Aumento de la inflamación: inflamación crónica de bajo grado

Incluido en la revista Ocronos. Vol. IX. N.º 9–Septiembre 2026.

Pág. Inicial: Vol. IX; N.º 9: 56

Autor principal (primer firmante): María Elena Morago Fuentes

Fecha recepción: 04/08/2026

Fecha aceptación: 31/08/2026

Ref.: Ocronos. 2026;9(9): 56

Autores:

  1. María Elena Morago Fuentes
  2. Maida Alejandra Coraspe Piedra
  3. Mónica López Suárez
  4. María del Carmen Huertas Aguayo
  5. Erica Morago Fuentes
  6. Cristina Morago Lausin

Categoría:

Enfermería, TCAE, Administración, Técnico en documentación y administración sanitaria, telefonista, servicios generales.

Palabras clave:

Sistema inmunológico, envejecimiento, cambios, salud, cuerpo humano.

Introducción

La inflamación crónica de bajo grado constituye una de las características biológicas más importantes del envejecimiento y representa uno de los principales mecanismos implicados en el deterioro progresivo del sistema inmunitario. A diferencia de la inflamación aguda, que aparece como una respuesta rápida y beneficiosa frente a infecciones o lesiones, la inflamación crónica de bajo grado se caracteriza por una activación persistente, moderada y generalizada del sistema inmunológico que puede mantenerse durante años sin presentar síntomas evidentes. Este fenómeno ha recibido el nombre de inflammaging, término que combina las palabras inflamación y envejecimiento, y refleja la estrecha relación existente entre ambos procesos.

Desarrollo

La inflamación constituye un mecanismo esencial para la supervivencia del organismo. Cuando un tejido resulta lesionado o un microorganismo invade el cuerpo, las células inmunitarias liberan sustancias químicas denominadas citocinas inflamatorias. Estas moléculas reclutan nuevas células defensivas, aumentan el flujo sanguíneo hacia la zona afectada y favorecen la eliminación del agente agresor. Una vez resuelto el problema, la respuesta inflamatoria desaparece gracias a diversos mecanismos reguladores.

Durante el envejecimiento, este equilibrio comienza a alterarse. Aunque no exista una infección activa ni una lesión importante, el organismo mantiene una producción constante de mediadores inflamatorios. La intensidad de esta inflamación es mucho menor que la observada durante una infección aguda, pero su persistencia durante años provoca un daño acumulativo sobre numerosos órganos y sistemas.

La inflamación crónica de bajo grado afecta prácticamente a todos los tejidos del organismo, incluyendo el sistema inmunitario, el sistema cardiovascular, el sistema nervioso, el sistema endocrino, el tejido adiposo, el músculo esquelético, el hígado y el aparato digestivo.

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Uno de los principales factores responsables del inflammaging es el envejecimiento celular.

Las células envejecidas o senescentes dejan de dividirse, pero permanecen metabólicamente activas.

Estas células desarrollan un fenómeno denominado fenotipo secretor asociado a la senescencia.

Como consecuencia producen grandes cantidades de citocinas inflamatorias, quimiocinas, factores de crecimiento y enzimas capaces de degradar la matriz extracelular.

Entre las principales citocinas liberadas destacan la interleucina 6, la interleucina 1 beta y el factor de necrosis tumoral alfa.

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La acumulación progresiva de células senescentes en diversos tejidos incrementa de forma continua el estado inflamatorio del organismo.

Otro mecanismo importante corresponde al estrés oxidativo.

Durante el metabolismo celular se generan especies reactivas de oxígeno, conocidas como radicales libres.

En condiciones normales, los sistemas antioxidantes neutralizan estas moléculas evitando daños celulares.

Con el envejecimiento disminuye la eficacia de estos mecanismos protectores. Como consecuencia aumenta el daño oxidativo sobre proteínas, lípidos y ADN.

Las células lesionadas liberan señales de peligro que activan continuamente al sistema inmunitario, favoreciendo la producción persistente de mediadores inflamatorios.

La disfunción mitocondrial también participa de manera importante.

Las mitocondrias producen la mayor parte de la energía utilizada por las células.

