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Las alergias ya no son una molestia estacional para una minoría sensible. Son una realidad creciente, sostenida y con proyecciones que deberían ocupar un lugar central en la agenda de salud pública chilena. Cada año, más pacientes llegan a consulta con cuadros que antes eran infrecuentes, temporadas de polinización que se adelantan y síntomas que se vuelven más intensos y difíciles de controlar. Lo que en otra época podía parecer una reacción pasajera, hoy es muchas veces el inicio de una condición crónica que afecta profundamente la calidad de vida.
El panorama epidemiológico es elocuente. Entre el 20% y el 30% de los chilenos presenta algún tipo de alergia respiratoria, ya sea rinitis, rinoconjuntivitis o asma de origen alérgico. Algunas estimaciones, considerando el importante subdiagnóstico existente en el país, elevan ese número hasta entre un 40% y un 50% de la población con alguna reacción alérgica a algún alérgeno, sin estar necesariamente diagnosticados.

Un fenómeno que no se explica solo por la genética
Una pregunta legítima emerge frente a estos datos: si la genética no ha cambiado sustancialmente en pocas décadas, ¿por qué las alergias siguen en alza? La respuesta, que la comunidad científica ha ido construyendo con evidencia creciente, apunta a una convergencia de factores ambientales, de estilo de vida y de comportamiento del propio sistema inmune en el mundo moderno.
El aumento de las alergias en el último siglo no se debería a que nuestros genes hayan cambiado, sino más bien al efecto de los cambios dramáticos del medio ambiente y de la vida moderna sobre la salud, que gatillan una determinada susceptibilidad genética, han explicado los especialistas.
Esta distinción es fundamental: la predisposición puede ser heredada, pero son los factores externos los que cada vez más determinan si esa predisposición se expresa o no.
La hipótesis de la higiene: cuando la limpieza tiene un costo inmunológico
Uno de los marcos explicativos más sólidos y discutidos en inmunología es la llamada hipótesis de la higiene. Su premisa central es relativamente contraintuitiva: los ambientes excesivamente limpios y la reducción de infecciones tempranas en la infancia privan al sistema inmune del entrenamiento microbiano que necesita para calibrarse correctamente.
El sistema inmune de un recién nacido está orientado hacia un perfil de respuesta tipo Th2, que es el mismo que subyace a las reacciones alérgicas. En condiciones normales, la exposición progresiva a microorganismos durante los primeros años de vida induce una «desviación inmune» hacia la respuesta tipo Th1, manteniendo el balance necesario para evitar respuestas exageradas ante estímulos ambientales inocuos.
Cuando ese entrenamiento no ocurre (porque el entorno es demasiado aséptico, porque hay menor contacto con animales, tierra o hermanos, o porque el uso de antibióticos altera el microbioma tempranamente), el sistema inmune queda desequilibrado y más propenso a reaccionar de forma exagerada frente a alérgenos.
Estudios que comparan niños criados en entornos rurales, con contacto habitual con animales y tierra, con niños de entornos urbanos, muestran consistentemente una menor prevalencia de asma y alergias en los primeros. Ese dato no es anecdótico: es una señal clara de que el sistema inmune necesita ser desafiado para madurar de manera adecuada.
El papel del médico en el diagnóstico oportuno
En este escenario, el rol del inmunólogo adulto cobra una relevancia que no siempre ha tenido el reconocimiento que merece. Las alergias no son exclusivas de la infancia: la llamada «marcha alérgica» describe una progresión que puede extenderse a lo largo de toda la vida, con manifestaciones que cambian según la etapa vital del paciente. Lo que en la infancia se expresa como dermatitis atópica puede consolidarse en la adolescencia como rinitis y transformarse en el adulto en asma o urticaria crónica.
La normalización de síntomas como la congestión nasal estacional, el prurito ocular o la urticaria recurrente lleva a que la consulta se postergue, muchas veces por años, mientras la condición avanza o se complejiza.
La evaluación especializada permite no solo confirmar el diagnóstico, sino identificar los alérgenos específicos involucrados, a través de pruebas cutáneas o determinaciones de IgE específica, y establecer un plan terapéutico personalizado que aborde la causa y no solo los síntomas.
Cambio climático y contaminación: el acelerador externo
Si la hipótesis de la higiene explica parte del fenómeno desde el interior del sistema inmune, el cambio climático y la contaminación ambiental lo amplifican desde afuera. La relación entre ambos factores y el aumento de las enfermedades alérgicas respiratorias está hoy respaldada por una cantidad creciente de evidencia científica.
El mecanismo principal opera a través del polen. El aumento de las concentraciones de dióxido de carbono en la atmósfera actúa como un fertilizante para ciertas plantas, estimulando su crecimiento y su producción de polen. Al mismo tiempo, las temperaturas más altas adelantan el inicio de la polinización, y la menor frecuencia de lluvias prolonga las temporadas. El resultado es un calendario polínico más largo, más intenso y menos predecible.
A lo anterior se suma el efecto de los contaminantes atmosféricos. Las partículas finas y el ozono no solo dañan la mucosa respiratoria, haciéndola más permeable a los alérgenos, sino que pueden modificar directamente las proteínas del polen, incrementando su capacidad de desencadenar respuestas inflamatorias. En ciudades como Santiago, con niveles de contaminación que superan regularmente los estándares recomendados por la OMS, este efecto potenciador no es menor.
Nuevos horizontes terapéuticos como cambio de paradigma
El avance más significativo en el abordaje de las enfermedades alérgicas en los últimos años no ha sido solo diagnóstico, sino terapéutico. La llegada de la bioterapia al campo de la alergología e inmunología representa un cambio de paradigma en el manejo de los cuadros más severos y refractarios a los tratamientos convencionales.
Los tratamientos biológicos actúan sobre dianas moleculares específicas de la respuesta alérgica interrumpiendo la cascada inflamatoria en puntos clave antes inaccesibles. Esto ha permitido ofrecer opciones terapéuticas eficaces a pacientes con asma grave, dermatitis atópica severa o urticaria crónica refractaria que no respondían adecuadamente a los esquemas previos.

