Incluido en la revista Ocronos. Vol. IX. N.º 9–Septiembre 2026.
Pág. Inicial: Vol. IX; N.º 9: 55
Autor principal (primer firmante): María Elena Morago Fuentes
Fecha recepción: 04/08/2026
Fecha aceptación: 31/08/2026
Ref.: Ocronos. 2026;9(9): 55
Autores:
- María Elena Morago Fuentes
- Maida Alejandra Coraspe Piedra
- Mónica López Suárez
- María del Carmen Huertas Aguayo
- Erica Morago Fuentes
- Cristina Morago Lausin
Categoría:
Enfermería, TCAE, Administración, Técnico en documentación y administración sanitaria, telefonista, servicios generales.
Palabras clave:
Sistema nervioso, envejecimiento, cerebro, cuerpo humano.
Introducción
Las alteraciones en el sueño constituyen uno de los cambios funcionales más frecuentes del sistema nervioso durante el envejecimiento. Dormir es un proceso fisiológico esencial para el mantenimiento de la salud física, mental y emocional. Durante el sueño se producen numerosos procesos de reparación celular, consolidación de la memoria, regulación hormonal, fortalecimiento del sistema inmunológico y eliminación de productos metabólicos acumulados en el cerebro. Con el paso de los años, el sistema nervioso experimenta modificaciones estructurales y funcionales que alteran la regulación del ciclo sueño-vigilia, provocando cambios en la cantidad, la calidad y la arquitectura del sueño. Aunque estos cambios forman parte del envejecimiento normal, pueden afectar significativamente la calidad de vida cuando se asocian a enfermedades crónicas, trastornos neurológicos o alteraciones del estado de ánimo.
Desarrollo
El sueño está regulado por una compleja interacción entre diversas estructuras del sistema nervioso central.
Entre las regiones más importantes destacan el hipotálamo, el tronco encefálico, el tálamo, la corteza cerebral y la glándula pineal.
Estas estructuras trabajan conjuntamente para coordinar la alternancia entre los estados de vigilia y sueño.
El principal centro regulador del ritmo circadiano es el núcleo supraquiasmático del hipotálamo.
Este pequeño grupo de neuronas actúa como un reloj biológico interno que sincroniza los procesos fisiológicos con los ciclos de luz y oscuridad del ambiente.
Durante el envejecimiento se producen modificaciones progresivas en el funcionamiento de este reloj biológico.
Disminuye la precisión con la que regula los ritmos circadianos y se reduce la capacidad para mantener horarios de sueño estables.
Como consecuencia muchas personas mayores experimentan tendencia a acostarse y despertarse más temprano.
Este fenómeno se conoce como avance de fase del ritmo circadiano. La glándula pineal también desempeña un papel fundamental.
Su principal función consiste en producir melatonina, una hormona que facilita el inicio del sueño y ayuda a sincronizar el reloj biológico.
La secreción de melatonina aumenta durante la noche en respuesta a la oscuridad. Con el envejecimiento disminuye progresivamente la producción de esta hormona.
La reducción de melatonina contribuye a una mayor dificultad para iniciar el sueño y favorece despertares nocturnos más frecuentes.
Otro cambio importante afecta a la arquitectura del sueño.
El sueño no constituye un estado uniforme, sino que está formado por diferentes fases que se alternan durante la noche.
Estas fases incluyen el sueño no REM y el sueño REM.
El sueño no REM comprende tres etapas de profundidad creciente. La etapa más profunda recibe el nombre de sueño de ondas lentas.
Durante esta fase se produce gran parte de la recuperación física, la reparación de tejidos, la liberación de hormona del crecimiento y el fortalecimiento del sistema inmunológico.
Con el envejecimiento disminuye significativamente la cantidad de sueño profundo. Como consecuencia el descanso resulta menos reparador.
Muchas personas mayores refieren despertarse con sensación de sueño ligero o de no haber descansado suficientemente.
El sueño REM también experimenta modificaciones.
Esta fase se caracteriza por intensa actividad cerebral, movimientos rápidos de los ojos y aparición de la mayoría de los sueños.