Con el envejecimiento disminuye su eficiencia funcional y aumenta la liberación de moléculas derivadas de mitocondrias dañadas.

Estas moléculas son reconocidas por el sistema inmunitario como señales de daño celular, activando diversos receptores inflamatorios.

Este proceso contribuye significativamente al mantenimiento del estado inflamatorio crónico. El tejido adiposo representa otra importante fuente de inflamación.

Con la edad suele aumentar la acumulación de grasa visceral localizada alrededor de los órganos abdominales.

A diferencia del tejido adiposo subcutáneo, la grasa visceral posee una intensa actividad endocrina e inmunológica.

Los adipocitos hipertrofiados producen numerosas citocinas proinflamatorias como interleucina 6, factor de necrosis tumoral alfa y proteína quimioatrayente de monocitos.

Además, favorecen la infiltración de macrófagos inflamatorios en el tejido adiposo.

Este ambiente inflamatorio contribuye al desarrollo de resistencia a la insulina, diabetes mellitus tipo 2 y enfermedades cardiovasculares.

La microbiota intestinal también desempeña un papel fundamental.

El intestino alberga billones de microorganismos que participan activamente en la regulación del sistema inmunitario.

Con el envejecimiento disminuye la diversidad de la microbiota beneficiosa y aumenta la presencia de bacterias potencialmente proinflamatorias.

Esta alteración recibe el nombre de disbiosis intestinal.

Como consecuencia disminuye la producción de ácidos grasos de cadena corta con efecto antiinflamatorio y aumenta la permeabilidad intestinal.

El incremento de la permeabilidad permite el paso de fragmentos bacterianos hacia la circulación sanguínea.

Estos componentes estimulan continuamente el sistema inmunológico, favoreciendo la producción persistente de citocinas inflamatorias.

El sistema inmunitario también experimenta importantes modificaciones funcionales.

Los macrófagos, neutrófilos y células dendríticas muestran una activación persistente, incluso en ausencia de infecciones.

Asimismo, disminuye la eficacia de los mecanismos encargados de finalizar la respuesta inflamatoria una vez desaparecido el estímulo inicial.

Como consecuencia la inflamación permanece activa durante largos periodos. Los linfocitos T también contribuyen al inflammaging.

Con el envejecimiento disminuye la producción de linfocitos T vírgenes debido a la involución del timo.

Al mismo tiempo aumentan los linfocitos T senescentes.

Estas células presentan una capacidad limitada para responder frente a nuevos microorganismos, pero producen grandes cantidades de citocinas inflamatorias.

Este fenómeno favorece simultáneamente la inmunodeficiencia y la inflamación crónica. Los linfocitos B también participan en este proceso.

Las alteraciones funcionales propias del envejecimiento favorecen la producción de autoanticuerpos y citocinas proinflamatorias.

Además, disminuye la síntesis de anticuerpos protectores de alta afinidad, reduciendo la eficacia de la respuesta inmunitaria.

Las alteraciones endocrinas propias del envejecimiento contribuyen igualmente a la inflamación crónica.

La disminución de estrógenos durante la menopausia favorece el aumento de diversas citocinas inflamatorias.

En el hombre, la reducción progresiva de testosterona también se asocia con un incremento del estado inflamatorio.

Asimismo, la disminución de la hormona del crecimiento y del factor de crecimiento similar a la insulina tipo 1 limita la capacidad regenerativa de numerosos tejidos.

Por otra parte, el aumento mantenido del cortisol asociado al estrés crónico modifica profundamente la regulación inmunológica.

Aunque el cortisol posee inicialmente efectos antiinflamatorios, la exposición prolongada favorece alteraciones en la sensibilidad de los receptores y contribuye indirectamente al mantenimiento de la inflamación.

Las consecuencias del inflammaging afectan prácticamente a todos los órganos.

En el sistema cardiovascular favorece la formación y progresión de placas de aterosclerosis.

Las citocinas inflamatorias lesionan el endotelio vascular, favorecen la acumulación de colesterol y aumentan el riesgo de infarto de miocardio y accidente cerebrovascular.

En el sistema nervioso central la inflamación crónica activa continuamente a la microglía, las principales células inmunitarias del cerebro.

