantes modificaciones.
La sustancia blanca está formada por axones recubiertos de mielina que conectan las diferentes regiones cerebrales.
Con el paso de los años aparece una pérdida progresiva de fibras mielinizadas y alteraciones en la calidad de la mielina.
Como consecuencia disminuye la velocidad de conducción de los impulsos nerviosos.
Este fenómeno contribuye a la ralentización del procesamiento de la información característica del envejecimiento.
La desmielinización parcial también favorece una menor coordinación entre distintas áreas cerebrales.
Las conexiones funcionales entre regiones alejadas del cerebro pueden hacerse menos eficientes.
Otro fenómeno característico consiste en la disminución de la densidad sináptica. Las sinapsis representan los puntos de comunicación entre neuronas.
Durante el envejecimiento disminuye parcialmente el número de conexiones sinápticas y se modifica su eficiencia funcional.
Este cambio afecta la capacidad de aprendizaje y la velocidad de transmisión de la información.
No obstante, el cerebro conserva una importante capacidad de reorganización denominada plasticidad neuronal.
Gracias a esta propiedad pueden establecerse nuevas conexiones que compensan parcialmente las pérdidas estructurales.
Las neuronas también presentan modificaciones morfológicas.
En general, el envejecimiento fisiológico no produce una pérdida masiva de neuronas.
Sin embargo, muchas neuronas experimentan reducción del tamaño celular, disminución del número de dendritas y simplificación de su arborización.
Las dendritas constituyen las principales estructuras receptoras de información procedente de otras neuronas.
Su disminución limita parcialmente la capacidad de comunicación neuronal.
Las espinas dendríticas, pequeñas prolongaciones donde se establecen numerosas sinapsis, también disminuyen en determinadas regiones cerebrales.
Esto contribuye a la reducción de la plasticidad sináptica. Las células gliales también sufren importantes alteraciones.
Los astrocitos participan en el mantenimiento del equilibrio químico del cerebro, el soporte metabólico de las neuronas y la regulación de la barrera hematoencefálica.
Durante el envejecimiento algunos astrocitos desarrollan un estado reactivo caracterizado por cambios morfológicos y producción aumentada de citocinas inflamatorias.
La microglía, principal célula inmunitaria del sistema nervioso central, también experimenta modificaciones.
En condiciones normales elimina restos celulares y participa en la reparación tisular. Con el envejecimiento permanece parcialmente activada de forma persistente.
Esta activación favorece un estado de neuroinflamación crónica de bajo grado que puede contribuir al deterioro neuronal.
Los oligodendrocitos, responsables de producir mielina, disminuyen parcialmente su capacidad regenerativa.
Como consecuencia la reparación de la mielina dañada resulta menos eficiente.
Los vasos sanguíneos cerebrales también experimentan importantes cambios estructurales.
Las arterias y arteriolas presentan engrosamiento de sus paredes y pérdida progresiva de elasticidad.
Estas modificaciones reducen parcialmente el flujo sanguíneo cerebral y favorecen el desarrollo de enfermedad cerebrovascular.
La irrigación disminuye especialmente durante situaciones de elevada demanda metabólica.
La barrera hematoencefálica constituye otra estructura afectada.
Esta barrera controla el intercambio de sustancias entre la sangre y el tejido nervioso.
Durante el envejecimiento aumenta parcialmente su permeabilidad.
Como consecuencia determinadas proteínas inflamatorias y células inmunitarias pueden acceder con mayor facilidad al tejido cerebral, favoreciendo procesos de neuroinflamación.
El sistema ventricular también presenta modificaciones.
Los ventrículos cerebrales contienen líquido cefalorraquídeo y participan en la protección mecánica del encéfalo.
Con la reducción progresiva del volumen cerebral se produce una dilatación compensatoria de los ventrículos, fenómeno conocido como ventriculomegalia ex vacuo.
Esta dilatación constituye un hallazgo frecuente en estudios de neuroimagen de personas mayores sanas.
Otro cambio característico corresponde a la acumulación de pigmentos intracelulares.
Entre ellos destaca la lipofuscina, un pigmento derivado de la degradación incompleta de componentes celulares.
La lipofuscina se acumula progresivamente en neuronas longevas como consecuencia del estrés oxidativo y del metabolismo celular.
Aunque su presencia forma parte del envejecimiento normal, concentraciones excesivas pueden reflejar un mayor daño celular.
El estrés oxidativo desempeña un papel fundamental en el envejecimiento cerebral.