Durante el sueño REM se consolidan numerosos procesos relacionados con la memoria, el aprendizaje y la regulación emocional.
Aunque la reducción del sueño REM suele ser menos intensa que la del sueño profundo, también puede contribuir a determinadas alteraciones cognitivas observadas durante el envejecimiento.
Otro cambio característico consiste en el aumento de los despertares nocturnos.
Durante la juventud el sueño suele mantenerse relativamente continuo.
En cambio, las personas mayores presentan una mayor fragmentación del sueño.
Es frecuente despertarse varias veces durante la noche, incluso aunque posteriormente se consiga volver a dormir.
Esta fragmentación disminuye la eficiencia global del descanso. La duración total del sueño también puede modificarse.
Aunque las necesidades fisiológicas de sueño no disminuyen de manera importante con la edad, muchas personas mayores duermen menos horas durante la noche y compensan parcialmente mediante siestas diurnas.
No obstante, las siestas excesivamente largas pueden dificultar aún más el sueño nocturno. Las modificaciones del sistema nervioso central explican gran parte de estos cambios.
Durante el envejecimiento disminuye el volumen de determinadas regiones cerebrales implicadas en la regulación del sueño.
Asimismo, aparecen alteraciones en las conexiones neuronales responsables de coordinar los ciclos de vigilia y descanso.
Los neurotransmisores también experimentan importantes modificaciones.
El ácido gamma-aminobutírico constituye el principal neurotransmisor inhibidor del sistema nervioso y favorece el inicio del sueño.
Con el envejecimiento disminuye parcialmente la eficacia de algunos circuitos gabaérgicos.
La serotonina participa en la regulación del sueño y constituye un precursor de la melatonina.
Las modificaciones del sistema serotoninérgico pueden contribuir tanto a trastornos del sueño como a alteraciones del estado de ánimo.
La acetilcolina desempeña un papel importante durante el sueño REM.
Las alteraciones de este neurotransmisor pueden modificar la arquitectura normal del sueño.
La dopamina y la noradrenalina también participan en la regulación del estado de vigilia.
Las modificaciones relacionadas con la edad alteran el equilibrio entre los sistemas que favorecen el sueño y aquellos que mantienen el estado de alerta.
El envejecimiento también favorece la aparición de neuroinflamación.
Durante este proceso aumenta la producción de citocinas inflamatorias que pueden modificar la actividad de las neuronas encargadas de regular el sueño.
El estrés oxidativo constituye otro mecanismo implicado.
El cerebro consume una elevada cantidad de oxígeno y produce continuamente radicales libres.
Con el paso de los años disminuye la capacidad antioxidante, favoreciendo el daño neuronal y alterando diversos circuitos relacionados con el ciclo sueño-vigilia.
Las alteraciones hormonales propias del envejecimiento también influyen.
La disminución de melatonina constituye el cambio más conocido, pero también intervienen modificaciones en la secreción de cortisol.
En condiciones normales el cortisol presenta concentraciones bajas durante la noche y aumenta progresivamente antes del despertar.
Durante el envejecimiento este patrón puede alterarse, favoreciendo despertares precoces y dificultad para mantener un sueño continuo.
La disminución de hormona del crecimiento también contribuye a una menor calidad del sueño profundo.
Las enfermedades crónicas frecuentes en personas mayores pueden agravar estos cambios.
La insuficiencia cardíaca, la enfermedad pulmonar obstructiva crónica, el reflujo gastroesofágico, la artritis y numerosas enfermedades neurológicas producen molestias que interrumpen repetidamente el descanso nocturno.
Asimismo, determinados medicamentos utilizados para tratar estas enfermedades pueden alterar la arquitectura del sueño.
Los trastornos respiratorios del sueño también aumentan con la edad. La apnea obstructiva del sueño constituye uno de los más frecuentes.
Se caracteriza por episodios repetidos de obstrucción parcial o completa de la vía aérea durante el sueño.
Estas interrupciones producen disminución del oxígeno, despertares repetidos y somnolencia diurna.
La apnea del sueño se asocia con mayor riesgo de hipertensión arterial, enfermedad cardiovascular, deterioro cognitivo y accidentes cerebrovasculares.