La activación persistente de estas células favorece el deterioro neuronal y se ha relacionado con enfermedades neurodegenerativas como la enfermedad de Alzheimer y la enfermedad de Parkinson.

En el sistema musculoesquelético la inflamación favorece la degradación de proteínas musculares, acelerando el desarrollo de sarcopenia.

Además, estimula la actividad de los osteoclastos, favoreciendo la pérdida de masa ósea y el desarrollo de osteoporosis.

En el sistema endocrino la inflamación altera la señalización de la insulina, favoreciendo la resistencia insulínica y aumentando el riesgo de diabetes mellitus tipo 2.

También modifica la función de diversas glándulas endocrinas y altera el metabolismo energético.

El hígado tampoco permanece ajeno a este proceso.

La inflamación persistente favorece la acumulación de grasa hepática y contribuye al desarrollo del hígado graso asociado a disfunción metabólica.

En el sistema inmunitario la inflamación mantenida acelera la inmunosenescencia.

Las células inmunitarias permanecen continuamente activadas, aumentando su desgaste funcional y reduciendo progresivamente la capacidad para responder frente a nuevas infecciones.

Este fenómeno explica por qué las personas mayores presentan simultáneamente mayor inflamación y menor capacidad defensiva.

Diversos factores ambientales pueden acelerar el inflammaging.

Entre ellos destacan el tabaquismo, el sedentarismo, la obesidad, la mala alimentación, la contaminación ambiental, el estrés psicológico prolongado y la privación crónica de sueño.

Todos ellos incrementan la producción de radicales libres y citocinas inflamatorias.

Por el contrario, diversos hábitos saludables permiten disminuir parcialmente la inflamación crónica.

La actividad física regular representa una de las intervenciones más eficaces.

El ejercicio moderado disminuye la producción de citocinas inflamatorias y aumenta la liberación de sustancias antiinflamatorias procedentes del músculo esquelético.

Además, mejora la sensibilidad a la insulina, reduce la grasa visceral y favorece la función inmunológica.

La alimentación también ejerce un importante efecto regulador.

Las dietas ricas en frutas, verduras, legumbres, pescado, aceite de oliva, frutos secos y cereales integrales aportan antioxidantes, fibra y ácidos grasos omega-3 con propiedades antiinflamatorias.

Por el contrario, las dietas ricas en azúcares refinados, grasas saturadas y alimentos ultraprocesados favorecen la inflamación sistémica.

El mantenimiento de una microbiota intestinal saludable mediante una adecuada ingesta de fibra, prebióticos y probióticos contribuye igualmente a reducir la inflamación.

Dormir entre siete y ocho horas diarias favorece la regulación hormonal e inmunológica.

Asimismo, el control del estrés mediante técnicas de relajación, meditación y actividad social reduce la producción mantenida de cortisol y mejora el equilibrio inmunitario.

Actualmente se investigan nuevas estrategias dirigidas a disminuir el inflammaging.

Entre ellas destacan los fármacos senolíticos destinados a eliminar células senescentes, moduladores específicos de citocinas inflamatorias, tratamientos dirigidos a mejorar la función mitocondrial y terapias destinadas a restaurar una microbiota intestinal saludable.

Aunque muchas de estas estrategias continúan en fase experimental, representan una prometedora línea de investigación para mejorar el envejecimiento saludable.

Conclusión

En conclusión, la inflamación crónica de bajo grado constituye uno de los mecanismos biológicos centrales del envejecimiento. La acumulación de células senescentes, el estrés oxidativo, la disfunción mitocondrial, la obesidad visceral, la disbiosis intestinal, las alteraciones hormonales y la inmunosenescencia contribuyen conjuntamente al mantenimiento de un estado inflamatorio persistente. Este proceso favorece el desarrollo de enfermedades cardiovasculares, metabólicas, neurodegenerativas, musculoesqueléticas e inmunológicas. Sin embargo, la adopción de hábitos de vida saludables y el desarrollo de nuevas estrategias terapéuticas ofrecen oportunidades prometedoras para disminuir la inflamación sistémica y promover un envejecimiento más saludable.

Bibliografía

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