El cerebro consume aproximadamente el veinte por ciento del oxígeno utilizado por el organismo, lo que favorece la producción continua de especies reactivas de oxígeno.
Con la edad disminuye la eficacia de los sistemas antioxidantes.
Como consecuencia aumenta el daño sobre proteínas, lípidos y ADN neuronal.
Este daño contribuye a las alteraciones estructurales observadas durante el envejecimiento.
La función mitocondrial también disminuye progresivamente.
Las mitocondrias producen la mayor parte de la energía utilizada por las neuronas.
Con el envejecimiento presentan menor eficiencia energética y producen mayores cantidades de radicales libres.
Esta alteración limita la disponibilidad de energía necesaria para mantener la actividad neuronal.
La neurogénesis también experimenta cambios.
Durante muchos años se consideró que el cerebro adulto era incapaz de generar nuevas neuronas.
Actualmente se sabe que determinadas regiones, especialmente el hipocampo, mantienen cierta capacidad neurogénica.
Sin embargo, durante el envejecimiento disminuye significativamente la producción de nuevas neuronas y la integración de estas en los circuitos existentes.
Las modificaciones estructurales también afectan a los neurotransmisores.
Disminuye parcialmente la producción y disponibilidad de acetilcolina, dopamina, serotonina y noradrenalina.
Aunque estos cambios son principalmente funcionales, guardan una estrecha relación con las alteraciones estructurales de las neuronas y sus conexiones.
Las consecuencias clínicas de estos cambios suelen ser leves en el envejecimiento fisiológico.
Muchas personas experimentan una ligera disminución de la velocidad para procesar información, mayor tiempo para aprender contenidos nuevos y pequeños olvidos relacionados con la memoria reciente.
Sin embargo, el lenguaje, los conocimientos adquiridos, la inteligencia cristalizada y muchas habilidades cognitivas pueden mantenerse relativamente conservadas durante décadas.
Diversos factores pueden acelerar las alteraciones estructurales cerebrales.
La hipertensión arterial, la diabetes mellitus, la obesidad, el tabaquismo, el sedentarismo, la hipercolesterolemia y el consumo excesivo de alcohol incrementan el riesgo de daño vascular y deterioro cerebral.
Asimismo, el aislamiento social, la depresión, la falta de estimulación cognitiva y la privación crónica de sueño pueden favorecer una mayor pérdida funcional.
Por el contrario, numerosas estrategias ayudan a preservar la estructura cerebral.
La actividad física regular aumenta el flujo sanguíneo cerebral y estimula la producción de factores neurotróficos que favorecen la supervivencia neuronal.
La alimentación de tipo mediterráneo, rica en frutas, verduras, pescado, aceite de oliva y frutos secos, aporta antioxidantes y ácidos grasos omega-3 que protegen las neuronas.
La estimulación cognitiva mediante lectura, aprendizaje continuo, idiomas, música y juegos de estrategia favorece la plasticidad cerebral.
Dormir adecuadamente facilita la eliminación de productos metabólicos acumulados en el cerebro y favorece los procesos de consolidación de la memoria.
Asimismo, mantener una adecuada vida social y controlar los factores de riesgo cardiovascular contribuye significativamente a preservar la estructura cerebral.
Actualmente se investigan nuevas estrategias destinadas a retrasar el envejecimiento cerebral.
Entre ellas destacan tratamientos antioxidantes, terapias dirigidas a mejorar la función mitocondrial, moduladores de la neuroinflamación, factores de crecimiento neuronal, estimulación cerebral no invasiva y diversas terapias celulares.
Aunque muchas de estas intervenciones permanecen en fase experimental, representan líneas prometedoras para preservar la estructura y función cerebral durante el envejecimiento.
Conclusión
En conclusión, los cambios estructurales en el cerebro constituyen una parte natural del envejecimiento y afectan al volumen cerebral, la corteza cerebral, la sustancia blanca, las sinapsis, las neuronas, las células gliales y los vasos sanguíneos. Estas modificaciones se acompañan de una disminución progresiva de la plasticidad neuronal, alteraciones en la mielina, reducción de la neurogénesis y aumento de la neuroinflamación. Aunque estos cambios pueden producir un enlentecimiento del procesamiento cognitivo y pequeñas alteraciones de la memoria, no implican necesariamente enfermedad neurodegenerativa. La adopción de hábitos saludables, el control de factores de riesgo y la estimulación física, intelectual y social constituyen las principales estrategias para preservar la salud cerebral y favorecer un envejecimiento cognitivo satisfactorio.
Bibliografía
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