Otro trastorno frecuente corresponde al síndrome de piernas inquietas.
Las personas afectadas experimentan una necesidad irresistible de mover las piernas durante el reposo, especialmente por la noche.
Este trastorno dificulta el inicio del sueño y favorece despertares repetidos.
La disminución de la calidad del sueño tiene importantes consecuencias sobre el funcionamiento del sistema nervioso.
Uno de los efectos más evidentes consiste en el deterioro de la memoria.
Durante el sueño profundo y el sueño REM se consolidan numerosos recuerdos adquiridos durante el día.
Cuando estas fases disminuyen, el aprendizaje puede resultar menos eficiente. La atención y la concentración también se ven afectadas.
Las personas con sueño insuficiente presentan mayor dificultad para mantener la atención sostenida y responder rápidamente a los estímulos.
La velocidad de procesamiento de la información disminuye aún más. El estado de ánimo también puede alterarse.
La falta de sueño favorece irritabilidad, ansiedad, disminución de la tolerancia al estrés y mayor riesgo de desarrollar síntomas depresivos.
El sueño insuficiente también afecta al sistema inmunológico.
Durante el descanso nocturno se regulan numerosos procesos relacionados con la producción de citocinas y la actividad de diferentes células inmunitarias.
La privación crónica de sueño disminuye parcialmente la capacidad de respuesta frente a infecciones.
Asimismo, aumenta la inflamación sistémica de bajo grado característica del envejecimiento.
Las alteraciones del sueño también influyen sobre el metabolismo.
La falta de descanso modifica diversas hormonas relacionadas con el apetito, favoreciendo el aumento de peso y la resistencia a la insulina.
Como consecuencia aumenta el riesgo de diabetes mellitus y enfermedades cardiovasculares.
Diversas estrategias permiten mejorar la calidad del sueño durante el envejecimiento.
Mantener horarios regulares para acostarse y levantarse ayuda a reforzar el ritmo circadiano.
La exposición a la luz natural durante el día favorece la sincronización del reloj biológico y mejora la producción de melatonina durante la noche.
La actividad física regular mejora significativamente la calidad del sueño, siempre que no se realice inmediatamente antes de acostarse.
La alimentación también desempeña un papel importante.
Se recomienda evitar comidas copiosas, cafeína, alcohol y bebidas estimulantes durante las horas previas al descanso.
Crear un ambiente tranquilo, silencioso, oscuro y con una temperatura adecuada favorece el inicio y el mantenimiento del sueño.
Asimismo, limitar el uso de pantallas electrónicas antes de dormir reduce la exposición a la luz azul, que puede inhibir la secreción de melatonina.
Las técnicas de relajación, respiración profunda y meditación también ayudan a disminuir la activación del sistema nervioso y favorecen el descanso.
En algunos casos, el tratamiento médico de enfermedades subyacentes o de trastornos específicos del sueño resulta indispensable para mejorar la calidad del descanso.
Actualmente se investigan nuevas estrategias destinadas a preservar el sueño durante el envejecimiento.
Entre ellas destacan tratamientos dirigidos a modular el ritmo circadiano, nuevas formulaciones de melatonina, terapias para reducir la neuroinflamación y programas personalizados de higiene del sueño adaptados a las necesidades de las personas mayores.
Conclusión
En conclusión, las alteraciones del sueño constituyen uno de los cambios funcionales más frecuentes del sistema nervioso durante el envejecimiento. La disminución de la producción de melatonina, las modificaciones del núcleo supraquiasmático, los cambios en los neurotransmisores, la reducción del sueño profundo, la fragmentación del descanso y las alteraciones hormonales contribuyen a una menor calidad del sueño. Estas modificaciones pueden afectar la memoria, la atención, el estado de ánimo, el sistema inmunológico y la salud general. La adopción de hábitos saludables, una adecuada higiene del sueño, el control de enfermedades crónicas y la práctica regular de ejercicio físico constituyen las principales estrategias para favorecer un descanso reparador y contribuir a un envejecimiento saludable.
Bibliografía
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